El pueblo que inspiró una vida de novela – GENTE Online
 

El pueblo que inspiró una vida de novela

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Aquí estoy. De rodillas sobre una calle de tierra seca y bajo un sol que se clava en mi ca
beza como si fuera un cuchillo. A mi lado tengo diez bolsas de nailon. Acabo de comprarlas por un precio exorbitante en Foto Quiroga -Heladería y Miscelánea. Se me acerca Joaquín Galíndez, el vendedor de plátanos. Tiene en la mano media docena y los deja a mi lado. Me está regalando una fortuna, porque valen dos pesos cada una y son su comida de hoy. Le pregunto por su burra, La consentida.

Estoy en Aracataca, Colombia. El cubil de un monstruo: el subdesarrollo. También la cuna de un
genio
: Gabriel García Márquez. Tengo en mi valija La hojarasca, Los funerales de la Mamá Grande y
Cien años de soledad. Los tres libros hablan de Aracataca, que él decidió llamarla Macondo. Se acercan tres, cuatro chicos. Tienen la piel color cobre o chocolate y el pelo de alambre de púa. Están en todas partes, como las hormigas y las lagartijas. Rolando, el sobrino de Joaquín, me pregunta qué estoy haciendo, y otro le dice: "Junta tierra para un experimento". ¿Cómo explicarles que estoy juntando puñados de esta tierra alucinada para llevarla a mis amigos de la Argentina?

Pasa un camión y me cubre de polvo. Hace tres días que el polvo me invade. Lo llevo en el pelo, en la ropa, en el cristal de los anteojos. Pero sobre todo en la boca. Son las nueve y media de la mañana y Aracataca ya asumió su identidad: sucursal del infierno. Salimos a las siete y ya vamos por la cuarta o quinta botella de soda. Desde el altoparlante de la iglesia, José Vergara Mercado, presidente y locutor de la radio La Voz Católica, da las noticias del día. La radio no tiene horario: transmite a las ocho de la mañana, a las tres de la tarde o a las nueve de la noche. Depende. Anuncia entierros, bautismos y cumpleaños. Y también reta a los habitantes. Hoy, Vergara la emprende contra los vecinos de la plaza Bolívar porque se niegan a limpiarla "como Dios manda". Los de la Plaza de Los Perros, en cambio, la están poniendo de punta en blanco para los festejos del 11, porque ese día Gabriel García Márquez recibirá en Estocolmo el premio
Nobel. 

Aracataca tampoco tiene diario. Pero sí lo que los cataqueros llaman pasquines. Una hoja tamaño oficio y escrita en mimeógrafo. Los principales son
El Aguijón, El Látigo, El Cuervo y El Ojón. Aparecen cuando pueden y deben, y denuncian las injusticias. El más cáustico es
El Aguijón, que siempre lleva por fecha el 23, aunque aparezca en cualquier otra. Tampoco el
Ciclón Bananero (un miniómnibus de latón y asientos de madera) tiene horario ni paradas. Pasa, cubriendo de polvo a la gente que desde las siete de la mañana hasta las doce de la noche está en la puerta de sus casas acunándose en las mecedoras.

El cine. Un afiche anuncia Viudas calurosas. Me gustaría verla. Pero, ¿cómo saber cuándo la darán? La sala es al aire libre, piso de cemento, bancos de plaza desvencijados por el sol y la lluvia, y una pared pintada de blanco como pantalla.

Ahora estoy en la estación de trenes. La pavorosa estación de Cien años de soledad. Aquí -según la novela- los cadáveres de tres mil obreros fueron cargados rumbo al mar. La masacre fue el resultado de la huelga de los trabajadores bananeros contra la United Fruit Company, el 6 de diciembre de 1928. Llega el tren y pasa de largo. Ya nadie baja ni sube en Aracataca. Al costado de la vía, en medio de la maleza, hay dos vagones-dormitorio que fueron del tren de la United… Son la ruina de una ruina.

La vieja vía que lleva a la estación de Aracataca: un pueblo primitivo donde el tiempo parece muerto pero resucita en cada página de su mayor hijo: Gabo, Gabito, Gabriel García Márquez.

La vieja vía que lleva a la estación de Aracataca: un pueblo primitivo donde el tiempo parece muerto pero resucita en cada página de su mayor hijo: Gabo, Gabito, Gabriel García Márquez.

Las mujeres aún lavan la ropa como en los primeros días del pueblo: agua de río, palo (manduco) y una piedra que envuelve el jabón.

Las mujeres aún lavan la ropa como en los primeros días del pueblo: agua de río, palo (manduco) y una piedra que envuelve el jabón.

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