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“El milagro es fruto de la fe, la esperanza y el amor”

“El milagro es fruto de la fe, la esperanza y el amor”

Redacción Gente

Los milagros se necesitan más que nunca, y lo curioso es que parecen ocurrir más que nunca. Son el envase de la esperanza, la manifestación de que nunca puede decirse que todo está perdido. A veces, tal vez la esperanza flaquee severamente ante lo que nos toca vivir. Así y todo -y a pesar del conocido dicho- no es lo último que se pierde. Aún queda el coraje. Y si el coraje afloja porque ya nos quedamos sin más fuerzas, no es el final de nada. Todavía quedan los milagros.

Admito que es sorprendente vivir creyendo en milagros en el siglo XXI, pero es más sorprendente poder vivir sin creer en ellos.

El mundo en el que vivimos es duro como el diamante, pero opaco como la niebla de un riacho estancado. Es un mundo en blanco y negro y solamente la fe, la esperanza y el amor pueden devolver la vida en colores. El milagro es hijo dilecto de esas tres virtudes. Es una bondad inexplicable, es la contraseña de Dios, es una promesa divina.
La gente que aparece en este libro figura con su nombre y apellido real y lo que cuentan -milagros y señales en sus vidas- le abren una puerta a nuestras almas. Una pequeña puerta para que ellas salgan a jugar y a acariciar sentimientos que de tan bellos parecen ajenos, pero no lo son. Allí están, dentro nuestro, esperando. Aquí están, en el papel, enseñando. Mostrando que la vida es algo más.

LA FE
(Mónica Saavedra de López, 41 años, empleada en el Ministerio de Salud de la provincia de Buenos Aires, relata de una manera impresionante qué pasó el día en que su casa de Temperley voló en un millón de pedazos por un escape de gas. Ella y su madre estaban dentro. Lo que vino después de ese incendio que arrasó con todo es algo que hace que nos preguntemos de qué nos quejamos cuando nos quejamos. Todo el relato está repleto de señales, asombros, milagros, el marido que debió estar en el peor lugar del fuego pero no estuvo, un hombrecito al que nadie conocía en el barrio pero que se metió en el fuego para sacar a la mamá de Mónica para luego desaparecer sin despedirse y para siempre, la increíble y feroz curación del cuerpo quemado de Mónica que no lograba tapar con sus gritos los rezos de sus amigas del grupo de oración. Cada frase golpea y sacude. Pero sólo vamos a reproducir un breve fragmento donde habla del momento del incendio y donde da un ejemplo de fe que conmueve).

-Seguí, por favor, con el día del accidente…
-Bueno. A mí me meten en la ambulancia y yo veía desde ahí como lo que se ve en las películas de un barrio bombardeado, ¿viste?… Cosas en la calle, hierros retorcidos, la gente mirando. Los vecinos después me contaron que todo eso, patas de mi cama, sillas rotas, adornos, de todo, volaba por arriba de los coches que pasaban cerca.

El mundo en el que vivimos es duro como el diamante, pero opaco como la niebla de un riacho estancado. Es un mundo en blanco y negro y solamente la fe, la esperanza y el amor pueden devolver la vida en colores“.”>

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Su casa voló en mil pedazos por un escape de gas. Ella y su madre estaban dentro. Lo que vino después de ese incendio que arrasó con todo es algo que hace que nos preguntemos de qué nos quejamos cuando nos quejamos“.

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