“El heredero de Fidel es el ejército cubano” – GENTE Online
 

“El heredero de Fidel es el ejército cubano”

Por el Mar de las Antillas /(que también Caribe llaman)/ batida por olas duras / y ornada de espumas blandas, / bajo el sol que la persigue / y el viento que la rechaza, / cantando a lágrima viva / navega Cuba en su mapa:/ un largo lagarto verde, / con ojos de piedra y agua”.
(De La paloma de vuelo popular, Nicolás Guillén, poeta cubano, 1902-1989)

Medio siglo ha pasado desde aquella gesta de los barbudos que inauguraron el año 1959 derrocando al tan cruel como patético dictador Fulgencio Batista y desfilando triunfales por las calles de La Habana. Muy poco después viajaron a la isla, entre otros intelectuales, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, emblemas de la izquierda marxista universal, y Sartre escribió un libro urgente de bello título: Huracán sobre el azúcar, símbolo de la admiración que el mundo del pensamiento sentía por aquel acto de justicia. Sin embargo, una década después, en defensa del poeta Heberto Padilla, encarcelado por escribir Fuera de juego, un libro crítico sobre el férreo régimen marxista establecido por Fidel Castro, Sartre y una veintena de famosos escritores abjuraron de su adhesión en una carta a Fidel Castro que empezaba así: “Creemos un deber comunicarle nuestra vergüenza y nuestra cólera. El lastimoso texto de la confesión que firmó Heberto Padilla declarándose contrarrevolucionario sólo puede obtenerse con métodos que son la negación de la legalidad y la justicia revolucionaria”. Y hace apenas cinco años, José Saramago, el más fiel de los defensores a ultranza de la revolución, indignado por la condena a prisión de 75 disidentes, declaró: “Hasta aquí llegué”.

Es imposible apretar en unos miles de palabras esa historia de cincuenta años iluminada por algunos logros, jaqueada por el bloqueo norteamericano y por la caída del imperio soviético, y nublada por la ley esencial de toda dictadura: el fin de la libertad individual. Para encontrar un justo equilibrio, GENTE entrevistó al escritor e historiador Pacho O´Donnell, autor de una de las más completas biografías de Ernesto Guevara (Che – La vida por un mundo mejor), y válido testigo del fenómeno cubano.

–¿Cómo juzga este medio siglo, doctor?
–En dos grandes etapas: una, positiva; la otra, muy crítica.

–Hablemos de la primera.
–Fue de enorme entusiasmo para todo el mundo democrático. Un grupo de jóvenes, en inferioridad de condiciones numéricas, económicas y de armamento, lograron desalojar a un tirano siniestro como Batista. Nada menos…

–¿Cómo era el Fidel Castro de aquellos días?
–Se mostraba (y tal vez lo fuera) como un nacionalista democrático, pero secundado por dos comunistas: su hermano Raúl y el Che Guevara. Esa circunstancia influyó para reclutar campesinos a las filas guerrilleras, con la promesa de una reforma agraria profunda: darles la tierra, que estaba en manos de patrones habitualmente muy desalmados.

–¿Cuál fue el precio?
–Muy alto. Fidel, forzado por el Che, declaró la reforma agraria, y eso generó serios conflictos no sólo con los terratenientes cubanos: también con los extranjeros, entre los que había norteamericanos.

–¿Cuál fue el papel de Washington?
–El peor. Manejó el problema muy torpemente, sin tratar de llegar a un acuerdo, e insistió en una política de castigo que desembocó en la ruptura de relaciones y obligó a Fidel a buscar apoyo en el bloque soviético y a declararse, más por compromiso que por vocación marxista leninista.

–¿En ese punto Fidel se enfrentó con el mundo democrático?
–No todavía. Al contrario: aumentó su imagen heroica e idealista. Un pequeño país que se atrevía a enfrentar a su gigantesco y omnipoderoso vecino…

–¿Por qué se derrumbó esa sacralización?
–Porque diseñó una segunda etapa que se impregnó de los males del sistema comunista. Estableció una sociedad de delación, de persecución política, de culto a la personalidad del líder, de intolerancia a la disidencia y a la cultura no oficial, basada en el miedo. Entonces, y aún hoy, una enorme porción de esa sociedad se compone de miembros del servicio secreto. Y también, como una clara marca del comunismo, instaló en la isla una gran burocracia y una gerontocracia: la mayoría de los altos personajes del poder, hoy ancianos, siguen siendo aquellos de la campaña de Sierra Maestra. Pero Fidel, que es un político muy hábil e inteligente, usó y usa como propaganda la imagen del Che.

–¿Fidel y el Che llegaron a ser enemigos?
–No: se respetaban. Pero la versión oficial de esa relación, defendida a capa y espada, no es la correcta.

–¿La verdad fue menos idílica?
–Sin duda. Entre otras cosas, porque el Che no simpatizaba con la Unión Soviética.

–¿Usted, en Cuba, padeció esa férrea burocracia?
–Absolutamente sí. Cuando decidí escribir la biografía del Che, y previo aviso, con mucha antelación, a la embajada de Cuba en mi país, viajé y me presenté en el Centro de Periodismo Internacional, en La Habana. Me recibió un burócrata de gesto agrio y me dijo que yo no estaba autorizado a entrevistar a nadie “porque todo lo que se escriba sobre el Che debe ser autorizado o desautorizado por Aleida March, su esposa, y no hemos tenido tiempo de consultarla”. De no haber sido por el apoyo de José María Allen, el encargado de Negocios de la embajada argentina en Cuba, no hubiera podido hablar con nadie. Me desplacé en el auto del embajador, pero aun así estuve seguido y vigilado por gente del gobierno. Tanto, que al irme pedí que algún funcionario argentino me acompañara hasta dentro del avión…

–Su visita fue hace seis años. ¿Qué clima político percibió, mirando hacia el futuro?
–Fidel fue muy hábil para sobrevivir a la hecatombe del comunismo soviético, pero a un precio muy alto para todo cubano que no se someta al poder. Mire el caso de Hilda Molina. ¿Por qué sigue confinada en Cuba? Porque su situación es un mensaje hacia adentro. El gobierno sabe que su sistema se debilita, pero Fidel conjura esa realidad demostrando que no afloja la mano.

–Pero a pesar de todo, Fidel sigue enamorando a muchos. ¿Por qué?
–Enamora a la izquierda marxista porque es un resto arqueológico, y Cuba, el último reducto de un sistema puramente comunista.

–Cuba levanta tres banderas: comida para todos, alfabetización y medicina avanzada y social. ¿Qué vio usted al respecto?
–Son factores positivos, sin duda. El sistema de salud, visto por un hombre de nuestra clase media, es muy deficiente. Pero visto desde una de nuestras villas miseria, es envidiable. Eso, pese a que está restringida por el insensato bloqueo norteamericano. De la educación, el régimen se ocupó muchísimo. Si se la compara con la época de Batista, es un progreso extraordinario. En cuanto a la comida, todo cubano sabe que tiene derecho a cierta cantidad por mes, y con muchas restricciones. Si quiere algo más, debe acudir al mercado negro, que es amplio y muy activo.

–Hay un boom turístico. ¿Puede ser un factor de cambio?
–Siempre lo es. Felipe González, el ex primer ministro de España, me dijo que el turismo fue un cáncer para la dictadura de Franco, porque los turistas que vivían en democracia y libertad “infectaban a los españoles”. Hablé con muchos cubanos (con cautela, porque nunca saben si uno es un delator), y me dijeron que cuando sus parientes que huyeron a Miami vuelven a Cuba como grandes señores, pagando buenos hoteles que son exclusivos para residentes en el exterior, y mostrando el progreso de sus vidas, ellos se sienten “unos pelotudos”.

–A dos años y medio de la renuncia de Fidel y la asunción de su hermano Raúl, ¿quién gobierna realmente en Cuba?
–Sin duda alguna, el ejército. Y Raúl, su comandante en jefe. En adelante, Fidel será venerado y escuchado, pero el poder lo tiene el ejército. Entre otras cosas, porque Fidel lo rodeó de privilegios económicos y de cargos. Ese ejército es el heredero de Fidel.

–¿Es una buena noticia?
–No. Porque va a tratar de conservar el statu quo, exacerbará la mano dura si lo necesita, y aunque el cambio es inevitable, irá hacia el modelo chino: capitalismo con dictadura, para que el cambio no arrase con la dirigencia. En definitiva, los militares serán los grandes empresarios de la transformación cubana.

–¿Transformación pacífica, o…?
–Creo que habrá una etapa insurreccional. No olvidemos que la supuesta transformación china pasó por la plaza de Tiananmen… (Nota: Pekín, 4 de junio de 1989, matanza de estudiantes que clamaban por la democracia, a manos del ejército con una consigna del premier Li Peng: abrir fuego, limpiar la plaza, detener a los líderes y matarlos en el acto. La cifra de muertos no se conoce. Se habla de más de tres mil).

–¿Correrá sangre en Cuba, muerto (o no) Fidel?
–Tal vez... Esperemos que no. O por lo menos, no tanta como en Tiananmen.

El largo lagarto verde al que cantó Nicolás Guillén espera, una vez más, su destino. La Historia hablará… Primero de enero de 1959. La revolución ha triunfado. Camilo Cienfuegos, uno de sus grandes líderes, alza su fusil delante del monumento a José Martí, héroe de la independencia y el gran soñador de una Cuba libre y democrática.

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Fidel, el Che y su pequeña tropa, en Sierra Maestra. El cartel es una burla a los bombarderos de Batista.

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La revolución ha triunfado. Fidel, su hermano Raúl y el Che entran en La Habana: el último reducto del tirano Batista, que huye.

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