El día que cambió el mundo – GENTE Online
 

El día que cambió el mundo

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El lunes 10 de septiembre de 2001 a las ocho de la noche, después de visitar unos consultorios, Nelson Castro abandonó la torre norte. Aún no había anochecido sobre Manhattan, pero Castro debía viajar a la mañana siguiente a Washington para brindar una conferencia, de modo que tomó el ascensor, bajó la interminable decena de pisos interminables y se dirigió a su hotel, en la zona del Middle, justo frente al
Waldorf Astoria. Casi doce horas después, ese mismo sitio, esa misma ciudad, el mundo entero dejaban de ser los que siempre habían sido. A las 8:42 del martes 11 un
Boeing 757 de American Airlines, con 92 personas a bordo y secuestrado en algún lugar de la ruta Boston/Los Angeles, se incrustaba como una daga en la torre sur del
World Trade Center. Dieciocho minutos más tarde, otro Boeing, el
767 de United Airlines, repetía la tragedia en la torre norte. A unos kilómetros de allí, a las 9:37, el vuelo 77 de
American Airlines caía sobre un ala del Pentágono, el edificio de la Defensa de los Estados Unidos, causando otros 125 muertos, incluyendo los tripulantes. Horror desesperado. Derrumbe. Poco después de las 10 de la mañana, ya no había torres. La historia tenía que volver a escribirse...

"A eso de las nueve -recuerda Castro- me llamaron de La Red -la radio donde trabajo, para decirme que, según parecía, un incendio estaba consumiendo una de las torres. Ya había pedido el taxi para ir hasta el aeropuerto con destino a Washington, así que encendí los canales locales y comencé a retransmitir un poco lo que ellos decían. Estaba saliendo al aire cuando veo aparecer en la pantalla la silueta de un avión. Relaté en vivo ese segundo impacto. Cuando terminé, me quedé atónito".


-¿Cómo fueron las horas siguientes?

-Recuerdo muy particularmente lo que se vivió en los colegios de la zona afectada, porque muchos padres, con los caminos cortados, no iban a buscar a sus hijos. Los maestros no sabían si era porque no podían llegar o porque habían muerto. El segundo día empezaron a aparecer algunos padres. Otros no fueron nunca.

-¿Cómo se vivió la tragedia en el resto de la ciudad?

-El tiempo pasa y uno va recobrando cosas en la memoria, de a poco. Recuerdo las ediciones extra que sacaron los diarios, el New York Times, el New York Post… algo que no sucedía desde la Segunda Guerra Mundial.


-¿En las calles se percibía el pánico?

-No, todo lo contrario. A eso de las siete de la tarde salí a la calle porque tenía que ir hasta un estudio de televisión. No había nadie, y con esto quiero decir absolutamente nadie. Yo caminaba por Broadway como el único sobreviviente de una guerra atómica. ¿Sabés lo que es ver la avenida Broadway, el corazón de Nueva York, un día de verano a las siete de la tarde y completamente desierta? La imagen era desoladora. Tuve que caminar 35 cuadras hasta el estudio porque no había un solo taxi.


-¿Intentó llegar hasta el Ground Zero?

-Sí, cuando terminé con la transmisión para Canal 13, a eso de las ocho de la noche. Llegué hasta 10 cuadras, el olor era muy penetrante, acre, un olor sintético como a plástico quemado. Un policía se me acercó y me dijo que me pusiera una máscara, porque respirar ese aire era muy peligroso.


-¿Cómo se veía el lugar?

-En los últimos tiempos esa zona se volvió más residencial. Mucha gente vive allí. Tengo en la cabeza la imagen de personas abandonando sus casas, en el medio de la oscuridad, con bolsos y velas en la mano.

-¿Cómo fue la vida durante los días siguientes?

-Yo me quedé diez días más. Y la verdad es que fueron muy intensos. La vida se convirtió en un miedo apocalíptico. "¿Qué será lo próximo horrible que nos va a pasar?", era la pregunta que latía en cada esquina, en cada comercio, en cada rincón de la ciudad. Los neoyorquinos siempre se sintieron invulnerables, pero ese 11 de septiembre nacieron a la vulnerabilidad. Dejaron de ser quienes eran, dejaron de sentirse como siempre se habían sentido. El miedo se sentía en cada acto de la vida diaria.

El recuerdo del horror es ya el horror. Doce meses después, la cifra aún está abierta: las autoridades norteamericanas dijeron que 2.936 personas perdieron la vida en el atentado más violento de la historia moderna. El 11 de septiembre se cumplirá un año del espanto, de la furia, de la fiebre demencial del fanatismo. Ese día Nelson Castro estará en Nueva York. Los homenajes se multiplicarán y la memoria será un doloroso y obligado ejercicio. La historia más reciente dice que los Estados Unidos atacaron Afganistán y derribaron al gobierno Talibán (protector de Osama Ben Laden, señalado por los Estados Unidos y la comunidad internacional primero, y él mismo después, como el responsable del atentado). La historia dice, dirá para siempre, que, como en Manhattan, en Kabul siguieron muriendo civiles inocentes.

-¿En qué mundo hemos vivido este año y en qué mundo viviremos de ahora en más?

-En un mundo mucho más inseguro. Era inseguro para muchos. Ahora lo es para todos.

-¿Es una consecuencia directa del atentado?

-Sí, pero también es una consecuencia de la torpeza del gobierno de Bush, quien ha visto todo esto como una cruzada y lo único que ha hecho fue fomentar el sentimiento antinorteamericano. Hoy el mundo vive en mayor peligro porque el enfoque de Bush es equivocado: crea el efecto inverso, ya que sólo consigue fanatizar más a sus enemigos y, además, les regala argumentos para captar nuevos adeptos a la causa. Pero, cuidado, con esto no pretendo diluir la locura asesina de Ben Laden y Al Qaeda, sino agregar más análisis a esta situación.

-Un año después, ¿en qué se convirtió el 11 de setiembre?

-En muchas cosas, algunas de las cuales me parecen bastante indeseables. El Ground Zero hoy es un negocio turístico, donde las personas van a comprar remeras, llevarse un souvenir y sacar una foto. Eso es ver la tragedia como atracción.

-El destino de esa zona también es motivo de polémicas…

-Las disputas políticas a propósito de la utilización de ese espacio me parecen lamentables. Además, hay un dato poco conocido: los bomberos de Nueva York hace tiempo que vienen pidiendo un aumento salarial y se los están negando. Por lo visto, en los Estados Unidos también se olvidan de los verdaderos héroes.

La torre sur ya es una profusión de gritos, fuego y desesperación. Son las 9 AM y el Boeing 767 de <i>United Airlines</i> es un arma letal lanzada ciegamente sobre la torre norte. Pura demencia. Pura muerte.

La torre sur ya es una profusión de gritos, fuego y desesperación. Son las 9 AM y el Boeing 767 de United Airlines es un arma letal lanzada ciegamente sobre la torre norte. Pura demencia. Pura muerte.

La imagen del segundo estallido y la  incertidumbre. La confusión. El pánico. En las horas (los días) que siguieron, las tareas de rescate fueron de una intensidad agotadora. El centro de emergencias de Nueva York había entregado, a enero de este año, 1.980 certificados de defunción constatados. En un primer momento, las muertes habían sido estimadas en 6.500, aunque probablemente nunca se sepa el número exacto.

La imagen del segundo estallido y la incertidumbre. La confusión. El pánico. En las horas (los días) que siguieron, las tareas de rescate fueron de una intensidad agotadora. El centro de emergencias de Nueva York había entregado, a enero de este año, 1.980 certificados de defunción constatados. En un primer momento, las muertes habían sido estimadas en 6.500, aunque probablemente nunca se sepa el número exacto.

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