Podemos estar seguros de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice", dijo su gran amigo, el cardenal decano Joseph Ratzinger." /> El adiós al hombre, la bienvenida al Santo – GENTE Online
 

El adiós al hombre, la bienvenida al Santo

Cerca de las 10 de la mañana, el arquitectónico y monumental abrazo que
ofrece la Plaza de San Pedro a esta hora cobija 350 mil almas llegadas de todo
el mundo. Somos los afortunados de cuantos han llegado hasta Roma este viernes 8
de abril de 2005. Y es que otra multitud -otro medio millón de personas- deberá
seguir el acto a través de 27 pantallas gigantes instaladas en puntos clave de
la ciudad. A primera vista, lo primero que llama la atención son las banderas.
Si hasta ayer la mayoría eran italianas, en el funeral las polacas predominan
claramente. Allí donde miro, una bandera blanca y roja con el agregado de un
crespón de luto flamea al viento. Todo en un extraño clima donde lo festivo deja
paso a la congoja y el llanto. Además de las banderas polacas, se destacan
infinidad de pancartas, aunque predominan dos leyendas contundentes,
imperativas: "SANTO SUBITO!!" (¡¡Santo ya!!) y "GIOVANNI PAOLO II IL
MAGNO
" (Juan Pablo II el Grande) puede leerse. Dentro de un rato nomás, ese
viento que sacude la vestimenta roja de los cardenales, contribuirá al
dramatismo del momento, sobre todo cuando una ráfaga cierre los evangelios
depositados sobre el cajón con los restos de Juan Pablo II como si cerrara una
vida.

LA ESPERA. Aquí no hay recién llegados. Todos vienen de una larga vigilia
nocturna y más también. Allí están las hermanas argentinas de la Congregación
del Verbo Encarnado de San Rafael, Mendoza -las mismas que hace unos días habían
hecho la cola para darle el último adiós a Juan Pablo II-. Son más o menos el
mismo grupito, y si han logrado avanzar tanto es porque están haciendo la fila
desde las 18.30 del jueves. Exactamente doce horas más tarde -son las 6.30 del
viernes cuando las veo- logran tomar una posición privilegiada frente a la
Basílica. Todavía faltan casi cuatro horas para el comienzo del funeral. Y en
este contexto parecen minutos.

Los ojos del fotógrafo ven cosas que los del cronista no detectan, y menos en
medio de una marea humana. Matizando la espera, yo disfruto viendo el accionar
de la gran cantidad de detectives secretos, nada secretos por cierto, teniendo
en cuenta esa chapa brillante incrustada en un rectángulo de cuero negro que
llevan colgada al cuello, por no hablar del handy, y el leve bulto bajo
el sobaco izquierdo...

Estoy haciendo mi propio casting para un thriller a la italiana,
cuando mi compañero, Santiago Turienzo, comienza a sacarle fotos a la chica.
Tendrá unos 20 años, un look más bien hipposo, las manos completamente
entintadas de negro y un abultado block de esos que usan los estudiantes de
Bellas Artes. Caroline -así se llama esta parisina- cuenta que llegó en tren
desde Francia a última hora de la tarde del jueves. Es artista, y durante toda
la noche fue dibujando lo que veía en los alrededores. Pasa las hojas, y una
tras otra van apareciendo viñetas de gente durmiendo, rezando, el perfil de la
basílica de San Pedro, todo dibujado en carbonilla o tinta negra. "Para mí es
como rendirle un homenaje a mi abuelo -me cuenta-. Gracias a él, en 1988 el Papa
nos recibió en Castelgandolfo. Nunca olvidé ese momento. Por eso estoy aquí."

Una cosa más me dirá Caroline, antes de perderse entre la gente: "Yo soy
atea. Pero lo que hizo este hombre está más allá de la religión".

EL ULTIMO RITO. Y así se hicieron las diez... Esto que estamos
presenciando comenzó ya hace un rato, en realidad, con una ceremonia privada en
el interior de la Basílica. El cardenal camarlengo, el español Eduardo Martínez
Somalo, celebra el rito del cierre de ese sencillo ataúd de ciprés, mientras el
arzobispo Piero Marini, maestro de celebraciones litúrgicas, lee el rogito -una
breve biografía del difunto- y lo deposita junto al cuerpo. En el interior del
cajón son depositadas la mitra y una bolsa con 26 medallas -una por cada año-
acuñadas durante el pontificado de Wojtyla. Lugo, el secretario del pontífice,
monseñor Stanislaw Dziwisz, pasa a cubrir el rostro con un velo blanco.

A esa altura, afuera, en la Plaza San Pedro, ya se han ubicado 10 monarcas, 57
jefes de Estado, 3 príncipes herederos, 17 jefes de gobierno y 3 secretarios de
organizaciones internacionales; es decir, los máximos jerarcas de la política
mundial, empezando por George Bush. Estamos en presencia del encuentro de
estadistas antagónicos, como en el caso de los representantes de los Estados
Unidos e Irán, o de Israel y Siria, un buen símbolo de uno de los máximos
objetivos perseguido por Juan Pablo II en vida: la búsqueda de la paz.

SANTO. Durante toda la mañana habrá una constante. Los aplausos comienzan
en el corazón de la plaza, la zona marcada por el obelisco, y a partir de ahí se
van expandiendo cuadras y cuadras por la Vía Conciliazione. Es un fenómeno
parecido al de la ola de las canchas de fútbol, sólo que en lugar de esa simple
y multitudinaria coreografía capaz de verse, aquí el efecto es para los oídos:
una creciente ola de aplausos va derramándose por la plaza como un líquido
sonoro. El primer y claro torrente lo escucho cuando por fin aparece el ataúd,
seguido en procesión por 140 cardenales vestidos de rojo, para ser depositado
sobre una alfombra roja -color dominante por simbolizar el luto pontificio-.

Enseguida, el cardenal decano Joseph Ratzinger -gran amigo de Karol Wojtyla y
uno de los pocos que no fueron nombrados por Juan Pablo II sino por Pablo VI-
comienza la homilía. En italiano, irá trazando un perfil del Papa. Evoca a un
joven estudiante de teatro, al obrero amenazado por el terror nazi, al
seminarista clandestino, al sacerdote, al profesor, al obispo, "al Papa que
buscó el encuentro de todos... Nuestro Papa -está leyendo Ratzinger que habla el
italiano duro propio de un germano, un acento que hacen más solemnes aún sus
palabras-, todos lo sabemos, no quiso nunca salvar su propia vida, tenerla para
sí. Nuestro Papa quiso entregarse sin reservas, hasta el último momento, por
Cristo y por nosotros". Entonces, de pronto, escucho a mi izquierda un coro que
empieza tímido; deben ser no más de treinta personas -¡nada en semejante
gentío!-, un puñado de almas que comienzan con el "Santo... Santoo... Santooo!!!",
y de inmediato el canto gana la plaza por completo hasta convertirse en un
mantra escalofriante, capaz de conmover hasta al más convencido de los ateos.

La homilía está marcada por un eje principal: el sufrimiento como imitación del
Calvario. "En el primer período de su pontificado, el Santo Padre, todavía
joven y repleto de fuerzas, bajo la guía de Cristo, fue hasta los confines del
mundo"
, dice ahora Ratzinger, y no puedo dejar de recordar sus visitas a la
Argentina: en 1982, cuando llegó a nuestro país a traernos paz en medio de la
guerra de Malvinas, y en 1987, ya en plena democracia, para renovar por gran
parte del país su mensaje de fe y esperanza. "Pero después compartió cada vez
más los sufrimientos de Cristo -sigue el cardenal decano-. Ninguno de nosotros
podrá olvidar cómo en el último domingo de Pascua de su vida, el Santo Padre,
marcado por el sufrimiento, se asomó una vez más a la ventana del Palacio
Apostólico Vaticano y dio la bendición urbi et orbi por última vez -cómo
olvidar, claro, esa mímica del dolor del 27 de marzo-. Podemos estar seguros de
que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y
nos bendice."

Otra vez, el silencio se rompe. Otra vez ruge la gente: "Santo... Santoo...
Santooo!!!".

Otra vez los aplausos, esta vez interminables: diez minutos, si no más, y toda
esa gente coreando un deseo apremiante: "Santo subito! Santo subito!"

EL ENTIERRO
. Hacia el final de la ceremonia, el coro Vaticano entona el
Magnificat. Suenan las campanas, mientras el ataúd es introducido en la
Basílica, donde será enterrado. Tanto el entierro como el cierre del cajón es un
acto privado, sin los múltiples ojos de la televisión mundial. El ataúd, marcado
con el escudo del pontificado de Juan Pablo II -una cruz y la M de María- es
sellado con cintas rojas y colocado en una caja de zinc para ser depositado, de
acuerdo a su voluntad expresada en el testamento, en "la tierra desnuda".
A la vez, se agrega un puñado de tierra de su tierra -la ciudad polaca de
Wadowice-, expresamente traída a Roma por un grupo de conciudadanos de Karol
Wojtyla. Luego, la tumba -muy cerca de la de San Pedro- es cubierta con una
lápida de mármol blanco de Carrara extraído de la misma cantera que produjo el
bloque con el que el gran Miguel Angel esculpió el David.

Y sobre el mármol, una cruz muy sencilla de madera y una placa de bronce donde
sólo puede leerse: Karol Wojtyla, 1920-2005.
Ahora, la lápida cubre la tumba del Santo Padre. Suenan las campanas en San
Pedro. Y en los corazones de una plaza inmóvil -nadie, ni uno solo de los
cientos de miles ha abandonado su lugar- queda un sentimiento de orfandad. Y
entonces todos oramos: "Padre nuestro, que estas en los cielos, santificado
sea tu nombre.
"

El ataúd con los restos de Juan Pablo II está allí, en la Plaza San Pedro. El cardenal alemán Joseph Ratzinger -gran amigo de Karol Wojtyla- comienza la homilía. Nuestro Papa quiso entregarse sin reservas, hasta el último momento, por Cristo y por nosotros", señaló.">

El ataúd con los restos de Juan Pablo II está allí, en la Plaza San Pedro. El cardenal alemán Joseph Ratzinger -gran amigo de Karol Wojtyla- comienza la homilía. "Nuestro Papa quiso entregarse sin reservas, hasta el último momento, por Cristo y por nosotros", señaló.

Una impresionante multitud acompañó los últimos instantes de los funerales de Juan Pablo II. De los dos millones de fieles que llegaron de distintas partes del mundo para darle el adiós, 350 mil colmaron la Plaza San Pedro el viernes 8 de abril. Otro medio millón siguió la ceremonia a través de 27 pantallas gigantes ubicadas en plazas y lugares abiertos de la ciudad.

Una impresionante multitud acompañó los últimos instantes de los funerales de Juan Pablo II. De los dos millones de fieles que llegaron de distintas partes del mundo para darle el adiós, 350 mil colmaron la Plaza San Pedro el viernes 8 de abril. Otro medio millón siguió la ceremonia a través de 27 pantallas gigantes ubicadas en plazas y lugares abiertos de la ciudad.

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