Dolor, desidia y muerte en las entrañas de la tierra – GENTE Online
 

Dolor, desidia y muerte en las entrañas de la tierra

"Levantate, papi! ¡Por favor, levantate de ahí!". La voz viene de allá
adelante, donde se apiña el gentío. Parece de una mujer joven, tal vez la voz de
una adolescente. Yo cogoteo entre un mar de cascos con lámparas encendidas, pero
no logro verla. "¡Basta, ya está, te levantás, papi, te levantás te digo!". Con
los gritos llegan también unos golpes secos. El cielo está limpio y el aire de
la precordillera nos va helando la cara a las quinientas personas que llenamos
el humilde cementerio de campo, en las afueras de Río Turbio. "¡Levantate, ya
mismo te levantás!"
. De a poco, el grito, la orden, se va transformando en puro
llanto hasta que sólo se oye, allá adelante, el espasmo y el ahogo. Alguien que
viene saliendo me susurra: "Es Romina, la hija". Se escuchan dos golpes finales
sobre la madera lustrosa que envuelve el cuerpo muerto de Miguel Antonio Cardozo,
minero. Después, un silencio macizo. Nadie se mueve. El barro se escarcha bajo
los pies.

La muerte bajo la tierra. Cardozo, 39 años, la cara ancha y joven, pasó ese
lunes por la casa de su ex mujer con la intención de saludar a sus hijas, Romina,
la mayor, de 18, que ya le había dado un nieto: Lucas; Micaela, de 12, y
Agustina, de 4. Después, como lo venía haciendo en estos últimos 20 años, enfiló
para la Mina 5: era mecánico de montaje, ganaba 1200 pesos y había vuelto,
después de tres años, al tercer turno, el que va de 22 a 6. Llevaba poco más de
media hora trabajando a 600 metros bajo tierra cuando el rodillo atorado de una
cinta transportadora hizo chispa a la altura de la Unión 9 y encendió el aire
que, dentro de la mina, no es aire sino un mezcla de polvillo de carbón y gas
metano. El fuego se extendió por lo túneles, quemó los soportes de madera, los
arcos de hierro que aguantan el peso de la montaña se doblaron y entonces el
derrumbe sepultó hombres y máquinas. El chofer Héctor Rebollo puso en marcha la
perrera con la que transportaba a los operarios hasta el interior de la mina,
subió a unos cuarenta compañeros y le dio para adelante. Algo, un muro, una
juntura de hierro en el camino, lo detuvo. Ciegos, envueltos en un humo negro
irrespirable que volvió inútiles las lámparas de los cascos, los que pudieron
avanzar, avanzaron a pie. Héctor Rebollo no pudo. Miguel Cardozo tampoco. Sus
cuerpos sin vida, junto con los cuerpos de otros doce compañeros, fueron
encontrados a lo largo de una semana de rescates. Es la mayor tragedia en la
historia de los Yacimientos Carboníferos de Río Turbio, la mina de carbón que le
da trabajo a mil empleados y cuya producción alcanza las 200 mil toneladas al
año.

Para ubicar la casa de los Cabrera, en el barrio Eva Perón, hubo primero que
buscar la despensa El Colorado. "Ahí al ladito estamos", me había dicho por
teléfono Carmen Soloza, 55 años, salteña como su esposo, Ricardo Cabrera, cuyo
cuerpo fue uno de los primeros en ser hallados. En el living apretado y oscuro,
una mesa redonda ocupa casi todo el espacio. Alrededor se sentó toda la familia:
los hijos, la viuda, los hermanos que llegaron de Orán, Salta, y los nietos. En
el centro, con la solemnidad rural de los velorios en casa, solita en su marco
de madera, una foto del "Pa", como todos llamaban a este salteño de 53 años que
en 1979 entró a la mina por primera vez.

Para Carmen la mina es la mina, es decir, una mujer, una amante que enamora a
los mineros, los saca de sus casas y, a veces, también los mata. "'No te cases
con un minero', dice una canción de Horacio Guaraní, y dice bien",
se lamenta
Carmen, que hunde la cara entre las manos, y ahí dentro decide quedarse. Frente
a ella, al otro lado de la foto, Ariel, de 29, y Daniel, de 26, mineros como el Pa, dicen lo que su mamá sabe que van a decir y odia que lo digan: "No vemos la
hora de volver a la mina
". Entonces Carmen sale de entre sus manos y, sin
mirarlos, levanta la voz: "No le digo, la mina los atrapa, le atrapa a una el
marido y después le atrapa a los hijos. Igualito a como dice la leyenda de la
viuda negra. ¿Sabe? Dicen que el espíritu de una viuda anda dentro de la mina y
va coqueteándole a los hombres, a toditos los emboba la viuda, hasta que elige a
uno, o a varios, y para llevárselos los mata. A mí me mató al Pa".

Pueblo limite. En un sitio que no ofrece más trabajo que el trabajo de sacarle
el carbón a la tierra, los hijos de los mineros no tienen más chances que
volverse mineros, y los hijos de esos hijos también. Allí, en Río Turbio, la
mina es todo lo que hay.

A 3000 kilómetros de la Capital Federal, a sólo 20 de la frontera con Chile, los
diez mil habitantes de Turbio no sólo están lejos, también están apartados. En
los últimos años se han mejorado las rutas, pero aún no hay forma de llegar sino
a través de un largo ripio que serpentea entre los cerros. Los diarios de Río
Gallegos llegan después de las cinco de la tarde. Los de Buenos Aires, si
llegan, recién a la noche. Las calles son irregulares y aún quedan quoncet,
casas de chapa acanalada con la forma de un medio cilindro extendido sobre el
suelo. Todas, las quoncet y los techos regulares, están pintados de celestes,
naranjas, colores vivos que, como en la Antártida, se recortan sobre la nieve.
En las mañanas conviene caminar con cuidado: una fina capa de hielo cubre las
veredas y las vuelve resbalosas. La noche llega rápido: después de la seis, el
sol de junio desaparece.

En la entrada del pueblo, sobre la avenida Jorge Newbery, hay un estación de
servicio, y las quince personas que llenan las mesitas las llenan porque allí
hay una tele, y en la tele una final. La temperatura afuera es de un grado. En
el playón, los parabrisas se congelan. Le va a pegar Salas: adentro. Desde la
puerta, allá lejos, viniendo del este por lo que todavía es ruta, unos faros
avanzan lentos, como luces de a pie. Es jueves, la noticia de cuatro mineros
muertos y diez desaparecidos sacude a Río Turbio. Le pega Schiavi: adentro. Las
luces ahora están más cerca, se nota que son un pequeño montón que ilumina el
asfalto escarchado. Van viniendo, despacio. Frente a la pantalla, los quince
ahora son veinte, entró más gente a ver cómo termina todo, le pega Montenegro:
adentro. La caravana (ya está claro que se trata de una caravana) es encabezada
por algo que tal vez sea una ambulancia, o una combi blanca de traslados.
Todavía no se distingue, la noche de Turbio es negra como el carbón. En las
mesitas nadie se mueve. No hay otra cosa que ojos sobre la imagen y gritos de
gol a intervalos regulares. Del otro lado del vidrio, a cincuenta metros, el
cortejo camina. Los autos van a paso de hombre. Sí, era una ambulancia. Le pegó
Burdisso, fue gol: ahí viene Maxi López. El cuerpo sin vida de José Alvarado
Díaz, chileno, va dentro de la ambulancia. Detrás, una fila de autos y mineros
de a pie lo sigue en silencio. Alguien recuerda que a la tarde la radio dijo
algo sobre un nuevo cuerpo encontrado dentro de la mina. Pasan por la puerta los
hombres y su muerto. En unos minutos, estarán velándolo en el gimnasio
municipal. Abbondanzieri ya hizo su estirada. Le va a pegar Villarreal.

Historia y abandono. El derrumbe que mató a los catorce mineros que trabajaban
en los Yacimientos Carboníferos de Río Turbio (YCRT) había comenzado en los 90,
cuando lo que se derrumbó fue la inversión y el control. En 1994, YCRT pasó de
la órbita del Estado a manos privadas. El grupo empresario que se quedó con la
concesión tenía como cabeza al empresario Sergio Taselli, hoy al frente de la
cuestionada empresa de trenes Metropolitano. Según Raúl Wanso, secretario
general de ATE Río Turbio, el gremio que agrupa a los trabajadores de la mina,
"esta tragedia ocurrió porque desde hace años la empresa dejó de invertir en
seguridad. La mina funciona con una tecnología atrasada veinte años"
. En 2002 el
estado de deterioro era tal que el gobierno de Duhalde intervino YCRT,
recuperándola para el Estado. Hace tres semanas, el presidente Kirchner anunció,
rodeado de mineros con sus cascos, inversiones por 300 millones. Durante el
acto, descubrió una placa junto a un minero delegado. Luego le dio la mano.
Nicolás Arancibia moriría unas semanas después, sepultado por un derrumbe con
historia. El juez federal de Río Gallegos Daniel Caamaño tiene en sus manos la
causa que intentará dar con los responsables de tanta muerte bajo tierra.

Hay pocos de por aquí: la mayoría de los trabajadores de la mina vinieron con la
migración interna de los 70. Riojanos, tucumanos, salteños que buscaron el sur
rico y con el empleo que el norte les negaba. Por esos años, el pueblo vivía su
esplendor, la mina le daba trabajo a cinco mil hombres con familia, y tanto Río
Turbio como 28 de noviembre, el pueblo de al lado, se llenaban de casitas con
techos de chapa. La historia de Río Turbio es un correlato de la historia
argentina reciente y su reciente derrumbe. Que los muertos con su muerte puedan
cambiar la historia.

Tenía 39 años, tres hijas, un nieto. Los restos de Miguel Antonio Cardozo buscan su descanso final. Había cumplido veinte años de minero en Yacimientos Carboníferos Río Turbio.

Tenía 39 años, tres hijas, un nieto. Los restos de Miguel Antonio Cardozo buscan su descanso final. Había cumplido veinte años de minero en Yacimientos Carboníferos Río Turbio.

La entrada a la Mina 5 donde se produjo la tragedia.

La entrada a la Mina 5 donde se produjo la tragedia.

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