Dios creó a la mujer… y BB creó Saint Tropez – GENTE Online
 

Dios creó a la mujer... y BB creó Saint Tropez

En 1956, Dios creó a la mujer. O mejor dicho, a Brigitte Bardot. La película
se llamó Y Dios creó a la mujer, con el genial Roger Vadim -por entonces
su esposo- en la silla de director. Una extravaganza sexual en los brazos del
galanísimo Jean Louis Trintignant, en una de las playas más fascinantes del
planeta
. Y de las más desconocidas por aquellos años; apenas un pueblito de
artistas y pescadores. Entonces, B.B. creó a Saint Tropez. Fue alquimia.
La crème de la crème de lo que todos llamamos mujer; la crème de la
crème
de lo que todos llamamos paraíso. Hoy por hoy, lo es sin dudas. Amigo
lector, esto es mucho más que lujo… esto es lujuria. Cuerpos fabulosos,
yates de cien millones de dólares y carnavales de champagne Louis Roederer
Cristal -el más caro del mundo, cabe aclarar-. Un exclusivísimo patio de juegos
de (sí, adivinó) ricos y famosos. Muy pero muy ricos. Muy pero muy famosos.
¿Siente el rumor de la fiesta? Bueno, no se ponga ansioso. Antes, un poco de
historia. Brigitte Bardot, decíamos. Su film fue la primera piedra. Puso a
Saint Tropez en el mapa
. Lo hizo existir. Primero, sería su petit
mansión, La Madrague
, con paseos en velero junto a Alain Delon, sus fiestas
en la arena y su serie de affaires, casualmente, con su costar en aquel mítico
film, Jean Louis Trintignant. Era BB Era la diosa. Y Saint Tropez era su lugar.
Después vendrían más y mayores mansiones: Joan Collins, Picasso y sus paseos en
la playa, la piscina llena de champagne del rocker local Johnny Hallyday. Y en
1970, el primer topless de nuestra era, en La Voile Rouge, la
playa capital del derroche. En 1971, en el Cafe des Arts, Mick Jagger y
Bianca Perez dan el yes, en la boda más alocada de la década. Y si canta
presente el gran Mick... bueno, todo dicho. Saint Tropez construyó su mitología
a vuelo de corcho, bajo el sol blanco e impagable de la Riviera gala. Y por
supuesto, una sensualidad que siquiera una armada de baldes de hielo pudo
controlar.

EL DIA Y EL DERROCHE. Ahora, el hoy. ¿Usted cree que lo vio todo?
Prepárese. Al final de estas líneas no le quedarán en pie sus viejas
definiciones de los adjetivos top, chic, lujoso… Bueno, si hay playa, a la playa
vamos. Tour de force: la Nikki Beach.

Chicas demasiado rubias con curvas dignas de un circuito de Fórmula Uno y
botas de cowboy a 35 grados de calor, acompañadas por magnates que peinan canas
hace rato y claman, cigarro cubano en boca, por decenas de botellas de Louis
Roederer Cristal
-setecientos dólares la pieza-. Luego, a falta de
pistola de agua, bienvenido sea un duchazo de champagne, tradición magna
de Saint Tropez. Si hay plata, que se gaste.

Allí, cualquier día de la semana, el set se sube al jet. Allí, puede
verse a Bono -líder de U2-, disfrutando del sushi especial de la
casa -langosta y mango picante- junto a su esposa Allison; al genial Jack
Nicholson paseando su pancita en la orilla; a Bruce Willis, Donatella Versace,
Kate Moss, Naomi Campbell y el príncipe Alberto de Mónaco con su ocasional banda
de amigotes. Suena el DJ, y bailan las rubias, los magnates, las celebrities.
Bailan todos. Y todo vale. Esa es la ley para los playboys y party
girls
de Saint Tropez, la patria del bronceado perfecto. No hay
inhibiciones, y mucho menos, tacañería. Bailes locos y besos más locos todavía.

El asunto sigue en la mencionada La Voile Rouge. El capo del lugar:
Paul Tomaselli, un septuagenario que se pasea en tanga blanca, a quien las
celebrities
adoran como un semidiós del lujo. Fue su madre la que le pegó un
manojo de spaghettis en el traste a Sylvester Stallone, cuando todavía
ardía con el éxito de Rocky. Y de paso, creó la tanga masculina.

De ley hablábamos, y aquí, es la ley de la marca. Anteojos Chanel, prenditas
de Roberto Cavalli -el diseñador del mondo Saint Tropez-, y sandalias
Jimmy Choo -no menos de mil dólares el par-. Aquí, no se aceptan cheques o
tarjetas de crédito: cash, señores. Y nada mejor que arribar a bordo de un
Bentley o un Jaguar. O mejor, no arribar directamente. Y andar vestido, allí, es
cosa opcional.

Dejemos la locura -por unos instantes, nomás-, y pasemos a Club 55, el restó
más tradicional de Saint Tropez. Habitués de acero: Joan Collins y su chico,
32 años más joven que ella
; Percy Gibson; la reina Rania de Jordania; Ivana
Trump y su jovencísimo italiano, Rossano Rubicondi, con su peculiar costumbre de
alimentarse con ostras mutuamente. Aquí, no pastan los nuevos ricos, sino los
ricos en serio, que enloquecen con un menú de crudités, ratatouille y demás
exquisiteces francesas tan simples como dolorosas al bolsillo: ningún plato
desciende de los cien dólares
. Aun así, todo tranquilo. Nadie olvida
portarse bien.

NAVEGANTE NO HAY NAVIO. Era 1997, y era Lady Di. Nuevo amor: el
magnate egipcio Dodi Al Fayed. Y Saint Tropez. Ellos dos, sobre el yate Sakara
-casi 60 metros de eslora y un valor de 32 millones de dólares-, a pocas millas
de la costa. Ahí, corrió el amor. Luego, sería el desenlace. O el infierno
tan temido
.

Y en los fabulosos yates, en el aún más fabuloso puerto, lleno de cafetines
increíbles con el verdadero perfume de la Riviera, reside el quid de esta
Babilonia. La fiesta cruza de las playas a pleno Mediterráneo. Y se ponen bien
salvajes. Lo que arde en tierra, estalla en alta mar.

Supongamos que usted es dueño de uno de esos fabulosos yates -alguno de ellos
equipados hasta con cancha de basket, como el Tatoosh de Paul Allen, principal
socio de Bill Gates en Microsoft, valuado en cien millones de dólares-.
Precisará una amarra. Y un desembolso de cien mil dólares por la temporada.
Ahora, la fiesta.
Es el crepúsculo, las yacht parties son algo así como un pre boliche
incendiario. Si decíamos que todo vale, aquí la regla es más dorada que nunca.
Diva de la escena marítima: Naomi Campbell, que celebró su último happy
birthday
en el yate de su ex amor, el capo di tutti capi de Renault,
Flavio Briatore, con una sesión de pastas a la madrugada. Luego, más top
models
como Claudia Schiffer y la alucinante Karolina Kurkova. Entre los
zares de esta cuestión, asoma el rapper P. Diddy -más conocido como Puff Daddy,
ex de Jennifer López y nuevo amo de la jarana naval-, junto a una tropilla de
príncipes árabes que no temen hacer humo sus petrodólares bebiéndose el volumen
del Mediterráneo en champagne. No son yates: son templos de Baco. De grand
finale
, todos por la borda y derechito al agua. Si sobró caviar… bueno,
vuela también.

UNA NOCHE EN BABILONIA. "Vosotros, los que aquí entréis, abandonad
toda esperanza
." Eso dice la entrada del Infierno, en la Divina Comedia
del Dante. La cita bien le cabe a las puertas del Caves du Roy, la
disco del lugar por excelencia. Porque aquí atiende el Diablo mismo. Suena el DJ
-Jack E, lord del lugar, con el príncipe Alberto de asiduo visitante a la
cabina-, y todo se mueve. Aquí, todas las celebrities llegan a quemar lo
que queda del día: Elton John, Mick Jagger, Kate Moss, Ivanka Trump -hija de
Ivana-, y siguen las firmas... La ducha de champagne se siente como nunca
-cuentan que alguna vez, Jack Nicholson lo bebió de un zapato-. Que
alguien quede un poco desnudo, no es extraño. El desmadre es eterno: muere
recién a eso de las 6 AM. Y el regreso, bueno, son mañanas a la deriva...

Y ahora, hoy, ¿dónde está BB, fundadora y madre de todo esto? Sigue en
La Madrague, con su esposo, el político Bernard D'Ormale -mano derecha
del ultraderechista Jean Marie Le Pen-. No sale, no quiere ver a nadie. Dice que
Saint Tropez "se llenó de escoria". Pero esos yates enloquecidos le deben
algún honor. Acaso un mascarón de proa con su cara y cuerpo inmortales, para
meterse en la marea, entre botellas vacías y el caviar amanecido.

Saint Tropez vista desde el aire: villas, playas y fabulosos yates.

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Bardot y Alain Delon (con camisa negra), próceres máximos, en su relax veraniego, hace poco menos de cincuenta años.

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Andrea, hijo de Carolina de Mónaco, principito ganador.

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