Desde todo el mundo a la cima de América – GENTE Online
 

Desde todo el mundo a la cima de América

Si están pensando en intentarlo, lo aviso de entrada: ¿saben inglés? Ya verán
por qué… Pero, ¿qué hacía yo ahí? Quizás fuera por esa sensación de poder tocar
el cielo con las manos… Quizás por las ganas de repetir. En 1993 ya había hecho
cumbre en el Aconcagua. Desde aquella primera experiencia para la revista El
Gráfico, el bichito, más que picarme, me envenenó. Volví a intentarlo con éxito
en el MacKinley -6.200 metros, el pico más alto de Estados Unidos, en Alaska-,
en el glaciar del Tupungato -su pared tiene 5.200 metros-, y también hice cumbre
invernal en el Lanín, en Neuquén. Y ahí estaba otra vez, queriendo comprobar,
además, lo que me habían contado. Que el Aconcagua se ha convertido, hoy por
hoy, en un boom turístico. La clara ventaja en el cambio euro o dólar respecto
al peso, no deja de atraer extranjeros deseosos por coronar sus 6.959 metros. El
permiso de ascenso les cuesta 300 dólares, y sólo 300 pesos a los argentinos. El
fenómeno se nota no bien uno llega a Mendoza. Y no haría más que confirmarlo en
mi camino hacia la cumbre.

Antes de seguir, y para no crear falsas expectativas, debo confesarlo: esta vez
no llegué.

Me rendí a 900 metros de la cumbre (ocho horas de marcha). De todas maneras
valió la pena. Todo comienza en Puente del Inca. Primer paso, entregar la carga
a los muleros. El peso que uno carga en la mochila es clave para hacer el
ascenso lo más fácil posible: hay que llevar lo básico, y el resto del equipo se
despacha a lomo de mulas. El primer tramo son 47 kilómetros, en los que se pasa
de 2.900 metros hasta los 4.200 de Plaza de Mulas. En estos días de temporada
alta, el tráfico de mulas es feroz: parten hacia arriba unas 100 por día, a 120
dólares el animal (saquen cuentas).
A diferencia del 93, cuando subí acompañado por la Agrupación de Comandos
Anfibios -algunos de sus integrantes fueron los primeros en desembarcar en
Malvinas-, ahora iba solo… solito y solo. Pero en la montaña se conoce gente.
Hasta ahí todo normal, salvo por el extraño encuentro que tuve con Neula, una
perra ovejero alemán, equipada como el mejor de los alpinistas, que me llevó a
pensar que la altura me estaba pegando mal. El pichicho llevaba anteojos, un
mono polar, una campera de Goretex (uno de los mejores materiales impermeables)
y botitas con grampones. ¡Increíble! Su adiestrador, Ramón Torralba, un catalán
de Mataró, me explicó que estaba en una expedición con dos perros rescatistas de
los Pirineos, Neula y Rubia (una golden retriever), con el objetivo de hacer
cumbre en el Aconcagua. Neula había tenido un problema en sus manos. Pero unos
días más tarde, el 19 de enero, Rubia lograría llegar a la cima acompañada por
Mark Ortega. "Hasta donde hay registros -me dijo- es la primera vez que un perro
lo logra en el Aconcagua". Guau, pensé yo (pero evité la exclamación).

Ya en el segundo día, me ocurrió el primer percance. Durante seis horas, había
atravesado la quebrada del río Horcones, a tres horas y media de Mulas, de
pronto se nubló mal. Empezó a nevar con todo y enseguida comprendí el error de
haber despachado la carpa por mula. Por suerte, Stefan y Sara, unos alemanes que
habían acampado, me permitieron dormir con ellos. Al otro día (17 de enero)
había que seguir. Los alemanes preferían esperar, yo no, y por dos razones.
Tenía la ropa mojada y mucho, pero mucho hambre. Hacía 24 horas que no comía.
Stefan y Sara me habían dado cobijo, pedirles morfi me pareció demasiado. Cerca
de las 11 ya estaba en Plaza de Mulas. Es una etapa clave para aclimatarse. Ya
estamos a 4.200 metros y el organismo no responde igual. Como el problema es la
falta de oxígeno, hay que generar más glóbulos rojos para compensar el
desequilibrio.

El lunes 19 encaré para Nido de Cóndores, a 5.200 metros. En esta fase la cosa
se complica notablemente porque la pendiente de 40 grados es mortal. Insume unas
ocho horas. Habrían pasado tres y media cuando vi que se me venía la noche.
Literal y metafóricamente: estaba muy cansado y tosía demasiado… Encima no
encontraba un buen lugar para armar la carpa. La zona más llana era la salida de
una roca. Como ni se podían clavar las estacas, fijé la carpa con piedras y
rogué que durante la noche no soplara el viento muy fuerte… si no, me veía
amaneciendo en las bodegas Giol. Comí unos fideos, me recosté, y cuando pensé
que se venía un descanso reparador, empezó la peor. Se me empezó a cerrar el
pecho. Trataba de toser y no podía. Casi no podía respirar. Realmente pensé que
me moría. Por suerte, tanto insistí en espectorar, que largué un vómito y fue
como si me devolvieran la vida. Mis pulmones volvían a funsionar.

El martes 20, después de esa noche crítica, me sentí como un toro. Arranqué a
las 9, y sobre las 13 estaba en Nido de Cóndores. Se venían dos días de descanso
y, luego, el momento de atacar la cumbre…

Ya es jueves 22: me levanté a las tres de la mañana. Si quería llegar a la cima
tenía que calcular nueve horas de ascenso, otras tres de descenso, como para
regresar a Cóndores a más tardar a las 20, cuando ya anocheció. Soplaba un
viento feroz. Me tranquilizaba el hecho de que a esa hora también habían salido
tres personas más (una pareja de japoneses y, más atrás, un americano). Había
pasado poco más de una hora cuando veo volver a los japoneses. Decían que no se
podía seguir: el tiempo estaba muy feo, hacía 18 grados bajo cero. Para colmo,
se me acababa de romper la linterna frontal, así que ahora dependía del
americano, mi principal guía unos 200 metros más adelante… De pronto, también lo
veo regresar a él: "Too much wind, too much wind. It's impossible. We must go
back
", me grita. ("Demasiado viento, es imposible. Tenemos que volver".)

Decidí no hacerle caso… pero no por mucho tiempo. Estaba sin luz. Todavía
quedaban unas siete horas hasta la cima. Pese a los guantes, se me había
comenzado a congelar la yema de los dedos. Tenía los labios heridos por el
viento… Es cierto, a sólo 900 metros, después de ocho días, la mente dice: ¿ y
ahora voy a volver? Pero también pensé: el Aconcagua de ahí no se va a mover. La
revancha te la da el sentido común.
Me acordé del 93, cuando hice cumbre. Me acordé también de mi cédula -que marca
37 años- y de que ya hacía diez de aquello. Lo notaba.

por Henry von Wartenberg, tal como se lo contó a César Litvak
fotos: Henry von Wartenberg
Agradecimientos: Dirección de Recursos Naturales Renovables y Subsecretaría de Turismo de Mendoza. Turismo Aymará. Udenio, representante de Nikon. Y Red Bull.

El campamento de Plaza de Mulas, a 4.300 metros camino hacia la cima. Cuando la temporada recién está comenzando, más de 200 carpas reflejan parte del boom turístico que se está viviendo en el Aconcagua.

El campamento de Plaza de Mulas, a 4.300 metros camino hacia la cima. Cuando la temporada recién está comenzando, más de 200 carpas reflejan parte del boom turístico que se está viviendo en el Aconcagua.

El mallín de la quebrada del río Horcones es el único paraíso verde en medio de una geografía básicamente árida.

El mallín de la quebrada del río Horcones es el único paraíso verde en medio de una geografía básicamente árida.

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