Defienden su tierra, su historia y sus raíces – GENTE Online
 

Defienden su tierra, su historia y sus raíces

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Am Tena” es la primera palabra que se debe aprender en wichi. Quiere decir “hola”.

En realidad, significa mucho más que un simple saludo: es “yo me doy a vos”. “Am Tena”, entonces, nos dijeron los hombres y mujeres de la comunidad wichi Killu Kyo (Quebracho Mocho) o Eben Ezer (como la bautizaron pastores anglicanos), vecina a General Pizarro (a 278 kilómetros de Salta capital) el sábado 1º de octubre, cuando llegamos. Apenas un poste sin señales sobre la Ruta provincial 5 indica la entrada. Aparece enseguida, pintado como un jaguar, un container convertido en casilla: es de Greenpeace. Por allí, cada semana, se da una vuelta Noemí Cruz (27), pilar de la organización en el Noroeste. Es descendiente de guaraníes y desde hace dos años los wichis le depositan toda su confianza. Sin ella, es casi imposible establecer contacto con la comunidad: las mujeres hablan sólo su lengua natal; los hombres sí dominan el castellano. Pero todos, al principio, miran de soslayo al recién llegado y ahorran palabras hasta llegar al monosílabo: es sí o no, y poco más. Tienen un nombre para el criollo, para el hombre blanco: jataí, el demonio.

Primero, como sucede casi siempre, se acercan los chicos. Descalzos, del color de la tierra, más clara que su propia piel, que se adivina debajo; las caritas sucias y los ojos curiosos, que aún no tienen la dureza de los de sus mayores. Chicos que casi no toman leche, porque no alcanza con la chiva de Donato para todos. Tosen, pero casi ninguno va al hospital. A veces, lo hacen las mujeres para parir. Luego llega el resto. Y más allá están las casas. En dos hectáreas, nueve chozas, llamadas oguké, se desparraman en forma irregular. Algunas, como las del cacique Simón López y la de su segundo, Donato Antolín, son de barro y paja, techadas con chapas. El resto tiene paredes de ramas de duraznillo, sostenidas por palos, y el techo cubierto por plásticos negros, cedidos, como el nombre del lugar, por los pastores anglicanos. Precisamente, las únicas tres construcciones de material pertenecieron a ellos. Hoy están abandonadas, nadie las ocupa. “Se caen de nada, con el viento nomás”, dice Ernesto Palomo. En la comunidad viven once familias divididas en un impreciso centenar de personas. Detrás, el monte, que cada vez se achica más por culpa del jataí, y por el que aprendieron a levantar la voz (ver nota Greenpeace). Durante dos días, desconfiados al principio, más dados en la despedida, nos abrieron su mundo. Su palabras de bienvenida, “am tena”, se hicieron palpable realidad.

El sábado, el trabajo lo hicieron las mujeres. Son muy pocos los hombres presentes: están en campos cercanos, trabajando la tierra de los criollos. Justina tiene 21 años, está casada con José, hijo del cacique, y no tiene hijos. Una hebilla es su único adorno. Muestra las canastitas que fabrica, les pone precio (diez pesos), y se sienta sobre un lienzo a fabricar otra. Tiene hebras de chaguar, una planta espinosa, que secó al sol. Las hila sobre el muslo, las enhebra, y va armando despacito su artesanía.

–¿De quién aprendiste, Justina?
–Sola.

–¿Y cuánto tardás en hacer cada una?

Y Justina calla, y le pregunta a un hombre, Ernesto Palomo, antes de responder: “Un día”. Más tarde trae semillas de guayacán, que hervidas en agua le brindan la tintura marrón. Y Marta Gómez, la mujer de Ernesto, llega con una corteza rojiza. “Nestuk”, muestra, pero no recuerda cómo se llama en criollo. Antes del atardecer, juntas, comparten el trabajo más pesado: juntar leña. Cruzan la ruta, se introducen en el monte, buscan algún tronco caído y empieza a brillar el hacha. Justina golpea una, otra y otra vez. Cuando la leña está lista para el atado, se agachan sin flexionar las rodillas y, sujetando la correa con la frente, emprenden el retorno. Parte de la religión. Hace poco, en agosto, pasó por la comunidad el chamán Tiluk, que en wichi significa “ciego”, aunque él ve y muy bien. Llegó desde Santa Victoria Este, en el norte salteño, junto a la frontera con Bolivia. Tiluk quiere que los wichis vuelvan a sus creencias ancestrales. Les habló de Tokuaj, su dios, que creó al mundo. Les dijo que dios había dejado peces en el hueco de un yuchán (palo borracho) lleno de agua, y que los hombres tomaban de allí su alimento. Sólo tenían prohibido comer al pez dorado. El propio Tokuaj, en una travesura, se disfrazó de hombre, tomó uno y lo comió. El árbol se abrió, y el agua comenzó a correr a Tokuaj: así nacieron el Pilcomayo y el Bermejo. Y, desde entonces, los hombres tuvieron que pescar y cazar para comer. Palabras más, palabras menos, su versión del pecado original.

Pero la mayoría de los wichis se definen anglicanos. No beben, no fuman, y ni siquiera tienen una de las costumbres más arraigadas en el Noroeste: el coqueo. No todos son así, por supuesto. El propio cacique Simón López anda todo el día con el acullico –las hojas de coca mascadas con bicarbonato– en su boca. Simón tiene 61 años (aunque aquí las edades son imprecisas), las arrugas cortadas a cuchillo y fue quien estuvo por un momento sentado en el mismísimo sillón de Rivadavia. Le digo, en broma, que por unos segundos el país estuvo a salvo, y se ríe, aunque los wichis ríen poco –motivos no les sobran–. Suma ya nueve hijos, y podrían haber sido diez, pero su mujer perdió un embarazo el año pasado, cuando tropezó juntando leña. No recuerda cuánto hace que están casados. Sí que fue en El Traslado, a 300 kilómetros de allí, desde donde comenzó a peregrinar toda la comunidad. Hace seis años –cuentan– los llevaron a Pizarro unos cordobeses, prometiéndoles trabajo haciendo postes y una vida mejor… Con los postes terminados, desaparecieron. La peor cara del jataí.

Le pedí a Marta vivir conmigo. Esperé seis meses, para ver si se portaba bien, y cuando tuve olla, cucharas y plato, nos juntamos”, dice Simón. No hubo ceremonia: nunca la hay. Ahora Simón se prepara para cazar. Esta época es mala: la recolección de frutos deberá esperar hasta después de las lluvias de verano; la miel –ya veremos– rendirá más cuando termine la primavera. Queda entonces, para comer, lo que brinda la huerta –que hizo posible una manguera con agua fresca que tiraron desde el pueblo– y la habilidad de hombres y perros para cazar. “Cada vez menos monte, cada vez menos animales” dice Simón, concentrado en hacer fuego con un pedernal y una yesca de chaguar que coloca dentro de un asta de vaca. Cuando logra que la chispa se convierta en fuego, tapa el asta. “La tengo hace 30 años”, muestra, orgulloso. Entonces, toma el machete, el hacha y se dispone para ir al monte. “Va a estar malo cazar hoy. Más arriba hay corzuelos y chanchos (pecaríes de collar, en rigor). Acá cerquita, iguanas y quirquinchos, nomás...”. Traducido: hoy no tiene ganas de caminar. La picada elegida es puro polvo. La sequía es brava. “Apenas llovizna. Hace mucho no llueve”, dice Simón. Dos de sus hijos y un par de perros, flacos pero cazadores, lo acompañan. A un kilómetro de andar, los perros olfatean y corren hacia un agujero en el monte. Simón espera. Puede ser una iguana. Al final, la esperanza se evapora en el aire. Otro día sin carne en el estómago. Mientras regresa, desgrana las necesidades. Es el único que pide algo: “Nos hace falta la escuela, que no se vayan los chicos. Que sepan leer y escribir; va a servir para defendernos. Nosotros quedamos atrás... Lo importante es que los hijos vayan adelante...

Tarde de dulce. El hacha de Ernesto Palomo golpea el tronco caído del paraíso. Donato, cacique segundo (Quehuentején, su nombre wichi) ya le marcó la posición exacta del panal, a diez kilómetros. Tiene el mapa del monte en su memoria: cada sendero, cada tronco donde buscar miel. Tiene, además, una inofensiva interna con Simón por motivos religiosos. “Yo hablé con el presidente Kirchner, porque él habla poco. Ahora él coquea, usa tabaco, toma vino… No me gusta. Yo tengo valores, soy anglicano, creyente. No uso ningún vicio. Hace cinco años, a los 45, en Tartagal los doctores me dijeron que tenía enfermedad. ‘Si querés vivir harto años, ni fumar, ni coquear, ni alcoholear’”, cuenta y tose por una gripe, mientras los demás trabajan.

Francisco, que va con ellos y es el más joven, ya prendió el fuego con ramas de duraznillo y le tiró agua para hacer humo y ahuyentar a las abejas. También se encarga de meter un palito quemado por un hueco del árbol para alejar a las más rebeldes. Por detrás, el filo del hacha parece sacar un mismo sonido: miel… miel… miel.

–¿Comieron carne? –nos pregunta de pronto Donato.
–Ayer –respondemos.
–Malo –nos reta–. Cuando se busca miel no hay que comer carne: las abejas son malas. Se vienen al olor, y pican ahí… Tarde lo advirtió: al instante, el fotógrafo recibió un certero aguijonazo en la espalda. Ernesto, mientras tanto, mete su brazo por el agujero que hizo el hacha y atrapa, una a una, las celdillas del panal. Para ellos, un dulce, del que comen un poco ahí mismo. Pero también una vital fuente de ingresos, ya que la venden en General Pizarro. Mientras regresamos agachados entre la espesura del monte, con un balde azul repleto de “miel extranjera” o chaotaj (como llaman a la de abejas), Donato señala: “Esto son siete litros. Ahora no es buena época, pero cuando todo florece, hacemos 20 en un tronco”.

De repente, el monte se acaba. El sol cae a plomo a las once de la mañana. Se abre un deslinde contra un alambrado: su ancho debería ser de tres metros, como máximo: tiene unos treinta. Más allá, un sector aún humea. Dicen que lo encendieron –algo prohibido– mientras ellos estaban con Kirchner. A la vuelta, todos se reparten el panal. No harán miel: se lo van a comer así. El domingo languidece. Es hora de partir. “Ya pil”, saludan los wichis de Pizarro. “Ya pil”, respondemos. Es “adiós”. La Ruta 5 brilla. Me doy cuenta que no pregunté cómo se dice “olvidar”. No importa: será imposible.

Parte de la comunidad Wichi de General Pizarro. Viven en una zona de transición entre la yunga y el Chaco. No conocen la violencia y lograron una victoria por su territorio con las armas de la paz.

Parte de la comunidad Wichi de General Pizarro. Viven en una zona de transición entre la yunga y el Chaco. No conocen la violencia y lograron una victoria por su territorio con las armas de la paz.

Justina tiene 21 años y hace artesanías con hojas de chaguar que vende a los criollos.

Justina tiene 21 años y hace artesanías con hojas de chaguar que vende a los criollos.

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