De negro condenado a cadena perpetua a presidente de Sudáfrica y héroe mundial – GENTE Online
 

De negro condenado a cadena perpetua a presidente de Sudáfrica y héroe mundial

El 18 de julio de hace noventa años, en la aldea de Qunu, región del Transkei, sudeste de Sudáfrica, nació el primer hijo varón del rey de los thembus, clan de alto vuelo de la etnia xhosa, entonces de seis millones de nativos. Hijo de rey, nació príncipe. Su padre, un gigantón de dos metros, analfabeto y marido de seis mujeres gordas, lo llamó Nelson Rolihlahla Mandela. Nelson no se sabe por qué, pero Rolihlahla fue como una prefiguración de su destino: la palabra significa, en dialecto xhosa, “el que crea problemas”. Y no tardó en cumplir.

–Padre, quiero estudiar –le dijo a su progenitor.
–¿Para qué?
–Para conocer las leyes de los blancos, del enemigo.
–¿Qué ganarías con eso?
–¡Am–andla! (tener el poder)

Sucedió este diálogo cuando Nelson estaba al borde de sus 12 años. Muy poco después murió su padre. Nelson hubo de ser rey, pero era demasiado joven, de modo que el trono fue asumido por un tío. Acaso para alejarlo e impedir que un día reclamara el reino, le pagó una educación blanca.

En adelante, Rolihlahla, el que crea problemas, se los crearía a los blancos.

LA FORJA. Terminó el secundario con buenas notas, escribió algunos poemas románticos, se adiestró en el boxeo y en la gimnasia, y entró en la universidad para negros de Fort Hoare, en los suburbios de Ciudad del Cabo. Hombre de la raza más humillada y esclavizada de la Tierra, y en el centro del país más racista de esa Tierra –creador del infamante apartheid–, en aquellas aulas conoció a Oliver Tambo, que sería el máximo líder del Congreso Nacional Africano, base de la resistencia contra la segregación. Recibidos de abogados, abrieron el estudio Mandela & Tambo para ayudar, gratis o a muy bajo costo, a negros indefensos ante las brutalidades del apartheid.

A principios de diciembre de 1956, Mandela, ya militante de la negritud con los métodos de la no violencia creada por Mahatma Gandhi en la India, cae preso con un centenar de compañeros. Condenado por sedición (influencia del Partido Nacional Sudafricano, germen del apartheid y en el gobierno desde 1948), pasa cinco años en una de las durísimas cárceles del white power. Cuando sale, está convencido de que la no violencia gandhiana es inútil contra los extremistas blancos de la misma semilla de odio que el Ku Klux Klan made in USA. Ya no pondrá la otra mejilla: frente a las masacres de los blancos, ha llegado la hora del ojo por ojo.

CADENA PERPETUA. Preso otra vez en 1964 como jefe de la organización guerrillera Umkhonto We Sizwe (Lanza de la Nación, brazo armado del Congreso Nacional Africano), alega ante la Suprema Corte: “Durante toda mi vida me he dedicado a la lucha del pueblo africano. He peleado contra la dominación blanca y he peleado contra la dominación negra (alusión al intento de copamiento de la resistencia por los comunistas). He buscado el ideal de una sociedad libre y democrática, en la que todas las personas vivan juntas en armonía e igualdad de oportunidades. Espero vivir para ver realizado ese ideal. Pero si es necesario, por ese ideal estoy preparado para morir”. Sentencia: cadena perpetua.

Durante los siguientes veintisiete años fue el prisionero número 46664 en la cárcel de Robben Island. El preso más famoso del planeta.

MEMORIAS DEL SUBSUELO. En 1991, no sólo por la presión internacional, sino por la intervención del entonces presidente sudafricano Frederik Willem de Klerk, se abrieron las rejas detrás de las cuales Nelson Mandela estaba condenado hasta su último día de vida. Libre, escribió su luego célebre autobiografía El largo camino hacia la libertad. Al presentar el libro concedió una inolvidable rueda de prensa en su nueva casa, regalo del Congreso Nacional Africano, en el aristocrático barrio de Houghton, Johannesburgo. Tenía 77 años. Entró a las ocho y dos minutos de la mañana (apenas ciento veinte segundos de atraso). Amplia camisa de muchos colores abotonada hasta el cuello, con sus faldones cayendo sobre el pantalón verde oscuro, en armonía con sus zapatos marrones. Pidió que desviaran los focos de la televisión. “Me operaron dos veces de cataratas”, explicó. Y empezaron las preguntas:

–¿Cómo lo trataron en la cárcel?
–Nadie conoce un país hasta no haber estado en sus cárceles. Saque sus conclusiones…

–¿Quiere venganza?
–Si me dejara llevar por mis sentimientos, sin duda. Sería tan vengativo como cualquiera. O más… Pero pienso con el cerebro, no con el corazón.

–¿Se considera un héroe?
–Ni un héroe ni un ángel. Soy un pecador que, de tanto tratar de enmendarme, alcancé la santidad.

–¿Creyó que lo matarían?
–Sí. Lo mismo me preguntó un carcelero y le respondí: “Sí, van a colgarme”. Me miró de frente y me dijo: “Tiene razón”.

–¿Intentó fugarse?
–Hubo planes para eso, pero los descarté. Hubiera sido peor. Además, todo plan me sonaba a trampa. Apenas cruzara el portón, me pegarían un tiro en la cabeza.

–El apartheid se terminó. ¿Por qué?
–Porque todo sistema que ignora a las mayorías está destinado al colapso. Este país tiene el 86 por ciento de negros, y el 14 por ciento de blancos era dueño de la política y la economía. Esa situación no podía durar eternamente.

EL SEÑOR PRESIDENTE. En 1993, el negro Nelson Mandela y el blanco Frederik Willem de Klerk, presidente de Sudáfrica, compartieron el Premio Nobel de la Paz. Un año más tarde, el 27 de abril de 1994, Nelson Rolihlahla Mandela, el principito de la aldea de Qunu nacido en choza de barro con techo de paja, asumió la presidencia de su país: primer negro en el poder desde 1652, cuando los blancos navegantes holandeses hicieron pie en esa tierra regada de oro, diamantes, plata, platino y uranio. Su vicepresidente fue –claro– De Klerk, el blanco que abrió la puerta al principio del fin del apartheid. Para entonces, Mandela había dejado atrás dos matrimonios –su prima Evelyn y la feroz y ambiciosa Winnie–, y no tardaría en tomar a la tercera y acaso última: Graça Machel. En realidad, las mujeres (muchas, dicen) fueron parte de su vida secreta. No la de su militancia, urdida en barracones de extramuros y con los sentidos aguzados por si llegara el asesino blanco, no. Enamoradizo desde sus días universitarios, tuvo agitada vida en ese territorio, “pero siempre con mucha discreción”, según sus amigos.

Gobernó con inteligencia y prudencia hasta 1999, y desde entonces su país y el mundo lo honraron con sus máximas medallas: quince en total, y dos esculturas de cuerpo entero: una en Johannesburgo y otra en el palacio de Westminster, Londres.

LOS PRIMEROS 90. El 29 de junio último, a sólo diecinueve días de su cumpleaños número 90, vivió una gloriosa semana británica. El premier Gordon Brown lo recibió como “el hombre más grande de nuestro tiempo”. En la cena de gala de la primera noche, Bill Clinton elogió “su capacidad de inspirar a millones, y su talla de gran figura política contemporánea. Tuve con él una relación padre-hijo; me aconsejó muchas veces, y si le hubiera hecho caso siempre me habría ido mucho mejor. Su gran secreto es muy simple: es una buena persona”. La reina Isabel II lo recibió a solas, y la prensa recordó que “Mandela es la única persona, con excepción del príncipe consorte, que la llama Elizabeth. En otros tiempos, una violación del protocolo que se castigaba con la decapitación”. Al otro día, gente famosísima pagó altas sumas para compartir con Mandela una cena a beneficio de su fundación de lucha contra el sida. Además de Brown y Clinton, ocuparon sus sitiales Elton John, Robert De Niro, Hill Smith, Uma Thurman, Forrest Whitaker, Pierce Brosnan, Denzel Washington, Oprah Winfrey, Emma Thompson, Lewis Hamilton, Kim Cattrall, Kate Middleton (novia del príncipe Guillermo), y el magnate Richard Branson. El “happy birthday” lo cantó Elton John, y luego, en una subasta de obras de arte también a beneficio y con rematador de lujo (Will Smith), el megamillonario sudafricano Sol Kerzner (cadena de hoteles y casinos creados en tiempos del apartheid) pagó cinco millones de dólares… por un molde de bronce de la mano derecha de Mandela.

Por fin, el sábado 28 de junio, concierto en Hyde Park ante cincuenta mil almas, y con asombroso broche: Amy Winehouse, la genial cantante de 24 años –que en los últimos meses frecuenta comisarías y clínicas de rehabilitación por su adicción a las drogas–, y que al subir al escenario parecía moribunda, cantó “milagrosamente”: la palabra que dominó las críticas.

Y por fin, Mandela. A pasos cortos, apoyada su mano derecha en un bastón tribal africano, y la izquierda en el brazo de Graça Machel, su mujer, miró hacia la multitud, y con la voz de un joven –la pasión todo lo puede–, dijo: “Mientras celebramos, no nos olvidemos de cuánto queda por hacer. Donde haya pobreza o enfermedad, incluyendo el sida, y donde haya seres humanos oprimidos, allí debemos estar, en nombre de la libertad y de la dignidad. No me queda mucho tiempo. Ahora, ¡todo eso está en sus manos!”.

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Mientras la multitud se dispersaba, el magnate Kerzner, de 70 años y apenas un metro sesenta, subió a su Rolls Royce con su mujer, de 30 años, bellísima y dos cabezas más alta que él (sin tacos), y partió hacia su mansión de Kensington llevando el molde de la mano del anciano líder, valuada en cinco millones de verdes billetes. El empresario levantó su imperio de hoteles y casinos –hoy mundial– por obra y gracia de las racistas leyes del apartheid, que según sus detractores “usó de manera astuta y, muchas veces, vil”. En aquellos días acaso no hubiera vacilado en hacer cortar la mano de un negro acusado, real o falsamente, de robo o violación de una mujer blanca. Pero hace unos días, en Londres, pagó una fortuna por la mano en bronce de un negro famoso. No importa si por arrepentimiento, expiación de pecado, oportunismo o frivolidad. Aun sobre la sangre de los catorce mil negros masacrados durante los años del apartheid, esa mano de bronce es la magnífica metáfora de Mandela y su victoria.

La gran revancha. El hombre condenado a morir en la cárcel, 27 años más tarde se convierte en líder del Congreso Nacional Africano, mueve multitudes, y en abril de 1994 empuña el cetro de presidente de Sudáfrica, su país. El mismo que le decretó morir entre rejas…

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Ultima foto del gran líder negro como miembro de la tribu xhosa, de la que fue príncipe, aunque abjuró de ese destino y abrazó la cultura blanca.

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Mandela, ya liberado, visita la estrecha celda de la prisión de Robben Highland

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