“Cuando se nos muere un animal, se nos van años de trabajo y esperanza” – GENTE Online
 

“Cuando se nos muere un animal, se nos van años de trabajo y esperanza”

Los productores ganaderos y agrícolas de Nueve de Julio, Vera y General Obligado (norte de la provincia de Santa Fe), soportan estoicamente temperaturas de 40 grados promedio y miran al cielo clamando por agua, después de un año y medio sin lluvia. La sequía que desde hace más de un años y medio los viene golpeando sin piedad, se llevó 300 mil cabezas de ganado, las cosechas de maíz y de girasol fracasaron, y si el agua no llega a tiempo, peligra la de soja, y hasta el pasto, para que el poco ganado que queda en pie no siga muriendo…

“Si no llueve, y bastante, hasta marzo, ¡nos fundimos!”, augura Nelvar Raffin, productor ganadero y miembro del Consejo de Confederaciones de Asociaciones Rurales de Santa Fe.

Además, el drama se extiende: en los pueblos de Intiyaco y Garabato la falta de agua para consumo humano obligó a pedir urgente auxilio a la ciudad de Reconquista, que la manda en camiones cisterna. Las represas están secas, condenando a la muerte a peces, yacarés, carpinchos y nutrias. Sólo reinan los caranchos, gordos de tanto comer y comer carne muerta hasta dejar la tierra sembrada de huesos…

“Para colmo, los pronósticos no son alentadores: dicen que este año la corriente La Niña viene muy fuerte, por el enfriamiento del Oceáno Pacífico, y que habrá más sequía”, se angustia Raffin. Angustia que contagia al salir de Reconquista y recorrer los campos vecinos: un patético cuadro de animales flacos, pastos amarillos y girasoles quemados por el sol, que parece lanzar plomo fundido desde un cielo sin atisbo de nubes. “Hoy, lo poco que tenemos para vender son animales desnutridos, sin masa corporal: los llamados conserva, que sirven para hacer corned beef y hamburguesas. ¡Justo acá, donde siempre tuvimos los mejores novillos de exportación! Ahora, lo único que pretendemos es mantenerlos en pie… Un animal que debería pesar 400 kilos apenas pasa los 300”, dice, desconsolado, Omar Stacul, de la Sociedad Rural de Reconquista.

Mientras, Raffin sigue desgranando calamidades: “El poco pasto que se salvó terminó devorado por una plaga de langostas, y muchos productores tuvieron que alimentar al ganado con caña de azúcar desechada de los ingenios. Se viene el invierno, y si no hay pasto habrá que vender el ganado sí o sí, y a precios míseros. Lo peor es que al malvender una vaca, que es una fábrica de terneros, nos comemos el futuro. La faena de hembras, para que el ganado se mantenga estable, no debe pasar del 40 por ciento, pero ya estamos en el 50… Si seguimos así, tendremos que importar carne para el consumo nacional. ¡Y lo que va a costar! De no creer: en la Argentina, asado importado…”.

Adrián Mussin, encargado del área ganadera de la cooperativa de Avellaneda, ironiza: “El único beneficio que tuvimos con la sequía es la notoria baja del cuatrerismo: los animales están tan flacos que no vale la pena robarlos…”.

La batalla contra la sequía –la peor de los últimos 47 años, según informó el Servicio Metereológico Nacional– es demasiado desigual. José Gracián, otro productor, cuenta que “para sacar agua y acopiarla, cavamos. Pero las napas están secas; hay que cavar muy hondo, el agua es salada y a los animales no les gusta. Si podemos, la mezclamos con agua dulce. Y las vacas, que prefieren la de lluvia, la toman casi del barro, las pobres”.

Hablar con Miguel Vera, productor de Las Leonas, acongoja: “Cuando se nos muere un animal sentimos tristeza e impotencia, porque con él se van años de trabajo y esperanza. Los amamos, realmente. Sólo nos queda rezar para que llueva…”. Héctor Braidot, presidente de la Unión Agrícola de Avellaneda, jura que la sequía es gravísima para las cosechas: “Anote… El girasol, que suele rendir 1.700 kilos por hectárea, hoy no llega a 500. Resultado: pérdida total, porque para pagar los costos necesitamos 1.200 kilos. Muchos productores están al borde de la quiebra…”.

Froilán Mascheroni no le va en zaga: “El año pasado, la soja no superó los 300 kilos por hectárea, cuando lo normal es 1.800 kilos. El maíz se perdió del todo. Y el que no tiene máquina propia no cosecha, porque no puede pagar el servicio”. Braidot completa el tétrico panorama: “Para sembrar necesitamos unos 1.300 milímetros de lluvia por año, pero hoy no pasamos de 500, y en algunos lugares, de 300… El trigo, por ejemplo, debe rendir 1.800 kilos por hectárea, pero apenas llegó a 800… En la cooperativa, en vez de ayudarlos para que puedan sembrar, les estamos dando vales de comida para que puedan vivir. Productores que perdieron todo emigran a ciudades más grandes. Otros se jugarán a todo o nada en la próxima cosecha, porque irse con las manos vacías es la peor humillación para un hombre de campo. Además, el que sale del negocio no vuelve nunca más”.

Raffin aporta otra ficha a la mesa de juego: “Acá no hay grandes terratenientes, como dice el Gobierno. Somos pequeños productores y no podemos aguantar una pérdida más. Alguien que tenga 200 hectáreas no soporta dos sequías seguidas: ¡se funde! Los que aguantan hacen economía de guerra: no invierten en tecnología ni en fertilizantes, y entonces la producción se empobrece más. Si no se eliminan las retenciones por completo, no tenemos salvación y el aparato productivo se destruye. No queremos cortar las rutas, porque es sumar otro problema, pero los ánimos están muy caldeados”.

Aunque sea una triste paradoja, ni siquiera se puede apelar al refrán “sobre llovido, mojado” para dramatizar aún más la situación, porque desde hace más de un año y pico no cae ni una gota del cielo, ni las aguas corren por su curso natural. Tanto bajó el río Paraná que el puerto de Reconquista quedó a nivel de navegación cero. Luis Eduardo Martínez, presidente de la entidad que lo administra, explicó que “la bajante hizo casi imposible arrimar las barcazas a los muelles para la carga y descarga de las embarcaciones. Es una bajante histórica: hoy, la profundidad del río no supera el metro noventa, y para que las barcazas puedan operar se necesitan dos metros y medio. Además hay bancos de arena que obstruyen la navegación: hay un convoy de diez contenedores atascado por chocar contra uno de esos bancos. ¿El pronóstico? Malo. Seguirá la bajante, quizá hasta llegar al metro y medio. Resultado: puerto inoperable”.

Quien no ha visto a un animal morir de sed, en larga agonía y apenas a pasos del arroyo o el manantial del cual siempre bebió, pero convertido por la sequía en un erial, no puede comprender.

Quien no ha visto a un hombre, antes del tiempo de las máquinas, abrir surcos en la tierra con un arado de mano, esparcir la semilla, esperar la lluvia, desesperar de ella, y orar por su mujer y sus hijos y el pan que ya no está, no puede comprender.

Quien no ha visto arrasado un campo fértil, como borrado por bombas, pero en la paz, no puede comprender.

Quien cada día come y bebe sin pensar siquiera en la tierra que le prodigó esos frutos ni en los hombres que los sembraron, los cuidaron con celo paternal y los recogieron en sazón, no puede comprender.

Pero de eso se tratan las terribles fotografías y los dramáticos testimonios de esta nota: de comprender.

Que así sea para todos los que tienen que comprender, y no comprenden. Los Amores, departamento de Vera, a 200 kilómetros de Reconquista, norte de Santa Fe. El sol y los caranchos sólo han dejado los esqueletos de las vacas, que murieron por falta de agua.

Los Amores, departamento de Vera, a 200 kilómetros de Reconquista, norte de Santa Fe. El sol y los caranchos sólo han dejado los esqueletos de las vacas, que murieron por falta de agua.

Adrián Mussin, de la  Unión Agrícola de Avellaneda, en Los Leones. “Si no llueve, la sequía acabará con los pequeños productores”

Adrián Mussin, de la Unión Agrícola de Avellaneda, en Los Leones. “Si no llueve, la sequía acabará con los pequeños productores”

Miguel Vera, puestero, en la misma localidad: “No hay nada más triste que ver morir a los animales que criamos y que tanto cuidamos”.

Miguel Vera, puestero, en la misma localidad: “No hay nada más triste que ver morir a los animales que criamos y que tanto cuidamos”.

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