«Créase o no, a más crisis, más solidaridad» – GENTE Online
 

"Créase o no, a más crisis, más solidaridad"

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Un día, allá por el 94, dejé de mirar televisión y de leer diarios. ¿Por
qué? Porque los dramas del hambre, de la miseria, de la desesperación, me
arrasaban. De pronto me explotó en las manos la mística comunitaria que
aprendí con los boy scouts y los padres pasionistas, y decidí mejorar vidas y
salvar vidas. Entonces, en febrero del 95, con María, mi mujer, y tres amigos,
arrancamos con la Red Solidaria. Algo muy simple: las ganas y un teléfono.

Después, la gente (los argentinos) y su inmensa capacidad de dar. Nos
taparon de generosidad. La gente, y también las instituciones. Porque en la Red
colaboran organizaciones católicas, judías, musulmanas, protestantes. Y
obreros, empleados, amas de casa, periodistas, lo que se te ocurra y en
cualquier emergencia: padres que perdieron un hijo, lisiados que necesitan
sillas de ruedas, inundados que lo perdieron todo, enfermos en situación
límite que dependen de un trasplante o de un medicamento…

El Caso Felipe, por ejemplo. Felipe iba a llegar al mundo con una
cardiopatía mortal. Tenían que operarlo en los Estados Unidos apenas unas
horas después de nacer. Precio de la operación: 100 mil dólares. Hicimos el
llamado, ¡y la gente reventó los bancos! Y hubo final feliz, como todo el
mundo sabe. 

Falta insulina. Alguien, un diabético, me llama y dice: "Me queda un
solo frasco, pero quiero compartirlo con otro enfermo". Hay una escena que
dio la vuelta al mundo: la del comerciante chino llorando después de que los
saqueadores vaciaron su almacén. Sucedió en un modesto barrio de Ciudadela.
¿Y sabés qué hizo la gente? ¡Empezó a comprarle a cuenta! Sus clientes le
decían: "Tomá, te compro tal y cual cosa, aunque no la tengas, y te la
pago. Cuando puedas comprar mercadería, me das lo que compré…". Y se
trata de gente modesta, de barrio, a la que no le sobra un peso…

El otro día, durante la batalla a pedradas entre un grupo peronista y un
grupo de izquierda, un camarógrafo se jugó la vida protegiendo a un colega de
otro medio. En medio de la lluvia de piedras lo abrazó como un padre a su hijo
mientras gritaba: "¡No lo toquen! ¡Es periodista! ¡Está conmigo!".
En la puerta de un banco, con un calor de infierno, una jubilada que estaba en
la cola se desmayó. Enseguida, un empleado del banco -que a lo mejor gana menos
de 400 pesos- le dio 50 pesos de su propio bolsillo.

Una mujer quedó en medio de un tiroteo, y un policía la protegió con su
cuerpo. Perdió un ojo, pero le salvó la vida. En Navidad, un hombre de 32
años, padre de siete hijos, desocupado (¡las tenía todas en contra!), sufrió
una hepatitis fulminante. La Red entró a funcionar, llegó un hígado, y a las
tres de la mañana, en el hospital Eva Perón (ex San Martín), ya estaba listo
un equipo completo de cirujanos y anestesistas que luchó seis horas y le salvó
la vida. Esa es otra gran foto de la Argentina subterránea…

Créase o no, a más crisis, más solidaridad. Recibimos tantos llamados y
tantas ofertas que a veces no sabemos qué hacer. Hay otro país… un país
subterráneo (pero más luminoso) que está más allá de la política, de la
economía, de los cargos, de los ministros y sus ministerios, de la burocracia,
de la corrupción, de todo. Sin embargo, falta mucho… Falta algo filosófico:
crear una cultura de la solidaridad. 

Aunque alguno podrá decir que por estos casos ya está conformada, aún es
emoción, todavía no es una cultura incorporada. Es más fácil emocionar que
comprometer. Por ahora, emocionamos, pero falta el compromiso
total. Nosotros, hoy, podríamos llenar un estadio al grito de
"¡Solidaridad, solidaridad, solidaridad!". Pero luego, cuando las
tribunas quedaran vacías, la consigna perdería fuerza. Sería una cosa
abstracta, voluntarista, de puro corazón, pero no un código. El objetivo es
que la solidaridad marche por sí misma, como algo tan natural como el aire o el
agua.

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Ant Sig