comiendo iguana hervida y zapallo asado". Sólo fue a la escuela hasta tercer grado. Ya en Buenos Aires "fui sirvienta y juntadora de fierro". Pero en apenas seis años y en una villa miseria creó una fundación y levantó una obra que alimenta, cuida, cura y educa a 400 chicos y 1.200 adultos. Conózcala. Ayúdela. Imite su ejemplo." /> «Consigo las cosas porque me creen. Ese es mi único capital: soy rica» – GENTE Online
 

"Consigo las cosas porque me creen. Ese es mi único capital: soy rica"

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A las ocho y media de la mañana se ha levantado, ha metido sus incansables pies dentro de unas alpargatas blancas, se ha ceñido un pantalón negro
y una blusa estampada, ha tomado largos mates, y después, indomable, invencible, ha empezado, con ojo de águila y metro a metro, la inspección de su reino. Primero, la guardería. Después, el centro médico, el hogar de ancianos, la biblioteca, las cocinas, el comedor. Entre las nueve de la mañana y la medianoche ha sido -y será mañana, y pasado, y siempre- patrona, obrera, administradora, ecónoma, maestra, psicóloga, enfermera, jueza, fiscal, abogada defensora: todos los oficios terrestres. Y ahora, en este ardiente miércoles de noviembre, a la una de la tarde, entra casi a la carrera, los brazos en alto, cruza todo el comedor, y cuando ve al fotógrafo ríe e ironiza:

-¡Camino a la fama!
Piel oscura, dientes fuertes, ojos negros con llama (de pasión, no de fanatismo), y de pronto, una sombra en su cara:

-Tucumán… Tucumán… ¡Tengo unas ganas de ir a Tucumán! Pero no puedo dejar esto…

-¿Qué haría en Tucumán, Margarita?
-Lo primero, hacer trabajar a las mujeres. Que caminen, que busquen, que siembren, que se dejen de esperar a los políticos y a las cámaras de televisión.

EL MONTE. Lo dice, y retrocede en el tiempo. "Mi madre, Saturnina Barrientos, india toba, se murió cuando yo tenía once años, y mi padre, blanco, Carlos Alberto Escalada, desapareció. Un día nos dijo: 'Voy al obraje 58', y no volvió más. Me quedé sola con mis hermanitos, en un rancho, en el monte. Porque uno dice Añatuya, pero aquello estaba a cincuenta kilómetros de Añatuya y a cuatrocientos cincuenta de Santiago del Estero ciudad. Aquello era un rincón llamado Matará, Apeadero kilómetro 25, imaginesé. Monte puro. No dejábamos que el fuego se apagara porque no teníamos con qué volver a prenderlo. Caminábamos y caminábamos hasta encontrar una iguana y un zapallo, y eso comíamos: iguana hervida y zapallo asado. Y después, con un palito, hacíamos un pozo en la tierra y sembrábamos las semillas de ese zapallo, y así sobrevivimos… Y a los doce años llegué sola a Buenos Aires, y fui sirvienta a los catorce, y junté fierro con un carrito de
mano…
". 

EL MEDIODIA. Es, en el comedor Los Piletones -que empieza a entrar en la mitología nativa, en su ignorada épica civil-, la hora de la celebración de los alimentos. Largas mesas de madera, largos bancos, y en ellos los chicos de la villa que Margarita Barrientos ya salvó del retraso mental, de la anemia, del raquitismo, de la muerte. Desde la cocina desfila su cuerpo de voluntarias: treinta mujeres que llevan pulcras ollas de humeante polenta con tuco y grandes platos con montañas de milanesas y de ensalada de soja. Pero es más que comida: es educación y organización social. Porque esos chicos comen con buenos modales -ni un gramo ni una gota derraman-, llevan sus platos ya vacíos a la cocina, vuelven a sus lugares. Y al mismo tiempo, una larga fila de adultos espera su ración cotidiana, pero
"con una condición: mujer que no manda sus hijos a la escuela, mujer que no recibe comida. Porque sin escuela, ¿qué nos espera? Ignorantes nosotros, perdemos nuestra dignidad de padres, e ignorantes ellos, pierden su dignidad humana… Después de la vida que yo tuve, no acepto que una mujer me diga: 'Mi hijo se está muriendo'. ¿Se está muriendo? No esperes caridad: andá a cazar, sembrá, que para eso estás rodeada de tierra … Yo y mis hermanitos comíamos urquelitas (palomitas) hervidas... ¿Sabe qué subsidio nos da el Gobierno de la Ciudad? Cinco mil setecientos pesos… ¡por año! (Nota: 15 pesos y 61 centavos por día).
Por año, para mil seiscientos seres humanos. Ni siquiera una bolsa de semillas podemos pedirle al Estado, porque el trámite es tan burocrático, que cuando llegan las semillas, los chicos ya se murieron de
hambre"

LAS MANOS. Chicas pero fuertes, las manos de Margarita Barrientos jamás están vacías.
"Mire estas recetas. Todos los días me llenan las manos de recetas. Un remedio para un chico que tiene que tomarlo el resto de su vida, otro para un tratamiento prolongado, otro para un chico que tiene epilepsia… Y las familias que llegan, de día y de noche, y te dicen: 'Estamos sin trabajo, tenemos cinco hijos'. ¿Y qué les voy a decir? ¿Que yo tengo cuatrocientos hijos y no hay lugar para uno más? No puedo. No puedo, y les abro la
puerta…
" . Las manos. Que cada tanto se juntan en su altar privado y reparten velas amarillas y blancas para San Cayetano, blancas para todos los santos, rosadas para la Virgen de Fátima y para otra virgen que alguien le trajo desde Sarajevo, y cada tanto tocan con la punta de los dedos la imagen de la Madre Teresa de Calcuta. Las manos con que se cubre la cara cuando le digo que, a su modo, es como la Madre Teresa. Se cubre la cara redonda y oscura, que de pronto se ha puesto tenuemente roja. 

EL CODIGO.
Mujer de decálogo, Margarita Barrientos. Mujer de diez o más mandamientos grabados a fuego en sus propias Tablas de la Ley. Jamás los viole, porque no volverá a abrirle la puerta, las manos ni el corazón. Anótelos, por las dudas:
Me gustan las cosas derechas. Si alguien se desvía, no es de palabra, y para mí ya murió.
No toco un peso que no es mío. Isidro, mi marido, que perdió un brazo en un accidente hace casi veinte años, cobra una pensión de 140 pesos, y yo, una de 145. Lo demás, lo que entra por donaciones privadas, es para la Fundación.
Yo no uso a mis chicos. No los mando a vender estampitas ni a dar lástima. 
Cuando me llaman de la televisión, voy sola. Y si llevo a algunos de mis chicos, los visto y los peino de lo mejor. Un día llegué a un canal, y el conductor despeinó a una de mis chicas, y me criticó porque estaban demasiado bien vestidas. Le contesté como se merecía, y pegué la vuelta. 
Una vez, no hace mucho, una señora muy copetuda prometió hacer un asado para mis chicos, pero primero quiso conocer el lugar, y me preguntó si corría algún peligro, y si tenía que venir con custodia. 'No se preocupe: todavía no comemos carne humana', le dije. Tuvimos una discusión, y me salió con: 'Usted está hablando con la señora Fulana de Tal'. Ahí nomás la paré: 'Y usted está hablando con la señora Margarita Barrientos'. Gente así, que se vaya y no vuelva más: no la necesitamos. 
Mis chicos comen en plato, toman en vaso y duermen en cama. Pobre del que los trate como indigentes o les falte el respeto. Pobre, porque entonces van a saber quién soy. 
En Los Piletones no sólo se come, se tiene un techo, se cura y ahora hasta se lee, porque tenemos biblioteca. Aquí no entra un vendedor de droga, porque poco a poco los echamos a todos. Aquí no hay peleas, porque a fuerza de ejemplos arrancamos de raíz la violencia. Aquí no hay ranchos: la gente empezó a entender la dignidad del ladrillo levantado con sus propias manos. 
En mi obra sólo hay una puerta que se cierra con llave: la del servicio médico, porque allí se guardan remedios que pueden ser usados como droga. 
Cuando pido algo, lo consigo. ¿Por qué? Porque me creen. No tengo otro capital que ése. Por lo tanto, soy rica. 
Aquí, ahora, hay libros. Porque leer un libro es como tomar un vaso de leche.
Jamás espero nada de la política ni de los políticos. La solidaridad no es un partido. Y el día en que lo sea, correrá el peligro de corromperse. Lo único que logré de los políticos es que me quitaran el plan de alfabetización, y que la puntera de esta zona, cada vez que quiero hacer una huerta (y aquí sobra descampado)… ¡me mande la policía! 

LA RISA
. Pero Margarita Barrientos, madre y heroína, tiene un collar de perlas -o de esmeraldas- que duplica o triplica las ganas de reverenciarla: su enorme, infinito humor, coronado por una risa imposible de contar: hay que oírla. Desde sus brazos en alto y su bailoteo y su "¡Camino a la
fama!
" cuando ve al fotógrafo, o desde "el sol me molesta porque tengo ojos
verdes
", o desde "sacame rubia y de ojos celestes, que está mejor visto,
che
", o desde "mis chicos me llaman mami, pero no estaría mal que algún joven buen mozo me dijera ¡mamita!", estalla una alegría esencial contra la que no pudieron los años de soledad y de miseria en el monte, la cotidiana contemplación del dolor ni la sordera y la ceguera de los que confunden solidaridad con limosna o caridad con rédito mediático. Porque Margarita Barrientos, que lleva cuatro décadas y un año sobre la tierra, alcanzó -misteriosamente- la sabiduría. Se hizo sabia a pesar de su tercer grado en una escuela rancho y a pesar de no haber leído los libros que hoy se alinean en la biblioteca que fundó desde la nada. Y ha de trascender, a pesar de que, cuando pronuncié esa palabra, me preguntó:
-¿Qué quiere decir trascender?

Margarita Barrientos en los techos de su comedor Los Piletones, cabeza de una obra que crece cada vez más sin ayuda del Estado: sólo con donaciones, honradez, trabajo e imaginación. Al fondo, la villa que transformó a pulmón.

Margarita Barrientos en los techos de su comedor Los Piletones, cabeza de una obra que crece cada vez más sin ayuda del Estado: sólo con donaciones, honradez, trabajo e imaginación. Al fondo, la villa que transformó a pulmón.

Mediodía en el comedor Los Piletones. Orden, pulcritud y comida para chicos que ayer estaban condenados al hambre.

Mediodía en el comedor Los Piletones. Orden, pulcritud y comida para chicos que ayer estaban condenados al hambre.

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