“Comprobé que los habitantes de las islas no tienen un sentimiento antiargentino” – GENTE Online
 

“Comprobé que los habitantes de las islas no tienen un sentimiento antiargentino”

La imagen, brutal, lo golpeó mientras recorría una trinchera. Caminaba descubriendo lugares de combate cuando frente a sus ojos aparecieron como una ráfaga elementos que le significaron la muerte: un tubo de dentífrico Odol, una oxidada cantimplora, cientos de vainas de bala, y una mísera frazada que habrá servido –quizá– para atenuar el frío. El historiador Felipe Pigna (46) visitaba por primera vez las Malvinas y no podía creer lo que veía. “El viento me pegaba en la espalda y de pronto sentí una soledad tremenda que me secaba la garganta y quedé casi sin aliento. Las escenas eran cada vez más crudas y se sucedían. De pronto encontré una zapatilla Flecha quemada y partida por la mitad, donde sólo podía leerse la palabra ‘Argentina’ en la suela. El término ‘Industria’ había desaparecido. Y pensé en el horror que seguramente sufrió ese soldado. Te juro que era imposible contener la emoción…

Pigna viajó a Malvinas justo cuando se cumplen 24 años de la guerra. Y cuenta que vivió situaciones encontradas. Por un lado, la prosperidad de sus 2500 habitantes. Y por otro, la tristeza que dejó una pelea injusta y despareja. “La primera visión que tenés desde el aire es fuerte porque ves aquel mapa de las islas que estudiábamos de niños en la escuela –relata Felipe–. Después, cuando vas descendiendo empiezan a aparecer los primeros cráteres de guerra de los bombardeos. Y cuando llegás al aeropuerto te asustás. Porque es una verdadera base militar de la OTAN, con enorme despliegue militar y poderío bélico, con aviones, tanques y una dotación permanente de 1500 soldados y oficiales. Es muy ostentosa. La primera impresión es de cuidado, de alerta, de ocupación, aunque el trato es bueno. La gente de Migraciones habla español y te asegura que no vas a tener ningún problema. Pero…

El historiador explica que una de las cosas que le advirtieron a él y sus compañeros de viaje, el fotógrafo Daniel Flores y la periodista Cecilia Fumagalli. fue que si deseaban divertirse o tomar un trago concurrieran al pub Tavern, el más popular, al que asisten chilenos, habitantes de la isla Ascensión, y varios de los quince argentinos que hay en la isla. Y le sugirieron que al otro, el conocido como Victory, tratara de no ir, porque es un lugar algo hostil, donde van los veteranos y nostálgicos de la guerra que residen en la isla. “Te aconsejan que no vayas, no va a pasar algo grave, pero cuentan que te podés sentir más que incómodo –explica Pigna–. Para colmo nosotros llegamos en una semana muy particular, cuando circularon versiones de una posible invasión argentina a partir del delirio de un diario británico sensacionalista que publicó que la Argentina se estaba reequipando y preparando una nueva ocupación. Era tremendo, acá no se supo nada, pero allá todos nos consultaban y nosotros nos reíamos… Porque después de haber visto la base, ¿quién se puede animar a pensar en volver a atacarlos? Pero ellos desconfiaban, hasta la radio de Puerto Stanley sacó al aire al embajador argentino en Londres para conocer si la versión era exacta. Estaban preocupados de verdad”.

Para llegar, debieron viajar a Santiago de Chile y tomar un vuelo de Lan que sale los sábados y toca Puerto Montt, Punta Arenas, y, finalmente, la base militar Mont Pleasant de Malvinas, un largo viaje de más de seis horas.

Me sorprendió porque la isla es muy próspera –cuenta Felipe–. Millonaria diría yo. Con un producto bruto inmenso porque viven de la pesca, explotando permisos porque no tienen grandes empresas del rubro, sino que venden licencias, y casi todas se ejecutan en nuestro Mar Argentino, independientemente de la soberanía de las islas. Pesca de calamar, de krill, concesiones millonarias en libras. El nivel de ingreso per cápita es altísimo, imaginate que son nada más que 2500 habitantes. Casi todas las familias tienen dos autos, un alto nivel de vida, no saben en que gastar la plata... Hay una tienda, dos supermercados, y compran mucho por internet a Nueva Zelanda porque les conviene el cambio y es relativamente cerca. Les envían de todo, las casas están súper equipadas, tienen un nivel de hiperconsumo escandaloso, no saben qué hacer, se aburren porque tienen una vida sumamente plácida y ordenada, muy a la inglesa. Todo termina a las cinco de la tarde, cenan a las seis, y los pubs cierran a las diez y media de la noche”.

–¿Y qué opinan los isleños de la guerra del ’82?
–No tienen un sentimiento antiargentino La población joven tiene un registro lejanísimo de la guerra, es un tema que no les preocupa demasiado, que quedó atrás. Y los que están arriba de los 40 o 50 años viven una buena relación con nuestro país. Cuentan que existió un notable acercamiento en los años ’70 hasta comienzos de los ’80. Dicen que a partir de la guerra empezaron a tener servicios buenos, hospitales buenos, escuelas buenas. Margaret Thatcher les puso un montón de dinero y los hizo sentir ciudadanos de Primera.

–¿Qué se siente cuando se visita un lugar tan próspero donde hace 24 años murieron injustamente cientos de soldados argentinos?
–Por un lado, está lo que se siente cuando uno ve la isla hoy, pero experimenta una sensación totalmente distinta cuando va a los campos donde se combatió, que están muy cerca de Puerto Stanley. Cuando visitás Monte Longdon donde se produjo el último combate, temblás. Hay todo tipos de restos, cascos, municiones, mantas, jabones. Terrible...

–¿Hubo algún lugar que lo conmovió más que otro?
–Sí, entramos a una cueva en Tumbledown y había restos casi intactos de comida, cacerolas, vajillas. Eso rápidamente me remitía a la muerte. El cementerio de Darwin es otro punto desolador porque está en una colina donde sopla siempre el viento. Hay unos rosarios de color celeste que están en todas las tumbas. Y es importante decir que la mayoría de ellas no están identificadas, y tienen una placa desoladora que dice: “Soldado argentino sólo conocido por Dios”. La gente que no sabe dónde está su familiar elige una tumba al azar y le pone flores o piedritas.

–Decía que hay quince argentinos en Malvinas.
–Les debe haber costado acostumbrarse, porque la imagen que ves es la de un barrio de Londres, con autos ingleses con volante a la derecha y una calle que se llama Thatcher Drive. Fuera de eso, hay una chica argentina que trabaja en un banco, otra en un hotel, y una mujer policía, gente que lo hace en el campo, otra en el matadero municipal de ovejas. El que se pueda acercar seguro que consigue empleo, porque hay muchos oficios que los malvinenses rehúyen.

–¿Qué otras emociones vivió?
–Las cartas de nuestros soldados escritas en inglés suplicando a los kelpers por comida, dispuestos a pagar lo que sea por alimentarse. Por eso quiero que el general Benjamín Menéndez responda ante un tribunal en serio. Durante la guerra nuestros soldados tuvieron dos enemigos: los ingleses y sus superiores, que los estaqueaban cuando pedían comida. Los malvinenses siguen destacando el heroísmo de nuestros soldados que peleaban hasta con la bayoneta, mientras que muchos en la Argentina eligieron olvidarlos.

El director de la revista Caras y Caretas, junto a uno de los tantos cañones argentinos diseminados en Wireless Ridge. Para él, toda una experiencia: el historiador cara a cara con la historia.

El director de la revista Caras y Caretas, junto a uno de los tantos cañones argentinos diseminados en Wireless Ridge. Para él, toda una experiencia: el historiador cara a cara con la historia.

Pigna en uno de los 120 campos minados, cercano al viejo aeropuerto. 3

Pigna en uno de los 120 campos minados, cercano al viejo aeropuerto. 3

En el Museo de San Carlos, a 150 kilómetros de Puerto Stanley.

En el Museo de San Carlos, a 150 kilómetros de Puerto Stanley.

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