Como vive y qué piensa el argentino que puede ser Papa – GENTE Online
 

Como vive y qué piensa el argentino que puede ser Papa

A las puertas de Roma y al pie del trono de San Pedro, ahora que Juan Pablo
II es parte de la Historia -así, con mayúsculas-, hay un argentino: el Cardenal
Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires. Es, técnicamente, papábile. Es
decir, uno de los candidatos a ser elegido como el nuevo Papa en el Cónclave que
celebrarán 117 Cardenales -58 europeos, 14 norteamericanos, 21 latinoamericanos,
11 africanos, 11 asiáticos y dos de Oceanía-, todos ellos menores de 80 años.
Sería, entonces, el primer Jefe de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana
proveniente de Latinoamérica. La versión no surge de una afiebrada especulación
nacionalista, sino de expertas plumas vaticanas, como las de Sandro Magister,
quien escribió en el semanario centroizquierdista L'Espresso de Roma, el último
diciembre: "Si la elección fuera ahora Bergoglio, recibiría una avalancha de
votos de cardenales". Y lo describe como "tímido, esquivo, de pocas palabras, no
mueve un dedo para hacer campaña. Pero esa actitud es considerada todo un
mérito
". Esta nota, según confió el vocero del cardenal, el sacerdote Guillermo
Marcó, le resultó "molesta" al arzobispo porteño, amante del perfil bajo. Pero
también lo postuló el vaticanista norteamericano John Allen, del semanario
National Catholic Reporter y de la CNN, quien afirmó que nuestro cardenal tiene
"mucho a favor".

Por supuesto, no escapa al jefe de prensa del prelado que tamaños elogios
podrían esconder una trampa. La frase "quien entra Papa sale Cardenal" no es
antojadiza. Cuando en 1978 Karol Wojtyla fue electo Papa, muy pocos reparaban en
él. Y fogonear una candidatura puede ser una forma sutil de desgastar una
imagen, sobre todo en momentos que, para muchos observadores del Viejo
Continente, un Sumo Pontífice italiano, o europeo, podría reforzar a una Iglesia
que pierde adeptos precisamente en su cuna. Pero que se juegue la baraja de un
Papa latinoamericano no es una idea descabellada: en nuestro continente se
encuentra el 60 por ciento de los 1.300 millones de católicos que hay en el
mundo. Aquí, su principal rival sería el hondureño Oscar Rodríguez Madariaga,
arzobispo de Tegucigalpa.

Como sea, si Bergoglio fuera elegido, la mitra Papal recaería en una de las
testas más lúcidas de la Iglesia en el mundo. El purpurado tiene 66 años, y
nació en el barrio porteño de Flores el 17 de diciembre de 1936, en el seno de
una humilde familia italiana de clase media, formada por Mario, un empleado
ferroviario, Regina Sívori, ama de casa, y cuatro hermanos. La vocación
sacerdotal le llegó después de una novia y un título de ingeniero químico. Casi
al mismo tiempo, sus problemas respiratorios hicieron que le extirparan un
pulmón. Sin embargo, pese a que el físico no le permitió practicar deportes, una
de sus pasiones ocultas es el fútbol y, como casi todo cura que se precie, es
hincha de San Lorenzo, club del que posee una camiseta autografiada por los
jugadores. Pero lo que realmente deslumbra a este porteño, también amante del
tango, son las cuestiones intelectuales. Además de los temas eclesiásticos, es
un apasionado lector de Jorge Luis Borges, Roberto Arlt y Leopoldo Marechal. Por
lo demás, sus costumbres son ascéticas: se levanta a las cuatro y media de la
mañana, come frugalmente, no fuma, no bebe, y gusta de caminar los domingos por
la mañana, cuando cerca de su departamento, en el segundo piso de la Curia
-junto a la Catedral- no hay demasiada gente.

El 11 de marzo de 1958 comenzó su carrera religiosa. Ese día ingresó a la
Compañía de Jesús, en el noviciado de los jesuitas. Luego marchó a Chile, donde
estudió humanidades durante diez años. Ya de regreso, obtuvo la licenciatura en
Filosofía y Teología en el Colegio Máximo San José de San Miguel. El 13 de
diciembre de 1969, a los 32 años, fue ordenado sacerdote. Y apenas cuatro años
más tarde alcanzó el más alto lugar al que podía aspirar un jesuita: provincial.
La época más negra de la dictadura militar lo encontró también en el punto más
oscuro de su vida. Dos jesuitas, Orlando Yorio y Francisco Jalics, que
trabajaban en villas miserias, fueron secuestrados en la noche del 23 de mayo de
1976. Algunos testimonios dicen que Bergoglio intercedió ante la Armada para
lograr su liberación. Otros señalan que, por el contrario, fue quien los
entregó. El final de los años 70 lo encontró en Europa, y, otra vez, sus
biógrafos no se ponen de acuerdo. Para algunos, el Cardenal finalizaba una tesis
en Alemania. Pero otros afirman que se enclaustró en un convento jesuita en
Europa. De regreso al país, estuvo a cargo del colegio donde se recibió en
Filosofía y Teología. Más tarde, el destino lo ubicó en una parroquia cordobesa,
hasta que, en 1992, el entonces cardenal Antonio Quarracino lo llamó a su lado
como obispo auxiliar. En 1998, cuando éste falleció, lo reemplazó al frente de
la diócesis. Muchos recuerdan que, en el momento en que Juan Pablo II lo ordenó
Cardenal, no compró nuevas ropas, sino que mandó arreglar las de su antecesor,
bastante más robusto que él.

Desde ese sitio, comenzó a tejer importantes relaciones políticas. Con él han
simpatizado desde Elisa Carrió hasta Mauricio Macri, el piquetero Luis D'Elía y
los empresarios Goyo Pérez Companc y Carlos Bulgheroni.

Pero, por lo general, se ha mostrado duro con los políticos. En plena hecatombe
del 20 de diciembre de 2001 reprendió al entonces secretario de Seguridad, Jorge
Mathov, por la dureza de la policía contra quienes manifestaban en paz. En una
de sus últimas homilías, la del Jueves Santo, fue bien claro: "La Iglesia vive
el tiempo de Jesús, que es tiempo de gracia, buenos anuncios, de libertad y de
misericordia, muy distinto a los plazos de la política y la economía, que
tienden a convertirse en tiempos que devoran, excluyen, oprimen"
. Y finalizó
comparando a la política con una calesita "donde la sortija la sacan siempre los
mismos".

El 21 de febrero de 2001 fue erigido Cardenal Primado -por primera vez un
jesuita alcanzó esa dignidad-, aunque no se constituyó en presidente del
Episcopado, como se esperaba, sino que dejó ese cargo para el arzobispo de
Rosario, Eduardo Mirás. Ese mismo año, tras el ataque terrorista a las Torres
Gemelas, el cardenal Edward Egan, arzobispo de Nueva York, abandonó el Sínodo de
Obispos, que deliberaba en Roma. Su puesto de relator fue ocupado por Bergoglio,
y ese fue el trampolín hacia la consideración de sus pares. Los que muy pronto,
en el Cónclave a puertas cerradas, que se hará en el Vaticano, elegirán a un
nuevo Papa. Y entonces, quizás, la fumata blanca que indique al mundo católico
que un nuevo Pastor los guiará, tenga esta vez, también, cierto tinte celeste.

Juan Pablo II y el saludo con Jorge Bergoglio. Por primera vez, un jesuita es Cardenal Primado de la Argentina. Por segunda vez -tras la chance que tuvo monseñor Pironio en 1978- un argentino puede ser coronado como jefe de la Iglesia Católica.

Juan Pablo II y el saludo con Jorge Bergoglio. Por primera vez, un jesuita es Cardenal Primado de la Argentina. Por segunda vez -tras la chance que tuvo monseñor Pironio en 1978- un argentino puede ser coronado como jefe de la Iglesia Católica.

La Iglesia vive el tiempo de Jesús, que es tiempo de gracia, buenos anuncios, de libertad y de misericordia, muy distinto a los plazos de la política y la economía, que tienden a convertirse en tiempos que devoran, excluyen, oprimen."">

"La Iglesia vive el tiempo de Jesús, que es tiempo de gracia, buenos anuncios, de libertad y de misericordia, muy distinto a los plazos de la política y la economía, que tienden a convertirse en tiempos que devoran, excluyen, oprimen."

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