Así se vive la amenaza de la pandemia – GENTE Online
 

Así se vive la amenaza de la pandemia

Cuando el jueves 23 de abril el secretario mexicano de Salud, José Angel Córdova, habló en cadena nacional sobre una posible epidemia de influenza en el país, la mayoría de los argentinos residentes no le prestó mayor atención. Excepto, claro, aquellos que tienen hijos en edad escolar, porque Córdova suspendió todas las actividades educativas “hasta nuevo aviso”. Liliana (42) y Felipe (34), por ejemplo, acordaron que la suspensión de las clases “nos sorprendió”, pero lo tomaron como una lógica medida preventiva. Liliana es cordobesa, vive en el Distrito Federal desde hace más de ocho años, y su hija (Micaela, 23, estudiante universitaria) escuchó el alerta y no lo dudó. Antes de que los aeropuertos redoblaran los controles y hasta se cerraran, viajó con una amiga a Canadá…

Pero su madre no se movió del DF y cuenta: “Tomo las precauciones básicas: hago la compra del súper por teléfono y me la traen a casa. Trato de no exagerar ni ponerme paranoica, pero desinfecto todo lo que compro, me lavo las manos muy seguido y en la farmacia compré Tamiflú que, según dicen, es el remedio más adecuado. Pero ya no es de venta libre: piden receta médica, y en muchos lugares no hay”.

BARBIJO SI, BARBIJO NO. Liliana no usa barbijo (“cubreboca”, lo llaman aquí), lo mismo que Felipe, Paula (28) y Florencia (25), otros compatriotas. En la ciudad de México –metrópoli de veinte millones de almas– ya existía una cultura del barbijo a raíz de la grave polución, pero a los extranjeros no les resulta fácil acostumbrarse. Según Felipe, “al principio usé uno que me regaló mi vecina, pero poco después leí que no sirven. Creo que tiene un efecto de barrera, pero más mental que real…”. Liliana es más práctica: “Quiero usarlo, pero todavía no lo conseguí: están agotados”, dice.

En cuanto a Paula, fue al súper sin barbijo, y a la misma hora de siempre: “No lo uso porque me parece que no sirven de nada, y además no se consiguen. Pensé en usarlo, más que nada, por la presión social: ¡en el súper me miraban mal! Al final, cuando me decidí a comprarlo, estaban agotados”. No exagera: desde el jueves 30 de abril, día del alerta oficial, es más difícil conseguir un barbijo que acertar la lotería… Tanto las farmacias como las cadenas como Wal Mart tienen su stock en cero. El gobierno reconoció la escasez, y las quejas de los empleados de clínicas y hospitales crecieron en avalancha. Algunas empresas optaron por mandar a los empleados a sus casas y mantenerse conectados con ellos vía Internet.

TODOS A SU CASA. Felipe es arquitecto y trabaja en un estudio de Colonia Condesa, uno de los barrios más atrincherados contra la epidemia: cerraron hasta los restaurantes… “Dejé de ir a trabajar dos días, adelanté tareas pendientes en casa y me ahorré el tedio de viajar una hora y media hasta la oficina, porque tampoco me gusta tomar un subte atestado. El lugar donde comemos todos los días estaba cerrado, y dos compañeros trabajaron todo el tiempo con cubrebocas… Mi jefe, nervioso, se la pasó rociando la oficina con Lysol, un aerosol antibacteriano”, cuenta.

Como él, muchos trabajadores desistieron de usar transportes públicos, a pesar de que Marcelo Ebrad, el intendente del DF, no cortó ese medio. En cambio, la suspensión de otras tareas públicas, de actividades culturales (cines, teatros) y de los llamados “sitios de recalada” (fondas, restaurantes, cantinas) transformaron el paisaje de la ciudad: el típico caos del tránsito, por ejemplo, casi ha desaparecido… Pero faltaba la peor estocada, y se clavó, certera: el presidente Felipe Calderón le aconsejó a la gente quedarse en sus casas, como un padre severo y acorde con la fecha: el último día de abril, aquí, es el Día del Niño… Sus palabras textuales: “Quiero exhortarlos, a todos sin excepción, a que en estos días de asueto que vamos a tener, en este puente que irá del uno al cinco de mayo, se queden en su casa con su familia (...) No hay lugar más seguro para evitar contagiarse el virus de la influenza porcina, ¡que su propia casa!”.

La periodista Daniela Pastrana fue contundente: “Todo está muerto. Sepultado por decreto hasta el 6 de mayo”. Mientras, las pérdidas crecen: vuelos suspendidos, caída del turismo, comercios cerrados… La vida cotidiana, en suspenso, como la foto fija de una película. Un ardid: cambio de nombre. En vez de fiebre porcina, influenza A (H1N1), para evitar la salvaje e indiscriminada matanza de cerdos, como se lleva a cabo en Egipto.

El mundo se debate entre el miedo y la incertidumbre, entre el optimismo (“la sangre no llegará al río, esto se acaba pronto”) y el pesimismo (“la pandemia golpeará al mundo entero como la peste negra en la Edad Media”), entre la ignorancia y la certeza. Nuestra compatriota Liliana Buede –uno de los 80 mil que viven en el DF– vuelve a tener la palabra: “No sé si fue acertado o no pero, en principio, cancelar los vuelos me pareció desafortunado. El gobierno argentino sólo se preocupó por los turistas varados y mandó un par de charters que, obviamente, pagaron todos mis compatriotas; mientras, la OMS nunca, hasta hoy, recomendó cancelar vuelos, y la Unión Europea se negó a tomar una medida tan extrema. Tampoco se midieron las consecuencias diplomáticas de semejante decisión, violando la tradición solidaria entre los dos países”.

Mientras tanto, la vida continúa sin grandes sobresaltos, y la prevención reemplaza a la desesperación. Tante que Horacio Marano, aquel músico argentino que –se dijo– fue la primera víctima de la gripe porcina, en realidad murió de una más clásica neumonía... Agentes de policía del DF protegidos por cubrebocas, como llaman a los barbijos. Por ahora, el stock de estas máscaras está agotado. En general, los argentinos residentes se niegan a usarlo: “No sirven”, dicen.

Agentes de policía del DF protegidos por cubrebocas, como llaman a los barbijos. Por ahora, el stock de estas máscaras está agotado. En general, los argentinos residentes se niegan a usarlo: “No sirven”, dicen.

Desde que surgió el alerta por la gripe porcina, en el DF comenzaron a verse distintos modelos de barbijos (o “tapabocas”, como los llaman en México).

Desde que surgió el alerta por la gripe porcina, en el DF comenzaron a verse distintos modelos de barbijos (o “tapabocas”, como los llaman en México).

Como se ve, más de un chilango se tomó con humor el mal momento que viven y le puso su toque personal al accesorio sanitario.

Como se ve, más de un chilango se tomó con humor el mal momento que viven y le puso su toque personal al accesorio sanitario.

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