Armando Bo en una entrevista exclusiva y genial – GENTE Online
 

Armando Bo en una entrevista exclusiva y genial

Aramando Bo (36) ganó un Oscar a Guión original por Birdman. Es el realizador de El último Elvis, cuarta generación de una familia dedicada al séptimo arte, casado Con Luciana Marti (40) y pa­dre de dos hijos: Amador (6) y Torino (2). Vive del cine pero también de la publicidad y está radicado en el barrio de Venice, Los Angeles, California.

Fue el primero en protagonizar la sección #GrandesReportajes de la revista Gente. Aquí parte de una charla única e íntima para repasar junto a él su camino a Hollywood.

De verdad no había vuelto al país desde que levantó la estatuilla dorada más venerada del mundo?

 –Seguro. Vine a saludar después del Os­car. Nos fuimos con las valijas en enero. Una especie de mudanza, porque acá tengo una casa, la productora, amigos, una vida. Pero bueno, la nuestra es una profesión algo abierta y no una empresa en la que tenés una guita fija y un orden. En algún punto sos un pescador. Hay que aprovechar e ir en busca de las chances. Es la primera vez que sentí que Buenos Aires estaba un poco lejos de las oportunidades.

–Habla en plural. La mudanza incluyó familia, claro.

–Sí. Nos instalamos en una casa de Venice, barrio tran­quilo de Los Angeles, California. Cuando sintamos vol­ver, volveremos. La idea es afincarnos allá y venir a filmar algún comercial. Una doble vida que mantenga activo a este tipo que empezó a los 16 años, de merito­rio de producción en publicidad.

–¿Recuerda qué quería ser de pibe?

–Me daba por el deporte, pero no lo tenía claro. El cine estaba siempre dando vueltas. Es algo que te atrapa, te lleva a lugares donde nunca hubieses estado, y te con­tacta con gente y cuestiones que te abren la cabeza y te sacan de tu pequeño tupper. De alguna manera empecé en el rubro de chico. Parecería que soy joven, pero ya hace dos décadas que laburo en esto. Media vida.

–Seguro. Y ese pibe que nació (complétenos si lo consi­dera) el 9 de diciembre de 1978 en Belgrano, Buenos Aires, al que sus padres –Chia (62) y Víctor (72)– lla­maron Armando... Perdón, ¿tiene segundo nombre? –Prefiero que no lo pongas, porque suena a telenovela. –Hermano de Teresa (39), marido de Luciana Marti (40, vestuarista) y padre de Torino (2) y Amador (6)... 

–Usamos las mismas letras para que no sea Armando, como mi abuelo, mi padre –Víctor Armando– y yo.

–Un metro 93 de estatura y 90 kilos de peso.

–90 en alza. Aunque no soy coqueto, intento cuidarme.

–Que no toma mate, escucha rock y pop inglés y adora el fútbol...

–Cierto. En la cancha soy un mediocampista con ansias de delantero o un 2 áspero. Las últimas veces que jugué, me lesioné, así que ahora en general miro de afuera.

–¿Es real que ese pibe, en la primera mitad de su vida debutó en el medio haciendo aplaudir a la tribuna de Teleganas, aquel programa de juegos de ATC conduci­do por Andrés Percivale y Gisela Barreto?

–Exacto. Fue mi primer laburo post colegio. También me mandaban a comprar. Una experiencia corta y rara: no sólo no cobré sino que puse plata. Sin embargo, al mismo tiempo me descubrí metiéndole garra en el in­tento de que el público aplaudiera. Me motivaba conta­giarlo. Andaba en los 17 años. Antes había aparecido en un par de comerciales, y en alguna película de mi viejo (Ya no hay hombres, 1991; sumaba 12 e interpretaba al hijo de Katja Alemann). ¡Ahí entendí lo difícil que es ser creíble en cámara! Tengo un gran respeto por la actuación. Es una profesión difícil. Hay gente a la que la cámara la quiere. A mí, evidentemente, no.

–Ahhh. ¿Por eso ayer, en la sesión de fotos, en Cinetau­ro, lo escuchábamos insultarse?

–(Risas) Como la cámara no me quiere, para salir sin cara de amargo descubrí que si antes del disparo me pu­teo un poco, aparezco más fresco. Putearte para adentro es una manera de soltarte hacia afuera.

–Usted afirma que la cámara no lo quiere, pero usted a ella sí. ¿Será un amor no correspondido?

–No sé si la quiero, pero es mi única herramienta. Si no existiera, no sé qué haría. Soy horrible dibujando, no sé cocinar, soy malo colgando cuadros... Zafé porque caí en esta época donde hay cámaras en todos lados.

–¿Y en qué se veía bueno durante aquella juventud?

–Lo que siempre tuve es intensidad. Terminé los estu­dios a duras penas. Mal alumno. Mi promedio de Ma­temática en el analítico fue, creo, de 1,5. Aunque me considero un buen autodidacta, hubiese querido tener más formación. Hice cursos pequeños, no carreras lar­gas. Aprendí mi profesión ejerciéndola, equivocándome. Es mi virtud y mi defecto. Nunca me creí especial en algo, ni arriesgué “voy a ser bueno dirigiendo, produ­ciendo, pensando”. Fue una constante inconsciencia de avanzar. Sí entiendo que la base es la autoconfianza y el esfuerzo. Soy hiperactivo, de generar. Toda la vida me levanté a las 7:30 AM aunque me acostara a las 6. Una herencia familiar.

–Cuéntenos en qué momento sintió que podía heredar la profesión de su abuelo y su padre.

–Se trató de una energía que me fue empujando a tra­vés de la producción. Dedicaba muchas horas, y ahí apareció. Con la plata que ahorré como asistente, a los 20 y un poco empujado por mis viejos, me fui a estudiar cuatro meses en la New York Film Academy. Salirme resultó una saludable experiencia. Ser “hijo y nieto de” nunca me afectó, pero me ayudó que no me relacio­naran con un apellido que acá me podía dar alguna seguridad. Luego trabajé bastante en los Estados Unidos, en México, en Europa, pero aquel viaje inicial fue intere­santísimo para aprender y seguir haciendo.

–¿Se acuerda de la primera publicidad que dirigió? Leímos que ya superó las 120 y los 50 premios.

–Hmmm. No. Fue un proceso. De repente hice un docu­mental en el que me ayudó papá, unos cortos y surgie­ron pequeñas cositas que me llevaron a los comerciales. De ellos filmé un montón. Pasa que a veces son campa­ñas... Lo que sí, aprendí mucho. La publicidad te enseña a lidiar con un montón de situaciones, a manejarte con la gente. Lo que no te enseña es a meterte en una histo­ria y profundizarla, como sí lo hace el cine.

–¿Usted hace publicidades para poder rodar películas?

–Mirá, es difícil vivir del cine y ejecutarlo. Además, tie­ne sus tiempos. Los filmes se generan cada tres, cuatro años... Son lo opuesto a la publicidad, donde domina el dinamismo y trabajás para un cliente. ¿Qué prefiero yo? Respeto y honro contar con un lugar donde entrenar al tiempo que cobro, pero lo que genera en la gente la película es incomparable. Aparte, me cuesta creer que en publicidad puedas seguir hasta que mueras.

–¿En el cine sí?

–Woody Allen pisó los 79 años; Clint Eastwood, 85; Ha­yao Miyazaki, 74... Es una profesión a la que quizá hasta le viene mejor la madurez. Tenés tiempo para ir afinan­do la capacidad de contar historias. El cine se pone más interesante con el tiempo. Yo no soy el mismo que hace quince, diez ni cinco años. Si lográs mantenerte fresco creativamente, el cine no se vence. El riesgo es que con el paso del tiempo podés volverte más interesante o más boludo, jajá... Pero eso ya depende de cada uno. Hay que estar atento. Por suerte yo estoy empezando. Recién hace una década fundé mi productora acá, en Núñez, donde conversamos ahora.

–Rebolución, con la compañía de Patricio Alvarez Ca­sado y Ezequiel Olemberg, con sedes en la Argentina y Brasil y con... ¡“b” larga!

–Era el ego que me acompañaba. En realidad, de alguna manera fue como una pequeña revolución de hacer lo que queríamos, la revolución de los cambios.

–Aspecto que pudo observarse en El último Elvis. ¿Có­mo la ve hoy, a tres años y medio de su estreno?

–Como a una ex mujer.

–¿Se lleva a las patadas con ella?

–(Risas) No, la dejé a un lado, sin volver a verla. Cambié en este tiempo, como te confesé, pero no sé si ahora podría hacerla mejor. Fue mi opera prima y la respeto. La armamos con Nico (Giacobone, primo y coescritor) y la gente de la productora, para dar un paso importante, y te aseguro que abrió un montón de puertas. Me pone orgulloso lo que aún genera esa cinta que elaboramos y editamos a pulmón. Más allá de Biutiful y Birdman, El último Elvis es lo que me representa como director cuando me quieren mandar guiones.

–Eso que Biutiful (2010) y Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (2014) lo llevaron a la red car­pet de Hollywood...

–Tal cual. Tampoco pensaba que semejante momento me llegaría tan temprano, con 32 y 36 años. Hubo una inconsciencia, pero en el momento en que apareció la posibilidad de trabajar con Alejandro (González Iñárri­tu, director de los dos filmes), Nicolás y yo nos dimos cuenta de que podía llegar a suceder algo así. La prime­ra fue una nominación en el rubro Película extranjera como guionista, y ahora obtuvimos el Globo de Oro y el Oscar por Guión original. Momentos fuertes. 
 

Cuarta generación de talento

–¿Cómo recuerda ahora aquella noche del 22 de febre­ro de 2015? Nosotros, con una imagen que usted subió a Twitter de su estatuilla bajo el parabrisas delantero del auto, y el amanecer del lunes detrás.

–Aquella foto, cierto... Todo fue genial, sorpresivo. Me impresionaba saberme rodeado de mucha gente talen­tosa de algo que quiero tanto como el cine. Me gusta desmitificarlo. Lo de la fama y lo que genera en la gente es un misterio y uno de mis temas favoritos: yo en la butaca estaba incómodo y tenía calor. La temporada de premios terminó ahí. A esa altura ya te saludaban los que venías viendo en galas, entregas y fiestas durante enero y febrero. Muy loco, ¡te saludaban a vos! El pedi­grí que te da es bárbaro.

–¿Dónde guarda el Oscar?

–Es un problema. Está en una caja, viajando conmigo; no respira nunca. Yo soy descuidado con las cosas, todo se me rompe. Ya tiene un par de raspones. No sé dónde lo voy a poner. Es un peso, un peso pesado.

–¿No sabe aún qué lugar ocupará el Oscar en su vida?

–Jajá. No se da seguido. Jamás supuse que me llega­ría siendo guionista. Ahora me gustaría obtenerlo diri­giendo una película, porque yo me considero director. Cuando lleno formularios pongo “Cineasta”.

–¿Qué es el cine para usted?

–Una manera poderosa de contar historias. El cine es una mentira muy difícil que te crean. De allí que cuando una película te llega, realmente puede hacer cambiar cosas de tu vida. Es una genial combinación de todas las artes: la música, los colores. Cuando está bien ejecu­tado, el cine es el arte que más me moviliza. Porque te hace pensar, reír, emocionar. Cuando te llega, te mata.

–En un viejo reportaje, su abuelo contaba que para llegar a Hollywood “me faltó hablar inglés”. Su padre agregó décadas más tarde: “Ni mi papá ni yo, con 150 películas, pudimos acceder”. Pero apareció usted y lo logró. ¿Le reconoce algún mérito a la sangre?

–Bueno, en el mundo le dan mucha bola a ser cuarta generación de cineastas. Sylvestre, el padre de mi abue­la María Teresa Machinandearena, era dueño de los es­tudios San Miguel. Armando la conoció ahí... Lógico que si uno curte el cine de chico puede explotar la vocación, pero yo no le doy tanta importancia.

–Supongamos que sus hijos le salen, por ejemplo, de­portistas. ¿Qué sucedería?

–Nada. El mayor es muy físico e inteligente. Comparto con él la construcción de Legos. Un enorme esfuerzo mío, que soy pura ansiedad. Es piola enseñarles a los chicos insistir tras una meta, y a mí me sirve de terapia (risas). Pero como no soy tan instruido, me gustaría que ellos lo fueran más, siempre dándoles confianza y res­petándoles lo que me dio resultado a mí: que encuen­tren el camino desde sus inquietudes y personalidades.

–¿Su papá era su ídolo, como lo fue Delfín para mu­chos chicos en los Setenta y Ochenta’?

–Idolo no, porque fue muy padre. Mi abuelo era muy amigo de él, y quizá eso tampoco resulte tan sano. Ob­vio, ahora yo soy más padre de mi papá que él de mí, jajá... Mis héroes eran Maradona, Bochini, tenistas. Soy hincha de Independiente; y ahora sumé al Barcelona y a Messi. Igual, te cuento que mi viejo les muestra a Tiburón, Delfín y Mojarrita a mis hijos, y es genial. Tal vez llego y están viendo Los superagentes contra todos. ¡Qué bien hechas esas películas... y siguen funcionando!

“Mi viejo les muestra a Tiburón, Delfín y Mojarrita a mis hijos, y es genial. Tal vez llego y están viendo ‘Los superagentes contra todos’. ¡Siguen funcionando!” “El Oscar está en una caja, viajando conmigo. Yo soy descuidado con las cosas. Ya tiene un par de raspones. No sé dónde lo voy a poner. Es un peso, un peso pesado”

 

–¿Guarda recuerdos de su abuelo-leyenda, Armando?

–Ninguno físico, salvo por lo que fui viendo de él ya sin su presencia. Murió a mis dos años y medio. Arran­camos en Hollywood y mirá dónde llegamos... (risas).

–Sí, hablábamos de llegar a Hollywood. Usted lo logró.

–Exacto. Es raro. Porque Hollywood no te da una con­tinuidad laboral y podés irte al toque. Allí hay películas porno, música, tele, ebullición constante. Ahora debe­mos hacer cosas para quedarnos. Antes había que for­marse afuera; hoy estás en contacto, vía Internet, desde donde sea, y está difícil la competencia con los nuevos formatos, los teléfonos, la desconcentración que hay... El secreto radica en editar, elegir, en la experiencia. El mundo se volvió más visual. Ahora todo se cuenta con una cámara. Así que lo relevante es saber cómo usarla.

–¿Su receta, entonces, para perdurar?

–Lo mío es instinto. Quizá mi talento es contar con una especie de detector que me permite seguir lo que sien­to. No me iluminan chispas de genialidad. Me considero un gran laburador, al que le cuesta seguir reglas y pa­trones. La publicidad te genera muchas ideas; el cine te enseña a filtrarlas y elegir qué camino seguir y cuál no.

–¿Qué cine le gusta?

–Todo cine bien ejecutado. Desde Zoolander hasta una película iraní, que puede golpearte aunque no mueva la cámara... Una Star Wars. ¿Acaso no marcó parte de la historia del cine? Me llegan propuestas pero prefie­ro evitar dirigir películas onda Spiderman 6. Por suerte armé un equipo con manager, agente y abogado, que busca dónde hay algo interesante para intentar probar.

–Olvidó mencionar al primo mayor, que ya debe ser su socio artístico.

–Claro, Nicolás. Lo admiro, aprendemos uno del otro. Varios guiones que escribimos terminaron en ningún lado. Perdón, ayudaron para que Alejandro (González Iñárritu) pensara en convocarnos.

–Oscar en mano, ¿en qué cambió la mirada de los demás hacia usted?

–Aumenta todo. Es increíble tenerlo. A la vez, abre una enorme expectativa y hay que estar a la altura porque también te puede matar, jajá. Si abrís un quiosco y en la inauguración colgás el cartel “Ganador del Oscar”, no podés usarlo para otro negocio. Mostrá algo nuevo.

–¿Qué tiene ahora usted para mostrar de nuevo?

 –The one percent, una serie de televisión junto al equi­po de Birdman. Nos asociamos con los productores de House of cards, y se va a emitir por el canal Starz. Nico­lás y Alexander (Dinelaris, el otro guionista de Birdman junto a Bó, González Iñárruti y Giacobone) la escribe. Alejandro y yo la rodaremos en 2016. Vengo laburando la idea hace cuatro años. Es un gran desafío poder hacer una serie prime time en los Estados Unidos, donde se vive la época dorada de la televisión.

–¿Algún anticipo en cine, su gran debilidad?

–Estoy con Stand by, también escrita por Nicolás y yo, y desarrollo una película con Rebolución: la primera coproducción argentino-inglesa.

–¿Argentino-inglesa?

–Lindo dato, ¿no?

–Hay que aprovechar el momento.

–Sí, pero también es una presión.

–Su juventud lo ampara...

–O no: tengo 36 años y mucho tiempo para cagarla (risas). 

Armando Bo. Foto: Atlántida/Televisa

Armando Bo. Foto: Atlántida/Televisa

 Armando Bo junto a su papá Víctor y su hermana Teresa en un set de filmación

Armando Bo junto a su papá Víctor y su hermana Teresa en un set de filmación

 Armando Bo. Foto: Atlántida/Televisa

Armando Bo. Foto: Atlántida/Televisa

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