creó una nueva cultura sobre el ring", como coinciden en afirmar los grandes periodistas deportivos. Fue rico, lo perdió todo ("me traicionaron hasta mis mejores amigos", acusó), y se acostumbró a vivir oscura y modestamente. Enfermo desde hace años, su corazón lo abandonó a los 66 años. Pero la memoria de su país lo mantendrá siempre de pie." /> Adiós, Intocable, y gracias por tu arte… – GENTE Online
 

Adiós, Intocable, y gracias por tu arte…

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Un sábado más, un sábado más,
sobre Buenos Aires un sábado más.
Y entre las bocinas de la procesión
gritan los canillas "
Crónica y Razón",
esquivando el pique de un auto lavado
la quinta de clavo quieren enganchar.
Total esta noche, minga de yirar,
si hoy pelea Locche en el Luna Park
".

(De Un sábado más, Chico Novarro)

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Se sentó, aquella tarde -otoño del '64, creo-, en una silla de madera y cuerina verde que había conocido mejores tiempos, del otro lado de mi escritorio de latón, entre respetuoso y desganado. Rastreó el fondo de uno de los bolsillos de su campera marrón, sacó un cigarrillo algo arrugado y, furtivo, lo prendió. Don Paco (el casi mítico entrenador Francisco Bermúdez) le pegó en la mano:

-¡Tire eso! ¿Cuántas veces tengo que decirle que no fume?
Lo tiró, lo pisó, y la brasa, al morir, dejó una huella negra en el agotado piso gris.

Empecé el reportaje:
-Nicolino… Nombre raro. ¿Por qué se llama Nicolino?
-Por mi mamá, que se llamaba Nicolina.

Ante la segunda pregunta, se encogió de hombros y empezó a mirar a su alrededor lo poco o lo previsible del paisaje: escritorios, viejas máquinas de escribir, periodistas cada uno en lo suyo, diagramadores, dibujantes.

-Yo le cuento, porque él habla poco -me dijo Bermúdez.

Y me contó, y al final llegaron el diagnóstico y la premonición:
-Ya es campeón argentino y sudamericano de peso liviano, pero todavía no es ídolo. No le gusta entrenarse, fuma, pega poco y con una sola mano, pero se lo firmo: va a ser campeón mundial.

Un año después lo vi pelear y entendí que el boxeo podía ser más -mucho más- que sangre, y que un boxeador podía ser ídolo sin cumplir con el rugiente mandato de las tribunas: "¡Matálo, matálo, matálo!". Porque Nicolino Locche, nacido el 2 de septiembre del '39 en Tunuyán, Mendoza, el menor de los siete hijos de los inmigrantes italianos Felipe y Nicolina (él, zapatero; ella, ama de casa), acaso desde la primera vez que pisó un ring -el del Mocoroa Boxing Club, a los 9 años-, empezó a reescribir las remotas leyes del marqués de Queensberry. Artículo primero: la defensa es el mejor ataque; artículo segundo: es mejor ganar construyendo que destruyendo; artículo tercero: un combate no siempre es un drama, también puede ser una fiesta. En su caso, una perpetua fiesta que abría envuelto en su bata celeste, seguía con guiños hacia los privilegiados del ring side, promediaba con el más formidable repertorio de pasos cortos, quiebres de cintura, esquives milimétricos y milagr osos que lo ungieron como El Intocable, y cada tanto un sonoro guantazo en la cara del rival para acumular puntos en la tarjeta de los jurados. Tan cada tanto, que el 17 de julio del '65 el panameño Ismael Laguna, campeón mundial liviano, de 22 plenos años, al oír el fallo de empate, explotó de furia:

-¡Esto no fue una pelea! ¡Este hombre es un loco! ¡Quiero la revancha ya, ahora, mañana mismo!

Tres años después, el 12 de diciembre del '68, en las antípodas del Luna Park, en Tokio, y después de sufrir nueve rounds no frente a un boxeador sino frente a un bailarín, un torero, un equilibrista, un Charles Chaplin sin galera ni bastón, un clown que lo miraba fijo con ojos burlones, el campeón mundial Paul Fuji se quedó sentado en su rincón moviendo la cabeza como un péndulo y preguntándose por qué un kamikaze, un samurai, podía caer rendido sin siquiera entender desde dónde le llegaban los golpes. Nicolino Locche, entonces de 29 años, ya era campeón del mundo, tal como lo auguró Paco Bermúdez esa tarde de otoño en una redacción de la calle Riobamba que ya no existe, mientras le daba un segundo cachetazo en la mano a su pupilo. Que, haciéndose el distraído, manoteaba otro cigarrillo de la campera…

En noviembre del '64, no mucho después de ese primer reportaje en el escritorio de latón, Nico perdió por puntos la corona nativa ante Abel Laudonio: algo que parecía, de antemano, imposible. Pasados un par de años, por azar -nunca fui periodista deportivo-, conocí a Laudonio y le pregunté por la fórmula, el secreto, el artilugio que lo llevó a tocar al Intocable y arrebatarle el cinturón:

-Desde el primer round le pegué en los brazos, meta y meta, hasta que se le aflojaron, se le cayeron, y entonces pude golpearlo arriba y hacer puntos. Porque, creéme, los brazos de Nicolino son su mejor arma. Son dos palancas de fierro…
Esa noche, Laudonio le encontró el Talón de Aquiles. Pero sólo esa noche: el 10 de abril del '65 las palancas de fierro no cayeron en la trampa, y Nico ganó a su modo: más que por demolición, como Carlos Monzón, por agobio, por exasperación, por impotencia del rival frente al hombre que un periodista made in USA definió como "el boxeador más inteligente de la historia". El más inteligente y -contra todo pronóstico-, "el hombre que más gente llevó al Luna Park desde que tengo memoria", según me dijo Juan Carlos Tito Lectoure en uno de los grandes sábados de minga de yirar, porque ya caminaba rumbo al cuadrado, con pasos cortos, casi saltitos, alguien que fue rey, con sutiles pinceladas, en un mundo violento y de mucha brocha gorda.

Pero, ¿por qué se hizo boxeador ese artista, ese funámbulo, ese mago? La pregunta, inevitable en cien o mil reportajes, recibió siempre un contragolpe a lo Nico:
-No sé… La verdad, no sé…

Tal vez porque perdió a su padre a los 8 años. Tal vez porque había que llevar una moneda a casa pero fracasó como plomero, carpintero, cromador, gasista, etcétera. Tal vez porque quiso desentrañar qué misterio había entre las paredes del Mocoroa Boxing Club, el templo de Paco Bermúdez al que cada día entraban hombres de nariz achatada y bolso al hombro. Bermúdez, que una tarde del '47 le abrió la puerta, le calzó un par de guantes, le indicó cómo pararse, lo vio tirar unos golpes, y un año después, en un hangar del aeropuerto de El Plumerillo, lo hizo debutar contra otro de sus pupilos. Ese día, Nico, de 37 kilos, empezó su serie amateur: 122 combates, con sólo ocho empates y tres derrotas. O cuatro, porque en el medio de esa saga todavía anónima, descubrió el cigarrillo y no le creyó a Bermúdez y su prédica: "Vea -nunca se tutearon-, el cigarrillo primero es placer, después vicio, y al final, condena". Y así, fumando, dando el peso a duras penas y entrenándose tarde y mal, sostuvo la co rona sobre su cabeza en cinco peleas, la perdió en Panamá -10 de marzo del '72-, agotado y sin aire, ante Alfonso Frazier, y un año después cayó a manos de Antonio Cervantes, Kid Pambelé, del peor modo en que puede caer un intocable: casi masacrado a golpes antes de que volara la piadosa toalla, al empezar la décima vuelta.

Y se apagaron las luces del Luna Park, para él y para siempre, a pesar de una triste reaparición en agosto del '75, cuando le ganó por puntos al ignoto mexicano Javier Ayala rodeado de tribunas semivacías, y dejó atrás una historia casi irrepetible: 136 peleas como profesional, catorce empates y apenas cuatro derrotas.

Después… el resto fue silencio, y también tristes sonidos. Bajó rico de su último ring: casa de lujo en Mendoza, doce autos Torino en siete años, relojes de oro, anillos de oro, esmeraldas y diamantes. Pagó, por años, las vastas cuentas de los amigos del campeón (un letal cliché). Se metió en negocios ruinosos: una muy mal ubicada estación de servicio en Mendoza, una juguetería, una carpintería, un depósito de vinos en Córdoba, todo terminado en quiebras y rojas banderas de remate que lo empujaron hasta el último escalón: vender ropa casa por casa, timbre por timbre, secos "no, gracias" como respuesta. Una, dos, tres veces trató de volver, al gimnasio primero y a algún ring de extramuros después, pero el tabaco ya había diezmado sus pulmones. Cuando murió, en la noche del 7 de septiembre, a los 66 años recién cumplidos, aquellos inagotables fuelles apenas le respondían en un veinte por ciento. Ya no podía caminar y sólo lo acompañaban cuatro fieles almas: María Rosa Gelleni, su tercera mujer, y s us hijos Nicolino Felipe, Ana María y Nancy. Recién el 23 de agosto de este año, la Asociación Mundial de Boxeo le entregó su cinturón de campeón del mundo. Un olvido imperdonable, reparado justo en el último round de Nicolino. Quizás entonces supo que podía morir en paz.

Extraño: el más original e irrepetible de los boxeadores clausuró su vida en el más patético y común de los moldes de su oficio: la miseria. Pero en su caso, jamás el olvido. Porque cada vez que se pronuncie su nombre, alguien recordará lo que escribió, en el '71 y en GENTE, Abelardo Castillo: "La relación de complicidad que se establece entre Locche y su público es un fenómeno que me atrevo a llamar estético, pues pertenece a un orden (pensé en escribir espiritual, y aun creo que ésa es la palabra) que lo acerca a los grandes actores, a los divos, al milagro". Y el tiempo, "que los mármoles empaña", como escribió Borges, no empañará esas palabras ni las victorias del hombre que las dictó. Las victorias sin sangre que aplaudió una rugiente multitud siempre ávida de sangre.

El 17 de mayo de 1970, en el Luna Park, retuvo por tercera vez el título de la categoría Welter Jr. como siempre, haciendo del boxeo un arte. El Intocable fue el púgil más popular de todos los tiempos.

El 17 de mayo de 1970, en el Luna Park, retuvo por tercera vez el título de la categoría Welter Jr. como siempre, haciendo del boxeo un arte. El Intocable fue el púgil más popular de todos los tiempos.

Locche en una producción de GENTE remedando a Chaplin, con quien lo compararon siempre.

Locche en una producción de GENTE remedando a Chaplin, con quien lo compararon siempre.

Mate y risa en la cocina de su casa, en Chacras de Coria, Mendoza.

Mate y risa en la cocina de su casa, en Chacras de Coria, Mendoza.

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