A un año del final – GENTE Online
 

A un año del final

"No devaluar, no defaultear". A un año de la caída de Fernando de la Rúa, podría parecer exagerado sostener que esas dos premisas -que el ex presidente sostuvo hasta el último minuto de su gestión- fueron su ticke
t hacia el helicóptero que lo llevó desde la terraza de la Casa Rosada hacia el exilio político. No fueron los únicos motivos, claro. Pero sí los más importantes. A las 19:52 del jueves 20 de diciembre de 2001, cuando el Sikorsky-2 levantó vuelo, quedó bien en claro quiénes habían ganado en una Argentina devastada. 

En rigor, De la Rúa comenzó a despedirse de su sueño presidencial, para el que se preparó toda su vida, 66 días antes: el domingo 14 de octubre. En esa jornada de comicios legislativos, el gobierno sacó 5.400.000 votos menos que el 24 de octubre de 1999, cuando se consagró la fórmula de la Alianza. 

En el oficialismo, después de la derrota, no descartaron de cuajo la devaluación que desde su partido le pedían Leopoldo Moreau y compañía. Uno de los hombres más cercanos al ex presidente, confió: "A los dos días de la elección, De la Rúa voló a España. Ese viaje fue muy criticado, porque supuestamente era para un congreso de la lengua española. Pero una vez ahí, el 17 de octubre, hubo una reunión con (José María) Aznar y su gabinete para discutir una hipotética devaluación. Es más: el equipo de Colombo trabajó en esa idea. Pero se llegó a la conclusión de que era inviable en esas condiciones, porque todos se paarían al dólar, y se iba a disparar a ocho pesos". De ese viaje quedó una frase, dicha a los periodistas españoles, que le valió el mote de autista: "Las elecciones demostraron que hay un relativo equilibrio de fuerzas".

Pero fue en la eterna jornada del 19 y 20 de diciembre (virtualmente, pareció un solo día) cuando se materializó su caída. El detonante principal fue el discurso que Nicolás Gallo y sus colaboradores habrían redactado (algo que el ex funcionario niega de cuajo) como respuesta a los saqueos y a la violencia. Hubo que repetir un par de veces la grabación porque a su hijo Antonio -en su última aparición política- y a Darío Loperfido, en un tardío, contumaz e inútil intento por transformar al dubitativo De la Rúa en un hombre decidido, no les convencía el tono con que le diría al país que estaba bajo estado de sitio. Otros colaboradores quisieron limitar esta medida al territorio bonaerense, pero -otra vez- no fueron escuchados. En ese momento arreció el cacerolazo en las calles. En los despachos comenzaba una carrera contrarreloj que no llegó a nada.


LA NOCHE TRISTE.
No fue casual que Chrystian Colombo, entonces Jefe de Gabinete, haya monitoreado la posibilidad (trunca) de salir del uno a uno. Enemigo declarado de Cavallo, por sus manos pasaron las relaciones del gobierno con el justicialismo que, tras la catástrofe del 14 de octubre, dominaba el Parlamento y el escenario político. Su principal interlocutor era Ramón Puerta, presidente provisional del Senado, a quien conocía -igual que Coti Nosiglia- del Banco Macro. Fue precisamente en el Hotel Elevage, feudo de Nosiglia, donde se jugó una de las últimas cartas del gobierno aliancista. En la larga noche que medió del 19 al 20, el Vikingo Colombo llevó la voz cantante en una reunión que contó, entre otros, con la presencia del entonces ministro del Interior, Ramón Mestre, el propio Nosiglia, el gobernador bonaerense Carlos Ruckauf, el senador Eduardo Menem y Ramón Puerta. El barbado y sudoroso ministro (que Inés Pertiné detestaba en un principio por su desaliño) salió de allí a las tres de la madrug
ada con la frágil promesa de que el peronismo sostendría al presidente. El rescate pedido -la salida de Cavallo del gobierno- ya había sido concedido.

A esa hora, en Olivos el aire era irrespirable. Mientras el aún presidente descansaba en el primer piso, Aíto, Lombardi y el coronel Gustavo Bohn, jefe de la seguridad de la quinta, observaban en los monitores cómo muchos manifestantes estaban sólo a un salto de entrar a la residencia. Tres líneas de fuego se prepararon ante esa posible invasión. Hasta una ametralladora de pie fue colocada en la puerta de la casa presidencial. A las cinco de la mañana, por lo menos allí, todo se calmó.


UNA VOZ EN EL TELEFONO.
A la mañana siguiente, la relativa paz entre gobierno y oposición se hizo trizas. Eduardo Duhalde dijo: "O el presidente cambia, o habrá que cambiar al presidente". A la una de la tarde, los justicialistas, en vez de acudir a la Casa Rosada como estaba previsto, empezaban a volar hacia San Luis con la excusa formal de inaugurar el aeropuerto de Merlo. Hasta Duhalde, por intermedio de su operador Raúl Alvarez Echagüe, le hizo decir a Juan Pablo Baylac que viajaría a territorio puntano. No llegó, aclaró después, porque su avión no podía superar un frente de tormenta. La decisión de soltarle la mano al gobierno ya estaba tomada, aunque en la Rosada no se querían convencer.
De la Rúa, que había llegado en auto a las 11:49, tras desayunar un té con leche en Olivos, habló con Ramón Puerta, el negociador, quien estaba al pie del Cessna Citation que lo llevaría a San Luis. Le pidió una definición para antes del anochecer, porque había temor de que la violencia se multiplicara en las sombras. Puerta no le dio ninguna definición, y hasta se permitió bromear con la desesperación del primer mandatario:

-Antes de las diez de la noche le tengo noticias, presidente…- le dijo el misionero.
-Ah, no. A las diez ya va a ser de noche.
-Que a las diez va a ser de noche se lo puedo asegurar. Es más: es lo único que le garantizo por ahora…

Afuera, la Montada dispersaba a los manifestantes que pugnaban por entrar a la Casa Rosada por la explanada. El humo de los gases lacrimógenos penetró en el edificio justo por el lugar donde se encontraba el grueso de los periodistas. La alfombra roja había sido enrollada para cerrar de inmediato la puerta si la policía era superada. Y los uniformes verde oliva y las ametralladoras se veían por todas partes. Los empleados del turno de la mañana salían como podían por Paseo Colón 5, mientras los manifestantes los escupían y les arrojaban piedras al confundirlos con funcionarios. 

El otro frente de guerra del gobierno estaba en su propio partido. Según le dijo Cavallo al juez Oyarbide en el marco de la investigación por el supuesto complot, en la mañana del 19 un grupo de dirigentes de la Unión Industrial Argentina festejó, en el bar La Biela, haber convencido al presidente de la UCR, Angel Rozas, de abandonar la convertibilidad y pesificar la economía. Durante la jornada del 20, Ramón Mestre (que había participado en la reunión del Elevage, y no es un dato menor) bramaba:
"¡Desde la mañana le digo que hay que cambiar todo (por la política económica) y no me escucha! Yo me voy a mi casa…". Tampoco pareció casual que Federico Polak, hombre de Alfonsín, apareciera por Balcarce 50 sólo para saludar a Colombo, "el funcionario con más fibra de este gobierno. Ni sabía que estaba el presidente. El miércoles, mi familia estuvo en la Plaza protestando". El mismo día, por la tarde, en casa de Alfonsín se congregaron Carlos Maestro, Raúl Alconada Sempé y Ricardo Gil Lavedra. El caudillo de Chascomús estaba tan nervioso que llamó a Margarita Ronco para conectar la televisión, porque él no podía. De la Rúa telefoneó a Maestro: "Voy a hablar al país, voy a hablar de unidad nacional y a pedir ayuda". Maestro -que conocía bien cómo se desarrollaban los hechos- le respondió: "Presidente, el peronismo no responde como antes…".


JUGADA FINAL
. A las cuatro y diez, tras almorzar un yogur con gelatina junto a Gallo y Adalberto Rodríguez Giavarini y evaluar distintas posibilidades -incluida la renuncia-, De la Rúa subió a la sala de conferencias. En el ascensor, Giavarini lo animó: "Hacé lo que sientas". A último momento, un íntimo colaborador le acercó un papel con el discurso. Aún le quedaba tiempo para sufrir otro desplante: en la tarima, acompañado por Baylac, Colombo, Gallo y Giavarini, dijo: "Esperemos a que llegue el resto del gabinete". Nadie más apareció. Cansado, con el rostro enrojecido, optó por la estrategia de pasarle la pelota al peronismo: "Los convoco a este acuerdo, con valentía y patriotismo, para reformar la Constitución, nuestro sistema político y conseguir la unidad nacional… Una pronta respuesta del justicialismo es necesaria. No puede seguir el cuadro de violencia en la calle, que arriesga situaciones más peligrosas".

Tras el discurso, De la Rúa telefoneó otra vez a Maestro. Cuando sonó el aparato, el chubutense miró a Alfonsín.

-Raúl, atendé vos…
-Ni loco, ese debe ser De la Rúa- fue la respuesta.

Maestro, al fin, le expuso con crudeza: "Fernando, hay muertos en la plaza, y en cualquier momento, la policía puede ser desbordada. Y a la noche, la violencia puede ser inmanejable. Un consejo, Presidente: presente la renuncia".

Minutos después, De la Rúa y su círculo áulico miraron en el televisor del despacho presidencial, azorados, cómo desde sus propias filas le cavaban la zanja: el senador Carlos Maestro apuraba el escenario y decía públicamente que el presidente había tomado la decisión de renunciar. El diputado Humberto Roggero, jefe de su bancada, dijo que no prestarían ningún hombre del PJ y pidió el juicio político. Se trasladaron hacia el comedor. Allí, De la Rúa, sin mencionar la palabra renuncia, les comunicó su determinación, y repitió algo que ya había dicho cuando ocurrió la renuncia de Chacho Alvarez: "Me dejaron solo. No tenemos apoyo parlamentario, y están incendiando la provincia de Buenos Aires". Se hizo un pesado silencio. Andrés Delich balbució: "Le quiero agradecer, Presidente, por haberlo acompañado…", y su propio llanto lo interrumpió. Inmediatamente, la comitiva, como una dolorosa procesión, desandó el camino. Como pudieron, entraron a la oficina privada de los mandatarios. De la Rúa ocupó el
escritorio. En un sillón de tres cuerpos se sentaron Jaunarena, Lombardi y Baylac. En el despacho, de pie, estaban Gallo y Delich. En otro sillón, literalmente derrumbado, Héctor Lombardo. De la Rúa pidió un papel y redactó, de puño y letra, su renuncia al cargo de Presidente. A las 19:37 se la entregó a Virgilio Loiácono, el secretario Legal y Técnico, para que la llevara al Parlamento. A pesar de la generosa dosis de tranquilizantes que había ingerido, De la Rúa demostró una vez más su fama de detallista, algo que lo hacía demorar decisiones: "Llévela pronto, porque a las ocho cierra la Mesa de Entradas del Congreso".

Momentos antes de estos sucesos, desde Aeroparque despegó un vuelo de Southern Winds con rumbo a San Luis. A bordo iban varios senadores y gobernadores justicialistas del Grupo Federal, que nucleaba a las provincias chicas. Al arribar a destino, y con el avión carreteando aún, encendieron sus celulares. Los mensajes daban cuenta de la renuncia de Fernando de la Rúa. Los testigos del aterrizaje sostienen que Eduardo Menem, como para que lo escucharan, dijo en ese instante: "A los bonaerenses se les fue la mano".


EL ADIOS.
La Rosada parecía un velatorio. De la Rúa caminaba lentamente por sus oficinas. Miraba todo como en un mal sueño. De pronto vio a Víctor Buggé, el fotógrafo oficial, a quien la noche anterior había gritado por tomar una foto mientras Cavallo dejaba su despacho, lo tomó del brazo y le dijo: "Venga, hágame la foto que me quiero llevar". Y se puso a revolver su escritorio. Mientras tanto, los empleados transitorios embalaban sus cosas y los de la planta permanente se vengaban de los desplantes de algunos (a Damián Sánchez Rival, del área de comunicación, le estamparon una sonora bofetada). En el primer piso se planteó el siguiente problema: cómo sacar al Presidente de allí. Dice hoy Hernán Lombardi: "La idea era que De la Rúa saliera en auto por la explanada. A esa hora no quedaba nadie por Paseo Colón, y el helipuerto está a una cuadra y media. Pero la Casa Militar se negó". Desde las oficinas presidenciales se veía, sí, un denso embotellamiento en la avenida Huergo. Allí, aseguran
algunos con ojo de águila, varios punguistas hacían su agosto en pleno diciembre, aprovechando el caos entre automovilistas y pasajeros de ómnibus. Desde la oficina de Colombo, sobre Rivadavia, a esa hora pasó una ambulancia: en su interior, escondido de la ira de la muchedumbre, iba Aníbal Ibarra, quien tras escuchar la renuncia dejó su despacho de la Jefatura de Gobierno porteño. El plan de la custodia fue seguido a rajatabla. Leonardo Aiello, sin embargo, tuvo otra visión: "Salió por arriba porque lo quisimos preservar. No queríamos que le gritaran algo. Si hubiera estado entero, y de pie, todo bien. Pero cuando está caído, no…".

Desde las primeras horas, el arquitecto Mario Casares, coordinador del Departamento Técnico de la Casa Militar, estaba preparando el helipuerto, que no se utilizaba por miedo a rajaduras en el techo del Salón Blanco. Hasta allí subió De la Rúa, despeinado y un poco encorvado, acompañado por el edecán -teniente coronel Gustavo Giacosa-, y pocos colaboradores. Cuando el comodoro Castro elevó el helicóptero, Lombardi se abrazó con Gallo y no pudieron evitar un largo llanto. 

Al día siguiente, De la Rúa regresó a la Casa Rosada. Legalmente, fue presidente hasta el 21 de diciembre a las once de la mañana. Revocó el estado de sitio, firmó retratos, recogió algunos efectos personales con su secretaria Ana Cernusco y se retiró en su
Peugeot azul, conducido por el Tano Badino (su chofer desde la Intendencia porteña), hasta el helipuerto. Voló a Olivos, esta vez, aliviado. Hasta se permitió chistes. Inés no: ella lloraba. Empezaba la mudanza, cuyo mayor inconveniente eran los dos mil libros que había llevado De la Rúa y debían trasladar hacia Villa Rosa.

Hoy, la vida de los principales derrotados de esta página de la historia -Fernando de la Rúa y Domingo Cavallo- transitan por distintos carriles. Cavallo, que no bien la justicia le permitió salir del país viajó a los Estados Unidos, también tuvo un fugaz paso por el país. Sucedió el 7 de diciembre, en ocasión del casamiento de su hijo. No hubo Iglesia esta vez, para no repetir el bochorno de salir por el cementerio, como la noche de la Recoleta cuando se casó su hija. La fiesta fue en Sans Souci, adonde el novio se habría registrado bajo un nombre falso y con pocos conocidos entre los invitados. De la Rúa, recluido en su chacra de Villa Rosa, tuvo su última alegría cuando su hijo Antonio lo visitó hace un mes y medio, quien llegó de incógnito al país vía Santiago de Chile tras nueve meses de distanciamiento. Después regresó al tedio de las tardes con siesta, al golf lejos de los greens de verdad, y a las horas eternas en Pilar, apenas matizadas con las visitas semanales a sus oficinas de la avenida Callao.
Y a repasar, una y otra vez, como un obseso, cómo dilapidó -tras treinta años de perseguir un sueño- sus 740 días de poder.

por Hugo Martin
fotos: Víctor Buggé (Presidencia de la Nación) y Archivo Atlántida

De la Rúa repasa el discurso del 19 de diciembre, cuando anunció el estado de sitio. Su hijo Antonio y Darío Loperfido le dan indicaciones. Lo tuvieron que grabar dos veces porque -a juicio de sus asesores- De la Rúa aparecía excesivamente dubitativo y sin fuerzas.

De la Rúa repasa el discurso del 19 de diciembre, cuando anunció el estado de sitio. Su hijo Antonio y Darío Loperfido le dan indicaciones. Lo tuvieron que grabar dos veces porque -a juicio de sus asesores- De la Rúa aparecía excesivamente dubitativo y sin fuerzas.

El viernes 20 de diciembre a las 19:52, el helicóptero que trasladó a De la Rúa desde la Casa Rosada hacia Olivos surcó el atardecer porteño. En la terraza, Hernán Lombardi y Nicolás Gallo lloraron abrazados. Arriba, de izquierda a derecha: con el edecán Gustavo Giacosa, rumbo al helicóptero, con la vista clavada en el reloj. Su hora final había llegado. El ex presidente en su despacho privado. Allí, rodeado de sus colaboradores más cercanos, redactó de puño y letra su renuncia. La última conferencia de pre

El viernes 20 de diciembre a las 19:52, el helicóptero que trasladó a De la Rúa desde la Casa Rosada hacia Olivos surcó el atardecer porteño. En la terraza, Hernán Lombardi y Nicolás Gallo lloraron abrazados. Arriba, de izquierda a derecha: con el edecán Gustavo Giacosa, rumbo al helicóptero, con la vista clavada en el reloj. Su hora final había llegado. El ex presidente en su despacho privado. Allí, rodeado de sus colaboradores más cercanos, redactó de puño y letra su renuncia. La última conferencia de pre

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