«A mi viejo le debo todo lo que soy» – GENTE Online
 

"A mi viejo le debo todo lo que soy"

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Antonio estaba en su casa de Villa Domínico, sentado a la cabecera de una mesa de fórmica, de espaldas a un modular repleto de fotos familiares, cebando mate, haciendo memoria frente al grabador de GENTE: "…¿Sabés lo que era esta casa cuando el pibe vivía con nosotros? Un infierno. Cuando me ayudaba en el kiosco, todo bien. ¡Hasta la revista Chacra era capaz de venderles a las minas! Pero en casa, tuvimos que cambiar tres veces el número de teléfono porque, como figuraba en la guía, las pibitas llamaban todo el tiempo. Una vez sonó a las cuatro de la mañana, lo desperté y ¡casi lo mato! El no tenía la culpa de ser tan pintón, pero con alguien me la tenía que agarrar…".

Era mayo de 1997 y Antonio Echarri (66 años, "canillita de alma", como se definió siempre, fanático del Club Atlético Independiente) se quejaba sin poder ocultar de ningún modo todo el orgullo que sentía por el hijo que, en aquel entonces, vivía su primer gran romance con la fama. Hoy, esa misma casa, la de la calle General Pico al 900, es el escenario de la peor pesadilla. Allí Pablo espera (y desespera), junto al teléfono, el llamado de la banda que secuestró al hombre que más ama y admira: su padre.

El drama de Pablo Echarri y su familia no deja de ser uno más dentro de esta ola de secuestros que sacude hoy a la provincia de Buenos Aires. Se sabe que, en lo que va del año, hubo 200 secuestros en sus distintas modalidades (desde las operaciones express hasta las extorsivas "clásicas"). Según las denuncias, se produce un secuestro cada 36 horas. Este dato, claro, no suma los casos que se resuelven sin la intervención policial o de la justicia. El análisis hecho, zona por zona, arroja estos porcentajes: el 35% de los secuestros se produjeron en Lomas de Zamora, el 29% en San Isidro, el 15% en Quilmes, el 12% en San Martín, y el 9% restante en los distintos partidos de la provincia de Buenos Aires. Otro dato sorprende: se estima que, en total, los delincuentes dedicados a estas operaciones se llevaron 1.900.000 dólares, 2.300.000 pesos, 7.000 patacones y 22.000 lecops.


PESADILLA SIN FIN.
Este 2002 parece haberse empecinado con él. La pesadilla comenzó el miércoles 29 de mayo, cuando un llamado despertó a Pablo para decirle que su padre había sufrido un infarto mientras atendía la parada de diarios y que estaba internado en el hospital Fiorito. Aquella vez, su amigo Benito fue quien se encargó de salir en busca de ayuda. El viernes 23 de agosto, mientras filmaba unas escenas de El séptimo arcángel (su próxima película) tuvo que enterrar a su abuela María Isabel, la mamá de su papá. Pablo debió encargarse de los trámites de defunción porque no quería que, frente a la emoción, Antonio tuviera otra recaída. "Mi abuela fue una figura muy importante en mi vida. Pasé toda mi infancia y mi adolescencia con ella. Nos adorábamos", comentó al salir del cementerio de Avellaneda. Después llegaron los rumores de que planeaban secuestrar a Luca, el hijo de Nancy Dupláa (su pareja) y el conductor Matías Martin. A los pocos días, una fanática del actor que lo venía sigui
endo desde la época en que grababa Los Buscas, de nombre María Fernanda, lo amenazó: "Es mejor que me des bolilla porque te voy a cortar la cara", le dijo la mujer que terminó internada en el neuropsiquiátrico Braulio Moyano. Ahora, esto: el secuestro de su padre.

En aquella nota de GENTE de mayo del 97, Antonio Echarri abrió su puesto de diarios y revistas (el que compró hace 37 años en la esquina de Suárez y Gutiérrez, Villa Domínico, Avellaneda) para hacerse unas fotos junto a su hijo. Entonces, confesaba: "Lo primero que hago cuando abro el kiosco es buscar las notas que salieron de Pablo. ¿Sabés lo que es para mí ver la fotografía de mi pibe en las tapas? A mí, a mí se me cae toda la baba…".

En la madrugada del jueves 24 de octubre no llegó a buscar nada. Antonio apenas tuvo tiempo de poner el agua a calentar para cebarse unos amargos y de leer los titulares del día. Así encontró el puesto a las seis y cinco de la mañana uno de los dos repartidores que trabajan para él. "Antonio no estaba, pregunté en la panadería Arco Iris, adonde suele ir en busca de unas facturas, y no lo habían visto. Entonces me preocupé: creí que se había descompuesto o algo así". Cuando el celular del actor sonó y del otro lado le advirtieron que no hablara con la policía ni con los medios, confirmó lo peor: se trataba de un secuestro. A partir de ese momento, la casa de los Echarri se transformó en un búnker. Hoy, sólo los más íntimos tienen acceso a la familia. Pablo, su hermana Rosana, su mamá Telma, su pareja Nancy Dupláa (que dejó a su hijo Luca en manos de los abuelos para estar con él), su amigo Maqui (el mismo que hace diez años le dio trabajo en un local de ropa femenina de Wilde), sus representantes Diego
y Alejandro Farrell, son algunos de los pocos que tienen la entrada habilitada. Incluso, para que no tengan que salir a la calle, los vecinos mismos se encargan de hacerles las compras y luego le pasan la mercadería a la familia por la terraza.

Mientras el juez Federal de La Plata Manuel Blanco actúa de oficio y la Brigada Antisecuestros de la policía de la provincia de Buenos Aires confirma no estar trabajando en el caso (ya que nadie de la familia denunció el secuestro de Antonio Echarri), Pablo mantiene la esperanza de que si hace todo y cuanto le piden, podrá ver a su padre nuevamente con vida.


EL REGALO QUE NO LLEGO.
El domingo 27 fue un día lleno de angustia y expectativa. Rosana cumplió 26 años y pasó esas 24 horas con la ilusión de que su padre cruzara como si nada la puerta de casa. Pero no. La única alegría que recibieron aquel día fue el saber que Antonio estaba recibiendo la insulina que necesita para soportar su diabetes. También la solidaridad de la gente (desde el llamado de su ex Natalia Oreiro hasta los jugadores de Independiente, que en el último partido salieron a la cancha con una bandera que decía: "Todos X Echarri") les dieron la energía suficiente para no perder el control, para recuperar fuerzas y seguir peleando. Porque es el propio Pablo quien se encarga de negociar con los secuestradores, el que intenta explicarles que no es tan fácil reunir el dinero que exigen -serían 100 mil dólares-, el que pide piedad por Antonio, el que lleva cinco noches sin dormir a la espera de un nuevo llamado, y el que -sacando fuerzas de su corazón- reclamó a los captores pruebas de vi
da de su padre. Pruebas que le habrían hecho llegar en más de una ocasión.

"No sé qué piensa esta gente. Si creen que el pibe es millonario, les aclaro que nada que ver -confió un amigo de Echarri-.
Pablo labura como cualquiera: se compró la casa, el auto, se puso un pub en Palermo y otro en Brasil (El Quinto Stone se llaman los dos). Pero todas son cosas que no se pueden vender de la noche a la mañana. Además, siempre fue de prestarle guita a todo el mundo: a los viejos, al resto de la familia, a los amigos, sin esperar jamás que se la devolvieran. Acá hay que aclarar que Pablo no sopla y hace billetes. Todo, en la vida, le costó mucho".

Se sabe que gracias a los primeros pesos que ganó en el cine y la tevé se dio algunos gustos: consiguió comprarse un
Honda Civic negro (su primer gran auto) y mudarse solo a un departamento del barrio de Belgrano. Eso sí, los sábados o los domingos, regresaba a la casa de Avellaneda con la excusa de comer "los asaditos de papá".

Como siempre, el pibe regresaba al barrio. "Es mi cable a tierra", solía confesar. Y entre las muchas revelaciones que hizo en aquella nota del 97, estaban las anécdotas y los recuerdos junto a su padre: "Con el viejo somos fanáticos totales del fútbol, los dos hinchas a muerte de Independiente. Yo llegué a jugar de defensor con la camiseta número 3 para el Club Deportivo del Sur. La verdad es que era bastante malo con la pelota, pero estaba en el equipo porque papá era el D.T", confesaba entre risas. Otros recuerdos compartidos, en cambio, llegaron a emocionarlos hasta las lágrimas: fue cuando hablaron de Capitán, un ovejero alemán que se había convertido en un integrante más de la familia. "Cuando murió, me dio tal ataque que le pegué a la puerta y rompí un vidrio -contaba Pablo-. Lo tuvo que enterrar un vecino porque con papá llorábamos tanto que no pudimos". Hasta entonces, la pérdida de Capitán era la desgracia más fuerte que habían tenido que soportar juntos.

Día del Padre del año 2000. Con estas palabras, Echarri homenajeó a Antonio en una nota de Para Ti: "La relación con mi viejo es bárbara. Lo que soy y la manera de ver las cosas de la vida se lo debo a él. Lo adoro y le doy las gracias por todo lo que meenseñó". Junto a la frase, una foto en blanco y negro: ellos dos, padre e hijo, sonriendo. Así es como hoy, todos, queremos volver a verlos.

por Mariana Montini
informes: Cynthia De Simone, Manuel Sarrabayrouse
y Darío Ríos (desde La Plata).
fotos: Julio Ruiz, Fabián Uset, Walter Papasodaro, Archivo Atlántida y Clarín contenidos.

Mayo de 1997. Antonio y Pablo Echarri posan para GENTE en la parada de diarios de Suárez y Gutiérrez. De allí secuestraron al padre del actor. Hoy su hijo, en persona, negocia con los delincuentes, quienes habrían exigido 100 mil dólares de rescate.

Mayo de 1997. Antonio y Pablo Echarri posan para GENTE en la parada de diarios de Suárez y Gutiérrez. De allí secuestraron al padre del actor. Hoy su hijo, en persona, negocia con los delincuentes, quienes habrían exigido 100 mil dólares de rescate.

Echarri espera impaciente el llamado de los secuestradores. Ellos exigen un dinero que no tiene. El pide pruebas de vida en cada contacto. Nancy Dupláa, su pareja, dejó a su hijo Luca en manos de sus abuelos para instalarse en la casa que los padres de Pablo tienen en Villa Domínico, Partido  de Avellaneda.

Echarri espera impaciente el llamado de los secuestradores. Ellos exigen un dinero que no tiene. El pide pruebas de vida en cada contacto. Nancy Dupláa, su pareja, dejó a su hijo Luca en manos de sus abuelos para instalarse en la casa que los padres de Pablo tienen en Villa Domínico, Partido de Avellaneda.

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