“A mi marido lo mataron luchando por lo que creía” – GENTE Online
 

“A mi marido lo mataron luchando por lo que creía”

Por más que conocían de memoria el final, Sandra Rodríguez y su esposo, Carlos Fuentealba, miraban la película Corazón Valiente una y otra vez en su casa de Neuquén, casi como un ritual. Era su favorita. Y siempre, la imaginación se obstinaba en fabricar otro desenlace, sin traiciones, sin muerte y con toda la gloria. Era inútil.

–¿Te acordás cómo termina la película? –pregunta la viuda del maestro neuquino.
–Con el protagonista (Mel Gibson) muerto...

–Sí, y apretando el pañuelo de la mujer que había amado.

Hace unos días, la docente Sandra Rodríguez tomó coraje y miró por primera vez las fotos que muestran a su marido agonizante en la ruta nacional 22, a 60 kilómetros de la ciudad de Neuquén, el pasado 4 de abril. Estuvo más de un mes evitando el contacto con esos cuadros. No se animaba a ver a Carlos herido de muerte, ese momento que sus amigos y su abogado le habían descrito. También trató de impedir que sus hijas Ariadna (10) y Camila (14) vieran esas imágenes, pero una noche tuvo que sentarlas y decirles que “su papá fue asesinado por un policía”, y que ella no iba a bajar los brazos “hasta que haya justicia”. Esa noche indescriptible, entre las tres y en medio de un mar de lágrimas, acordaron cremar los restos y depositar sus cenizas en el lago Huechulafquen, el escenario que Carlos les había enseñado a disfrutar.

Fue durísima la experiencia de mirar las fotos por primera vez. Pero en esas imágenes Sandra descubrió una despedida. “En la mano apretaba un pañuelito mío, que yo no sabía que se había llevado. Cuando se iba, Carlos me tenía en su mano. Me acordé enseguida del final de esa película que vimos muchas veces, Corazón Valiente. A Carlos, como al protagonista, lo mataron luchando por lo que creía. Fue un tipo valiente, que dejó la balanza inclinada hacia el lado de la vida”, dice la viuda del maestro cuya muerte aún conmueve al país.

Sandra Rodríguez es porteña, tiene 39 años, y a los 22 dejó la casa de sus padres en Martínez y un cargo de maestra en San Isidro para marchar al Sur. Fue aquí en Neuquén que conoció a Carlos, el amor de su vida. Fuentealba –asesinado a los 41 años– daba clase en siete escuelas, a chicos y adultos. Enseñaba Física, Química y Matemáticas en los barrios más pobres de Neuquén. Su padre había sido capataz en una estancia de la zona de Junín de los Andes. Su madre había nacido en un paraje llamado Tapera de Gómez. El llegó a la capital provincial como pupilo, muy chiquito, a los 12 años, becado por ser el mejor alumno de la Escuela Hogar Ceferino Namuncurá.

Nunca dejó de estudiar y enseñar. Fue albañil y empleado de todos los rubros que se puedan imaginar: desde peón hasta repositor. En ese tiempo sumó el título docente al de técnico químico que había obtenido muy joven. Ganaba 1.800 pesos por mes, y el 4 de abril participaba de un reclamo salarial en la localidad de Arroyito, sobre la ruta nacional 22. Según el relato de los testigos, ese día, el cabo primero Darío Poblete –imputado por el Juzgado de Instrucción 4 (a cargo de Cristian Piana) por homicidio calificado y preso desde el 6 de abril– descargó su escopeta lanzagases en la cabeza de Fuentealba, quien quedó en coma y murió al día siguiente. Cuando recibió el disparo, el docente estaba en un auto, indefenso, y salía de allí para asistir a muchas maestras que se desmayaban por efecto de los gases.

Hoy, la cara de Fuentealba ocupa tanto o más espacio que la de los políticos en plena campaña. Lo recuerdan, piden justicia por su muerte y hasta lo veneran. Sandra está sentada junto a su amiga Silvia Ciuffo. Su mano izquierda está colmada de anillos que suben y bajan. Su mano derecha tiene uno solo, en el dedo anular. Este miércoles 23 viajaba a Buenos Aires, para entrevistarse con el ministro de Educación, Daniel Filmus. Como el primer día, pide justicia con “todos los responsables del asesinato, los materiales y los intelectuales”. También exige la renuncia del gobernador Jorge Sobisch, quien “se tiene que ir: ha reconocido que dio la orden de reprimir y ha dicho claramente que la volvería a dar”.

–¿Qué fue lo último que habló con su marido?
–Carlos no quería ir a Arroyito. Mejor dicho: no estaba de acuerdo en hacer un corte de ruta en ese lugar. Lo hablamos la noche anterior, pero ingenuamente creíamos que, en todo caso, la Policía no iba a dejar que los vehículos llegaran allí, como pasó otras veces. Igual, le dije que si reprimían corriera apenas tiraran el primer gas... Nos mandamos mensajes toda la mañana por el celu, hasta que perdí el contacto...

–¿Cómo se enteró?
–Por la radio LU19. Cuando el periodista empezó a hablar de que había una víctima, supe que iba a decir el nombre de Carlos, de mi Carlos... Nunca me voy a olvidar la voz de ese periodista. Fue como un puñal, no sé... (se le pierde la mirada y calla)

–¿Cómo lo recuerda?
–Me dejó la imagen de un tipo feliz, valiente... Ni siquiera cuando le dispararon pudieron borrarle el gesto de su cara. Cuando lo hirieron en la ruta –porque para mí murió en la ruta y no en el hospital–, su cara no tenía la imagen de los abatidos. Su rostro lo mostraba fuerte, porque mi marido murió de pie, aunque lo fusilaron por la espalda. Son horrorosos los fusilamientos, pero por lo menos son de frente... y a él le tiraron por la espalda. A Cami, la mayor de nuestras hijas, eso le es muy difícil de entender... Mi desafío es ayudarlas a que crezcan sin resentimientos, pero sabiendo lo que pasó. No quiero que la imagen de su padre sea la del inmolado. Quiero que haya una memoria activa.

–¿Qué les gustaba hacer con Carlos?
–Nos enseñó a disfrutar de la naturaleza, de la belleza de los viajes, de la vida. Era un tipo feliz, de campo, con muchísimos valores. Lo querían los vecinos, sus alumnos, todos los amigos que dejó en cada uno de los lugares donde estuvo. Cami cumple 15 el 22 de septiembre, y me pidió escalar el volcán Lanín con su tío (Ricardo, hermano de Carlos, guía de montaña y carpintero), porque ése era uno de los proyectos de Carlos... ¡Qué se yo! Jamás pescó nada, pero le encantaba hacer que pescaba, porque lo disfrutaba. Quería hacer dos viajes largos, a Ushuaia y a La Quiaca, porque su cantante favorito era León Gieco. Teníamos un Renault 12 modelo 74, al que le hicimos más de 2.000 kilómetros en un solo viaje, con poca plata y en carpa, pero siendo tremendamente felices.

–¿Qué es lo más difícil de sobrellevar?
–Yo parezco muy fuerte, pero cuando llega la noche llega la muerte. Tengo muchos bajones, pero sé que no debo quedarme quieta. Gracias a Dios tengo a estos amigos de hierro (dice y mira a su amiga Silvia) y ahora han venido mis padres, Julio y Margarita.

–¿Qué le dicen sus alumnos?
–Se quedan sin palabras cuando me tienen enfrente. Lo he dicho siempre: para mí es un honor ser docente, pero hoy es como que no le encuentro sentido... Cuando me despedí de Carlos en el hospital, me quedé sola con él y le dije: “Mi amor, no valía la pena. No valía la pena” (se quiebra).

–¿Cómo es salir a la calle y ver la imagen de Carlos en afiches, en remeras y hasta en los paredones?
–Al principio no me gustaba, pero tenemos que acostumbrarnos. Un psicólogo me dijo que siempre vamos a ser cuatro. Para mí es importante no convertirme en Carlos: no quiero ser sólo su viuda... Es terrible lo que nos hicieron, pero de cualquier manera, mis nenas han tenido mucho padre y ahora van a tener mucha mamá. Porque, esencialmente, detrás de toda esta tragedia hay una gran historia de amor.

Sandra Rodríguez, hoy, en la casa de una amiga, en Neuquén. “<i>Carlos era un tipo feliz, de campo, con muchísimos valores</i>”, dice su mujer.

Sandra Rodríguez, hoy, en la casa de una amiga, en Neuquén. “Carlos era un tipo feliz, de campo, con muchísimos valores”, dice su mujer.

La pareja, en una fotografía tomada hace algunos años. Así de unidos eran

La pareja, en una fotografía tomada hace algunos años. Así de unidos eran

“<i>En la mano apretaba un pañuelito mío, que yo no sabía que se había llevado. Cuando se iba, Carlos me tenía en su mano. Me acordé enseguida del final de esa película que vimos muchas veces, Corazón Valiente</i>”

En la mano apretaba un pañuelito mío, que yo no sabía que se había llevado. Cuando se iba, Carlos me tenía en su mano. Me acordé enseguida del final de esa película que vimos muchas veces, Corazón Valiente

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