«A los ciegos nos discriminan, no por maldad, sino porque simplemente nos desconocen» – GENTE Online
 

"A los ciegos nos discriminan, no por maldad, sino porque simplemente nos desconocen"

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En una entrevista de trabajo, semanas atrás, un tipo le dijo a Adrián Páez -28 años, de Ramos Mejía, hijo de Celso y Valentina, ciego de nacimiento- que no podía ser periodista, "que cómo vas a captar el aspecto visual", le echó en cara.

Ahora Adrián está en la Biblioteca Sonora de la Universidad Nacional de La Matanza, en San Justo. Enfrente de él, hay una máquina, la Galileo. De fabricación australiana, cuesta alrededor de diez mil pesos. No existe otra en ninguna universidad desde México hasta Ushuaia. Es básicamente como un escáner de computadora. Adrián tantea con la mano, apoya un texto, presiona un botón. La máquina lo "lee" en apenas quince segundos. Y lo lee en voz alta, a través de un parlante. Luego, los imprime en Braille. Adrián escucha y aprende.

Dos meses atrás, fue su colación de grado: Licenciado en Comunicación Social. Ocho de promedio. Un periodista hecho y derecho dispuesto a ganar experiencia. Seis años le tomó. Adrián dice: "Yo estoy capacitado para trabajar donde venga. En un diario, una agencia de noticias, una radio... El sacrificio es grande, pero llegué. La gente no sabe de lo que un ciego es capaz". Seguramente, ese mismo tipo que lo vio y le dijo que un ciego no podía ser periodista, dentro de muy poco tendrá que comerse sus palabras.

Maybel Díaz -23 años, hija de Susana, ama de casa, y Herminio, obrero metalúrgico, estudiante de segundo año de la misma carrera- se aposta junto a Adrián para también usar la Galileo. Las ofertas le llueven en estos días de examen parcial: "Dale, veinte pesos si me explicás Sociología", le dicen sus compañeros convencionales. Ella declina la remuneración, pero explica de todas maneras. Sabe que con lo que le dan sus padres le alcanza para tomarse el colectivo desde su casa en Laferrere hasta la universidad. Sabe que lo único que quiere es estudiar. "Estoy cursando materias de primer año, lo cual es una desgracia", reconoce avergonzada. Nació con apenas seis meses de gestación, y la vista se le fue apagando, hasta irse por completo. Eso, por el momento, no le importa: "Me corrieron la prueba de Metodología de la Investigación, y tengo que repasar". ¿Quién se atreverá, el día de mañana, a decirle no?

Y ese es, hoy, el éxito de la Universidad Nacional de La Matanza: integración total. Uno pisa el campus de veinte hectáreas, y cuesta creer que es una universidad estatal. Aún más, es todo un ejemplo de educación avanzada. Aulas impecables, con equipos de última tecnología. Más de veinte mil alumnos, y ni una colilla en el piso, un papel fuera del cesto, una marca en los pupitres. Exposiciones de arte en los pasillos, gimnasio, radio propia. Una biblioteca con treinta mil volúmenes. Rampas para sillas de ruedas en cada acceso. Todo esto con un presupuesto de 31 millones de pesos, el tercero más bajo de la Nación en lo que a universidades respecta. Pero por sobre todas las cosas, hay respeto. Y respeto para todos.
Adrián acaba de escuchar el texto. Ahora tipea el resumen para seguir el estudio en casa. Una máquina de escribir en Braille, que enuncia alto y claro cada letra y número. Luego, sigue con su cuadrícula adaptada para escribir con un punzón en el clásico sistema de la escritura para ciegos. Y dice: "Antes de esta máquina, mis compañeros me leían los apuntes y me los grababan en cassettes. Los escuchaba para estudiar. Se hacía difícil. En 1998, pedimos la Galileo y la máquina de escribir desde el centro de estudiantes. Ese mismo año, las obtuvimos. Abrimos un camino para que otros chicos como yo pudieran estudiar de una forma mejor".

En este momento, hay treinta no videntes en las aulas de la UNLM, y otros sesenta alumnos con distintas capacidades disminuidas, principalmente motrices. Pero Adrián no se considera disminuido en ningún aspecto: "¿Sabés qué? A los ciegos nos discriminan, no por maldad, sino porque simplemente nos desconocen. El hecho de no ver, jamás nos impidió aprender. ¡Ni tirar huevazos en los egresos!", bromea. Maybel retruca: "Es que el mundo no se creó para los ciegos. Nosotros nos tenemos que adaptar a él. Tenemos que ofrecer soluciones, no problemas". Y continúa: "Este sistema que estamos usando es genial, porque nos pone en la misma capacidad que tienen todos. No tenemos que pedir ayuda. Podemos estudiar como todos". Además, cuentan con otra herramienta de acero: el Jaws, un programa de computación que, por medio de audio, permite navegar por Internet, describir imágenes y enunciar texto. "Sale dos mil pesos, pero algún vivo lo copió y lo conseguís a setenta. ¡Somos ciegos, pero no tontos!", bromea otra vez Adrián. Pero a no confundirse. Nada más lejano de la clásica viveza criolla. Señores, esto es voluntad de aprender.

La Galileo es un milagro único en Latinoamérica. Y sorprendentemente, en San Justo. ¿Por qué este pequeño milagro? Daniel Martínez, rector de la UNLM, explica: "No se puede ignorar a estos chicos. Son ciudadanos y tienen el inalienable derecho de aprender. No hay equidad social sin educación. De las máquinas Galileo, adquirimos cinco, a un costo de 52 mil pesos". Entonces, ¿qué ocurre? ¿A qué se debe que estos aparatos, aparentemente tan vitales, brillen por su ausencia en tantas universidades? Martínez dice: "Es un problema social. Un problema de ignorancia".

Texto resumido, estudio completo. Todo visto, pero sin ver. Y se van. Como dos estudiantes dignísimos de serlo. "Hay que tirar para adelante, como siempre tiramos", susurra Maybel.

Ahora, ¿que los ciegos no pueden? Díganselo al ciego llamado Jorge Luis Borges…

Maybel Díaz -segundo año de Comunicación Social- y Adrián Páez -que cursa la licenciatura- operan la Galileo: La gente no sabe de lo que un ciego es capaz", dicen.">

Maybel Díaz -segundo año de Comunicación Social- y Adrián Páez -que cursa la licenciatura- operan la Galileo: "La gente no sabe de lo que un ciego es capaz", dicen.

Adrián escribe en Braille, a cuadrícula y punzón. Hace dos meses, recibió su título La Biblioteca Sonora de la Universidad Nacional de La Matanza, única en el continente.

Adrián escribe en Braille, a cuadrícula y punzón. Hace dos meses, recibió su título La Biblioteca Sonora de la Universidad Nacional de La Matanza, única en el continente.

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