A cuatro años del 11 de septiembre de 2001 – GENTE Online
 

A cuatro años del 11 de septiembre de 2001

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We love you”. “We miss you”. Te queremos. Te extrañamos. Eso escucho y seguiré escuchando a lo largo de toda la mañana en esta zona de Nueva York. Eso y nombres, hombres y mujeres que ya no están. Pero antes de escuchar está lo que se ve. El vacío… La nada… Lo primero que ves –o mejor, lo que no ves–, lo primero que sentís, es ausencia.

Aún hoy, cuatro años después de aquel 11 de septiembre, este gigantesco hueco en pleno corazón financiero del planeta, un cráter que abarca toda una manzana, estremece. Duele. Allí donde ahora hay nada, las imponentes Torres Gemelas del World Trade Center coronaban la zona de Wall Street. Hasta ese día ni siquiera hacía falta haber estado en Nueva York para conocerlas. Con sus 110 pisos y 416 metros acariciando el cielo, desde su inauguración en 1970, las Twin Towers formaron la postal más universal del skyline de Manhattan.

Así que hoy, exactamente cuatro años después, acercarse a la Ground Zero –así llaman a la zona del peor atentando terrorista de la historia–, lleva a pensar, antes que en Bin Laden –el ideólogo del ataque–, en una cifra. Un número que da escalofríos: 2.749. Es la cantidad de vidas que el terrorismo islámico de Al Qaeda se llevó. Entre ellas, la de un joven paramédico rosarino, Mario Santana –uno de los cuatro argentinos en el listado de víctimas– que el día del atentado concurrió a las Torres dispuesto a socorrer a quien lo necesitara. No lo volvieron a ver con vida. Tenía 28 años. Dejó una mujer de 26, Leonor, y a Sofía, su hijita de dos años.

Ahora, domingo 11 de septiembre de 2005, en esta soleada mañana en Ciudad Gótica, María Inés, la hermana mayor de Mario, está diciendo lo que tantas hermanas y hermanos dicen cuando, por orden alfabético, les llega su turno. “Mario Santoro…”, dice, la voz quebrada, los ojos húmedos, la emoción que se expande, amplificada, por los altoparlantes que rodean la zona, y parece llenar este gigantesco vacío imposible de llenar. “Mario…”, exhala María, “we love you… we miss you”, te amamos, te extrañamos, “my brother, my hero for ever”, evoca a su hermano, su héroe para siempre. Y más o menos, todas las voces dirán lo mismo, otras lágrimas, la misma emoción para otros nombres, otras 2.748 vidas.

El sábado, un día antes del homenaje, Alberto Santoro acepta mirar para atrás y contar la historia del tercero de sus cuatro hijos (quedan María Inés, Alberto y David). Rosarino, casado con María Rosa, todo iba bien hasta que la hiperinflación del ‘89 complicó todo. Entonces “un amigo que vivía en New Jersey me insistió y nos vinimos. Empecé pintando casas, y de a poco me fui volcando a la restauración de muebles. Con eso les pude dar una formación universitaria a mis hijos”. Y a la hora de recordar a Mario, una y otra vez hablará de vocación de servicio. “Mirá, está la plaqueta; se la dieron a los 17 años: sacaba a chicos de la calle y los llevaba a una iglesia para jugar al básquet. Lo de estudiar medicina le viene de ahí, de sus ganas de ayudar a los demás. Hacía tres años que Mario era paramédico en el New York Presbiterian Hospital, el mayor de la ciudad”.

El martes 11 de septiembre de 2001 también era una mañana soleada en Nueva York. A las 7.59, el vuelo 11 de American Airlines parte del Aeropuerto Logan de Boston rumbo a Los Angeles. Quince minutos después, a las 8.14, el vuelo 175 de United Airlines despega del mismo aeropuerto con idéntico destino. Y seis minutos después, a las 8.20, el vuelo 77 de American Airlines parte del Aeropuerto Internacional Dulles de Washington rumbo a Los Angeles.

A las 8.46, el vuelo AA11 impacta contra la Torre Norte del World Trade Center, entre los pisos 94 y 98. Diecisiete minutos después, a las 9.03, el UA175 impacta contra la Torre Sur, entre los pisos 78 y 84. (Treinta y cuatro minutos más tarde, a las 9.37, el AA77 se estrella en una de las caras del Pentágono, la máxima sede militar de los Estados Unidos, en Washington).

A las 9.59, en 10 segundos, se derrumba la Torre Sur (la segunda en ser blanco del atentado). Y veintinueve minutos después, a las 10.28, en doce segundos, se derrumba la Torre Norte. Ese martes, Mario Santoro disfrutaba de su día libre con su hijita y su esposa.

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Esa mañana, en casa no sabíamos nada”, sigue Antonio. “A todo esto, llama la mujer de Mario, desesperada, y le cuenta a mi mujer que en cuanto escuchó la primera explosión, Mario decidió reportarse al hospital y lo mandaron para las Torres. ‘Pero, ¿justo hoy, en tu día libre?’, le rezongó su esposa. ‘¿Sabés qué? Yo estudié medicina para curar a la gente. Y ahí seguro que me necesitan’, dice que le respondió. Yo estaba cruzando el puente de Brooklyn, que tenía una vista perfecta de las Torres. De pronto, ¡¡¡bruuuooooommm!!!, veo que una, la Sur…, se viene abajo. Pegué la vuelta, busqué a María Rosa y fuimos para ahí. No me dejaban pasar, claro. ‘Ahí está mi hijo’, les rogaba. ‘Lo siento’, me dicen, ‘uno en la familia es suficiente. Dos es demasiado. ¡Vuélvase!’”

El primer informe oficial lo ubicaba entre los “desaparecidos”, sinónimo de esperanza, pero “unos días después nos llamaron y nos dijeron que a esa altura era cuestión de un milagro. A partir de ahí, el único consuelo era dar con el cuerpo. Poder velarlo y que descanse en paz…” Luego Antonio cuenta la historia de los alfajores. “Mi yerno y Mario eran muy, muy amigos. Se venía Navidad, y como a Mario le gustaban mucho los alfajores de maicena, el 23 de diciembre quiso llevarle unos a las Torres. Se los dejó en la zona del Path, la estación de trenes subterránea donde lo habían destinado… La cuestión es que dos días después, el 27, mi yerno decide volver a las Torres. Así, porque sí. Fue como a las 2 de la mañana. A las 7 se paraban las máquinas que seguían removiendo escombros. Tocaban a silencio y se subía la bandera. Mi yerno empieza a caminar por la zona donde había dejado los alfajores, ¡y muy cerca de ahí lo ve a mi hijo! Estaba volcado sobre la camilla. Tenía una jeringa en la mano y una viga como de seis toneladas le había aplastado la cabeza. Cuando mi yerno lo vio, le agarró un ataque de nervios”.

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–¿Cómo están Leonor, la viuda de Mario, y su hija, Sofía?
–La nena está bien. El 26 de este mes cumple seis años. Pero Leonor no ha logrado superarlo. Hace unos seis meses su madre la fue a visitar justo a la hora de comer. Leonor estaba sola y había dos platos en la mesa. “Ah, ¿me estabas esperando?”, le dijo. “No, estoy esperándolo a Mario… ya debe estar por venir”. Los médicos nos recomendaron que no nos viéramos tanto, a ver si así ella logra rehacer su vida. Pero para nosotros también es muy duro. Usted llega por este homenaje… pero para la familia, desde el 2001, todos los días son 11 de septiembre.

–¿Qué siente si le digo Bin Laden?
–Es el único tipo al que no dudaría en matar. Si algún día aparece, la primera bala sería la mía.

Segundos antes de las 9.03 horas del 11S,  el vuelo UA175 está por estrellarse contra la Torre Sur del World Trade Center.  La Norte había sido atacada 17 minutos antes.  Hoy, la denominada Zona Cero, con el estremecedor vacío que dejó el atentado.  Allí se realizó el acto por el cuarto aniversario de la tragedia.

Segundos antes de las 9.03 horas del 11S, el vuelo UA175 está por estrellarse contra la Torre Sur del World Trade Center. La Norte había sido atacada 17 minutos antes. Hoy, la denominada Zona Cero, con el estremecedor vacío que dejó el atentado. Allí se realizó el acto por el cuarto aniversario de la tragedia.

La primera nota, de septiembre de 2001, cuando aún había esperanzas de vida. Y los reconocimientos que recibió Mario por su labor de asistencia social. “Pensaba siempre en los demás”, dice su padre, Alberto, posando en la Zona Cero el 10 de septiembre último.

La primera nota, de septiembre de 2001, cuando aún había esperanzas de vida. Y los reconocimientos que recibió Mario por su labor de asistencia social. “Pensaba siempre en los demás”, dice su padre, Alberto, posando en la Zona Cero el 10 de septiembre último.

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