A 60 años del casamiento de Perón y Evita – GENTE Online
 

A 60 años del casamiento de Perón y Evita

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Sin corpiño y sin calzón/ todas somos de Perón”.
(Miles de mujeres, a coro, en la Plaza de Mayo, el 17 de octubre de 1945).

Araceli Bellotta también es una mujer de Perón, pero mal pudo entonar esas nueve palabras: periodista, historiadora –siete libros escribió como tal– y guionista, llegó al mundo quince años después de ese día. Pudo, sí, ser todo lo contrario de una mujer de Perón, porque “vengo de una familia socialista, muy gorila”, pero prefirió abrazar la religión de sus tíos Elvira y Alfredo Carballo, “trabajadores de un frigorífico, que el 17 de octubre se treparon a un camión y apuntaron para la plaza”. Y a ellos, a esos tíos que hoy rondan los 85 años, les dedicó su séptimo libro: Las mujeres de Perón. Doscientas treinta páginas que arrancan con un testimonio clave, determinante, que explica, si no toda, por lo menos la mitad de una vida: “A mí me gustan las mujeres y estoy contento de que me sigan gustando. No he incurrido nunca en hipocresías al respecto, y jamás pude vivir sin una mujer. Yo siempre necesité una mujer.” (Juan Domingo Perón, poco después de casarse con María Estela Martínez Cartas, Isabel, su tercera y última esposa).

–Araceli, ¿puede una peronista abiertamente confesa ser imparcial acerca de Perón?
–Soy peronista, pero también soy historiadora. Mi trabajo es investigar, no juzgar, atacar o defender.

–¿Qué quiso decir Perón con eso de “siempre necesité una mujer”? ¿Aludió a una necesidad sexual?
–No. Es a lo que menos aludió. El sexo, para él, fue secundario. Sobre esa cuestión tenía una concepción militar, cuartelera: el sexo como salida higiénica. En una época, sus camaradas de armas alquilaron un bulín, pero él jamás lo usó…

–¿Qué lo atrajo de Aurelia Tizón, su primera mujer?
–Perón, a sus 33 años, seguía soltero. Pero el teniente coronel Bartolomé Descalzo, su maestro, le dijo: “Tiene que perfeccionar su conducta intachable: ¡cásese cuanto antes! Usted no puede ignorar que la familia castrense no ve con buenos ojos a quienes prolongan su soltería sin motivo aparente. Y cuando se decida, tendrá que elegir con sumo tino, ¿estamos?”.

–¿Eligió con sumo tino?
–Sin duda. Aurelia tenía 20 años, era una chica de su casa y de familia de clase media acomodada, maestra, amante de la música y la pintura, algo lánguida… Es decir, perfectamente adecuada al esquema militar. La conoció en Palermo, mientras él cabalgaba y ella, alumna de la Prilidiano Pueyrredón, pintaba. Se casaron el 5 de enero de 1929, no tuvieron hijos, y ella murió de cáncer de útero diez años después.

–¿Perón la quiso, o fue sólo la mujer oportuna?
–La quiso mucho. A su estilo, pero la quiso.

–¿Por qué no tuvieron hijos?
–Ella vivió desesperada por “darle un hijo a Juan”, como les decía a sus amigas. Como el hijo no llegaba, creyó que era estéril, pero su médico le confirmó que no y le aconsejó una consulta médica para su marido. Pero ella no se atrevió a hablar del tema. Un silencio muy de aquella época…

–¿Perón era estéril?
–Estéril, pero no impotente, como tantas veces se ha dicho. Según consta en su libreta sanitaria, a los 17 años, mientras hacía gimnasia sobre barras paralelas, una de sus manos resbaló, y al caer sobre una barra se aplastó los testículos. Estuvo cuatro días en observación, y el médico le dijo que una posible consecuencia del accidente era la esterilidad. Eso es todo lo que se sabe.

–¿Entonces Martha Holgado, su supuesta hija, miente?
–Habrá que esperar el resultado del ADN. Y si es positivo, los historiadores tendremos que barajar de nuevo.

–¿Perón alguna vez habló del tema?
–En Caracas, durante su exilio, y mientras preparaba el tuco para los fideos, uno de sus colaboradores le preguntó: “General, ¿nunca tuvo hijos?”. Respuesta: “¿Sabe cuál es el secreto del tuco? Pelar bien los tomates, sacarles todo el hollejo, para que no salga agrio… No, nunca tuve hijos”. Punto. Ni una palabra más.

–Muerta Potota, no tardó en reemplazarla: Italia, Giuliana dei Fiori, apenas medio año después, y una foto que lo dice todo…
–Es cierto. Pero no fue un amor importante.

–Según se mire… Vivieron juntos en Anzio, Roma, Barcelona y Zaragoza.
–Al morir Aurelia, Perón quedó desolado y, para poner distancia y tratar de olvidar, pidió un destino militar lo más alejado posible. Lo mandaron a Italia, y en la embajada argentina en Roma conoció a Giuliana. No fue un gran amor, pero le sirvió para recuperar el ánimo.

–Sin embargo, no la olvidó: en los años ’70 le ordenó a un colaborador que la buscara. Algunos dicen que Giuliana tuvo un hijo de Perón, y que por eso él intentó encontrarla.
–Es cierto: trató de dar con ella, pero sin resultado. Le informaron que después de la guerra se esfumó. En cuanto a lo del hijo, es sólo una versión: no hay pruebas.

–Llegamos al gran momento: Buenos Aires, 1944, María Eva Duarte. Aunque el historiador Vázquez-Rial asegura que no se conocieron en el Luna Park, durante el festival para recaudar fondos por el terremoto de San Juan, sino antes, y en la embajada alemana.
–¡Un disparate!

–¿Por qué? ¿No es posible?
–Tal vez se cruzaron antes de ese día, sí, en la Secretaría de Trabajo y Previsión, porque Eva, lejos de ser una pobre muchachita que llegó a la cumbre gracias a Perón, ya era presidenta de la Asociación de Artistas de Radio, tenía programas de radio y era actriz de cine. Pero lo cierto es que la verdadera historia empezó ese día. Después del festival fueron a comer juntos… y ya no volvieron a separarse. El próximo 10 de diciembre hará seis décadas que se casaron.

–¿A pesar de que Perón vivía con la mendocina María Cecilia Yarbel, la famosa Piraña?
–Eva le dijo a Perón: “¡La fleté!”. Es más: tejió un cerco para que ninguna persona del entorno de la Piraña se acercara a él, e hizo echar al padre y a las hermanas, que trabajaban en dependencias del Estado mendocino.

–Hablemos en porteño básico: ¿quién “levantó” a quién? ¿Perón a Eva, o viceversa?
–Creo que fue mutuo. Se gustaron, y punto. Además, Perón nunca ocultó a sus mujeres –con la Piraña fue a varios actos públicos–, y Eva era del ambiente artístico, donde las costumbres son mucho más liberales.

–¿Cómo cayó esa relación en el mundo militar?
–Mal. Muchos camaradas de Perón le dijeron que Eva no era la mujer adecuada.

–¿Respuesta?
–¡Los sacó corriendo!

–¿Qué la impresiona más de Eva, Araceli? ¿Tal vez las mismas cosas que lo cautivaron a Perón?
–Tal vez, sí. Me impresiona su titánico esfuerzo por ser lo que fue. Tenía formación primaria. Sus mensajes radiales eran melosos, casi pegajosos. Se tragaba las eses. Decía dotor… Pero dio vuelta un país, y hasta último momento, pesando apenas cuarenta kilos, no perdió el fuego. Los médicos no podían entender de dónde sacaba tanta fuerza.

–¿Su muerte fue decisiva en el derrumbe de Perón?
–Confluyeron muchas cosas. El poder lo había agotado, y en poco tiempo murieron Eva, Hortensio Quijano (su vicepresidente), Juan Duarte (su cuñado: que, haya sido como haya sido su muerte, era el hermano de Eva y su secretario privado), y Juana Sosa, su madre. Demasiados golpes…

–Demasiados golpes y demasiados errores. Por ejemplo, su relación con Nelly Rivas, que tenía 14 años. Un escándalo muy difícil de digerir…
–Es posible. Pero también pongo pesas en el otro plato de la balanza. Nelly se quedó a vivir con Perón con permiso de sus padres: no fue un secuestro, nadie la forzó. Catorce años, sí… pero mi abuela se casó a los 14 años. Caído Perón, ella quiso seguirlo al Paraguay, pero no la dejaron cruzar la frontera. La Libertadora la metió en un reformatorio donde la humillaron, le pegaron, le hicieron saltar tres dientes, y al salir tuvo que recibir atención psiquiátrica. En realidad, creo que fue una víctima.

–La historia va cerrando el círculo: ahora, Isabel.
–Yo la reivindico.

–Pero explicar por qué no es una tarea fácil.
–Primero, no era una copera ni una cabaretera, como se ha dicho hasta el cansancio.

–Sin embargo, Perón la conoció en un night club panameño que no era precisamente un templo...
–Isabel era bailarina, había integrado el elenco estable del teatro Cervantes, era profesora de francés, y cuando Perón la conoció estaba de gira con una compañía que presentaba shows. Desde luego, hizo todo lo posible por acercarse a él y le pidió trabajo como secretaria. Perón le dijo que no podía pagarle, pero ella se ofreció a trabajar por la casa y la comida. “¿Usted se atrevería a probar mi comida?”, le preguntó él. ¿Sabe por qué?

–Realmente, no.
–Porque corría el rumor de que querían matarlo, y uno de los modos posibles era envenenándolo. Isabel aceptó, y durante un tiempo se bancó ser menos que una mucama: probaba la comida, dormía en un cuarto de servicio, y estaba bajo vigilancia perpetua por orden del mismo Perón, que les dijo a sus acompañantes en el exilio: “Ojo, porque esta chica puede ser una agente de la CIA o de la Libertadora. No la pierdan de vista”. Recién confió en ella durante una revolución en
Caracas, cuando la vio correr entre las balas para rescatar unos documentos que él se había olvidado. Se jugó la vida…

–Pero el premio mayor no era poco: nada menos que Perón.
–¿Nada menos? En ese momento, Perón era un hombre sin patria, sin un lugar donde vivir, rodeado de enemigos, y sin plata: todo lo que tenía eran catorce mil dólares. Después, ya en Madrid, fue su mujer, su secretaria, su enfermera, su delegada en Buenos Aires para enfrentar a Vandor y su proyecto de peronismo sin Perón, y por fin su vicepresidenta y la presidenta de la Nación. No tenía formación académica, pero sí mucha más experiencia que la mayoría de los políticos argentinos, y que algunos presidentes…

–Pero, ¿cómo explicar a López Rega?
–Esa es la mancha negra, la gran mancha negra. Un psicópata, un delirante, un criminal, y el carcelero de Perón. ¿Cómo explicar ese fenómeno? Perón estaba viejo, cansado, muy enfermo, cerca de su final, y creyó que López Rega era una excentricidad de Isabel.

–Araceli, como peronista, ¿qué cosas no le perdona a Perón?
–Tres. La reelección en el ’52, porque bien lo dijo Alberdi: “Ningún presidente debería gobernar más de un período”. La pelea con la Iglesia: algo que no tiene explicación alguna, no sólo porque el pueblo argentino es creyente, sino porque el peronismo aplicó, en la práctica, la doctrina social de la Iglesia. Y por fin, el constante maltrato y desprecio hacia la oposición. Quiso revertirlo –recordemos el abrazo con Balbín–, pero no le alcanzó la vida.

Perón y Evita en una recepción de gala junto a ministros y amigos, durante la primera presidencia. Por entonces, la prensa internacional ya juzgaba a Evita como una de las Primeras Damas más influyentes del mundo.

Perón y Evita en una recepción de gala junto a ministros y amigos, durante la primera presidencia. Por entonces, la prensa internacional ya juzgaba a Evita como una de las Primeras Damas más influyentes del mundo.

“<i>Perón era un militar de guarnición. Un macho solitario y sureño. Creía que ninguna mujer podía fijarse en él, y que su único amor había quedado enterrado luego de la muerte de Aurelia Tizón, su primera esposa. Pero Eva lo amó hasta el fanatismo, y él respondió de la misma manera: habían nacido el uno para el otro, y sus días más gloriosos fueron los que vivieron, a solas, en la quinta de San Vicente  A Perón le gustaba que ella anduviera por el parque con el pelo suelto, a cara lavada, y vestida con una camisa y unos pantalones de él</i>” (testimonio del padre Hernán Benítez, confesor de Eva y el hombre que los casó). Pero en el protocolo y en los gigantescos actos populares ella también fue una protagonista inseparable.

Perón era un militar de guarnición. Un macho solitario y sureño. Creía que ninguna mujer podía fijarse en él, y que su único amor había quedado enterrado luego de la muerte de Aurelia Tizón, su primera esposa. Pero Eva lo amó hasta el fanatismo, y él respondió de la misma manera: habían nacido el uno para el otro, y sus días más gloriosos fueron los que vivieron, a solas, en la quinta de San Vicente A Perón le gustaba que ella anduviera por el parque con el pelo suelto, a cara lavada, y vestida con una camisa y unos pantalones de él” (testimonio del padre Hernán Benítez, confesor de Eva y el hombre que los casó). Pero en el protocolo y en los gigantescos actos populares ella también fue una protagonista inseparable.

Perón se casó por primera vez en 1929. Buscó, por consejo de su maestro militar, “<i>la mujer adecuada</i>”: Aurelia Tizón era fina, sensible, aficionada a la pintura y a la música. Murió de cáncer en 1939. Fue el primer gran golpe que sufrió Perón.

Perón se casó por primera vez en 1929. Buscó, por consejo de su maestro militar, “la mujer adecuada”: Aurelia Tizón era fina, sensible, aficionada a la pintura y a la música. Murió de cáncer en 1939. Fue el primer gran golpe que sufrió Perón.

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