A 50 años del ataque aéreo a Plaza de Mayo – GENTE Online
 

A 50 años del ataque aéreo a Plaza de Mayo

En la mañana del 16 de junio de 1955, Vijode Jarak tenía 15 años. Había
llegado siete años antes desde un campo de refugiados croata con Iván, su padre,
e Iva, su madre, junto a cinco hermanos. Venían de sufrir la Segunda Guerra
Mundial
, donde Iván había recibido un balazo en la cara. Minutos después de
aquel mediodía, regresaba con su madre de hacer un trámite en Paseo Colón
al 1200. Por error, bajaron del trolebús que los llevaba a Plaza de Mayo
una parada antes. Vijode vio descender un helicóptero en medio de la avenida.
Más allá divisó una escuadrilla de aviones. “Soltaban algo, y se lo dije a mi
madre. Ella, con la naturalidad de haber estado en la guerra, me dijo:
‘Son
bombas’”. La primera fue arrojada por el capitán de fragata Néstor Noriega desde
un avión North American AT-6 exactamente a las 12.40.

Así comenzó el bautismo de fuego de la aviación, y no pudo ser más
lamentable. No fue la gloria de los pilotos que en 1982 combatieron en Malvinas:
fue una masacre que tuvo a la Casa de Gobierno como blanco, y el objetivo
de matar al entonces presidente Juan Domingo Perón cobró la vida de 364
argentinos y dejó más de 800 heridos en la Plaza de Mayo.

La fuerza aeronaval, al mando de los contraalmirantes Aníbal Olivieri y
Samuel Toranzo Calderón y el vicealmirante Benjamín Gargiulo arrojó casi 15
toneladas de bombas de 50 y 110 kilos de trotyl desde 34 aviones. Un
hecho horroroso, que inexplicablemente permaneció en esa forma de impunidad que
es el olvido. Era un día tan frío, nublado y lluvioso como el que se vivió
cincuenta años después…
Continúa Vijode: “Con mi madre cruzamos Paseo Colón hacia el Ministerio de
Hacienda
(hoy de Economía). Las bombas explotaron justo cuando pasamos
detrás de un trolebús. Mamá cayó con la pierna destrozada por una esquirla.
Gateando, la arrastré hasta las escalinatas del Ministerio…

Diez pisos más arriba, en la oficina de Patrimonio del Estado, dos
compañeros de trabajo miraban azorados por la ventana. Ricardo Duplaá (74,
profesor de tango y tío de la actriz Nancy Duplaá) y Alberto Bustos (69) cuentan
que desde ese día se hicieron “como hermanos”. Relata Bustos: “Habían
dicho que habría un homenaje a la bandera con aviones. Pero el día era muy
feo... Abrimos la ventana para ver el helicóptero y vimos dos aviones. De pronto
grité:
‘¡Uy, nos tir…!’ No llegué a terminar la frase, cuando una
llamarada violeta
–después supimos que había sido un bombazo a un trolebús–
nos levantó por encima de los escritorios. No quedó un vidrio sano. Sólo con
eso, en el tercer piso, en Tesorería, deben haber muerto como diez personas.
Recuerdo a un cadete destrozado contra una puerta
.”

PARTIDOS EN DOS. La génesis del ataque hay que buscarla en la eterna
división entre los argentinos. Entonces era peronistas contra antiperonistas.
Así de simple. Cada uno con sus argumentos. Irreconciliables. El historiador
Felipe Pigna lo sintetiza así: “El clima político se había enrarecido desde
que se agudizó el conflicto entre la
Iglesia Católica y el gobierno
peronista. De aliada incondicional por los inicios del régimen de 1943 que
catapultaría a Perón al poder, la corporación eclesiástica se había vuelto
opositora. Se sentía molesta por la utilización política que el gobierno hacía
de la caridad, la proliferación de imágenes de Evita y Perón rodeando a los
crucifijos en las dependencias oficiales y la creación de una agrupación
política secundaria, la
Unión de Estudiantes Secundarios, la UES,
una fuerte competencia para la
Acción Católica.” Dice Pigna que cuando
comenzaron a caer las bombas “todavía sonaban los ecos de la ruidosa
procesión del 11 de junio, dos días después de
Corpus Christi, que se
había transformado en una manifestación política que culminó en el
Congreso
donde los católicos, enfurecidos por la sanción de la Ley de
‘hijos naturales’ y la Ley de divorcio, arriaron la bandera argentina
e izaron la insignia papal. En esas circunstancias se produjo el confuso
episodio de la quema de una bandera argentina, que dio lugar a encendidas
discusiones sobre lo accesorio y eludió el debate ideológico. A eso de las 9 de
la mañana del 16 de junio, Perón recibió al general Franklin Lucero, con un
marcado gesto de preocupación. Perón sabía que estaba programado un desfile
aéreo en desagravio a la bandera, pero Lucero sabía que podía ser aprovechado
para bombardear la Casa de Gobierno y convenció al presidente para trasladarse a
su despacho en el Ministerio de Guerra, cruzando Paseo Colón. Desde su nueva
ubicación, Perón pudo escuchar el sonido inconfundible de los aviones
”.

BOMBAS EN LA PLAZA. El ataque se retrasó hasta las 10 de la mañana por
la niebla. A esa hora, desde la base de Punta Indio, 22 bombarderos
North American
y cinco Beechcraft de la Armada levantaron
vuelo. Una hora y media después llegaron a Ezeiza para cargar combustible.
Alertados por filtraciones del bando rebelde, en la Casa de Gobierno ya
habían comenzado la defensa: dos baterías antiaéreas, compuestas por
ametralladoras Colt 12,7, se instalaron en la terraza. Al mismo tiempo,
desde Palermo habían partido efectivos del Regimiento de Granaderos.
Llegaron a la una de la tarde a la plaza, justo para repeler el ataque de dos
compañías de 150 infantes de marina cada una. Estos se replegaron hasta el
Ministerio de Marina
(hoy el edificio de Prefectura, en Madero y
Perón). Entre los que defendían al entonces presidente estaba un joven cabo de
25 años del Regimiento Motorizado Buenos Aires, Alberto Rábanos. “Estábamos
en Pichincha y Garay. Había una campana para alarmas, y a la una menos cuarto la
tocaron. No sabíamos qué pasaba. Llegamos frente a la Aduana y desembarcaron los
soldados de mi columna de vehículos. Yo volví al regimiento a buscar municiones.
A los soldados les ordenaron tirar contra el
Ministerio de Marina y la
Casa de Gobierno que, se suponía, estaba tomada. Cuando volvía por la calle
Defensa me ametralló un Gloster Meteor. Eran aviones de la Aeronáutica, al
principio leales, que se dieron vuelta en el aire; por eso les decían panqueques
”,
cuenta.

SOBREVIVIENDO. En esos momentos, Duplaá y Bustos estaban en el
subsuelo del Ministerio de Hacienda. “Decidimos irnos por el túnel del
subte, que tenía comunicación con el edificio, aun a riesgo de electrocutarnos.
Llegamos a la esquina de Bolívar e Yrigoyen y salimos por el Cabildo. El
panorama era impresionante: sangre y muertos por todos lados
”, cuenta Duplaá.
Bustos completa: “Mi papá vivía en Bolívar 120 y nos metimos ahí justo cuando
empezaban a venir camiones con obreros. Entonces hubo otro ataque… Nos
refugiamos en una cocina con techo de chapa ¡creyendo que estábamos protegidos…!
”.

Mientras tanto, después de media hora de espera en la escalinata, Vijode
entró con su madre al edificio del Ministerio. “Le cubrí la herida en
la pierna con mi camiseta… le entraba toda dentro del tajo de 20 centímetros; la
vendé con mi camisa y le hice un torniquete con el cinturón y la corbata.
Estuvimos hasta las cuatro y media de la tarde, cuando nos llevaron al hospital
Ramos Mejía en una ambulancia
”, recuerda. Cerca de ellos otra mujer,
Natividad López, se desgarraba de dolor sobre la vereda de Paseo Colón.
Su pierna derecha colgaba de un hilo de piel. Había ido al Instituto de
Previsión Social
acompañada por una sobrina. Hace años le contó a GENTE: “Sentí
un ruido que me dejó tonta. Desde el medio de la calle salté en una pierna hasta
la vereda. Los coches se me venían encima. Empecé a pedir que me ayudaran. Vi a
dos personas correr y caer muertas cerca de mí. En un trolebús vi cómo las
personas se morían en medio del fuego. Pedí agua. De pronto, dos hombres me
subieron a una chata y me llevaron al Hospital Argerich
”. A Natividad le
tuvieron que amputar su pierna.

Allí fueron llevados la mayoría de los heridos. César García, un médico
recién recibido, estaba de guardia. “Acudí al hospital a las ocho de la
mañana. Al mediodía, el médico a cargo de la guardia, el doctor Camilo Cicchero

–cuyo nombre llevó por mucho tiempo la cancha de Boca–, tuvo que subir al
cuarto piso a operar a un chico. Entonces comenzaron a caer los heridos y el
hospital se desbordó. Todos fuimos enfermeros, camilleros y médicos. Lo primero
fue seleccionar a aquellos que tenían posibilidades de vivir. Uno de los
pacientes era la hermana del ministro de Economía de Perón, Angel Borlenghi, que
llegó con la pérdida total de su pierna y la amputación de media cadera.
Falleció antes de entrar a la sala de operaciones. En la morgue hubo 99 muertos.
Entre ellos recibimos tres trozos de cadáveres carbonizados que habían estado en
el trolebús 305, que hacía el recorrido Lanús-Correo Central, que fue partido al
medio por una bomba. Esos cadáveres fueron reconocidos por descarte
”.

FINAL DEL JUEGO. Después de las cinco de la tarde, el combate había
concluido. Rábanos, con los suyos, se aproximó al Ministerio de Marina: “Se
les exigió la rendición, porque había llegado la artillería. Sacaron bandera
blanca. Tres generales fueron a tomar el edificio. Uno de ellos era Juan José
Valle, fusilado tras la Revolución Libertadora. Atrás de las tropas venía una
manifestación: ahí bajaron la bandera y empezaron a atacar de nuevo. En ese
momento hubo muchos muertos. Controlamos a los obreros y entramos… A las siete y
pico escuchamos un balazo: se había suicidado Gargiulo. Lo vi tirado contra una
pared. En la mano izquierda tenía un rosario y la foto de los hijos. Me dio pena
”.

Noventa pilotos, en 32 de los 34 aviones que habían atacado la Plaza de
Mayo
, en cambio, huyeron al Uruguay. Enemistado con Perón, allí los recibió
con honores el gobierno del presidente Luis Battle Berres. En septiembre, luego
de que Perón fue derrocado, todos regresaron al país.
Duplaá, como pudo, se fue a su casa en Villa Urquiza. Vidoje Jarak, en cambio,
pasó la noche en el Hospital Ramos Mejía. “Al día siguiente
aparecieron mis hermanas y mi papá. Mi madre estaba en terapia, donde le habían
salvado la pierna. Por error, en un diario habían publicado la lista de heridos
como muertos, y viceversa. Y en vez del nombre de mi madre, habían puesto Iván,
como papá. A mi casa, como no había nadie, llegaban flores y coronas, porque
pensaban lo peor…
”, cuenta. Bustos, por su parte, se había marchado al
domicilio de unos parientes, en Carlos Calvo y Bolívar. “Al salir, ya de
noche
–recuerda–, vi cómo la policía juntaba las bombas que no habían
explotado. Y más allá, gente haciendo fuego para ir a quemar las iglesias.

Esa noche, por venganza, ardieron la Curia y diez iglesias. La ciudad estaba a
oscuras, apenas iluminada por el tenue resplandor de las llamas.

Tres meses exactos después del ataque, la Revolución Libertadora
destituyó a Perón, que se refugió en Paraguay y comenzó un largo exilio. La
Argentina empezaba un período de golpe y revancha, golpe y revancha… Un negro y
absurdo capítulo de odio.

Sobre <i>Paseo Colón</i>, detrás de la <i>Casa de Gobierno</i>, cadáveres en el asfalto, autos<br />
y trolebuses incendiados. Inexplicable. Abajo, uno de los aviones <i>North American</i><br />
que participaron del ataque. La explosión de una de las bombas de <i>trotyl</i> en la<br />
plaza. Y los muertos, por <br />
la onda expansiva, del trolebús de la línea 305.

Sobre Paseo Colón, detrás de la Casa de Gobierno, cadáveres en el asfalto, autos
y trolebuses incendiados. Inexplicable. Abajo, uno de los aviones North American
que participaron del ataque. La explosión de una de las bombas de trotyl en la
plaza. Y los muertos, por
la onda expansiva, del trolebús de la línea 305.

Natividad López –en 1955 tenía 25 años– terminó con la pierna destrozada por una esquirla: tuvieron que amputársela.

Natividad López –en 1955 tenía 25 años– terminó con la pierna destrozada por una esquirla: tuvieron que amputársela.

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