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A 4O años de su muerte

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A las doce del mediodía del 9 de octubre de 1967, el sargento Mario Terán, del ejército boliviano, cumplió la orden. Seis balas de su fusil ametralladora Garand se clavaron en el cuerpo del guerrillero, ya herido en una pierna después del combate en la Quebrada del Yuro, lo borraron de su existencia real, y le abrieron la primera puerta a uno de los mayores mitos del siglo XX: la vida, la lucha y la muerte, a sus 39 años, de Ernesto Guevara Lynch de la Serna. Cuatro de las balas entraron en las piernas; una, en la garganta, y la última, en el lado izquierdo del pecho, con destino fatal: corazón y pulmón. El cadáver quedó con los ojos abiertos: ni Terán ni sus compañeros se atrevieron a bajarle los párpados.

A media tarde, el fotógrafo boliviano Freddy Alborta entró en esa misérrima aula de la única escuela de La Higuera, tomó la última foto del hombre, y abrió la segunda puerta del mito: por años, la fantasía popular dijo que aun muertos, esos ojos seguían mirando, desafiantes.

EL PRELUDIO. Pero el mito había tenido su preludio iconográfico seis años y siete meses antes: el 5 de marzo de 1960, en La Habana, durante la despedida oficial del gobierno revolucionario a las víctimas del atentado contra el barco francés La Coubre, presuntamente dinamitado por la CIA, Alberto Korda, reportero gráfico, se acercó con su vieja Leica y un lente de noventa milímetros a la tarima en la que estaba el Che, lo enfocó, y tomó tres imágenes. “Era una tarde opaca, invernal, y por eso la cabeza del Che parece envuelta en una aureola. No fue una elaboración intelectual. La escasa luz y el lente, muy gastado, lo hicieron todo”, dijo Korda, que jamás cobró un dólar ni un magro peso cubano por ella… Pasaron casi siete años, y ya muerto el Che, Korda le regaló esa foto al célebre editor italiano Giangiacomo Feltrinelli, que la multiplicó por millones. Mirada fiera, pelo muy largo, bigote achinado, con las guías hacia abajo, boina algo requintada con una estrella roja en su centro.

LA AVALANCHA. Desde entonces hasta hoy, esa imagen inundó el planeta en libros, posters, películas, remeras, llaveros, encendedores. Tanto está en el cuarto de un rubio estudiante noruego como en una choza de la selva africana. Casi tres generaciones la agotaron: la última, casi sin saber –o sospechando vagamente– quién fue Guevara. Más allá de las dos fotos-mito (el guerrero vivo, el guerrero muerto), no fue el hombre más fotografiado de la Tierra, pero casi. Guevara en el 51 con su remota novia Chichina Ferreira, o acostado en un balcón porteño, o con rebeldes cubanos en la mexicana Veracruz, o alpinista, o jugador de rugby, o beisbolista, o motociclista en su periplo por América latina, o con padre-madre-mujer-hija, o en la Sierra Maestra, o con Fidel y con Mao y con Frondizi.

MITO Y CONTRAMITO. Pero la Historia, a veces parcial pero a veces implacable, tiene más de un par de ojos. Al Che guerrillero, heroico e idealista, opone un Che que dijo: “Fusilé, fusilo y seguiré fusilando a todos los opositores a la revolución”. Al Che director de bancos y ministro de Industrias opone el Che inútil e irresponsable para esas tareas. Al bravío combatiente opone al que dijo “todo revolucionario debe ser una perfecta máquina de matar”. Al lugarteniente y amigo de sangre de Fidel Castro opone al ingenuo traicionado por el amo de la isla, “que lo mandó a la muerte porque le hacía sombra, del mismo modo en que hizo matar a Camilo Cienfuegos y encarceló por más de treinta años a Huber Matos, dos de sus hombres más valientes, por el pecado de creer en José Martí y no en el Soviet Supremo”, como más de un historiador a escrito.

Cuarenta años han pasado desde su derrota en la boliviana Quebrada del Yuro, Valle Grande, y cuarenta años más pasarán, sin que dejen de definirlo irreconciliables dualidades. Idealista a ultranza o aventurero que sólo buscaba fama. Místico de la revolución universal o fanático impiadoso. Novio de la vida o novio de la muerte. Mientras el culto al Che se perpetúa en los discursos habaneros de cada aniversario y en carteles con su cara que tapizan los paredones, Paquito D’ Rivera, cubano que logró fugarse de la isla y uno de los más brillantes saxofonistas del mundo, escribió en una carta al músico Carlos Santana: “… no hace mucho cometiste la torpeza de aparecerte en la entrega de los Oscar luciendo una camiseta con la estereotipada imagen del Carnicerito deLa Cabaña, que es como conocen al Che los cubanos que tuvieron que padecer a ese personaje en la prisión. Uno de ellos fue mi primo Bebo, preso por ser cristiano, y testigo de decenas de fusilamientos cuyas víctimas murieron gritando ¡Viva Cristo Rey!”.

OCTUBRE 9, 1967. La aventura boliviana tenía escrito su destino de fracaso desde el primer día. El Che venía ya de otra operación fallida en el Congo, erró la elección del país (hasta Fidel le dijo “no hagamos mal lo que podemos hacer bien”), erró la elección del campamento base, y cometió un error estratégico fatal: creyó que contaría con el apoyo de los campesinos, pero sólo recibió de ellos la indiferencia primero y la traición después. “Si hubiera entrado a Bolivia vestido de cura y no de guerrillero, le habría ido mejor”, escribió uno de sus muchos biógrafos. Relata el historiador Pacho O’Donnell en su libro Che, que “las primeras operaciones de reconocimiento del terreno fueron ejecutadas por el Che el nueve de noviembre de 1966… El día diez se producirá un hecho alarmante: en un descuido imperdonable en guerrilleros de tanta experiencia, Pacho y Pombo serán descubiertos por el chofer de un tal Argañaraz, el vecino más próximo a la casa en que se ocultaban. El Che se enfurece y ordena cambiar el lugar del campamento mientras escribe: ‘Esto se deteriora rápidamente: hay que ver si nos permiten traer, aunque sea, a nuestros hombres. Con ellos me sentiré más seguro’”.

No fue todo: después de una pulseada política, el Partido Comunista Boliviano le retira su apoyo. El presagio (“Esto se deteriora rápidamente”) tarda en cumplirse: hasta el alba de octubre del 67, entre marchas y contramarchas, módicas victorias y sangrientos reveses, la menguada y anémica tropa mantiene la esperanza del triunfo, pero el cerco –casi tres mil soldados– se cierra sin remedio. El Che, herido en una pierna y roto su fusil, se entrega y dice: “No disparen. Yo les sirvo más vivo que muerto”.

DESPUES DE LA VIDA. Según Mario Terán, el sargento ejecutor, “cuando llegué al aula, el Che estaba sentado en un banco. Al verme dijo: ‘Usted ha venido a matarme’. Sus ojos brillaban intensamente. Yo no me atrevía a disparar. Me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido podría quitarme el arma. Apunté. ‘¡Póngase sereno –me dijo– y apunte bien! ¡Usted va a matar a un hombre!’ Cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. Cayó al suelo, se contorsionó y empezó a regar muchísima sangre. Recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga, que lo alcanzó en el corazón. Ya estaba muerto…”.

Su cadáver fue puesto en una pileta de lavar, luego en una camilla, y por fin llevado en helicóptero hasta un destino secreto. Su diario de campaña quedó en poder de las fuerzas armadas. El fusil pasó a manos del coronel Zenteno Anaya. El Rolex, a la muñeca del general Ovando. La pipa, al bolsillo del sargento Bernardino Huanca. La campera ensangrentada desapareció: se dice que aún la tienen, oculta, los vecinos de Valle Grande.

CADAVERES AMBULANTES. Ernesto Guevara Lynch de la Serna (1928-1967) y María Eva Duarte de Perón (1919-1952) no se conocieron: ni siquiera se cruzaron en sus históricos caminos. Se dice que Guevara, un adolescente de 17 años todavía lejos de ser el Che, estuvo en la Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945, pero no hay constancia de ello. Se sabe, sí, que era furiosamente antiperonista. Sin embargo, sus cuerpos –uno devorado por el cáncer y el otro acribillado por la metralla– fueron protagonistas de periplos no menos azarosos que sus vidas. Eva, embalsamada en la CGT por el médico español Pedro Ara, fue ocultada durante largo tiempo, custodiada por militares (es imprescindible leer, al respecto, el extraordinario cuento Esa mujer, de Rodolfo Walsh), llevada a Europa y sepultada en un cementerio de Milán bajo el nombre de María Maggi de Magistris hasta 1974, cuando sus restos le fueron devueltos a Perón y depositados en la quinta presidencial de Olivos, donde el brujo José López Rega la sometió a sus patéticos, grotescos rituales.

Acerca del cuerpo del Che se tejieron fantásticas novelas situadas en muchos puntos del planeta, pero la realidad fue más simple y acaso previsible: en junio de 1997, a exactas tres décadas de su muerte, sus huesos, junto con los de seis de sus guerrilleros de su última aventura, fueron encontrados en una fosa de Valle Grande, muy cerca de la escuela en que lo mataron. Si míticas fueron sus vidas, los avatares post mortem de sus huesos no lo fueron menos. Eva y el Che siguen juntos en la ópera Evita.

Ella descansa en la bóveda familiar de los Duarte, en la Recoleta; él, desde el doce de julio del 97, en un mausoleo de la plaza Ernesto Che Guevara de Santa Clara, Cuba. Pero sus caminos, más allá de la ficción operística, han vuelto a coincidir en el más mediático de los mundos: la televisión. Hace apenas dos semanas, en el programa de Telefe El Gen Argentino y según el voto popular, Eva y el Che llegaron a un apretado final, pero ganó el guerrillero. Curioso resultado. Porque la historia de Eva Perón, en los escasos treinta y tres años de vida que le fueron concedidos, transcurrió apasionadamente en la Argentina: un país que al Che, salvo por nacimiento, infancia y adolescencia, le fue totalmente ajeno. Octubre 9, año 1967, cinco de la tarde. Las balas ya han hecho su trabajo. El Che ha muerto. Nadie se atrevió a cerrarle los ojos. La foto recorrió el mundo. Y aún lo recorre.

Octubre 9, año 1967, cinco de la tarde. Las balas ya han hecho su trabajo. El Che ha muerto. Nadie se atrevió a cerrarle los ojos. La foto recorrió el mundo. Y aún lo recorre.

“<i>Desde ahora no consideraré mi muerte como una frustración. Tan sólo me llevaré a la tumba la pesadumbre de un canto inconcluso</i>”. (Ernesto Che Guevara)

Desde ahora no consideraré mi muerte como una frustración. Tan sólo me llevaré a la tumba la pesadumbre de un canto inconcluso”. (Ernesto Che Guevara)

A caballo en Sierra Maestra. En sus cartas demostró siempre un gran amor por su madre y por los hijos que tuvo con Aleida.

A caballo en Sierra Maestra. En sus cartas demostró siempre un gran amor por su madre y por los hijos que tuvo con Aleida.

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