86 muertos y 15 años sin justicia – GENTE Online
 

86 muertos y 15 años sin justicia

El viernes al anochecer, en ese sencillo, cálido y pulcro departamento a la calle de Vera al 600, Villa Crespo, con muchas plantas y un samovar del año 1700 –tesoro rescatado de mil avatares y mudanzas–, Héctor Rosenblat y su mujer, Elena Staw, argentinos de religión judía, un hijo (Hernán), tres nietas (Violeta, 8, y las mellizas Mora y Luana, casi 6), en viernes 17, al caer la tarde y asomar, temblorosa, la primera estrella, encienden las dos velas de su candelabro, rito de milenios. Mañana, sábado 18, a las 9.53 de la mañana, a quince años del monstruoso crimen contra la AMIA, 86 muertos, otros tantos heridos, familias destruidas para siempre y luto –también para siempre– en la justa e implacable memoria, Héctor y Elena alzarán sus ojos al cielo, porque “el día del atentado, cuando miré hacia la calle Pasteur y sólo vi un inmenso vacío, recién comprendí la dimensión de la masacre”, recuerda Héctor.

El cielo, sí, esa atroz mañana del ’94 en que Héctor, vicepresidente de la AMIA por largo mérito (“Fui dirigente del Movimiento Juvenil Sionista, docente y luego director de la escuela judía Natan Gesang, y por fin hombre clave de la AMIA”, evoca), una explosión “me tiró debajo del escritorio, y el cielo se tiñó de sombras”. Sin embargo, “pensé en cualquier cosa menos en una bomba, hasta que una secretaria de la presidencia, la más joven, gritó esa palabra: ‘¡Es una bomba, es una bomba!’. Se encendió un tubito, la luz de emergencia; se nubló todo; mi saco azul quedó blanco. Pero recién tomé conciencia de la tragedia cuando oí a la señora Ana María, que había bajado al segundo piso para buscar un fax, gritar ‘¡Paola… Paola… Paola!’. Era su hija. No trabajaba en la AMIA, pero ese día la había llevado para que la ayudara... y Paola murió. De pronto, de otra oficina, salió el escritor e intelectual Simja Sneh –Rosenberg de apellido–, con vidrios en la cabeza y cubierto de sangre; él y también Adrianita, una empleada, con sangre en la cabeza. ‘Ya son dos’, me dije, pero todavía sin tomar conciencia de la masacre… Como detrás de las oficinas de la presidencia hay un patiecito, se me ocurrió sacar a la gente por allí, hacia el aire libre. Caminé entre los escombros. Seguí oyendo ese terrible grito –‘¡Paola, Paola!’–, y comprobé que Paola, la hija de Ana María… ¡había muerto!... Lo mismo que el mozo que esa mañana me había servido el café –un cortadito–… Con una escalera de bomberos sacaron a Ana María y al escritor herido, pero yo todavía no pensaba en muertos, en desastre, hasta que un muchacho encontró entre los escombros los dedos de Norma Lew, que, internada en el sanatorio Mitre, sobrevivió (murió de cáncer tiempo después). Otro muchacho, cuando le dije o le pregunté ‘¿pero no hay muertos, no es cierto?’, me dijo crudamente: ‘Usted no sabe nada… Cuando llegue a la calle se va a dar cuenta’. Tenía razón. Cuando, bajando entre los escombros, llegué a una calle, pregunté qué calle era, me dijeron ‘Pasteur’, y yo sólo vi un inmenso agujero, comprendí… Mientras, Elena, mi mujer…

Elena: Quedé catatónica. Después de correr hasta la AMIA, no encontrar a Héctor, suponer que estaba muerto –¿por qué no, si tantos habían corrido la misma suerte?–, me paralicé tres días frente al televisor. Y después, cuando supe que estaba vivo, tuve vergüenza… ¿Por qué él sí, y tantos otros no?

Héctor tiene (o encuentra) una explicación. “Los judíos, la Torá (los libros sagrados), no explican todo. Pero tienen una pregunta clave: más que ‘por qué’… ‘para qué’. Y bien: tengo la respuesta. A lo largo de diecisiete días, desde las seis de la mañana hasta las once de la noche, durmiendo poco y comiendo menos, me instalé en la sede provisoria de la AMIA, un colegio secundario de la calle Ayacucho entre Tucumán y Viamonte, y me dediqué a atender reclamos (porque la vida de la AMIA seguía…), a recorrer cada velorio, la morgue, cada hospital, y plano en mano, decidir en qué parcela descansaría cada muerto: no sólo los de la AMIA sino los otros, porque los judíos de la vida cotidiana seguían muriendo, como los hombres y mujeres del resto del mundo… Elena: ¿Se da cuenta qué terrible fue enterrar a sus amigos y decidir en qué lugar?

Luego, Héctor Rosenblat recuerda que en el ’98, al cumplirse el cuarto aniversario del atentado, “hablé en público por primera y única vez, y dije que salvé mi vida gracias a Dios y al azar, porque diez minutos antes de la bomba pude haber bajado a tomar un café, pero quizá estuve predestinado. Y, como tal, digo que para averiguar la respuesta a este crimen… ¡hay que citar al número uno del Poder Ejecutivo, al Presidente de la Nación! Lo mismo que, más allá de cualquier consideración sobre su gobierno, dijo desde el principio, y en el Senado, Cristina Kirchner: ‘Hay que citar al presidente Menem y al ministro del Interior Carlos Corach’. Pero desde esos ámbitos sigue el silencio…”. Con todo, Héctor Rosenblat es cauto: “Detesto la politización de las tragedias, ya sea Cromañón, AMIA o como se llamen. Sin embargo, además de los diecisiete días que pasé confortando almas, asistiendo heridos y enterrando muertos, y a quince años de la bomba, sin otra cosa que marchas y contramarchas de la Justicia, comprendo que el atentado contra la AMIA fue también contra la Argentina. Pero me pregunto: ¿Por qué primero contra los judíos, y de rebote, contra el país? ¿Por qué no se citó a los señalados por la presidenta Cristina Fernández? ¿Por qué un abogado registró 46 (¡46!) ‘no sé… no recuerdo…’, en los juicios, por parte de Hugo Anzorreguy, el entonces jefe de la Inteligencia Nacional? ¿Por qué yo, que asistí exactamente a trescientos juicios (Galeano, Castiñeiras, etcétera), no pude obtener –como tampoco el resto de los presentes– un solo dato positivo?
Cada tanto, Héctor Rosenblat se siente extrañamente culpable:

–¿Por qué me salvé yo de la bomba, por qué no estuve entre los 86 muertos? –se pregunta. Y como no puedo ni debo responderle –el enigma tiene tanto que ver con el azar como con la filosofía: casualidad o causalidad– me dice:
–En la religión judía tenemos una pregunta más importante que “¿por qué?”...

–¿Cuál?
–El para qué.

–¿Qué significa?
–La elección del testigo. No sólo estuve diecisiete días confortando heridos, consolando familias y enterrando muertos. Tal vez sigo vivo para, acaso antes de mi muerte, ser testigo de la justicia.

–¿No es demasiado tarde?
–No del todo. Pasados sesenta años, todavía surgen atrocidades nazis desconocidas. Pasados más de treinta años, todavía aparecen crímenes de la última dictadura militar. Entonces, ¿por qué perder las esperanzas acerca de hallar a los culpables internacionales y locales de la masacre de la AMIA?

–Los judíos creen en algo que llaman “justicia cósmica”. ¿Existe? ¿Es posible?
–Si no lo creyera, este encuentro y este diálogo –al que accedo por primera vez– no tendría sentido…

Ahora, la antes apenas titilante primera estrella del anochecer del viernes se ha tornado neta, refulgente, inequívoca. Lo mismo que las llamas de los dos candelabros. Segundos después de las 9.53 de ese 18 de julio, el ayer histórico edificio de la AMIA, institución esencial de la comunidad judía, es apenas un trágico concierto de muertos, gritos desesperados y escombros.

Segundos después de las 9.53 de ese 18 de julio, el ayer histórico edificio de la AMIA, institución esencial de la comunidad judía, es apenas un trágico concierto de muertos, gritos desesperados y escombros.

Nada queda en la calle Pasteur al 600 de lo que fue la AMIA: no sólo la memoria de una comunidad largamente arraigada en el país desde el siglo XIX: también la sede social de ayuda, educación, bolsa de trabajo y comedor de los más necesitados.

Nada queda en la calle Pasteur al 600 de lo que fue la AMIA: no sólo la memoria de una comunidad largamente arraigada en el país desde el siglo XIX: también la sede social de ayuda, educación, bolsa de trabajo y comedor de los más necesitados.

Héctor Rosenblat hoy, 15 años después. Era vicepresidente de la AMIA cuando sucedió el atentado. Ex docente, jubilado de la industria textil y analista político, relata aquí cómo salvó su vida y pasó 17 días, desde la mañana a la noche, ocupándose de los heridos y enterrando a los muertos. Bajo perfil, alto compromiso…

Héctor Rosenblat hoy, 15 años después. Era vicepresidente de la AMIA cuando sucedió el atentado. Ex docente, jubilado de la industria textil y analista político, relata aquí cómo salvó su vida y pasó 17 días, desde la mañana a la noche, ocupándose de los heridos y enterrando a los muertos. Bajo perfil, alto compromiso…

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