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GENTE a bordo del Esperanza, el barco de Greenpeace, rumbo al Agujero Azul

GENTE a bordo del Esperanza, el barco de Greenpeace, rumbo al Agujero Azul

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El Agujero Azul es un espacio de aguas internacionales que, por falta de regulación en alta mar, permite que 400 buques pesqueros arrasen con toda la fauna marina. El propósito del viaje es generar conciencia sobre este drama.

Las 2076 toneladas del Esperanza –el mayor buque de la flota de Greenpeace– se mecen aun con la mole amarrada al muelle de Puerto Madryn. Es una sensación leve, pero que adivina un enemigo invisible para el recién llegado no bien zarpe rumbo a mar abierto: el mareo. Aunque eso, todavía, no es un problema.

A las 21.30 del sábado 9 de noviembre, con la bandera argentina impulsada por un viento sur, el barco zarpó, seguido por el barco del práctico. La noche presagiaba una aventura que hoy comenzaremos a narrar.

Con las últimas luces del viernes 8, GENTE subió la plancha hacia un pequeño mundo hasta hoy ajeno, una suerte de isla en medio del océano con 39 habitantes. El primero de los 30 tripulantes que dió la bienvenida fue Hernán Pérez Orsi, oficial a bordo, alternadamente. Marplatense, es conocido en nuestro país: estuvo preso dos meses en Rusia junto a otra argentina, Camila Speziale, por luchar contra la exploración petrolera en el Ártico. Nos ubicó –“por una noche”– en la enfermería.

El médico llegaría el sábado por la tarde, antes de marchar al océano Atlántico. Casi una suite presidencial: espacio y baño privado. Aunque un cartel advierte que la operación es distinta al resto de los baños, y que para usarlo, hay que avisar a un oficial. Mejor utilizar los otros en todo caso. Se los distingue fácil: son las puertas que no tienen ningún cartel. Abundan, igual que las duchas: hay mas de seis a simple vista, y en distintos niveles de la embarcación. La indicación sobre la puerta del main deck dice que, en lo posible, hay que compartirlas. Primera lección: aquí en el mar, el agua –esa que bebemos y a veces queda goteando desde una canilla, o se usa de más– es un bien escaso. Al día siguiente, la reubicación indicó un camarote cerca de la proa, donde el oleaje se siente más. 

La historia habla, y esta embarcación no siempre se llamó así ni perteneció a la organización ecologista: nació en Gdansk, Polonia, en 1984, a pedido de una empresa rusa, y se llamó Eco Fight, nombre que remite a su primitivo uso como navío bombero. Pero tomó la nacionalidad holandesa hace 17 años, y fue rebautizada como Esperanza. Aunque todavía, muchos de los carteles indicadores están en cirílico, el alfabeto ruso. A lo largo de los años, a sus 72,3 metros de eslora y 14 de manga se le adosaron avances tecnológicos. Es un navío de vanguardia.

Tiene una eficiente propulsión diésel eléctrica, que reduce las emisiones de carbono, y la velocidad crucero es de ocho nudos, para evitar un gasto superfluo de combustible, aunque sus motores Sulzer V12 pueden desarrollar dieciséis. El sistema de reciclaje de aguas residuales –que también es operado por los motores– permite que sólo el agua limpia sea arrojada fuera de borda. La calefacción se basa en el aprovechamiento de residuos. La refrigeración es a base de amoníaco en vez de gas freón, ya que este último provoca el cambio climático y disminuye la capa de ozono. Los purificadores de agua son 15 veces más efectivos que los demandados por la legislación. 

En la popa, además, tiene un helipuerto con su respectivo hangar, aunque sólo se usa para las operaciones en los polos, por el riesgo que conllevan. Y grúas especiales para lanzar las “zodiacs”, lanchas semirrígidas (hay cinco) con las que los activistas realizan las acciones, como la que planea este buque y –aunque todos saben que el objetivo es denunciar la depredación pesquera del Atlántico Sur–, se guarda bajo siete llaves. En cada uno pueden navegar dos miembros de la tripulación y hasta cinco activistas. 

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Raphael Paul Schmiedebach, primer oficial del Esperanza, el barco de Greenpeace que navega por el océano Atlántico argentino.

El rumbo inicial del navío es el llamado Agujero Azul, un espacio de aguas internacionales que se introduce dentro del Mar Argentino. El rumbo, el domingo por la tarde, lo marca el 1er. Oficial, Raphael Paul Shmiedeback, un alemán de 37 años, oriundo de Oldenburg, una ciudad “a 25 kilómetros de donde se construyó el Rainbow Warrior”, otro navío de Greenpeace, cuenta con la vista clavada en el horizonte, atento al instrumental del puente de mando. Sigue viviendo allí, está casado y lo espera su hijo, de apenas cuatro meses. “Lo extraño –admite– pero nosotros tenemos un régimen de tres meses a bordo y tres en tierra. Yo subí hace seis semanas en la Guyana, así que pronto estaré las 24 horas con él todos los días”. La marinería lo atrapó de chico, cuenta, “cuando encontré un cuchillo de un hombre de mar: era viejo, acero y madera, pero a partir de allí comencé a interesarme”. Luego estudió Ingeniería en Aguas, y se acercó al mar en un canal cercano a Stuttgart, a cargo de la seguridad de las esclusas. Se embarcó en el 2012 en barcos de carga, y enseguida se unió a Greenpeace “para contribuir a un cambio de nuestra conciencia del medio ambiente, quiero demostrar que la humanidad puede mejorar. Si usamos los recursos como hasta ahora, el mundo no podrá continuar”.  Ya navegó casi todos los mares: sólo le falta hacerlo en la Antártida. ¿Lo que más le gusta de la navegación? “Estar lejos de las luces de los carteles de las ciudades”. Se queda en su reino de relojes, mapas y pequeños leds que encienden y apagan. Nos contó que en Alemania, a los marinos se les desea “que se rompa el mástil”. Eso le auguramos.

Luisina Vueso, coordinadora de la campaña Protejamos al Mar Argentino.

La pregunta, al embarcar, es ¿por qué vamos hacia la zona llamada Agujero Azul? Quien lo explica es Luisina Vueso, administradora de empresa, con una maestría en Economía del Desarrollo y coordinadora de la campaña Protejamos al Mar Argentino, que en inglés se dio en llamar Wild West Atlantic. “La zona es un caladero, un lugar muy rico en recursos pesqueros, y la particularidad es que está en aguas internacionales, fuera de las 200 millas de jurisdicción argentina, sin ningún tipo de regulación legal, pero, a diferencia del resto del área, donde termina el Mar Argentino, la plataforma submarina, que es relativamente poco profunda, finaliza. Aquí no, continúa. Y sumado a eso, esta región de mar está encajonado entre la corriente fría de las Malvinas y la cálida de Brasil. Las aguas internacionales cubren el 45 por ciento del planeta. Es decir, casi la mitad de nuestro mundo está desprotegido. Allí se concentran flotas que vienen desde el otro lado del mundo sin ningún tipo de control, y saquean. El problema no son los recursos en sí, sino que es tal la intensidad la actividad, utilizan técnicas tan destructivas, que el océano deja de cumplir sus funciones vitales. Y no sólo es un problema para las criaturas marinas, sino también para la vida en la tierra. En marzo del año que viene se firma en la ONU el Tratado Global por los Océanos. Lo que buscamos es que se haga de manera que funcione y sea efectivo. Así que necesitamos que la campaña sea lo más auspicioso posible para que se creen santuarios marinos”.

Allá vamos. 

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