La imperdible columna de Lula Rosenthal sobre el amor vía web: «Mi vida sexual…» – GENTE Online
 

La imperdible columna de Lula Rosenthal sobre el amor vía web: "Mi vida sexual..."

La talentosa cantante, actriz y ahora panelista de Los Mammones se anima a mostrar una faceta distinta de su carrera: a puro humor y en primera persona, escribe sobre una inolvidable experiencia vivida el día que intentó buscar pareja a través de una aplicación.
Lula Rosenthal
Entretenimiento
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Una noche azul, fresca, eterna.
Plena cuarentena y, aunque no es excusa, mi vida amorosa y sexual estaba no sólo por el piso sino mas bien six feet under. Y digo que no es excusa la cuarentena porque en la no cuarentena… básicamente estaba igual.
Okey. Buscando en el bosque, en la ciudad, en el cielo una mirada exorbitante, cosquilluda, con destellito de nosequé. Alguien con quien conectar al momento y, cual película hollywoodense, mirarnos en cámara lenta con esa persona y sentir que algo va a pasar… bueno. No, no venía pasando.
No está de más decir que en el ambiente en el que trabajo somos casi siempre la misma gente y, por decirlo de alguna manera bastante concreta, los muchachos suelen ser en su gran mayoría gays. ¡Oh! La historia de mi vida: enamorarme de mis amigos gays… Pero ese es otro capítulo.
Algo tenía que hacer, alguna acción tenía que tomar y me obligué a caer en el mundo de las aplicaciones de citas y sus catálogos de seres humanos captados por la circunferencia de un radar cercano que nunca entendí muy bien ya que me aparecía gente muy cerca y otra gente en Ingeniero Maschwitz. Yo soy de pleno centro. O sea… no se entiende ese radar, señores. En fin.
Esas aplicaciones me dan la sensación de sentarme en un restaurante y abrir un menú de gente. ¡Es más raro!… pero bueno… mi objetivo era accionar de alguna manera.
Entre cientos de muchachos, apareció uno que tenía nada más que tres fotos: dos de las cuales eran un delirio artístico y retocado, bastante trash, y una en blanco y negro donde se le veía un perfil facial bastante interesante. Le di like. Me dio like. Hicimos “match”. Waw.
Empezamos a hablar y había muchísimo humor de por medio, lo cual me cautivó y me divirtió al instante, así que le dimos rápidamente paso al encuentro en una cervecería que propuse estratégicamente a una cuadra de mi casa: First date.
Llegué temprano, cosa que en mí es rarísimo porque soy impuntual hasta la médula. Estaba ansiosa, un tanto nerviosa y medianamente producida para gustar. No quería estar “ni muy muy ni tan tan”, como quien dice.
Espero un rato y de repente veo que por la puerta del lugar se asoma un muchacho que comienza a cogotear como buscando a alguien. Lo primero que pensé cuando lo vi fue “Ojalá no sea él”. ¿Y a que no saben? Era. Era el mismísimo. El mismísimo Hagrid, de Harry Potter, ¿se ubican? Era el ser menos parecido al de las fotos que vi. Es como si Michael Jackson te hubiese puesto las fotos de sus 12 y aparecía en sus 38. Algo así.

Tenía tan pocas ganas de hacer contacto visual con él que me quedé mirándolo fijamente mientras pensaba en todo esto, entonces me reconoció, me saludó desde allí y comenzó a acercarse lentamente. Yo lo único que veía llegar hacia mí era una imposibilidad muy grande de caretear un festivo y efusivo saludo de bienvenida, y una noche irremontable por venir.
O sea, era Hagrid de verdad. Su cabellera era una especie de Einstein morocho, muy crecido, despeinado y al borde del electroshock; su frente estaba toda transpirada como si hubiese venido corriendo desde Chascomús, y su atuendo era un tanto -por no decir enteramente- desprolijo.
No quiero ser mala, pero soy. Lo único que podía pensar era en como actuar un desmayo o una tragedia familiar en los próximos cinco minutos.
El muchacho finalmente llegó hasta mí, dijo mi nombre apuntándome con los dedos y haciéndose el gracioso. Yo me destildé para comenzar el caretaje.
Comenzamos a caminar. Yo sólo podía apuntar MI MIRADA al suelo para ver si aparecía un pozo gigante en el cual caer para desaparecer de ahí al mejor estilo Mr. Bean.
En un momento el muchacho busca su barbijo y no lo encuentra ni por aquí ni por allí. Cordialmente le sugerí que buscara en donde estábamos, mientras yo volvía sobre nuestros pasos para ver si se había caído en el camino. Me di vuelta y automáticamente que hice tres pasos hacia la puerta del lugar, pensé: “¡Qué buen momento para irme a la mierda!”. Juro que lo pensé en serio… pero no me dio el corazón.

Finalmente encontró su santo barbijo y nos sentamos en una mesita al aire libre. A partir de ese momento simplemente no puedo recordar nada más que él hablando, hablando, hablando y hablando sin parar. Fue literalmente una hora y media del caballero sonando como si no hubiese tenido una conversación con otro ser en diez años. Yo podría  haber sido cualquier persona de este mundo, creo. O una pared. Él no solo cacareaba sin descanso, sino que estaba más nervioso que Messi a punto de tirar el último penal de un mundial. Y a cada segundo transpiraba más. A chorros. Como si tuviera un grifo invisible en la sien.
Por lo poco que recuerdo, posiblemente yo habré hablado (con toda la furia) seis minutos durante la hora y media de conversación. En un momento, harta del hartazgo, me levanté y fui al baño. Cuando entré me miré al espejo y básicamente tuve una charla conmigo de la siguiente índole:
-¿Te querés ir?
-Sí.
-Bueno, te vas. ¿Okey?
-Okey.

Salí del baño rápidamente y metí la excusa más marca Acme que encontré para ir dando por finalizada la situación, pagar y huir. Así que pagamos… bueh… “pagamos”, no. Pagué yo. Sí.
Simplemente me levanté y empecé a caminar urgida. Para colmo, mientras empezamos a transitar una zona un tanto oscura camino a la salida del complejo, siento que él deja de caminar a mi lado y queda detrás. De repente me llama, me doy vuelta y me dice “Vení, vení”. No tardé nada en leer la intención. Así que sólo quería que Zeus me tirara el rayo más violento en la historia de todos los dioses tira rayos habidos y por haber. Lamentablemente no pasó, así que tuve que responder.
-¿Qué pasa? -pregunté con menos onda que pelo de chino.
-¿Te querés bajar el barbijo? -contestó haciéndose el langa, transpirando como el río Paraná.
Hago una detención aquí pues debo confesar que tengo el “no” difícil. Me cuesta mucho frenar ese tipo de situaciones: me paralizo y no me sale decir que no.
-No -sin embargo, me salió.
-Ah… Es que te quería chapar un poco -mandó Hagrid.
Hice una mini pausa, lo miré y…
-Ja ja… -esbocé.
Me di media vuelta y empecé a caminar como si me estuvieran persiguiendo para robarme.
¿Momento incómodo? Por diez mil.
Necesitaba estar en otro país con urgencia.

Cuando llego a la puerta para emprender la despedida, hago ademán de abrir la reja, tuerzo la manija, empujo… vuelvo a empujar… ¡¡¡Cerrada!!!… ¡Peeeero, Dios mío! No lo podía creer. Parecía una cámara oculta. Ese momento sí que fue incómodo pues, para mi suerte, tuvimos que hacer tooooodo el trayecto hacia atrás y volver a pasar por la parte oscura. Si antes caminaba rápido, imagínense ahora. Estaba en una maratón interna inexplicable.
Llegamos a la puerta de salida, que sí estaba abierta de par en par -gracias a los cielos, a Jesús y todos sus apóstoles-. Lo miré, y con toda la amabilidad posible pronuncié unas palabras para amenizar la retirada con gloria, al estilo:
-Perdón, la verdad que estoy con cero energía, estoy un poco en otra… pero vos sos un divino…
Ciertos cánticos de grillos tuvieron su protagonismo como banda sonora del abrazo menos sentido de la historia. Y entonces, por fin, se consumó el adiós.

Moraleja: Nunca más aplicaciones de citas… aunque creo que esta historia da para componer una canción. Y me parece que pronto la van a poder escuchar…

Fotos: Fabián Uset

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