Darío Barassi: «La vida me enseñó a quererme mucho» – GENTE Online
 

Darío Barassi: "La vida me enseñó a quererme mucho"

A corazón abierto, el anfitrión de Cien argentinos dicen (eltrece) repasa las lecciones de su historia con situaciones complejas, pero siempre atravesada y salvada por el humor. Qué aprendió del dolor por las pérdidas de su padre y, años después, de su padrastro. Del estigma de la gordura “que nunca me ha definido”. Del desarraigo y la soledad. De “la patada a un tablero de prejuicios y mandatos” que reveló otras pasiones. Y del amor “inexplicable” junto a Luli y a su hija Emilia: “El equipo al que estaba destinado”.
Entretenimiento
Entretenimiento

El humor salva. Darío Pacheco Barassi (37) está convencido de eso. “Nunca fue un escudo”–-porque no le gusta eludir emociones, crisis ni conflictos–, ni un arma de defensa, sino una herramienta para transitar”,define. “Tengo una vida entera atravesada por el humor”, revela el anfitrión de Cien argentinos dicen (eltrece).

Y se referirá a situaciones complejas de su historia personal que la risa y cierta mirada satírica le ayudaron a surfear: la pérdida de su padre –“a una edad que me dejó pocos recuerdos”–, la del marido de su madre doce años después, la gordura –“que sigue siendo tópico de diván”– el desarraigo de su entrañable San Juan, “los años de remo” por el amor de Luli y la “patada” a un tablero que implicaba mucho más que un cambio de carrera.

Darío Tadeo –que recibió su segundo nombre, al igual que sus dos hermanos mayores (Fernando, 39, quien maneja empresas en México, y Leandro, 41, abogado) de una promesa que su madre, Laura Barassi Farrugia, le hizo a San Judas Tadeo para que nacieran saludables– despidió a su papá a los cuatro años y medio. Fernando Alberto Pacheco falleció por una mala praxis durante una cirugía de rotación de cadera. Doce años después Antonio, el segundo marido de su mamá, fue víctima fatal de un cáncer violento. Hoy, dos décadas –y “tanta terapia”– después del último episodio habla de la capitalización de ese dolor.

–¿Qué aprendiste de esas pérdidas?
–Que soltar y despedirme son dos de las cosas que más me cuestan. Entendí que no todo en la vida es resolver, sino también “vivir con”. Aprendí a vivir con el dolor. Aprendí que tengo una familia hermosa, con una vieja que se la súper bancó. Y que por más humor que pueda hacer sobre mí mismo, siento mucho amor propio. Miro treinta años hacia atrás y me dan ganas de abrazarme. De aplaudirme. De decirme: “Tuviste una vida complicada y de vaivenes, y mirá dónde estás hoy. ¡Bien, gordo, estamos en camino!”.

–¿La orfandad incide de algún modo en tu paternidad?
–¡Qué tema! Hablé mucho de esto con Luli (Gómez Centurión) y con mi terapeuta... Me pasan dos cosas con esas angustias que uno no sabe muy bien dónde acomodarlas. Por un lado extraño mucho a mi viejo, y a Antonio, en este transitar de la paternidad. Por otro pienso: “¡Qué esfuerzo hizo mamá al quedarse sola, con tres hijos, a los treinta y dos años!” ¡Una capa! Y me consuelo sabiendo que estoy descubriendo mi propia versión del ser papá. Soy bastante rebelde, autónomo, y eso me permite explorar con soltura qué padre quiero ser, ajeno a los mandatos o condicionamientos. Y recibo ese aspecto como algo sumamente positivo.

"Que soltar y despedirme son dos de las cosas que más me cuestan. Entendí que no todo en la vida es resolver, sino también “vivir con”. Aprendí a vivir con el dolor".

–A propósito de tu “ser papá”, me desvío una pregunta de esta charla. ¿Por qué censurás la cara de Emilia (un año y medio) en tus publicaciones de redes?
–Porque descubrí que de la puerta de casa hacia adentro me hace muy bien no ser Barassi. No ser Barassi para mi mujer, ni para mi hija ni para la chica que trabaja con nosotros. Si no mantengo viva esa dosis de intimidad, todo lo demás, mi carrera por ejemplo, empezaría a tambalear. Con su año y medio, Emilia se hace entender y sé muy bien cuando no quiere que la filme. Ya tendrá tiempo de decidir por ella misma cuándo y cómo quiere exponerse. La amplificación a niveles inimaginables que puede tener un posteo me asusta: no conozco a los dos millones de personas que me siguen. Pero más allá del riesgo, que esa carita sea para unos pocos me advierte: “Hasta aquí llegamos, esto es sólo nuestro”.

Bisnieto de un intendente de su San Juan natal, sobrino nieto de Alfonsina Storni y nieto de un Graffigna (dueño de las famosas bodegas), Darío creció en el marco de una familia conservadora. “Mamá tuvo cuna, nosotros el coletazo”, bromea. Y da cuenta de una crianza regida por las formas y las pautas de las que intenta fugar.

"Descubrí que de la puerta de casa hacia adentro me hace muy bien no ser Barassi. No ser Barassi para mi mujer, ni para mi hija ni para la chica que trabaja con nosotros".

–La niñez siempre nos predice. ¿Qué tipo de niño fuiste?
–El mismo que soy hoy. Creo que como todo actor rescato y mantengo muy cerca a ese niño que fui, porque actuar no es más que eso. Era muy observador, el parodiador de la familia. Esperaba los cumpleaños y las Navidades para cantar temas de Juan Luis Guerra y de Clericó con Cola, e imitar a mis parientes en mis “shows” de cada reunión. Recién en quinto año me dejaron estudiar teatro (en el Instituto Alemán), porque en casa primero era la escuela, el deporte, inglés, francés y muy luego las actividades artísticas. Fui abanderado, escolta, todo... ¡muy gordo nerd! Siempre, pero siempre, súper divertido. Pero a la vez estructurado y responsable al extremo. Me acuerdo de que en casa a las nueve ya estábamos los tres en piyama. Los grandes bebían una copa, se tomaba una sopa, se comía un principal y a las diez, como tarde, ya dormíamos. Mi abuelo materno, Alfonso (le decían Toto), fue quien nos dio una mano cuando papá murió. Era muy severo con los horarios.

–Hablemos de Alfonso y de sus influencias. ¿Logró suplir la presencia paterna?
–Para nada. Toto fue muy abuelo. Teníamos un vínculo casi de pares: nadábamos juntos, cocinábamos juntos... Nos respetábamos mucho. Era un gordo divino. Llegabas a su casa y te recibía tan italiano: en boxer, la camiseta manchada de tuco, se abría un buen vino y ponía sus óperas al palo. Pero para nosotros era la ley: él aprobaba o desaprobaba las decisiones. Cuando empecé a trabajar en tele (AM, Telefe 2006-2015) me mandaba mails asesorándome sobre lo que estaba bien y lo que no. Una vez, haciendo un sketch, me travestí. Y recibí su: “¿Era necesario?... ¡No te imaginás lo que me divierte!”. En definitiva, yo estaba necesitando eso.

–Siempre fue marca propia el hecho de hacer de tu gordura el blanco de tus chistes. ¿Ese ejercicio fue materia de diván?
–No tengo la típica historia del chico que sufrió sobrepeso. Porque siempre fui alto e hice deportes; entonces, a la hora en que los capitanes de equipo elegían jugadores, la altura me jugaba a favor por sobre la gordura. Y naturalmente –o quizás como un mecanismo de defensa– tuve la capacidad de reírme de eso... ¡Qué boludos me parecían los que se reían de alguien por ser gordo! Era como si me dijesen “alto” o “morocho”. Era mi característica, una cualidad, no mi definición, y es por eso que una burla jamás lograba ofenderme. Mi cuerpo nunca fue limitante, ni para mi vida diaria, ni para lo profesional ni para la intimidad de pareja. La bronca y la culpa, por lo general, suelen aparecer cuando “ser gordo” me aleja de ese papel que quiero ganar. Y debo admitir que desde que soy papá la obesidad es uno de los temas no resueltos de mi vida. Cormillot alguna vez me explicó que al que más le cuesta adelgazar es a quien se “acomoda” o aprende a convivir con la gordura. Y eso hice toda mi vida. Es por eso que también se trata en terapia. Pienso: “Ey, pará, soy papá... Quiero ver crecer y acompañar a mi hija el mayor tiempo posible”. Y ni hablar de cuando jugando con ella a tirarla hacia arriba, al atajarla las rodillas me matan: “Che, esto no está bueno”. Entonces empecé a entrenar, juego al tenis, nado, como sano... ¡Mucho, pero sano! (risas).

–¿En este replanteo de la obesidad en términos de salud consideraste la posibilidad de una cirugía bariátrica?
–Fue el replanteo de la cuarentena y tuve una consulta con un médico para saber de qué se trata. Recurrí a la entrevista porque soy demasiado ambicioso. Corro firme detrás de cada objetivo que me propongo y no alcanzar éste por mí mismo me frustra. Este método sería algo así como “una piña al ego”.

"Cormillot alguna vez me explicó que al que más le cuesta adelgazar es a quien se “acomoda” o aprende a convivir con la gordura. Y eso hice toda mi vida"

–¿Cuántos años de terapia tenés encima?
–(Risas) Desde que murió papá en San Juan. Y desde que llegué a Buenos Aires, a los 20, hasta hoy. ¡Fueron diecisiete años con la misma persona!

–¿Cuál fue el último logro celebrado?
–Que desde hace tiempo estoy conectado con la plenitud, con el disfrute, algo que en mi familia no es materia que muchos hayan aprobado. Aprendí a disfrutar de lo que tengo, de lo que consigo, de lo que me rodea.

En 2003 llegó a Buenos Aires “convencido de que había todo un mundo por conocer” y luego de haberse arrancado la culpa de dejar a una mamá viuda reciente, y por segunda vez. “Ella, que veía mi potencial, tuvo el acto de generosidad más grande que alguien haya tenido conmigo: me alentó a venir a la gran ciudad”, cuenta. Años después recibió su título de abogado con promedio 9.39, lo que le valió un diploma de honor. “Tenía una buena carrera. Del estudio de mi hermano pasé a trabajar como asesor de Legales en el Ministerio de Salud, donde me criticaban por ser demasiado meloso para la redacción de los escritos”, dice. “¡Demasiada dramaturgia! Era muy teatral para contar un caso”. Así fue que –mientras estudiaba teatro– llegó a convertirse en humorista de televisión “de medio tiempo”.

–¿Qué es de la vida de ese amigo al que acompañaste al casting para notero de AM (Telefe) y te quedaste con el puesto?
¡Qué cruel resulta en esos términos! (risas) ¡Y en un medio por el que nunca me había interesado! Seguimos íntimos hasta el día de hoy. Él hizo un carrerón en los medios. Jamás revelaré su nombre para no exponerlo, pero ocupa un cargo ejecutivo en una radio muy importante. Tiene una cabeza que admiro mucho y sé que en algún momento trabajaremos juntos.

–Entonces (en 2013), un viaje a New York volvió a redefinir tu camino. Hablemos de las certezas que trajiste con vos tres meses después.
–¡Recomiendo viajar solo! Me fui por un mes y me quedé tres (ganó una beca de estudio por su labor en ‘Chicos católicos, apostólicos y romanos’). Consumí mucho arte. Tomé clases individuales de canto con Christopher Stephens (reconocido pianista y director musical de Broadway) y de teatro en Red Door (en el mítico West Village, donde alquilaba un departamento). Fue un golpe de crecimiento a lo loco, un hecho bisagra en mi vida. Trasformador. Me redefinió a nivel personal. Pasé días de angustia. De repente me sentaba en un rincón de Times Square, o en un bar cualquiera, y lloraba... Estuve frente a frente con la soledad y todos sus fantasmas, buscando las respuestas a “¿quién quiero ser, qué quiero ser?”. Después de ese sacudón aprendí que la abogacía no iba más. Pero tampoco el notero o el periodismo. Y que definitivamente quería casarme con Luli (lo concretó en 2015, tras cinco años de noviazgo).

–Alguna vez, y respecto de lo que te costó el amor de Luli (o Nani, como se llaman ambos en la intimidad), te escuché decir: “Tuve que remar setenta años”. Seguramente tendrás un relato gracioso sobre cómo llegó ese primer beso entre los dos.
–¡Gracioso para vos, agotador para mí...! (risas). Nos conocimos en San Juan cuando teníamos dieciséis años. Y como todo pajuerano, al llegar a la gran capital hicimos grupo de pertenencia, porque la ciudad nos resultaba inmensa. Así fuimos haciendo un vínculo, porque éramos los únicos que íbamos al teatro, veíamos de todo y nos metíamos hasta en el Colón por dos mangos. A mí me explotaba la cabeza... Todo ese camino enriquecedor lo hice con ella. Me hacía la gamba, porque a mis amigos “conservas” todo ese trip les importaba cero. Juntos descubrimos otra Baires. Estuve hasta las manos desde el día uno. Una noche fuimos a un bar con pool en la calle Arenales y nos bajamos treinta clericós, porque yo necesitaba informarle lo que sentía... pero no había forma de hacerlo en sobriedad (risas). Entonces nos dijimos: “Tengo que contarte algo”. ¡Epa! Y al mismo tiempo, en el momento en que yo suelto el “¡me gustás!”, ella dispara: “¡Volví con mi ex!”. Uf... A partir de ahí todo fue tan engorroso que se nos complicó la convivencia. Tiempo después nos reencontramos en Mar del Plata, ella ya separada, y se dio algo raro, como muy físico, mientras tomábamos sol. Los deditos empezaron a entrecruzarse, caminamos por la playa y nos dimos un par de besos. Pero la primera cita formal fue en un restaurante de Palermo, un 14 de febrero. No me animaba a besarla. Entonces fuimos a su casa a “ver una peli”... No tenía aire acondicionado y pegado a un turbo al borde de la deshidratación, le salté encima: “¡Vamos para adelante!”.

“Tenía una buena carrera. Del estudio de mi hermano pasé a trabajar como asesor de Legales en el Ministerio de Salud, donde me criticaban por ser demasiado meloso para la redacción de los escritos”

Se rotula un tipo muy seductor y para hacerlo se respalda en su arma de batalla: “La seguridad que supe construir, lejos de las posturas y el discurso aprendido. Porque la gente tan bien plantada en la vida como yo siempre resulta seductora. Es así... ¡Confianza mata tetitas!” (risas). Es entonces que, con cierto orgullo, se adhiere otra etiqueta: “Soy grasa y muy cursi para el amor”.

–¿Qué ejemplo de la diaria lo demostraría?
–En un desayuno puedo hacerle a mi mujer una tostada con un huevo en forma de corazón. O estando en casa mandarle varios “te amo mucho”a su teléfono... ¡aunque a esta altura ya me “clave el visto”! (risas).

Un amor que lo desborda por todos lados. Cuando piensa en Luli dice volverse loco. No sólo “por haber sido ella la respuesta a todas mis dudas existenciales, o compañera de evolución, o testigo y partícipe de todas mis primeras veces, sino porque caí que seremos eternos. ¿Hasta aquí qué teníamos? ¿Un auto? ¿Un depto compartido? Ahora formamos a una persona juntos que tiene mi boca y su nariz... ¿Entendés lo que significa? ¡Me explota el cuerpo!”.

–¿Qué aprendiste del amor en tantos años?
–Que para poder ejercerlo hacia los demás es vital tener las cuotas del amor propio al día, bien saldadas. Si no, se entra fácil en el terreno del “él me salvó” o el “sin ella no puedo”, que no me gusta ni un poco. Yo me siento feliz con el “somos autosuficientes y juntos nos potenciamos”.

En tanto, del amor propio la charla toma curso hacia la vanidad. Mientras prepara su segundo gin tonic, Darío reconoce su dedicación para estar “impecable, siempre limpio y perfumado”. Reconoce que si tuviese algo más de tiempo libre militaría por la Ley de Talles, a la que apoyó en su momento, porque como dice: “Este país no es muy amable a la hora de vestir gordos”. Y entonces advierte una habilidad: “Siempre encuentro ese detalle que levanta cada outfit. Le pongo garra. He ido al Once a buscar ‘la remera que me entre’ para luego intervenirla con alguna gráfica que me divierta”. Y no escatima en rituales: “Por las noches la hidratante, la cremita para los codos... Y tengo algo muy fuerte con el tema ‘pelos que están donde no deben’. Voy a un lugar donde me quitan una diagonal muy rara de pelos que me salen en la espalda. Te aseguro que si me ves en bolas en una pileta, con el universo de otras tantas cosas que hay para ponerles atención, sé que ni la verías... ¡pero a mí me obsesiona!” (risas).

–Tengo ciertas sospechas de que ésa no es tu única obsesión. ¿Qué tan maniático sos en otros aspectos de la vida?
–¡Soy un asco! (risas) Un estructurado fatal. Mi vida entera es un cronograma. Debo sentir que todo está limpio, ordenado y previsto. ¡Sobre todo previsto! Detesto las sorpresas. Si no espero visitas y cae algún amigo o familiar sin avisar, no le abro. Lo he hecho varias veces. Miro por el visor y me hago el que no estoy. ¡¿Qué hacés acá?!... ¡Te vas! Me desquicia la improvisación. Para que te des una idea, en casa toda actividad financiera está plasmada en una planilla de Excel: verde oscuro para los gastos, verde claro para los casi ingresos, anaranjado para los dudosos y rojo para los que hay que ir a meter bomba. Y soy el dueño de la despensa. El único responsable de mantenerla perfectamente abastecida. Repongo cada latita que sale y todo está perfectamente rotulado. ¡Sí, soy un denso!

"Me desquicia la improvisación. Para que te des una idea, en casa toda actividad financiera está plasmada en una planilla de Excel"

–Humor e imagen no es poco. ¿Pero qué otros talentos aún no conocemos?
–Tengo uno innegable: soy un animal haciendo burbujas. Pero con mucha técnica, eh... Cuando las hago con mi hija se para el barrio. Siempre tengo el burbujero listo al lado de la parrilla.

Le gusta cantar. Pero advierte: “Me cuesta hacerlo en público. A diferencia de lo que me pasa con mi actor, no creo en mi cantante”. Y uno no hace más que recordar al genio que interpretó en Aladín, será genial. Sin embargo, los elogios parecen no convencerlo. “¡Salvo que me digan que traen ‘The book of mormon’ (uno de los musicales neoyorquinos suceso de los últimos tiempos) y me vuelvo loco! De cabeza al escenario...”, dispara. “Los formatos de canto me fascinan, tipo ‘La voz’, por ejemplo. Y desearía saber mucho de la industria para poder ser jurado”. Además escribe. “Tengo algunas cositas como un personaje que construimos con Saborido, y al que ojalá algún día pueda ponerle el cuerpo. Y trabajo en algún que otro texto para sugerir en Boxfish (productora de su ciclo ‘Cien argentinos dicen’).

–Entrevistás. Hacés humor. Actuás. Y ahora conducís. Sabiéndote ambicioso, ¿qué sigue en tu lista de desafíos?
–Siempre estoy dispuesto a desafiarme, a provocarme el riesgo, a colocarme en un sitio incómodo. Creo que aún (N.d.R: Teniendo en cuenta su participación en “Post mortem”) no se ha revelado parte de mi potencial en la actuación. No reniego del humor, porque es la línea de mi vida y, tal vez, lo más difícil de lograr. Pero quisiera exponerme con mayor versatilidad: en un dramón del Cervantes o como villano de algún thriller. Creo que ésa es mi asignatura pendiente.

"En lo personal sé que estuve destinado a formar equipo con mi mujer y con mi hija, a quienes creo que conozco de muchas más vidas. Estoy convencido: vinimos a estar juntos"

–¿Y tu misión?
–Podría decirte “el éxito”. Y debería aclararte qué es para mí: ser quien quiero y estar con quienes quiero. El éxito es sentirme pleno. Porque como he dicho, la plenitud es mi objetivo más reciente. En lo personal sé que estuve destinado a formar equipo con mi mujer y con mi hija, a quienes creo que conozco de muchas más vidas. Estoy convencido: vinimos a estar juntos. Y como vivir es complicado, como profesional llegué con humildad a ser funcional a la risa, a entretener y, por ende, a alivianar. Me alientan los mensajes de la gente, tantas historias, tantas situaciones, tantas palabras... Es muy grato. ¡Vamos a cagarnos de risa! 

¡MIRÁ MÁS FOTOS DE LA HERMOSA PRODUCCIÓN CON DARÍO!

Fotografía: Christian Beliera. Estilismo: Mariano Caprarola. Producción equipo Caprarola: Sofia Esther Ortiz. Agradecimientos: New Balance @newbalance, Giorgio Redaelli @gredaelli, Big & Tall Buenos Aires @bigandtallbuenosaires y Florencia Pazos.

Más información en gente.com.ar

Vínculo copiado al portapapeles.

3/9

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipisicing elit.

Ant Sig