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Soledad Fandiño: “Traté de que la nueva normalidad sea una reinvención desde adentro”

Soledad Fandiño: “Traté de que la nueva normalidad sea una reinvención desde adentro”

Karina Noriega

“Más honesta que nunca”, la conductora de Santo sábado (América, junto a Guillermo “el Pelado” López) revela cómo fue padecer la cuarentena tras la muerte de su padre –víctima de un cáncer con el que luchó un año–, “hacer un duelo tardío” y “permitirme ser vulnerable”. Además desanda su miedo a la soledad, cuenta cómo es criar sola a Milo (“mi gran compañero”, fruto de su relación con el ex Calle 13, Residente –42–) y lo impulsiva que es en el amor: “No me va la histeria, es ahora o nunca”.

La honestidad es su carta más difícil. No porque la mendigue o valgan los guiños para despistar. Sino porque, como cuenta, hace falta descubrirse en lo más profundo, aceptarse, bancar las derrotas, atravesar el dolor y, por sobre todo, dejar que se nos caiga la estantería emocional. Sobre todo, esos mecanismos de defensa que por momentos parece que nos protegen y nos mantienen a raya de sufrir, pero que Soledad Fandiño (38) detectó muy bien y trabajó para derribar. De la cuarentena dirá que es un agitado carrusel de sentimientos y que con la dura muerte de su padre –quien falleció de cáncer–, pérdida que procesó bastante más tarde, “aprendí a permitirme ser vulnerable”. En una charla casi de diván, la modelo, mamá de Milo (5, fruto de su relación con el ex Calle 13, Residente –42–), cocinera “por necesidad” y conductora de Santo sábado (América), desanda sus miedos, cómo es criar sola y lo impulsiva que es en el amor: “A veces me pregunto por qué dije ‘esto’ si no había feedback del otro lado, pero para mí es ahora o… ahora”. “En lo que me gusta, me meto de lleno”, vale para recibirse de cocinera, encarar a alguien que la atrae o hasta comentarle algo sobre un sentimiento a una vieja pareja. Para Soledad no hay tibieza posible: prefiere estrellarse que quedar dudando.

–Imagino que todos tus conocimientos en la cocina y haberte recibido de chef fueron más que útiles en cuarentena.

–Tal cual. No sabés cuándo te podés encontrar criando sola y encerrada, sin poder salir a hacer las compras en una pandemia (risas). Lo bueno de haber aprendido es que Milo come muy variado y prueba todo lo que le doy. Hasta ahora come brócoli, siempre disfrazado de arbolito, y su desayuno favorito es a la americana, con avena, manzana y mascabo, que se siente muy gratificante y me pide siempre.

–Hablando de haber estado encerrada con Milo, ¿cómo canalizaste la ansiedad?

–No puedo estar quieta, imaginate. Hice otro curso de nutrición integral, también en inglés. Está muy asociado a lo espiritual, los vínculos y el deporte, que va todo junto. Si tenés la dieta perfecta y el resto está mal, hay que balancear. Es muy importante cómo uno se cuida.

–Volvamos a seis meses atrás. ¿Cómo fue tu verano pre-pandemia?

–Pasé mis vacaciones acá y, cuando Milo se fue a Puerto Rico a pasar las suyas con René, me escapé unos días a Pinamar con amigos. Pero la mayor parte del verano me dediqué a estar con mi papá, que estaba internado desde hacía mucho tiempo. En junio del año pasado había hecho un casting que ya daba por perdido, pero resulta que de la nada me llaman de Telemundo, en Miami, para hacer la versión de 100 días para enamorarse, que allá se llamaba 100 días para enamorarnos. Mi papá empeoró y nos despedimos. Fue la semana más triste de mi vida.

–¿Cuál fue el proceso que atravesó?

–Hacía un año que estaba con cáncer, muy mal, pobre. Sólo quedaba acompañarlo: mi foco estuvo ahí y es lo único que hice. Siento que su muerte me preparó para todo lo que vino después y me hizo fuerte para atravesar esta cuarentena.

–¿Cómo te afectó su pérdida y cómo fue ese duelo?

–Hoy le explico a Milo que hay que aceptar que uno puede estar triste. Yo por muchos años escondí tristeza y sentimientos. Creé una coraza adonde nadie llega. Siempre sentí que tenía que ser fuerte. Veía la vulnerabilidad como una debilidad. Cuando la pandemia me obligó a parar, me sirvió para enfrentar esas cosas.

–¿Fue difícil derribar esa coraza?

–Mi familia siempre me preparó para ser una mujer libre, que no tenés que depender para poder cumplir tus sueños, que podés aceptar desafíos difíciles y equivocarte y aprender de tus errores. A mí me costaba reconocer ayuda o que necesitaba la compañía de alguien. En Nueva York me volví muy solitaria, sin familia y sin amigos. Y está bueno reconocer que si seguís con esa coraza –que no le permite llegar a nadie–, podés quedarte solo y perderte de vivir vínculos intensos con la gente. Ahora lo acepté y me permitió ser re honesta. Hoy seguramente te hubiera hablado con un libreto estudiado, de “lo privado es lo privado”.

–¿En qué cosas “bajaste la guardia” y te permitiste ser vulnerable?

–Desde aceptar que estoy acá, en mi departamento en Capital, donde sólo veo el sol en el balconcito, a dejar de bloquear la muerte de mi papá. Porque él falleció y me fui directamente a Miami a filmar diez capítulos a Telemundo, con un personaje que tenía muchas escenas con el protagonista. Dejé lo que me pasaba, fresco, en una cajita, para verlo luego. Estaba en piloto automático, de maquillaje a estudiar guiones, los sets y por la noche tomar lecciones de neutro. Me acuerdo de que mi familia, a la que no pude ver todavía, me preguntaba: “¿No les dijiste que viajaste el mismo día que había fallecido tu papá?”. Y yo no quería sentir más dolor y fui práctica…

–¿Cómo te despediste de tu padre?

–Hablamos de cosas que no habíamos hablado en toda la vida. Mis papás ya estaban divorciados y me uní más a ellos cuando volví de Estados Unidos. Lo que mejor hice es pasar todos los días con mi papá. Destaco mucho su fuerza: todos los días decía que era un día más para compartir, y yo no entendía. Porque pensaba: “Él sabe que no hay nada más que hacer”. Pero él quería seguir luchando y estar con nosotros(se quiebra).

–¿Y cómo fue tu odisea de regreso a Buenos Aires, ya con pandemia?

–Yo vuelvo acá pensando en cómo organizarme sola con la vuelta a clases de Milo, para luego regresar a terminar de grabar… y me agarra la cuarentena. De repente me encontré con mi realidad: no había visto a mi familia y a mis amigos después de lo que había pasado y tuve que criar sola en estas circunstancias.

–La gente no percibe lo dificultoso que es criar sin ayuda.

–Exacto. Más para las que no tenemos una señora en casa. Fue una gran dificultad y no sabía cómo manejarlo. Me encontré con la necesidad de pedir ayuda, entender que no podía todo sola, permitirme que una amiga me venga a dejar una bolsa del super, por ejemplo. Y ahí, en el encierro, hice el duelo. Empecé a ver todo lo que me estaba pasando. Milo me preguntaba: “¿Por qué estás llorando, mamá?”. Y yo ahí, diciéndole que está bien llorar, y extrañar, y sentir.

–¿Te apoyaste en terapia?

–Sí. Por suerte hago hace años y nunca abandoné. Era muy importante tener sesiones en cuarentena y es necesario tocar este tema hoy, acá. Yo sé que hay gente que lo pasa mal en serio, con temas económicos y una realidad muy dura pero, desde lo personal, traté de que la nueva normalidad sea una reinvención desde adentro. Salir diferente de esta situación.

–Hace un ratito hablabas del miedo a los vínculos.

–Es algo que me cuesta mucho. Era de las que cuando se profundizaba algo, ya ponía trabas. Siempre por miedo a la pérdida y para evitar sufrir. No quería ver que algo se va y se pierde. Y a la vez yo siempre tuve una mirada del amor bastante infantil, de creer que el amor puede ser para toda la vida. Que podés formar una familia y luchar para seguir juntos.

–¿Cómo viviste la ruptura con René?

–Con practicidad: pasó esto y veo cómo se resuelve. Como estaba mi hijo la cosa fue salir adelante, meter todo en una cajita y tener que trabajar para brindarle lo mejor a él. Todo lo que pensaba era darle bienestar. Lo otro se terminó y prefería no hablar mucho de eso. Hasta que te das cuenta de que hay heridas con lo que pasó, con las ilusiones, con lo que uno no dijo… Pero trabajé en mi ilusión de niña, que hoy se transformó. Por eso empecé a dejar de creer en el amor y a alejarme, por miedo a que me rompan el corazón.

–¿Y hoy sí creés en el amor?

–Siento que la soledad, la pérdida de mi papá y la cuarentena me enseñaron que creo en el amor más que antes. Hoy lo veo desde otro lugar. Creo en profundizar los vínculos y en cuidar al otro y ser cuidado. Algo más desde el respeto y el compartir. Y que pase lo que tenga que pasar…

–Hablando de tu programa, Santo sábado, ¿qué tan santa y qué tan demonio?

–Yo siempre digo que la vida es un balance: ni tan santa ni tan mala. Depende de cómo me agarres. Para defenderme no puedo con mi genio. Siempre me dicen que maneje la ansiedad o trate de decir las cosas de otra manera, pero para mí es imposible. Al tercer mensaje ya no aguanto más y digo cosas como: “¿Qué querés decir con esto?”. Es algo que no soporto.

–¿Cómo te llevás con la histeria del otro?

–A mí no me sale no contestar o tardar un poco. No lo soporto y no me gusta hacérselo al otro. Pero bueno, tengo el no filtro, algo que tengo que medir, porque soy muy extrema. Tanto puedo ser muy paciente como decir “bueno, ya está, decidí ya” poniéndole el límite al otro.

–¿Te enganchaste en alguna situación virtual? ¿Sexting?

–¡Nada de eso en mi vida! Soy cero de mandar una foto, y tampoco me pasó que me enviaran. Siempre estoy pensando en que se van a robar el teléfono del otro, siempre pensando lo peor.

–¿No te gusta nadie?

–No es que esté cerrada al amor, pero no hay nadie que me guste. Bueno, tal vez sí… Hubo algo que me hubiera gustado que se diera, pero de la otra parte no sucedió. No estábamos en la misma sintonía. Soy una loser, toda una triunfadora de la cuarentena (risas).

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–¿Sos demasiado selectiva?

–Mis amigas me dicen que me abra, pero bueno, me cuesta conocer gente nueva. Además, toda mi vida formalicé las relaciones y estuve mucho tiempo. Si estuviera buscando, podría encontrar, pero no estoy en la búsqueda. Mientras se imaginan que estoy haciendo sexting, yo estoy en piyama estudiando guiones como una obsesiva o reviendo el programa para mejorar punto por punto.

–¿Qué te atrae de alguien para tener algo?

–Sentir admiración. Que puede pasar por muchos lugares, desde cómo es en el trabajo a la forma de pensar y el modo con el que se vincula con la gente. Cuando te enamorás, siempre pensás que es único y diferente a los demás. Tiene que pasar eso de ver algo que no viste en alguien antes y que no pasa por lo físico, algo que dura muy poco. Y soy muy de fijarme en que se dejen cuidar y que me cuiden, y por supuesto que me respeten.

–¿Y es mejor que no sea artista?

–Me pasa más por otro lado. Mientras haya pasión en lo que hace, que sepa lo que quiere de la vida y que tenga la seguridad de querer estar conmigo. Justamente lo contrario del histérico: conmigo querés o no querés estar. No puedo lidiar con esas cosas… Es más fuerte que yo. Por eso es importante valorarse una y saber decir: “Esto es lo que no quiero”. Por ejemplo, cuando detectás que están jugando o no te sentís respetada. Si tengo que pedir que me den bola o que me contesten, seré para otra persona. No es remarla hasta que funcione, pero si fluye, vamos.

–No sos de dudar.

–No me quiero quedar con el “¿qué hubiera pasado si…?”. Hay que tener el valor de hablar con esa persona y decir lo que sientas. Obvio que siendo tan vulnerable después no me va bien. Me expongo y he pasado por situaciones incómodas, de preguntarme: “¿Por qué dije esto si no había feedback?”. Aceptar cuesta. Del enojo a entender, y de entender al enojo de nuevo.

–¿Siempre has sido impulsiva, de decir lo que sentís?

–Yo me equivoco por impulsiva. Hay amigos que me dicen: “¿Es necesario pedir perdón después de tanto tiempo?”. Y la verdad, si hay algo que estoy sintiendo, lo voy a comunicar. Hace mucho, cuando tenía que tomar una decisión, me preguntaron: “¿En cinco años te arrepentirías de no haber ido?”. Respondí que sí y esa decisión me cambió la vida.

–¿Fue conocer a René?

–Sí, fue decidir aceptar una primera salida. Las cosas lindas las recuerdo siempre. Es el papá de mi hijo y hay de todo, cosas lindas y otras no tanto. Pero lo recuerdo bien y feliz.

–¿Cómo se llevan hoy?

–Como cualquier pareja separada, algunos días bien y otros no tan bien. Los dos pensamos lo mejor para Milo y alentamos la comunicación entre las familias. Por ejemplo, compartimos los cumpleaños y no queremos perder los vínculos y estar unidos.

–¿Cómo es la relación a distancia de Milo con su padre? ¿Qué cosas disfrutan?

–Milo tiene una gran conexión con el padre. Se comunican por Skype y se ven por cámara. Juegan mucho a los juegos de Nintendo, que yo no entiendo nada y es un golazo. Son muy apasionados compartiendo eso. “Te dejé un mensaje en la cueva”, le dice el padre. Y mientras ellos juegan yo tomo un poco de tiempo para mí. Milo sabe lo que está pasando y el hecho de que sus familiares de Puerto Rico se hayan conectado para saludarlo por su cumpleaños desde sus casas lo ayuda a entender la distancia. Mi hijo fue mi gran compañero en esta cuarentena, el que más me enseñó a tener una sonrisa todo el tiempo y a no desesperar.

Fotos: Chris Beliera.

Stylist: Carito Rossello. Make up: Irene Arcieri. Hair: Cristina Cagnina para Cerini. Agradecemos a María Gorof, Valdez y Meme Fallone.

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