Santiago del Moro: “Jamás me perdonaría dejar de ser yo mismo” – GENTE Online
 

Santiago del Moro: “Jamás me perdonaría dejar de ser yo mismo”

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A días de su debut como anfitrión de MasterChef Celebrity (Telefe) comparte la experiencia de haber atravesado el Covid en familia: “Esta enfermedad vino a poner sobre la mesa lo importante de la vida”. Revela por qué preserva su intimidad. Cómo María, su mujer –“amante y compañera”– mantiene sus pies sobre la tierra. Por qué no cree en el matrimonio. Cómo educa a sus hijas, Catalina y Amanda, y los planes de volver a ser papá: “Ojalá sea pronto”.

Ceba el mate que acompañará esta charla de sábado poniendo pausa al cronómetro que –desde hace dos semanas– rige sus días entre la radio –El club del Moro, La 100– y las grabaciones de MasterChef Celebrity. El mismo que sacudió sus últimas horas del aislamiento familiar que le valió el Covid-19 –“que sabía que tarde o temprano llegaría”–, tópico que se instalará entre los primeros sorbos con reflexiones. “Enterarte de que lo tenés es horrible y mucho más si sos papá, porque es inevitable pensar en tus hijas y en qué pasará si todo se complica”, cuenta Santiago Pascual del Moro (42). Y aunque dice sólo haber registrado “cansancio físico” en ese tránsito, mide cualquier expresión que minimice los efectos de este virus, “por respeto”, porque “esta enfermedad no es joda”.

–Una experiencia que no debe pasar por el costado...

–... Ni a mí ni a la Humanidad. El Covid vino a poner sobre la mesa lo importante de la vida. Cuando uno tiene las necesidades básicas cubiertas, lo fundamental de la existencia está ligado a los afectos. Y hablo de lo más simple: comer con un amigo, abrazar a tus viejos que hace meses que no veo. A mí me enseñó mucho.

–Y eso que siempre fuiste un tipo que no perdió de vista qué es la vida realmente...

–Desde mis comienzos. Mi “popularidad”, entre comillas, siempre estuvo relacionada con lo que hago. No necesité otra exposición, como la personal o la familiar. No reniego de la gente que lo hace, pero a mí no me salió. O tal vez tenga una vida demasiado lineal como para interesarles a las revistas. Siempre me ha costado ese aspecto de esta profesión...

–¿Analizaste por qué?

–Creo que se debe a que desde mi debut en MuchMusic nunca dejé de tener un micrófono encendido durante muchas horas, y todo lo que he tenido para contar lo hice en primera persona. Siempre me ocupé de que la popularidad, la fama o el medio no me comiesen la cabeza ni dejar de ser reconocible por quienes saben quién soy realmente. Así como desde chico supe que éste sería mi camino, también estuve consciente de los peligros que conlleva. Es como cualquier otro trabajo, sí. Pero aquí estamos sobreexpuestos a la caricia y a la cachetada, y todo viene a la vez. Nos puede ir muy bien o muy mal, pero yo no quería que eso modificara lo que era, lo que soy.

–Un gran ejercicio.

–Todo este tiempo he trabajado para que mi felicidad no dependiese de la mirada del otro, de un tercero. Si un mensaje es positivo o negativo, no dejo de ser el mismo que se levanta a tal hora y hace lo que debe. Toda la ansiedad que me gana a nivel personal trato de no volcarla en el plano laboral, y eso me llevó a dar pasos lentos pero sólidos, hablando de frente y siempre mirando hacia adelante. Esta filosofía personal me permitió tener una vida tranquila, en la que administro mi energía, enfocándola en el trabajo. Es lo que me apasiona. Siempre seguí mis instintos y he hecho lo que he querido, lo que me gusta, y hoy, en este contexto, es demasiado. Por eso soy una persona medianamente feliz.

–¿Cuántos años de terapia tenés encima?

–(Se ríe) Jamás hice terapia. Y es el chiste con Guido (Kaczka, 42). Somos muy amigos y siempre decimos: “Somos dos tipos muy similares, pero uno con mucho diván y otro con cero”. Yo no creo en la terapia. Al menos no creo haberla necesitado nunca. Y mirá que mi mujer es psicopedagoga, tengo amigos psicólogos y otros tantos “adictos” al análisis... Todo lo que en la vida me ha perturbado o angustiado lo he resuelto con el diálogo, con herramientas propias.

–¿A qué televisión volvés con este desafío? (su última gran apuesta de formato internacional fue “¿Quién quiere ser millonario?”, en 2019)

–Hace poco me pidieron una crítica respecto de la televisión actual. Yo creo que en este momento no podría ni siquiera intentarlo. Porque, al menos en los rubros artísticos, trabajamos en situación de crisis. Lo que estamos atravesando es una guerra. Una guerra invisible. Está todo el mundo tratando de adaptarse a hacer lo mejor que se puede, con lo que se tiene al alcance. No hay día que no reivindique a mis compañeros por el esfuerzo que están haciendo por sacar hoy un programa al aire con tantos inconvenientes: los protocolos, los costos, la pauta publicitaria cada vez más chica... Hoy, hacer en Argentina un programa de factura internacional –porque es uno de los formatos más importantes del mundo– y con ese nivel, es un sueño. Casi inexplicable. Porque lo que verán tiene la calidad de los mejores shows del planeta. Es avasallante lo que se vive a nivel emoción, por el producto logrado. Y en este contexto es doblemente gratificante.

Santiago cree en el destino. “En enero tuve una reunión en Telefe con Darío Turovelzky (SVP Global Content ViacomCBS) por Trato hecho, el ciclo que comencé a grabar con vistas de salir al aire en marzo”, relata. “Charlando, me comentó que tenía MasterChef Celebrity en carpeta. Soy fanático del formato y seguidor de Gordon Ramsay (52) –el chef escocés anfitrión de la versión americana del ciclo–, tanto que hasta he ido a algunos de sus restaurantes. Y en casa siempre que cenamos, con mi familia miramos realities de gastronomía”, revela. “Entonces, al salir, mientras regresaba a casa, llamé a Darío y le dije: ‘Mirá, me encantaría conducir MasterChef’. Me respondió: ‘Pero vas a tener demasiado con Trato hecho...’. Finalmente, la pandemia frenó ese primer proyecto. Es así que me quedé con el show. Tenía que ser así”, asegura.

–A modo de propósito personal, como alguna vez dijiste, imprimiste tu huella personal en ¿Quién quiere ser millonario? Convertiste el formato de quince preguntas en una competencia donde las historias de vida pesaban más que el conocimiento.

–Inventé los episodios de dos horas diarias (bromea). Nació de la necesidad. Sentí que si no le ponía mi conocimiento, mi background, si no me apropiaba del ciclo, nos quedábamos sin programa. ¡Y venían ejecutivos de otras partes del mundo a ver “el nuevo” ¿Quién quiere ser millonario?...!

–¿Qué te propusiste para MasterChef Celebrity (desde el 5 de octubre, de lunes a viernes a las 22:30, y gala de eliminación los domingos a las 22, por Telefe)?

–Potenciar la acción de cada participante, convertirlos en personajes, enhebrar esas situaciones entre ellos y el jurado en un gran show. La gente tiene que comprar a los concursantes, enamorarse de ellos, identificarse. Tengo que llevar a otro nivel el mejor programa de cocina del mundo, el padre de todos los formatos culinarios. Debo ser orgánico, visceral, descubrir el costado más humano.

Bake off fue un gran indicador del interés popular. ¿Por qué nos seduce tanto la gastronomía?

–Yo creo que es porque, en pandemia, la gente volvió a la cocina y la redescubrió casi como una terapia. La cocina es mucho más que comer rico: es cultura, idiosincrasia, folklore... Es tu historia, tu infancia. Estamos atravesados por la gastronomía, sin importar dónde naciste ni la edad que tengas.

–¿Qué sabores atravesaron tu historia?

–Los más simples: las harinas, los tomates frescos, la carne... Los recursos más básicos que nuestros antepasados inmigrantes debieron fusionar, maximizar. La cocina que más me gusta es la de la simpleza absoluta. Tengo un papá que siempre cocinó muy bien, Mary, una vecina que preparaba las milanesas más ricas del mundo, la tía Angelita, autora de una torta marmolada increíble... Esos sabores hoy son para mí viajes a mi historia, a mi pueblo (Tres Algarrobos, 3.200 habitantes, partido de Carlos Tejedor, Buenos Aires), el asado en casa, el olor a pasta y al tuco burbujeante de la cocina de mi abuela, los ñoquis sobre esa mesa de madera que hoy tengo en mi propia casa. La gastronomía siempre será, para todos, una compañera eterna. Es imposible no asociarla a la memoria.

–¿Tenés recetario propio?

–Como buen estudiante llegado del interior (se instaló en Buenos Aires a los 17 años) aprendí a cocinar a los ponchazos, con maña, ingenio. Por eso hoy puedo cocinar para quien sea con lo que encuentro por ahí, en diez minutos y rico. Siempre salado, claro... Dulce no sé hacer nada (risas). ¡Y no me gusta lavar los platos!

–Hoy sos uno de los grandes referentes de la conducción de tu generación, y el más escuchado en la radio. Un presente que suele poner de manifiesto indicios provenientes de la infancia. Ya que estamos hablando de viajes, ¿cuánta decisión hubo respecto de este camino?

–Sin pasión no hay nada. Y yo soy un apasionado, a veces desmedidamente. Siento esa cuestión química, como buen animal de radio y televisión. Yo entro a un estudio y tengo una mirada 360º de todo lo que pasa: sé en un instante cómo está seteada la luz, la puesta de cámara, cómo está el retorno y qué lleva puesto el productor. Tengo el poder del juego y un control total de la situación. Y estoy convencido de que uno nace con ese fuego interno que nos moviliza. Fui un pibe que nació en un pueblo hermoso, que a los once años ya estaba haciendo radio, desde que me llevaron a conocer la emisora local. Me gustaba ir al campo con mi viejo, pero también me fascinaba estar por la tarde cuando limpiaban el boliche bailable de mi tío, a la hora en que probaban las luces, los flashes, el sonido. O me la pasaba frente a la tele y pedía que alguien me trajese de algún shopping los calzoncillos y la gorra de Jugate conmigo. Siempre tuve esa mezcla entre campo y ciudad. Siempre me sentí un ciudadano del mundo. Es innata en mí esta cosa de la comunicación y el medio. Hasta que me vine a estudiar a Buenos Aires hacía radio de lunes a viernes, con mis primos, en una FM –la Corsario– que el hijo de un médico había instalado en un frustrado criadero de chinchillas. Y ni te cuento la vez que una vecina me comentó algo que yo había dicho en el programa... ¡Me volví loco! Tomé noción del poder que significaba.

–Esa pasión, a veces “desmedida”, ¿te ha jugado en contra?

–Una sola vez me replanteé el exceso de responsabilidad. Fue durante la inundación de 2013. Iba a ser papá pronto y trabajaba, trabajaba, trabajaba, por el mandato de “si sos padre debés tener casa propia”. Hacía radio a la mañana, Infama por la tarde y la versión nocturna. Ese día dejé mi auto cerca de Juan B. Justo, porque no se podía avanzar más. Mi productor me llamó: “Tranqui, no te arriesgues, ponemos a otro que conduzca”. Y le dije: “No, no... ¡llego bien!”. Minutos después me vi cruzando la avenida, sosteniendo mi bolso sobre la cabeza y con el agua por el pecho. Pensé: “¡¿Qué estoy haciendo?! Voy a ser papá y en cualquier momento puedo caerme en un pozo, o electrocutarme...”. La fuerza, la pasión, a veces ciegan.

–Retomando tu entusiasmo de los tiempos de Tres Algarrobos: si tu camino ya estaba totalmente definido, ¿por qué viniste a la Capital para estudiar Comercio Exterior?

–Mi viejo trabajó siempre para darnos estudio. Y fue mandato familiar. Me metí en esa carrera como pudo haber sido en cualquier otra. Hasta que un día dije: “No va más”. Era buen estudiante, pero pateé el tablero cuando empecé a buscar trabajo. Y así llegué a MuchMusic como un “busca” cualquiera, sin ningún tipo de contacto, con desfachatez y sin el acceso que hoy dan las redes –ahora, cada uno puede tener su propio “medio” para llegar al mundo–. Aunque creo que la profesión es la diferencia y cada ámbito tiene sus referentes válidos, su magia, su código.

–Desde entonces, vivir al margen de la popularidad fue tu marca personal. No hay registro de excesos, escándalos ni sobreexposición en tu historial mediático. ¿Ha sido un talento o una elección?

–Como buen referente de un chico llegado del interior, me gustaba tomar un par de birras, el buen vino, un whisky, pero no más que eso. Siempre me cuidé, ni siquiera fumé. Cuando empecé a trabajar y a salir en un contexto social más amplio, vi de todo (habla de drogas). Me topé con todo. Pero me daba terror. Jamás juzgué ni lo haría. Sólo sabía que no quería eso para mí, porque siempre fui un pibe al que le gustó estar consciente de sí mismo. A los 17 ya fui dueño de mi vida, lejos de mis viejos, en una ciudad desconocida que te fagocita, en la que no sabés de qué lado de la vereda para el 60. Me preservé, porque vengo de un lugar en el que me enseñaron: “sé libre, pero cuidate”. Y respecto de la sobreexposición mediática... ¡me da pudor! Por un lado, y como charlábamos al comienzo, mi trabajo nunca dependió de eso. Y por otro, no sólo me da pudor personal sino que además siempre prioricé mi contexto. Uno piensa en no arrastrar a la familia a ese plano tan ajeno. Hoy me encantaría compartir en redes tantas situaciones de mis hijas que son para morfárselas, pero me freno, porque no es un derecho mío. Mientras ellas no manifiesten su voluntad de ser publicadas, no voy a pasarles por encima. Después de siete años al frente de Infama (América) entendí que la intimidad es una puerta que, una vez abierta, es difícil de cerrar. Elijo el perfil extra bajo. No tengo vida social expuesta ni me verán en las fiestas de moda. A la única a la que voy es a la de Los Personajes del Año, y no duro demasiado. Me cuesta hacer fotos: las de esta nota las resolví en ocho minutos. Hago entrevistas y me enojo conmigo mismo, porque detesto leerme. No es crítica a quien opta por el camino inverso. No es histeria ni una pose. No me sale de otra forma.

–Hablemos de la dicotomía de tener redes (en IG tiene más de un millón y medio de followers) y no seguir a nadie. ¿Cómo explicás esa decisión, que puede leerse como soberbia?

–Es una cuestión democrática. Como bicho de medios tradicionales, el mejor contenido siempre va al aire, no a un feed. Me parece que si sigo a alguien debo seguir a todos: ¿por qué a algunos sí y a otros no? Y por otro lado, es un método que me permite desconectar. Si siguiese a mucha gente estaría tan pendiente de tanta información que no me quedaría tiempo para mí, para mi familia. Encontré así la resultante: estoy presente en redes, las hago valer como herramientas para lo que necesito, pero no me dejo absorber por ellas.

–Esa “deformación profesional” del panóptico laboral que mencionaste anteriormente –“entrar a un estudio y tener todo bajo control”– ¿también se activa en casa?

–No, para nada. En casa soy la persona más desconectada. Muy por el contrario de lo que la gente puede llegar a creer al verme siempre de traje, impecable, vivo en pijamas, remera vieja y unas crocs espantosas que detesto. La meticulosidad ahí desaparece.

–Siempre dijiste que María José Sánchez (la novia de su pueblo, su pareja y madre de sus hijas, Amanda, 7, y Catalina, 10), es tu referencia de la realidad...

–... ¡No le importa nada todo esto! (habla del medio) La vida le va por otro lado y eso me resulta muy atractivo. Tan seductor como el hecho de que, al conocerme desde siempre (no puede calcular fecha de inicio de relación, porque el vínculo data casi desde la niñez), tenga la ficha real de mi esencia más íntima. Sepa quién soy realmente y me ubique en tiempo y espacio. Es mi compañera, mi amante. Quienes la conocen entienden por qué me va como me va. Me abraza al llegar, me habla de otros temas, me contiene, me completa. Es la persona más honesta que conozco y su mirada me resulta más que importante.

–¿Esa mirada suele ser crítica?

–Sí. María no tiene el “qué lindo” o el “qué bueno” fácil. Es estricta y dura de persuadir. Todo lo que me diga siempre será genuino.

Entonces suelta una anécdota que refuerza su descripción. “El día que Jaime Stiuso salió al aire en Intratables (América, que le valió un Konex de Platino a Revelación de la Década en el rubro Comunicación/Periodismo) llegué a casa sobrepasado por los rebotes mediáticos, los llamados, los mensajes de colegas”, describe Santiago. “Al entrar, María se me acerca. ‘Va a felicitarme, a decirme algo’, pienso. Y me tira: ‘Acordate que necesitamos entregar el formulario del jardín de infante de la nena. Firmá acá’. Le respondo: ‘¿Vos viste lo que acaba de pasar?’. E insistió: ‘¡Dale, firmá!’. Fue su manera de decirme: ‘Eso no es lo importante? Y es muy valioso para mí”.

–¿Por qué nunca se casaron?

–Es una cuestión muy mía. No creo en el casamiento. Nunca me vi en esa foto. Tal vez se relacione con el tener que ser “el de la fiesta” (bromea). Aunque no lo descartaría... Sé que sería súper romántico a la hora de proponerlo, pero finalmente pasaríamos por el Registro a poner una firma y volveríamos a casa. Eso significaría para mí.

Señala que ser padre corre el eje del ego. “Un hijo es un tsunami emocional, que te conmueve hasta hacerte caer en los lugares comunes de los que alguna vez te burlaste”, explica. “Entendí que una fiebre es el fin del mundo y un catarro una puñalada que te clavan”.

–¿Está muy alta tu vara de la paternidad?

–Ojalá pudiese superar a los padres que tengo (Santiago, trabajador de campo, y María Elisa, ex profesora de Historia, y concejal que ahorró el sueldo que ganó en su función para donarlo a un asilo de ancianos). La paternidad hizo que pudiese entender su amor. Fui papá deseándolo con todas mis fuerzas y trabajo a diario para ser el más presente, cercano, súper humano, amoroso. Es un logro demasiado importante para mí: si llegase a fracasar como padre, nada habrá valido la pena.

–¿Volverás a ser papá?

–Me encantaría. Es algo que hablamos con María. Tenemos muchas ganas y hacemos todo para que suceda. Ojalá sea pronto.

El apremiante debut de MasterChef Celebrity direcciona la charla hacia el corner de viejas aspiraciones, fuertes convicciones y una “proyección de futuro inevitable”. Santiago asegura no haber dado paso en su carrera que no fuera funcional a su meta más preciada: “Ser un buen conductor”

–¿La actuación (22, el Loco –eltrece– y Lalola –Telefe–, entre otras) fue un accidente en tu CV?

–No, fue una herramienta. Jamás soñé con ser Robert De Niro. La actuación no es mi palo. Empecé a estudiar Teatro al arrancar en Much, con la finalidad de aprender a controlar el cuerpo, a desinhibirme frente a una cámara. Si hoy puedo estar rodeado de treinta personas gritando al mismo tiempo y dominar la situación, es por las lecciones de teatro. Así también tomé el terciario en Periodismo, como parte del background de armas de las que me fui haciendo en pos de formar al conductor. Y un conductor jamás deja de formarse.

Evita reflexionar acerca de hacia dónde va profesionalmente, porque “si pienso en mañana me angustio y me aburro”. Además, como señala, “estoy inmerso en un medio en el que mañana puedo recibir una patada y desaparecer”. Asegura que siempre será “el pibe de pueblo que vino a cumplir su sueño y puede seguir mirándose al espejo y saber quién es”. El mismo que la gente ve, “quien no mira al costado ni pretende parecerse a nadie”. Porque como dijo alguna vez Ralph Waldo Emerson, a quien cita, “la imitación es un suicidio”. Y Santiago siempre quiso ser un conductor “muy genial o el más desastroso”, pero nunca jamás un duplicado.

Agradecemos a Liguria y a Julieta Abusier, de prensa Telefe.

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