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Marley: “Cuando el mundo se acomode, Mirko tendrá una hermanita”

Marley: “Cuando el mundo se acomode, Mirko tendrá una hermanita”

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Celebró sus cinco décadas, en aislamiento y junto a su hijo Mirko (2). Aunque elija “mirar siempre hacia adelante”, revisa con GENTE su historia y revela cuáles fueron los giros del destino que cambiaron su vida para siempre.

Alejandro “Marley” Wiebe cumplió 50. “Sí, un número grande”, que advierte no significa más que eso, “porque la edad calendario pocas veces coincide con la que uno siente”. Cincuenta, que lo hacen “más seguro que nunca antes, frente a las decisiones y frente al espejo”. Cincuenta, que no lo comprometen a ningún tipo de balance, porque siempre fue “momentista, de los que saben mirar hacia adelante”. Aunque, a lo largo de este relato, echará con gusto más de un vistazo al retrovisor. Y será cuando enumere los cinco giros de su vida que le dieron sentido a este presente.

Marley cumplió 50 años.

ADIÓS A UNA ABUELA DE CUENTO. “A los nueve años experimenté la primera gran pérdida de mi vida”, cuenta. “Oma, madre de mamá, es la única abuela a la que conocí. Teníamos un vínculo muy cercano. Era sabia, cómplice y compañera… y se fue. De repente desapareció. Su ausencia fue un vacío enorme y me marcó tanto que, a esta edad y con la llegada de Mirko, decidí armar una historia basada en mis experiencias, para ayudar a otros chicos a superar esas pérdidas”. Así nació Kisse, los cuentos para Mirko (2020). Kisse –en alemán, almohada– “que llevaba conmigo a donde fuese”, explica. Naturalmente, la abuela de Liam –protagonista de esas páginas– se llama Oma.

Así da pase a un recorrido por su infancia, “una grata infancia”. No será la última vez que en esta nota rescate a ese chico nacido en Villa Adelina y criado en Carapachay que se enorgullece de no haber perdido jamás ese linaje barrial. Entretanto, en un random de momentos, aparece una escena de sus doce años. “Una mañana de sábado, entredormido, escuché a la vecina avisarle a mamá –en casa no había teléfono– que la llamaban del colegio. Hubo un silencio inquietante. Yo sabía muy bien lo que pasaba. Minutos después escucho a mamá decirle a mi hermano: ‘Ale repitió’. Elegí hacerme el dormido… Si no me levantaba no era para evitar el reto, sino por la vergüenza de estar causando semejante desilusión. Me dolía por el esfuerzo que hacían mis viejos para pagar una cuota altísima (del Instituto Ballester)… En casa el dinero no sobraba”.

La abuela Oma.

Alejandro, con doce años, estaba repitiendo segundo año de secundaria. En su colegio, con doble escolaridad y tres idiomas, “no podíamos llevarnos materias, y si pasaba, se reunía un consejo para evaluar el caso”. En esa instancia había vuelto a fallar en las mismas dos materias del año anterior: Lengua y Ciencias Sociales. Echó atrás la posibilidad que había ganado, a través de un examen, de pasar a secundaria a los once años. “Tanto me sacudió la culpa que sentí por mis viejos, que al año siguiente fui uno de los mejores alumnos de todo el Instituto”.

SU PRIMER VIAJE. “Tras la muerte de sus padres –mi abuelo había muerto en Europa durante la guerra– papá, como mayor de la familia –tenía diecisiete años–, debió hacerse cargo de cinco hermanos”, relata Marley. “Al crecer se dispersaron. Hasta que veinte años después mi tía, que se había radicado en Canadá, ganó un millón de dólares jugando al Loto. Como agradecimiento propuso un reencuentro y nos pagó a todos los pasajes aéreos para visitarla en Vancouver”, prosigue. “No recuerdo una fascinación mayor que la de entrar a un avión. Me volví loco. Estaba atento a todo lo que pasaba, al movimiento de las azafatas… No quería perder detalle de nada, porque creía que ése sería el último viaje de mi vida. Y mirá ahora: ¡soy de las personas más viajadas del mundo!”, reflexiona entre risas.

La charla derivará en las lecciones detrás de tantas millas. “El mundo me abrió la cabeza para entender que no existe una sola, única mirada, ni una sola teoría, ni una religión definitiva. Viajar me dio matices, me hizo participar de ceremonias, de cultos, y aprendí a ser pluralista, tolerante, a tomar todo lo que me gusta de cada cultura e incorporarlo en mi modo de vida”, afirma. “Hasta transformó mi idea de la cultura de la muerte, que hoy es para mí un proceso hacia otra etapa. No me gusta dramatizarla: prefiero tomarla como un festejo de la vida que tuvo esa persona”.

En el jardín.

MARLEY, MARCA REGISTRADA. “Cuando entré por primera vez al estudio de Fax (Canal 13, 1991) quedé en shock. La televisión había sido mi fantasía desde la infancia. De chico jugaba a ser conductor de noticieros: hacía tandas publicitarias, me iba al corte y volvía”, recuerda Ale. “Me gustaba observar a los conductores, qué decían, cómo se movían, e imaginar qué harían en los cortes. Me apasionaba tanto la tevé que anotaba los ciclos que más me gustaban y armaba mi planilla de programación ideal. Nunca supe por qué jugaba a eso, pero fue algo así como predestinado”. Alejandro alternaba esa fascinación con la melomanía y las investigaciones sobre estrellas, hechos y sucesos del cine de todos los tiempos. “Como no tenía plata para comprar revistas, me guardaba la que mamá me daba para los almuerzos. Hasta que la maestra notó mi falta de rendimiento… ¡porque no comía!”, rememora, señalando la importancia de aquel micromundo en el surgimiento de su vocación.

Y entonces, antes de su debut, se despediría para siempre de su nombre de bautismo. ¿Por qué Marley se llama Marley? Así lo explica. “Muy mandado, me contacté con la productora de Nicolás Repetto (63), ofreciendo un material para un segmento sobre viajes que había grabado con un amigo. Me dieron la reunión. Nico lo mira y me dice: ‘El material es simpático, pero le falta calidad’. Antes de irme le conté un par de anécdotas sobre Marilyn Monroe y James Dean… Y cuando me iba me tiró: ‘El martes venite empilchado, que salís al aire contando esas cosas’. Al llegar al canal me recibió su asistente, que le hacía las pizarras para el aire: ‘¿Vos sos el chico que hablará de cine? ¿Nombre?’. Le pronuncié mi apellido en alemán y escribió: ‘Vive’. Claro, cuando Nico me presenta lee: ‘Alejandro Vive’, y pensó: ‘Marley también (por la frase ¡Marley vive!)’. Así fue”, cuenta.

En sus comienzos.

Pero asegura que su popularidad no llegó con el apodo. “Durante dos años, Nico encontró una dinámica: después de cada informe, se me tiraba encima intentando darme un beso. Fue la gracia de mi sección. Por eso siempre le estaré agradecido, no sólo por haberme dado una oportunidad, sino también un distintivo humorístico que me despegó de ser un columnista o panelista normal, alguien que no llama la atención”, dice. “Todo lo que cobré el primer año lo invertí en pasar un verano en Hollywood, donde conseguí entrevistas con Marcello Mastroianni, Richard Gere, Warren Beatty… Eso marcó la diferencia”. Hoy revisa ese camino y asegura: “Los medios me enseñaron a tener ritmo y decisión, a organizarme con precisión y a improvisar con efectividad, frente a una cámara y en la vida”.

JACK, SU HÉROE Y SU FAN. Jack Wiebe “era un hombre de trabajo: se iba al amanecer y volvía muy tarde, agotado”, describe Marley respecto de su padre. “Tenía muy buen humor, aunque muchas veces lo escuché preocupado porque la plata no alcanzaba. Era un tipo con una meta muy precisa en la cabeza, y me la dejaba muy en claro: ‘Vas a tener todas las oportunidades que yo no tuve’. Porque él había pasado todas las carencias posibles”, recuerda. Jack había nacido en un pueblo en las afueras de Munich y sin nombre, “porque en plena guerra, el avance de Rusia lo había tomado borrando su identidad alemana”. Su padre –abuelo de Alejandro– había muerto en el frente, y la alimentación de su familia dependía de lo que podía conseguir. “Tenía quince años cuando logró escapar del régimen nazi”, revela Marley. “En busca de comida, robó una papa de un campamento militar. Y lo pescaron. Un soldado jugó ruleta rusa apuntando el arma a su cabeza. Gatilló y le dijo: ‘Tuviste suerte, la bala no salió’.

En los brazos de Jack, su padre.

Pudo dejar Alemania y trasladar a su familia a Paraguay, donde murió su madre. Tiempo después llegó a la Argentina, aprendió el idioma y se enamoró de Ana María. “Era instalador de cañerías de aire acondicionado y calefacción para grandes empresas. Todavía están sus máquinas en el fondo de la casa de mamá”, informa. “En cuanto comencé a trabajar en los medios le di una tarjeta de crédito a él y otra a mamá. Y le dije: ‘Viejo, no trabajás más’. Esa oportunidad que tuve fue lo más grande que me dio la televisión”, asegura.

“Y la gran revancha que me dio la vida, porque mi viejo trabajó siempre, sin lujos ni placeres”. Jack y Ana María nunca veraneaban, pero amaban Pinamar. Es por eso y por ellos que el conductor decidió comprar una casa en ese balneario, “para disfrutarla en familia”. En 2003, Marley perdió a su héroe, a su fan. “Estaba orgulloso de mis logros. Cada tanto se daba una vuelta por Carapachay para decirles a todos los vecinos: ‘Hoy Ale almuerza con Mirtha’ o ‘Mañana estará con Susana’. Me hacía promoción con total orgullo. Hoy lo veo en Mirko: el parecido que tienen es increíble”.

“Mi hijo me recuerda que por más que uno experimente tantas situaciones, no habrá nada más poderoso que nuestro amor”.

Y LLEGÓ MIRKO. “Con la llegada de Mirko (2) aprendí a quitar el foco de mí mismo. La vida me pateó el ego por completo. Aunque en tantos años de carrera lo he tenido bien colocado gracias a mis amigos, que supieron mantener mis pies sobre la tierra, sin dejar que me sienta maravilloso por salir en televisión”, sostiene. “Mi hijo me recuerda que por más que uno experimente tantas situaciones, no habrá nada más poderoso que nuestro amor. Porque nada me importa, ni siquiera mi vida, más que él”.

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Mirko de bebé junto a su papá.

Mirko crece. Y con él su personalidad. “Tiene pasión por los autos de policía, las autobombas y las ambulancias. Se pone una sirena en la cabeza y corre por la casa como si fuese un patrullero. A mí me toca hacer de la persona que lo persigue… Me grita: ‘¡Tirate, papá!’… Entonces me caigo, hago que me lastimo y viene él en rol de ambulancia para sanarme”, relata con gracia. “El pasado verano nos cruzamos con unos oficiales en Cariló. Ellos decían: ‘¡Wow, Mirko!’. Y él: ‘¡Wow, policías!’, evoca. “Está muy curioso, con ganas de aprender todo y una capacidad que me asombra. Debo ser honesto: yo lo incentivo mucho. Ya dice sus palabras en inglés y en alemán. De hecho, si ve algún dibujo animado lo hace en esos idiomas. Como cuando cantamos juntos o hacemos las actividades que recibe todos los días de su maestra a través del jardín online”, revela. “No veo la hora de que vuelvan las clases y disfrutar de esa experiencia. De esa compañía. Levantarnos a las siete, ir charlando en el auto. Me gusta entrar con él al colegio, verlo interactuar con sus amigos…”.

Marley y Miko ¡dos gotas de agua!

Aquí se cuela un tema de coyuntura: la cuarentena y el modo de vivir al que no logramos acostumbrarnos. Marley es tajante al dar su opinión. “Para un niño es cruel la idea del encierro, una frustración muy grande, que se extiende cada vez más. Él quiere salir. Su idea más cercana de la maldad es el mosquito. Entonces le expliqué que el coronavirus es un bicho que está afuera, que debemos esperar a que se vaya para poder salir”, describe.

“Nosotros vivimos en un barrio cerrado. Seremos no más de cincuenta personas. Hay cero riesgo en caminar dos cuadras. Al menos deberíamos contar con la flexibilización, como las familias en Capital. Sería un alivio importante para los chicos”, dispara. En charlas anteriores especulábamos sobre qué sucedería el día que Mirko pregunte por su mamá. “Ya hubo un pequeño primer intento”, revela.

“Mirko tiene pasión por los autos de policía, las autobombas y las ambulancias”.

“Estábamos en el jardín y uno de sus profesores dijo: ‘Pídanles a mamá y a papá que los ayuden con esto’. Él me miró: ‘¿Y mamá?’. ‘No, vos tenés papá. Yo soy tu papá’, comenta. Consecuente con lo que dijo desde antes de que su hijo naciera, repite: “Siempre iré con la verdad. La única manera de explicar su llegada al mundo y de que entienda lo deseado que fue. Él tiene toda la historia contada, con imágenes sobre quién es la donante de óvulos, de algún modo su mamá biológica. Cuando quiera podrá ver la foto de ella, la de su tío y la de sus abuelos rusos”.

“No veo la hora de que vuelvan las clases y disfrutar de esa experiencia”.

Ante el interrogante de si “¿tenés ganas de tener más hijos?”, Marley anuncia: “Sí, ya inicié conversaciones con Growing Generation (la agencia de maternidad subrogada) para saber si es posible que la misma donante de óvulos rusa sea la que traiga al mundo a su hermanita. Y, además, conversar sobre tiempos y condiciones en el marco de la pandemia. Ojálá pronto salga la vacuna para evitar pasar la angustia que hoy viven muchos padres subrogantes, al no poder ir a buscar a sus hijos”. ¿Es posible elegir el sexo? “Todo dependerá de los embriones que logremos. Podés lograr 5 y que sean todos varones o haya varones y mujeres. En el caso de Mirko fue sólo uno, él”. ¿Qué pasa con los demás embriones? “Podré congelarlos o donarlos”, explica. “Mientras tanto disfruto hasta de la esperanza”.

“Con la llegada de Mirko (2) aprendí a quitar el foco de mí mismo. La vida me pateó el ego por completo”.

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