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La historia desconocida de la familia de Mirtha

La historia desconocida de la familia de Mirtha

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Las mujeres que acompañaron a José Martínez Suárez en el velatorio y entierro fueron sus hijas y su nieta. Poco se sabe de ellas.

Mirtha, acompañada por Vidal Rivas a la salida del velatorio.

La Diva de los almuerzos y su hermana Goldie, no estuvieron presentes en el entierro en el cementerio de la Chacarita donde los restos del cineasta descansan juntos a los de su mujer Delia Magda Lovera Bojanich, más conocida como Nené, quien murió hace seis años. Las mujeres que lo acompañaron hasta el final fueron sus hijas y su nieta. La historia de estas tres mujer que poco se sabe.

JULIETA, SU NIETA

Julieta, la primera de la izquierda. No tiene relación con Mirtha.

Julieta Panebianco es hija de María Fernanda Martínez Suárez y de Julio Enzo Panebianco, quien desapareció el 2 de marzo de 1977. Es sobrina nieta de la conductora de los almuerzos televisivos, pero no tiene relación con ella. Cuando sus papás fueron secuestrados ella tenía seis meses y el rol de José, fue clave para la liberación de su mamá: “Mi abuelo fue muy valiente, porque salió a ver por dónde conseguía hábeas corpus y todo lo que se pudiera hacer”.

ALEJANDRA, SU HIJA

María Alejandra, en el centro de la escena. Hace 10 días que llegó de Bariloche y se instaló en la clínica para cuidar a su papá.

María Alejandra Martínez Suárez (en la foto de campera violeta), tiene 67 años y vive en San Carlos de Bariloche en la provincia de Río Negro, donde administra un complejo de cabañas. Cuando se enteró de la gravedad del cuadro de su papá, viajó a Buenos Aires y se instaló en la clínica. Fue una de las personas que más lloró en el cementerio de la Chacarita.  

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FERNANDA, SU OTRA HIJA

Fernanda, la segunda de la izquierda con campera negra. Es la mamá de Julieta y la hija mayor de José

María Fernanda Martínez Suárez (con campera negra), cuando tenía 23 años fue secuestrada junto a su marido. Unas semanas después ella fue liberada, a su marido Julio Panebianco, quien trabajaba en la DGI, todavía continúa desaparecido. Estuvo casi todos los días en la clínica acompañando a su papá y confesó: Cuando estaba internado mi papá me dijo: ‘Si me pasa algo quiero que toda mi biblioteca sea donada a las escuelas de cine del interior del país  porque los alumnos se lo merecen. Hablo con cada uno de sus nietos y sus bisnietos, y los recordó a todos”.

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