Jesica Cirio: “Mi vida cambió y hoy quiero inspirar a otros” – GENTE Online
 

Jesica Cirio: “Mi vida cambió y hoy quiero inspirar a otros”

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Elegida como influencer del wellness, tras una infancia “de presiones por ser ideal” y “los prejuicios de los primeros castings sobre mi cuerpo”, la conductora de La peña de Morfi y Misión Fit (Telefe) –figura de Multitalent Agency– revela: “Aprendí que la perfección no existe, la clave está en cómo nos sentimos y pensamos”. Eliminó la palabra “dieta”, y se planteó una “alimentación consciente”. Cómo educa a su hija: “Chloe (3) tiene su profe de ejercicios y aprende a comer mientras cocinamos juntas”. Su mirada crítica sobre las famosas que postean sus entrenamientos “sólo para sumar seguidores”. Y los haters que apuntan a su exposición: “Disfruto de la sensualidad. Eso también me empodera como mujer”.

Dice: “Aprendí a ponerle el cuerpo a una pasión y pasión a mi cuerpo”. Resume así el trayecto de “lecciones personales” que la ayudaron a desarticular “máximas absurdas” y a “construir una nueva mirada” respecto de la concepción del propio físico y de la noción de perfección. En esta charla, y luego de “haber tenido que crecer pendiente de la imagen”, Jesica Cirio (35) reflexiona sobre los prejuicios y etiquetas que sorteó hasta convertir su exposición mediática en “inspiración”. Y hoy lo hace como influencer de la cultura fitness, validada por más de dos millones y medio de seguidores.

No hay etapa de mi vida en la que no haya estado en movimiento, cuenta, dando paso a un episodio de su infancia en el que ubica su “primera gran presión” referente al físico. Fue en los 90’, cuando Hugo de Bruna –tío y mentor de Johnny Tedesco–, quien luego le haría descubrir el tap, advirtió: “Apuesten a esta pequeña. Merece formarse en la Escuela Nacional de Danzas”. Jesica cambió las horas de baile frente al espejo de su cuarto –imitando las coreografías de Madonna y Michael Jackson– por otras tantas sujeta a la barra y en puntas de pie.

“No tenía amigas, ni en el jardín ni en la primaria. Nunca supe qué era ir a jugar a la casa de alguien, porque mi único juego era la danza”, revela. Así, el clásico se sumaría al flamenco y al jazz. “Autoexigente, como fui toda la vida, me hacía el rodete más tirante, prolijo, impecable, para llegar lejos. Quería ser raquítica, para ser 'la pluma en el viento' de la que nos hablaban tanto. Porque las profesoras inculcaban la delgadez como parte del talento. En aquel entonces, parte de la vieja escuela en la que se permitían los golpes con una varilla en los tobillos para corregir la postura, pesar un poco más podía significar ser apartada. Vi a muchas chicas llorar. A los trece –después de haber tenido la chance de entrar al Teatro Colón– desistí. Mi objetivo no era ser bailarina y mamá no quería exponerme a esa exigencia. Muchas veces me dijeron: ‘¡Con esa cola no podrías saltar jamás sin caer como una bolsa de papas!’ A los nueve años, esos comentarios lastiman hondo”, señala. “Me harté de estar anulada durante horas. De las maldades atroces que se hacen entre compañeras de ballet. De la competencia cruel. De vivir mal alimentada, al borde de la anorexia, comiendo sólo arroz y arvejas de un tupper durante semanas, antes de cada examen. Me harté de tener que ser perfecta”.

Y linkea esa demanda a la que padeció cinco años después, en su llegada a los medios. Pero antes relata un pasaje con el que intenta dar cuenta de cierta inseguridad en ese camino previo. “Habían sido años de tener cuerpo de bailarina. Y sentía que, para que me fuese bien en la profesión que estaba eligiendo, para ser realmente exitosa, debía operarme”, recuerda. “Ésa era la lectura de una adolescente que consumía revistas, que veía tele y escuchaba comentarios que cuestionaban los físicos femeninos”.

Por entonces había llegado a la casa de los Cirio un piano, para ser tocado en vivo durante cada práctica de ballet. Regalo de quince años de una madre “insistente y obstinada con forzar una vocación”, que había embargado su sueldo como municipal por dos años para conseguirlo. El gesto fue traducido por Jésica como “más presión”. Y a poco de cumplir sus dieciséis exigió: “Quiero venderlo para hacerme las lolas”. La discusión familiar se dirimió en el estudio televisivo de Samuel “Chiche” Gelblung, donde se debatía el tema con el título “Lolitas que quieren operarse, ¿si o no?”.

En ese set, Jésica conoció al cirujano Luis Ripetta, quien estuvo a favor de ella en la discusión. Hoy es amigo de la familia. El médico alentó a su mamá: “Marta, apoye a Jésica. Esta chica tiene actitud. Yo le aseguro que llegará muy lejos”.

Los castings llegaron con “código implícito: nadie te decía nada en la cara, pero se encargaban de hacerte llegar el mensaje sobre el ‘deber ser alta y flaca’ para ser elegida”, puntualiza. “Nadie pensaba en la salud ni en el daño que sufre el metabolismo. Se vivía a dietas o fórmulas que se pasaban de boca en boca, o se sacaban de alguna publicación femenina. Todo valía por la delgadez días antes de un desfile, de un evento o de una prueba”.

Señala que no importaba la orientación artística a la hora de la selección: “Pertenezco a una generación de chicas a las que, en las instancias de selección, se las clasificaba como ‘cuerpo de modelo’ y ‘cuerpo de vedette’”. Marca dos sucesos mediáticos que abrieron alternativas a los físicos “escuálidos y sin curvas”: ShowMatch y los desfiles esteños de Roberto Giordano.

“A las chicas más voluptuosas se nos permitía subir a la pasarela sin medir un metro ochenta. Pero el ojo censor sobre nosotras seguía tomando las medidas del cuerpo, con parámetros absurdos y prejuicios terribles”. Se refiere, por ejemplo, a cuánto debió rogar una participación “en serio” en Terminestor 05, la revista de Jorge Guinzburg. “Buscaban ‘chicas con buen lomo’, sin importar qué sabían hacer. Y quedé, pero me pasaba el tiempo mirando los ensayos, porque yo quería bailar. Le decía a Daniel Comba, el productor: ‘Yo puedo hacerlo, sé de danzas, déjenme intentarlo’. La respuesta era: ‘Vos tenés un lomazo...’, o sea, adorno de sketch. Tanto insistí que me dejaron audicionar y alcancé un destaque en un número musical. Hoy, el trabajo evolutivo que estamos haciendo juntos como sociedad elimina esas casillas, y hace posible que las mujeres, en todos los órdenes, ya no estemos ‘a prueba’ permanente”.

Jésica revisa y hace a un lado lo que para ella resulta una “vieja mirada” del “sentirse bien con este envase de lo que somos”. Con la seguridad con la que suelta que “la palabra ‘dieta’ ya no existe” en su vida, “porque la clave está en descubrir qué es lo que a cada cuerpo le hace bien”, dice que no hay opinión que condicione sus elecciones: “Aprendí a quererme demasiado como para permitirlo”. Y de parte de quien sea. En el espejo jura encontrar lo que quiere: indulgencia y salud.

“Hace tiempo que dejé de buscar defectos en mi cuerpo y no volví a registrar culpas por nada”, cuenta. “Sí, es verdad que la maternidad cambia las prioridades de cualquiera, pero conocer el funcionamiento de tu propio organismo te aleja de lo inútil que es castigarse por sentir placer, como el de comerme un buen alfajor sin hacerlo hábito. Nunca fui dura conmigo, ni cuando aquel problema con mi padre provocó que subiese de peso y hasta sufriera antropofobia. Las marcas me bajaban las campañas y yo nunca dejé de amarme, de aceptarme. Ejercité el perdonarme, el entender mis contextos, mis tiempos. Hoy, al verme pienso: ‘Bien, Jes, sos tu mejor versión’. Y no es por la apariencia o un abdominal más marcado, sino por cómo pienso. Por haber entendido la filosofía del bienestar y el beneficio de una vida metódica, que es lo que reflejamos. Me gusto por lo que soy y por lo que pienso”.

Hablamos de los haters, “las máquinas de odio que me hacen reír”. Dice que de los ejes de ataque más frecuentes elige la sensualidad. “Muchos critican mi exposición. Me dicen: ‘¡Qué vergüenza mostrarte así siendo mamá!’; ¡No podés! ¡Sos la mujer de Insaurralde!’. ¡¿Cómo?! ¡¿Y por eso debo coartarme la posibilidad de exhibir mi cuerpo?! Soy todo eso: mamá, esposa, profesional, y disfruto de mi cuerpo con todo. Me encanta ser y mostrarme sensual. Esa decisión, esa libertad, también me empodera como mujer. Porque yo elijo hacerlo. Para el argentino –y principal y lamentablemente para el público femenino– es: ‘Ésta ya está en bolas otra vez’. Aún hay mucho encierro conceptual y falta de piedad, respeto y compañía entre nosotras mismas. Siento que se tiende a destruir antes de ver lo construido, a no entender las elecciones genuinas de cada una. Sepan que estoy orgullosa de quién soy y de qué hago. Porque ya no hago nada para complacer al medio, ni a nadie. Estoy más segura que jamás en mi vida y celebro ser feliz”, dispara. “En el mundo del fitness, exponer el físico es compartir un logro, y al hacerlo estoy inspirando en el camino de la vida saludable. Sugiriendo que es posible verse y sentirse mejor”.

Hábil para los negocios desde muy chica y siempre en el mismo sendero, Jésica tuvo gimnasios, un centro de estética, líneas de zapatillas y electrodos, “y un público interesado en lo que comunicaba”.

Haciendo un alto, subraya ese aspecto, más allá de la pasión por ese ámbito. Y es cuando habla del “empoderamiento femenino”,que la define desde su niñez y por influencia de su propia madre. A los diez años, cuando fue elegida “paquita” de las Trillizas de Oro en Las tres Marías (ATV, 1997), tomó noción de lo que era tener dinero propio. “Mamá, que siempre trabajó en la Municipalidad de Lanús, tanguera de cepa –hija de dos bailarines profesionales–, que alguna vez incursionó en radio, siempre me decía: ‘Tuve que salir a trabajar desde muy chica. No pude hacer lo que quería. ¡Vos podés!’. Con el tiempo supe que hacía trescientas horas extra para bancar mi formación. ‘Hay que educarse para trabajar, porque sin trabajar no vas a llegar a nada’, me repetía. ‘Conseguí tu propia economía, no dependas de nadie, porque jamás sabrás qué vueltas dará la vida’. Por entonces mi sueño era tener mi propia academia de danza. Hoy, como siempre, me gusta sentirme orgullosa de mí, ponerme metas y alcanzarlas, ya sea aprendiendo una disciplina como en la educación de mi hija”.

Pasados los veinte volvió a la danza e incursionó en el boxing. Pero sitúa el “giro pasional” en el camino del wellness con el inicio de sus itinerarios en Estados Unidos. “Aun hoy, para mí y en el lugar del mundo que sea, viajar es visitar lugares de entrenamiento, sorprenderme con tendencias en términos de disciplinas, nuevos equipamientos e instructores celebrities. Como quien recorre bares o restaurantes de moda, yo recorro gimnasios”.

Así descubrió, entre otras técnicas, el Bar dance o Calistenia, un sistema de ejercicios con el propio peso corporal, con el objetivo de adquirir fuerza y belleza en el ejercicio. “Tenía veinticinco años cuando fui nombrada embajadora de una cadena de gyms en Miami. Y entonces, conociendo el mercado, me di cuenta de la diversificación de productos y la riqueza de oferta que hay para quien quiere cambiar sus hábitos de alimentación. Todo está más preparado para quien elige ese camino. Descubrí que había un rumbo para mis necesidades: ponerme a prueba constante de superación y darle a mi cuerpo la mejor nutrición”, relata.

Y entonces, un año después, se topó con la disciplina que cambiaría su vida: “Conocí Zumba y fue entrar al mundo perfecto”. Tomó clases, “millones de clases”. Como dice: “Se habían combinado mis dos pasiones –dice Jésica–, baile –de ritmos latinos– y rutinas aeróbicas, con el enfoque de cultivar un cuerpo saludable dándole fuerza y flexibilidad. Me fascinó el sentido de inclusión. Eran cientos de personas divirtiéndose al ritmo de la música, sin pruritos por la edad, la contextura o la talla. Descubrí una filosofía. Un modo de vivir, la mejor manera de cuidarse por dentro para estar bien por fuera”. Entonces Jésica, “sin dudarlo”, firmó su contrato como representante o embajadora. Pero no fue sino hasta 2016 que conoció a Beto Pérez (50), creador de la disciplina, durante su Masterclass en La Rural de Palermo, donde reunió a cuatro mil seguidores. “Nos hicimos híper amigos y empecé a viajar con él y con Michelle Lewin, instructora de Strong Nation (variante que introduce movimientos basados en el box). Participé sobre escenarios de ciudades como México DF, Orlando, Miami Beach, Estambul y Barcelona. Fue una locura, se reunían miles de personas y muchas sabían mi nombre”, dice con asombro. 

Si bien “la disciplina siempre ha sido el rasgo principal y constante en mi vida” –como destaca– esta conciencia que hoy pregona la armó de un equipo de profesionales como el doctor Sebastián La Rosa, médico especialista en tratamientos alternativos para recuperar la salud y alcanzar el máximo rendimiento físico y mental, y la doctora Florencia Raele, médica funcional (integrativa), autora de Medicina ancestral y epigenética y Nutrición holística. Cirio revela cómo intenta educar en casa a su marido, Martín Insaurralde (50) –intendente de Lomas de Zamora– y a su hija Chloe (3) en este lifestyle.

“¡Martín es el más rebelde! Lo vuelvo loco para que se mueva”, dice con gracia. “Sus tiempos son difíciles, pero lo incentivo a una caminata semanal, al stretching en el jardín de casa, aunque él esté más pendiente de las plantas como buen jardinero, una tarea que lo apasiona. Lo aliento a que ingiera productos como el Ghee (manteca clarificada) y suplementos como el colágeno. Aunque mucho más me cuesta estar al tanto de su alimentación, por el ritmo de su trabajo. A él le gustan demasiado las papas fritas. Yo se las preparo en una máquina en la que se hacen al vapor, con un piso de aceite muy delgado por debajo. Al probarlas me dice: ‘Mmm... Me parece que me engañaste(risas). Así lo cuido mientras está en casa. Cuando me hago mi licuado de apio y matcha (té verde en polvo), me dice: ‘¡¿Cómo podés...?!’. De todas maneras, y de a poco, está adaptándose a ese modo de consumo”.

Chloe tampoco escapa al training. “Toma clases dos veces por semana con su entrenador personal”, cuenta Jésica. “Desde que se permitieron las actividades al aire libre, y hasta que vuelva al jardín, ejercita la coordinación y la motricidad fina a través de juegos físicos”. Pero aún le permite algunas licencias. “No la torturaría privándola de su golosina favorita si no se convierte en un hábito cotidiano, pero en vez de darle galletitas industriales, preparamos juntas unas caseras con harina de almendras. Mientras jugamos, aprende sobre la importancia de los nutrientes. Ella toma su leche de fórmula, pero sabe que la chocolatada se hace con cacao natural y leche de almendras. Y si quiere jugo no pide el clásico de cajita, me dice:Mami, ¿exprimimos una naranja?’. En tren de maternidad, Jésica revela que afronta “la etapa de los No”. La misma que expone “la debilidad” que reconoce en la materia. “A veces discuto con Martín porque tengo el 'no' demasiado flojo. Si él reta a Chloe con total razón, enseguida le digo ‘correte’ y la abrazo. Aprendo de él, y de su experiencia, pero me cuesta tanto... Ella viene con esa carita, diciéndome: ‘Mami, te amo... ¡porfi!’. Aunque entiendo que el límite es vital en este momento de su crecimiento, me puede”. Además, Cirio advierte que tener otro hijo no es un plan. “Realmente estamos disfrutando de este vínculo, de este núcleo que formamos, y los hermanos de Chloe –Martín (26), Rodrigo (24) y Bautista (14)– están demasiado presentes en su vida”.

Conduce Misión Fit (Telefe). Cada sábado corre los muebles del quincho de la casa de San Vicente para dar sus clases de Zumba por Zoom, un objetivo que se propuso durante la pandemia “como incentivo al movimiento, a la alegría y al mensaje de que podemos cuidarnos mientras nos divertimos en un tiempo difícil. La respuesta fue increíble”. Y por estos días lanzó BootyMax, una máquina que co-diseñó con la firma Fenix, “una plataforma de training multifunción, que permite ejercitar todo el cuerpo y que probé durante toda la cuarentena”, explica. “Nació a raíz de las consultas que me hacía la gente, al no contar con todos los elementos que se encuentran en un gimnasio, a la que sumé diez planes de entrenamiento en base a mi experiencia y conocimientos”.

Hablando acerca de la responsabilidad de la comunicación de la vida saludable, Jésica opina sobre la proliferación de figuras “del ambiente” que comparten sus entrenamientos a través de las redes. “Hoy, para muchas chicas, el fitness pareciera ser una forma de conseguir seguidores. Se dieron cuenta de que el tema interesa y lo usan como un recurso más para la generación de contenidos”, sostiene. “Pero hay que tener en cuenta que esto no es una moda, que es necesario un marco de información y asesoramiento. Yo respeto a quien lo haga, siempre que la elección y el compromiso sean genuinos”.

¿Podría girar su carrera para adentrarse sólo a este nuevo universo? “Sí, podría vivir sólo de la influencia fitness en el mundo”, asegura. “Pero no dejaría la conducción”, aunque “mientras pueda abarcar, el destino siempre sabe dónde ubicar mis pasos”.

Dice que “la tecnología y la necesidad en tiempos de pandemia abrieron un camino que no terminará cuando el mundo se acerque a lo que solía ser”. Y en una cabeza “inquieta”, detona la proyección de un futuro más que cercano. “Mi meta es tener una plataforma digital a través de la cual el mundo entero pueda tomar clases conmigo. Sueño con expandir conexiones y compartir experiencias globales. Quiero contar que la perfección es una ilusión publicitaria, que nada de esos modelos impuestos es real. Alentar a poner música que nos conecte con la alegría y la salud. A dedicarnos un tiempo para nosotros. A inspirar”.

Fotos: Christian Beliera. 
Producción y estilismo: Mariano Caprarola.
Asistente: Sofia Esther Ortiz.
Make up: Vero Luna (luna @veroluna.makeup).
Peinado: Marcelo High.
Agradecimientos: María Soledad Manzur, @sunseabikinis, Aloud, Gabriella Capucci, Zubielqui, Tony Bergmann, Euphoria, Ricky Sarkany y Nails @gervasasalon.

Vínculo copiado al portapapeles.

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