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Julio Le Parc: “Los argentinos sabemos mirar al futuro”

Julio Le Parc: “Los argentinos sabemos mirar al futuro”

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A los 90 años, el gran creador mendocino reunió más de 260 obras para una mega exposición que tiene lugar en el Museo Nacional de Bellas Artes, el Centro Cultural Kirchner y el Teatro Colón. También, y con la dirección artística de su hijo Yamil, se prepara un homenaje en el Obelisco para octubre, y un proyecto en el aeropuerto de Ezeiza para el 2020. Aquí, el pionero del arte cinético habla sobre su vida y su enorme legado.

Láminas reflectantes, una de las obras más icónicas de Julio Le Parc. Foto: Alejandro Carra.

Todo es Le Parc por estos días en Buenos Aires. El gran artista argentino, cuya influencia trasciende nuestro país, tiene su gran homenaje en la ciudad donde encontró su vocación al llegar de su Mendoza natal, a los 13 años. Se lo puede admirar en la muestra Transición Buenos Aires-París (1954/1959) en el Museo de Bellas Artes, donde se exponen 108 de sus primeros trabajos; en Un visionario, con más de 160 obras distribuidas en 3.000 metros cuadrados del CCK, que llegan a su etapa de experimentación con realidad virtual junto a su hijo Juan, y una proyección en cajas de luz producida por otro de sus hijos, Gabriel; y en el Centro de Experimentación del Teatro Colón (donde en su juventud, mientras forjaba su sueño de pintor, fue portero), que ahora luce su enorme Mobile Rombo fluorescente. Y habrá más, según cuenta el tercero de sus hijos, Yamil –director artístico de todo este despliegue de bellezas y cantante (ver recuadro)–: el 16 de octubre, el Obelisco se “leparquizará”, así como –a fines del 2020, según proyectan– el hall del aeropuerto de Ezeiza.

Le Parc con su Mobile Rombo, en el Teatro Colón.

Vital, ocurrente, simpático, bien argentino en sus modos aunque vive en París desde 1958, en Julio Le Parc no asoman los 90 años que alcahuetea el almanaque. Mientras a su alrededor todo son loas, él sólo quiere pasar su última noche en Buenos Aires “con un buen asado; mientras más completo, mejor. Añoro las parrillas que había en la Costanera Sur”. En el jardín del Palacio Duhau, donde se hospedó hasta el domingo, habló con GENTE.

Parte de la muestra de Le Parc en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Las obras de Le Parc se pueden disfrutar en el CCK y en el Museo Nacional de Bellas Artes.

–El tango dice que veinte años no son nada… ¿Y noventa?

(Sonríe) Y… cuatro veces y medio nada, eso son. Yo sigo trabajando en nuevas obras. Me gusta tener tiempo libre para imaginar cosas.

–¿Usted decidió que sería artista, que iba a pintar, desde que era chico en Mendoza?

–No, en absoluto. ¡Cuando usted tenía diez años tampoco sabía que iba a ser periodista! Sí tenia facilidad para dibujar, pero nada más. 

–¿Cómo descubrió su vocación?

–No fui yo, fue mi mamá. Una profesora de la escuela primaria le dijo que me orientara hacia el dibujo. Cuando nos vinimos a vivir a Buenos Aires, con mi madre, mi hermana y mi hermano, buscando un empleo de aprendiz en algún lugar, pasamos al lado de la Academia de Bellas Artes que está en la calle Las Heras. Se acordó y entró conmigo a averiguar qué era eso.

Le Parc, en Buenos Aires, 1943.
París, 1958, el casamiento de Julio Le Parc con Martha.
Le Parc en el aeropuerto Charles de Gaulle de París, con sus tres hijos: Juan, Gabriel y Yamil.

–¿Cómo recuerda su paso por allí?

–Muy bien. Hice amigos. Recuerdo a algunos profesores. Íbamos a ver exposiciones, al Museo de Bellas Artes, a la biblioteca, alimentábamos nuestra curiosidad… Dibujábamos hasta en nuestro tiempo libre, los sábados y domingos.

–Pero usted no era precisamente un alumno conformista. Siendo presidente del Centro de Estudiantes en la Escuela Nacional de Bellas Artes lideró una toma que duró un mes. ¿Hacia dónde pensaba que debía ir la enseñanza?

–Era muy elemental la enseñanza académica. Necesitábamos que abrieran las puertas, que hubiera planes de estudio más ágiles, que incorporaran más todo lo que sucedía en el arte contemporáneo, que hubiera contacto entre lo que hacíamos en la escuela, el mundo exterior y el medio artístico. Algunas sugerencias se concretaron y otras quedaron en el olvido.

–¿Para usted cuál fue el paso más decisivo en su carrera: ¿de Mendoza a Buenos Aires, o de Buenos Aires a París?

–Ambos son equivalentes. Ir a los 30 años a París fue fundamental. Era la primera vez que tenía las 24 horas del día para mi trabajo. Sacaba tiempo para dormir y comer rápido, nada más.

La presentación de la muestra de Le Parc en el MNBA, con Mariana Marchesi, su hijo Yamil, Juliana Awada y Hernán Lombardi.
Una de las obras de Le Parc en el MNBA. Foto: Julio César Ruiz.

–¿El ambiente del arte parisino era como lo imaginaba?

–Cuando llegué, visité en una semana las academias y museos más importantes, y fue suficiente. Lo que buscaba era encontrar algo dentro mío, no quedar acovachado ni disminuido con lo que podía ver en las galerías y las escuelas. 

–Allá hasta creó un movimiento…

–Nosotros teníamos el hábito, como estudiantes, de reunirnos, discutir, analizar… Cuando llegamos a París con mis amigos –Hugo Demarco y Horacio García Rossi, entre otros– conocimos artistas franceses y les propusimos crear un grupo. Así, en el ’60 se fundó el Grupo de Experiencias de Arte Visual (en francés GRAV –Groupe de Recherche d’Art Visuel–). 

–También entonces mostró su espíritu rebelde. Se negó a formar parte de una exposición oficial, y eso le valió entrar en una especie de lista negra.

–El gobierno decidió hacer una muestra de arte contemporáneo en el museo más importante de París, en el Grand Palais. Leí en un diario que el comisario de la muestra ya había sigo designado. Con mis amigos le mandamos una carta al director, diciendo que éramos artistas contemporáneos y pedíamos un diálogo. No nos respondieron. Entonces, convocamos a otros artistas e hicimos asambleas para mandar otro petitorio. Tampoco contestaron y quedó como un antagonismo. Muchos artistas habían renunciado a formar parte de la exposición, y yo también. El día de la inauguración fuimos a repartir un texto explicando el porqué del rechazo. Ellos tuvieron la mala idea de llamar a la Policía. Vinieron con máscaras y nos empezaron a golpear. Eso hizo que ciertos artistas que exponían descolgaran sus cuadros. Pero el poder de decisión del medio cultural es muy celoso de sus prerrogativas. Y en las siguientes exposiciones optaron por otros artistas más tranquilos, digamos. 

–¿Eso lo afectó?

–Yo seguí trabajando y exponiendo en galerías, en América latina –Argentina, Chile, México, Venezuela–, en Alemania –Dusseldorf, Berlín–, y en la Fundación Miró de Barcelona. El problema era únicamente en París.

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Parte de la muestra de Julio Le Parc en el CCK.
Parte de la muestra de Julio Le Parc en el CCK.

–Expone aquí una obra sobre la tortura. ¿Se inspiró en la dictadura militar argentina?

–Sí. A París llegaban informaciones de los métodos que se practicaban en la Argentina. Se crearon comisiones en defensa de los presos políticos. Estos cuadros estuvieron primero en un salón de artistas jóvenes, y luego fueron utilizados para denunciar la tortura como método del gobierno. En nuestro país nunca habían sido presentados.

–¿Cómo le explicaría a un neófito qué es el arte óptico, del que usted es considerado pionero?

–En realidad, yo siempre rechacé la calificación de arte óptico o cinético. Son experiencias que hago. Se trata de una relación más directa del espectador, que había sido dejado de lado en el arte contemporáneo por los coleccionistas, las galerías, los críticos, los museos, que deciden lo que es valioso o no. Era como si el espectador, si no tenía dinero en el bolsillo, no tenía la más mínima intervención en el sistema, su opinión carecía de valor.

–¿Qué le gusta además de la pintura?

–La música. Y la vida normal, tener objetivos que vayan poquito a poquito. Ahora estoy hablando con vos, pero también pensando lo que voy a comer esta noche, un objetivo inmediato. A lo mejor, si ceno bien esta noche, hoy mismo o mañana tengo una buena idea. Esos objetivos pequeños me llenan de satisfacción. Antes que pensar en que un día voy a ser reconocido, prefiero pensar a qué restaurante iré hoy.

Parte de la muestra de Julio Le Parc en el CCK.

–¿Esperaba que en Buenos Aires hubiera tanto Le Parc por todos lados?

–No. Fue una gran sorpresa. Va mucho más allá de lo que hubiera imaginado. Y es debido a la insistencia y el enorme trabajo que realizó mi hijo Yamil. He recibido mucho afecto y cariño.

–¿Cómo ve el panorama artístico en nuestro país?

–Acá, como en toda Latinoamérica, hay una gran producción. El problema es quién tiene el poder de decisión, como decíamos antes. El poder más fuerte, el de los Estados Unidos, trata de que sus artistas plásticos sean los mejores del mundo. Tienen los medios económicos, los grandes coleccionistas, y decidieron imponerse desde hace varias décadas, desde lo ideológico y lo económico. Lo han conseguido, y es eso lo que habría que cambiar. En América latina tendría que haber una mayor relación entre los Ministerios de Cultura, para que los artistas se conozcan mejor, hacer más intercambios, un frente común a ese imperialismo del arte que trata de imponer una idea completamente falsa: no son los norteamericanos los más grandes artistas del mundo. Siempre pensé en mi caso y el de mis amigos con relación a Francia: le dimos una frescura diferente. No fuimos apabullados por los artistas modernos ni por el Renacimiento italiano, ni tampoco tuvimos el peso que soportan los mexicanos con el arte precolombino. Estábamos menos sometidos, porque en la Argentina eso no existió. Los argentinos tenemos la predisposición de mirar hacia el futuro. 

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