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Guillermo Roux a los 90 años: pinceladas de una vida apasionante

Guillermo Roux a los 90 años: pinceladas de una vida apasionante

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El gran maestro nos cuenta cómo comenzó a dibujar junto a su padre, su viaje iniciático a Italia, la vuelta para vivir como maestro en Jujuy, su amor con Franca –que lleva 53 años–, cómo superó la enfermedad y la depresión, su amor por el prójimo y cómo se gestó su última obra monumental, La Constitución guía al pueblo, expuesta en la Legislatura santafesina.

l artista en su atelier de la planta alta de su casa, en Martínez. Allí atesora pinturas, pinceles, telas, acuarelas y objetos que usa como modelos en sus cuadros. 

“Sigo dibujando todos los días, y a toda hora. De noche, cuando como, cuando dejo de comer. Soy el terror de la gente que está conmigo, porque a veces se tienen que quedar hasta tarde… y quietos”, dice Guillermo Roux y se ríe como un chico, aunque el 17 de septiembre cumplió 90 años. Su única hija, Alejandra, vive en España. Pero aquí y ahora, en su casa de Martínez, están su mujer italiana, Franca; su amigo, el galerista Carlos Pinasco; sus gatos Merengue y Michina. Y su luminoso y enorme atelier. Su vida.

Una de las obras más recientes del maestro es un mural de 7 x 35 metros , La Constitución guía al pueblo, expuesto en la Legislatura de Santa Fe. Aquí nos relata su proceso de creación.

Hace siete años no estaba así, feliz como parece. Conoció la enfermedad, el dolor y la depresión. Salió adelante, aunque camine con la ayuda de un andador, o se desplace en silla de ruedas, y sus prodigiosas manos tiemblen de vez en cuando. Él asegura que, en buena medida, lo salvó la gente: “En los años que llevo así, nunca encontré a alguien que no me diera un brazo en un momento de dificultad. Ése es el país. Te voy a contar una anécdota. Cuando estaba bien de las piernas iba a tomar un café a la calle Alvear, en Martínez. Se paró un cartonero y me dije: ‘Don, ¿no me da la galletita?’. Se la di. Al día siguiente pasó lo mismo, pero agregó: ‘¿Un tostadito no habría?’. Le pregunté qué peso llevaba en el carro. Respondió que unos cincuenta kilos y que la dificultad eran las cunetas. Probé. No lo podía ni mover. Él hacía kilómetros con eso para ganar 50 pesos. Al otro día lo volví a ver: ‘El tostado estaba bueno, pero un sanguchito no estaría mal’. Y mientras lo comía, me dijo: ‘Usted es un buen hombre. Ojalá no le pase nunca, pero un día se puede caer en la vereda. ¿Y sabe qué? Ese día yo lo agarro, lo levanto y lo llevo hasta su casa’. ¿Te das cuenta? Ésa es la humanidad”.

En el living de su casa cuelga el último boceto de La Constitución guía al pueblo, expuesto en la Legislatura de Santa Fe.

–¿Quién lo ayuda a vivir día a día?

–Primero Franca. Hace 53 años que estamos juntos. Me dio un punto de apoyo sobre el cual desarrollarme. Muchos me dijeron: “¡Qué talento tiene usted!”. Pero ella me lo dijo de una manera que le creí. Fue fundamental. Sobre eso construí. También las personas que trabajan en casa, que me tienen paciencia: Mirta, Mary, Nelly, Jorge –el taxista–, que me lleva hasta al baño. Siento que no me quieren porque soy pintor, o porque tengo plata. Yo creo en la gente, en el hombre. En definitiva, mi arte es para ellos.

–¿Qué espera para los 90?

–No sé. Estoy recorriendo paisajes que no conozco. Antes había luz, árboles, verde, flores. Ahora empieza a ser árido, hay montañas difíciles, menos flores. Pero también lindas piedras, llueve y yo me mojo. No me detengo: es el camino que elegí. La vida es lo que sucede entre dos silencios. Y el segundo acto es el que corre por nuestra cuenta, el más difícil, donde se arman todos los líos.

Roux junto a su mujer desde hace 53 años: Franca, italiana que conoció en nuestro país.

–¿Y cuál será el paisaje del tercero?

–Ése no lo conoce nadie hasta que lo transita. Pienso que hay una prolongación de la existencia, pero mejor que no la descubra nadie, ¡porque la van a vender! (ríe)

–¿Cómo se hizo pintor?

–Mi abuelo mandaba cartas de amor dibujadas. Yo me crié al lado de la mesa de dibujo de mi padre, Raúl. No soñaba con ser pintor:  quería dibujar, tener algo que ver con el mundo gráfico, porque había que ganarse la vida. Hacía ilustraciones, publicidad, viñetas… Hoy existen más galerías, pero cuando tenía 13 o 14 años, salvo Fader o algún pintor histórico, no se vivía de la pintura.

–¿Se formó con su papá?

–Él intentó enseñarme, pero parece que no le hacía caso. Al final se impacientó: “Hacé lo que quieras. Vos tenés condiciones, el problema es si vas a saber utilizarlas”. Mi padre hacía una tira diaria para La Razón. Y conozco la Editorial Atlántida porque hacía una doble página para El Gráfico, Vida de grandes deportistas. Lo acompañaba… Cuando le pagaban el sueldo íbamos a la London, de Florida y Avenida de Mayo, y me pedía una copa Melba.

–En el ’56 se fue del país…

–Sí. Acá llegaban pocos libros de arte. Y yo estaba obsesionado con los clásicos: quería ver los originales. Así que me tomé un barco, el Salta. Era la primera vez que salía de mi casa, en Flores. Llegué a Génova. En Italia había una gran euforia: la guerra había terminado y estaban reconstruyendo todo. Allá me metía en todas las iglesias, conventos y museos que tenían frescos. Como estaban restaurando, había decoradores que a su vez eran pintores. Gente que sabía mucho. Me quedé sin plata pronto, y en Roma empecé a trabajar con un decorador, Umberto Nonni, un triestino maravilloso que hacía proyectos para la capilla de San Antonio en la Catedral de Cork, Irlanda. Yo hablaba poco italiano. Le mostré mis dibujos y me dijo: “Mañana a las ocho acá”

–¿Qué hacía allí?

–Era un mundo casi místico, como una reclusión artística. Desde las nueve de la mañana hasta las diez de la noche pintábamos y dibujábamos. Parábamos sólo a comer, ahí dentro del taller. Trabajaba como un energúmeno.

–¿Sus artistas favoritos son europeos?

–No. Pasé por varias etapas. Empecé mirando lo europeo, pero luego me arrepentí de no haber visto más arte latinoamericano. Es una fuente de inspiración maravillosa. Un crítico francés me dijo: “Buenos Aires está lleno de fachadas italianas. Se ve una cornisa como la pudo haber hecho Miguel Ángel, sólo que acá está en una casa de barrio”.

–¿Ese amor por lo latinoamericano se despertó cuando fue maestro de dibujo en Jujuy?

–Sí. Había vuelto a la Argentina, me había casado y no tenía plata… ¡Lo de siempre! No se vendían cuadros, había pocas galerías… En el magisterio se ganaba como para tirar el mes. Tenía de diciembre a marzo de vacaciones y me sobraba tiempo para pintar. Vivía en Villa Cuyaya, en San Salvador. 

–La docencia la ejerció siempre: aquí fundó una academia. 

–No fue algo premeditado, sino por circunstancias, con gente que me venía a ver y tomaba clases. Un día se congregaron en un lugar cerca de casa, en el primer piso de La Boutique del Libro, y me dijeron que sabían que yo salía a caminar por Martínez, que cuando quisiera subiera. Pero yo seguía de largo. Hasta que un día llovió y me metí. Ahí empezó el taller.

–¿Qué debe tener sí o sí un artista?

–Decir hasta las cosas más terribles con gracia. Aunque sea un fusilamiento, como el Dos de Mayo, de Goya. Es maravilloso cómo resuelve la sangre del piso con un raspón de la espátula.

–¿Existe la perfección en el arte?

–Uno podría decir que es la belleza. Pero la belleza real, lo sublime, produce miedo, porque escapa a lo humano. 

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–¿Más miedo que la tela en blanco?

–¡Nunca me dio temor! Mi formación fue de trabajo; siempre tuve mucha producción. Jamás dije: “Esto no lo hago”. Pero desconfío de la palabra “artista”. Hay demasiados… Yo tengo oficio. Si después es arte, se sabrá en el camino. La obra, cuando sale del taller, tiene vida propia. Hay algo que no lo dictan ni los críticos, ni nadie: si algo tiene valor, lo dirá el tiempo. También hay que tenerle respeto a la palabra “obra”: es un trabajo.

–¿Cuánto hay de inspiración y cuánto de transpiración?

–No creo en la inspiración ni en las explosiones de creatividad. Hay una labor constante, de todos los días, todo el tiempo. La inspiración, en todo caso, es el fruto del trabajo. A veces, para que una línea o un trazo tengan “algo”, deben pasar años.

–De sus trabajos, ¿cuáles rescata?

–Es difícil. No recuerdo las cosas tanto por el trabajo en sí, sino por el placer que me dio hacerlo.

–¿Y hoy qué le gusta pintar?

–Las figuras. Las flores. Pintar bien una flor es como pintar un desnudo.

Fotos: Fabián Uset y gentileza Roberto Pera.




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