“Ya no espero la llegada del hombre perfecto… porque no existe” – GENTE Online
 

“Ya no espero la llegada del hombre perfecto... porque no existe”

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El balcón desemboca justo frente a la curva del Boulevard Marítimo. Afuera, algunos rayos de sol se meten entre las nubes y golpean débiles contra la escollera de Playa Chica. De este lado de la puerta de vidrio, María del Carmen Velenzuela (51) despunta sus vicios: el cenicero repleto de Gitanes sobre el brazo del sofá y otro capítulo de Lost que gira dentro del reproductor de DVD. “Cuando cae la tarde y estoy sola me doy cuenta de que ya estoy preparada para compartir estos momentos con alguien. ¡Menos mal que por ahora me quedan varios capítulos de la tercera temporada de Lost!”, se confiesa.

Los días de María son mucho más tranquilos que los de fines de noviembre, cuando todavía grababa Son de Fierro, la tira que rompió con todos los récords de las mediciones televisivas. “Cuando terminó, fui a la peluquería y me corté bien cortito. Tenía que exorcizarme del personaje y me miraba al espejo y seguía siendo Luci. Ojo, nunca tuve miedo de que me encasillen en un solo personaje, porque siempre viene otro mejor. Tengo varios hits en mi haber…”, dice. María tiene tiempo para quemar otro capítulo de su serie favorita, aunque en poco más de dos horas se tirará de los pelos con Thelma Biral sobre las tablas del teatro Güemes de Mar del Plata. Allí interpretan Divas, dos leyendas de Broadway que viven el ocaso de sus carreras. Se han peleado tanto que ya nadie las llama por los escándalos que protagonizaron en el pasado. Algo muy diferente a lo que vive María, que permanece en pantalla desde hace… ¡33 años!

–Imagino que no trabaja por necesidad. ¿Tiene que ver con una adicción a la pantalla?
–No soy adicta al trabajo, pero tengo necesidad de trabajar. Yo no reniego de ser una persona absolutamente popular, conocida desde hace mucho tiempo, producto de la televisión. Amo lo que hago y trabajo para la gente.

–¿No tiene miedo a los encasillamientos? Por ejemplo: a Mercedes Morán y Juan Leyrado les siguen diciendo Roxy y Panigassi…
–Yo tengo muchos años y la gente vio muchos personajes míos. En su momento la Torda de Campeones pegó muy fuerte. Pero siempre vinieron otros personajes. Sí me molesta cuando dicen: “Esta es de televisión, no encaja para el cine”. Como si el cine estuviera reservado para una categoría superior.

–¿Se siente más identificada con los Fierro del inicio (la familia perfecta) o con los del final (separados en busca del nuevo rumbo)?
–Cuando yo formé una familia y me casé imaginé que era para toda la vida. Te diría que fui más allá de los Fierro: ¡Soñaba con la familia Ingalls! Y resultó todo lo contrario: estoy divorciada, con papeles y todo. Las cosas no siempre salen como uno las sueña. A los 49 años me fui a vivir sola por primera vez en mi vida. Mi hija hace más de un año que se mudó y los varones viven con su padre. Podríamos hacer una sitcom: “Los Vázquez-Valenzuela”.

–La tira trataba el tema de la infidelidad. ¿En su vida le tocó estar de los dos lados?
–Lo único que te puedo decir es que de cualquier lado que te toque estar vas a sufrir. Porque le estás haciendo daño a otra persona o porque te sentís traicionado. ¿Cómo se puede seguir? Se verá, pero en la balanza se sufre de ambas partes.

VOLVER A EMPEZAR. La charla transcurre en el departamento de María frente al mar, justo el domingo 10 de febrero. Hace exactamente cinco años, Malena Vázquez luchaba por su vida debido a un aneurisma provocado por un mal congénito. Corrió tanta agua debajo del puente que la hija de María del Carmen Valenzuela y Pichuqui Mendizábal salió de un coma profundo, debió reaprender a comer, a hablar y a caminar por sus propios medios… “Yo creo que todo tiene un porqué. ¿Será casualidad? En esos momentos la familia estaba quebrada y esto volvió a unirnos. Claro que a un precio muy alto…”, recuerda María.

–¿Le costó aceptar que Malena se fuera a vivir sola?
–Sí, pero era necesario. Cuando salió del problema de la enfermedad nos habíamos mimetizado. Lo hablamos en terapia y se fue a vivir sola. Fue muy duro al principio, porque no quería invadirla pero trataba de estar. Había que cortar el cordón umbilical otra vez.

–¿Y cómo lo lleva?
–Recién ahora estoy empezando a sentir la verdadera soledad, porque dos de mis hijos, Malena (24) y Julián (18), están de viaje en Los Angeles; y Juan (16) está entrenando en Buenos Aires para un torneo de tenis.

–¿No será momento de buscar un nuevo compañero?
–Ahora que tengo más tiempo pienso en la posibilidad de encontrarlo. Cuando laburo doce horas diarias, tan enfrascada y tan pasional como soy, no tengo lugar para pensar en una pareja. Tengo mis hijos y los veía el fin de semana. Eso no me permitía pensar en una pareja. Estaba con la cabeza ocupada. Pero ahora que estoy frente al mar, veo el atardecer y me digo: “¡Ah, estaría bueno conocer a alguien!”.

–¿Es más difícil convivir con la soledad a los 50 que a los 30?
–Estoy sola porque quiero; después, cómo me la banco, es otra cosa. Hasta ahora la capocha estuvo ocupada. La semana que viene tendré que buscar otra serie. ¡Ja ja! Soy una ostra, un poco cavernícola. Soy bastante fóbica en cierto punto.

–¿Pone muchos requisitos a la hora de conocer un hombre?
–A esta altura no busco algo ¡guauu! Ya no espero la llegada del hombre perfecto, porque sé que no existe. Me miro al espejo y sé que no es así. Podemos mejorar, pero no perfeccionarnos. Busco alguien para compartir, es eso.

–¿Usted es de las que sostienen que el sexo es mejor a los 50 que a los 20?
–¡Claro! Todo es mejor a los 50 que a los 20 y el sexo es una de esas cosas. A los 20 es todo vértigo, te estrellás contra la pared. Tiene que ver con la entrega y con el conocimiento. Cuando pasás los cuarenta manejás mejor las aguas, estás más serena. Sabés lo que te pasa y tenés otra mesura. Podés equivocarte, pero es parte de la vida.

–Hace seis años usted decía: “En 15 años sueño estar con Pichuqui en una playa del Caribe…
Luce un nuevo corte de pelo y jura que su cabeza también cambió por dentro: “<i>Como soy adicta al trabajo cuando grabo doce horas por día no pienso en otra cosa. Ahora puedo pensar en una pareja</i>”.

Luce un nuevo corte de pelo y jura que su cabeza también cambió por dentro: “Como soy adicta al trabajo cuando grabo doce horas por día no pienso en otra cosa. Ahora puedo pensar en una pareja”.

“<i>Cuando formé una familia imaginé que era para toda la vida. Y resultó todo lo contrario: estoy divorciada, con papeles y todo. Las cosas no siempre salen como uno las sueña</i>”.

Cuando formé una familia imaginé que era para toda la vida. Y resultó todo lo contrario: estoy divorciada, con papeles y todo. Las cosas no siempre salen como uno las sueña”.

“<i>El sexo y todo es mejor a los 50 que a los 20. Tiene que ver con la entrega y con el conocimiento. Ahora manejás mejor las aguas, estás más serena y sabés qué te pasa y qué necesitás</i>”.

El sexo y todo es mejor a los 50 que a los 20. Tiene que ver con la entrega y con el conocimiento. Ahora manejás mejor las aguas, estás más serena y sabés qué te pasa y qué necesitás”.

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