“Y, sí, me gusta transformarme, reinventarme” – GENTE Online
 

“Y, sí, me gusta transformarme, reinventarme”

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Gracias, Silvia, gracias, ¡gracias! Conociéndome, si salía así a escena no iba a pegar un ojo por la noche”, acopla sus manos en señal de rezo Guillermo Héctor Francella (54, acuariano), igual que quien está a punto de evitar un terremoto de magnitud 10 en la escala de Richter. ¿De qué manera iba a salir? Con una media negra arriba de otra marrón y una media marrón arriba de otra negra. Léase, al revés. “Necesito colocarme dos pares superpuestos, porque arriba no hay tiempo de cambiarse. Claro que de ahí a pifiar...”, advierte resoplando. ¿Quién es Silvia? Silvia Santos, asesora de prensa de la empresa SMW. ¿Dónde descubrió el detalle? Dentro del camarín de seis metros por cuatro, en el piso inferior del teatro Astral, en Corrientes al 1600. ¿Por qué el alivio? Porque en apenas 420 segundos, a las 23 clavadas del jueves 28 de mayo de 2009, el actor presentará por primera vez El joven Frankenstein, su flamante criatura, “y quiero cuidar cada pormenor”, afirma ante GENTE, el único medio que lo atestiguará.

13:00 HS. “DORMI COMO UN TRONCO”. Se levantó “alrededor de las once, desayuné y me vine”, informa Guille. “Dormí como un tronco. Lógico, de abril a la fecha venimos dándole duro. Ocho horas los lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado, y doce la semana que promediamos. Imaginate que anoche apoyé la cabeza en la almohada tipo tres de la madrugada y quedé frito”, ilustra quitándose el reloj suizo Victorinox, sacando de un estuche los lentes de aumento y advirtiendo que su celular LG perdió cuatro llamadas.

“La obra lo vale –continúa–. Junto a Pablo Kompel (el inversionista) viajamos en noviembre del ‘07 para verla en Broadway. Asistimos a dos funciones, nos encantó y resolvimos traerla. En mi caso cargaba una motivación extra, recordando que de muchacho me había ‘mandado al hospital’ –exclama entusiasmado– la película El jovencito Frankenstein (1974, también de Mel Brooks)... Comenzamos a traducir y adaptarlo, acudiendo a Fernando Masllorens, Federico González del Pino y el gran Enrique Pinti. Sumamos las coreografías de Elizabeth de Chapeaurouge, el maquillaje de Juan Manuel Pont Ledesma y Alex Mathews, la iluminación de Jorge Pérez Mascali, el sonido de Pablo Abal, la música de Gerardo Gardelín, el vestuario de Fabián Luca, los diseños de Alberto Negrín y, obvio, el ilimitado potencial del director, Ricky Pashkus. Pronto armamos un equipazo de 70 personas. No quiero exagerar, pero esos dos actos, ese par de horas que dura la propuesta, sorprenderán al público”, lanza. “¿Seguimos en un rato?”, agrega caminando rumbo al ensayo tempranero.

17:30. “30 AÑOS SON MUCHOS, CHE”, dice en jean, camisa y chancletas Francella, de regreso a su sencillo centro de operaciones subterráneo, no bien escucha la palabra trayectoria. “Suponía que eran veintitantas temporadas. Sucede que hace poco me puse a pensar, ¡y en 2009 estoy cumpliendo tres décadas de carrera desde el arranque con bolos y publicidades a fines de los setenta!”, no deja de asombrarse. Tampoco, de verse cantando y bailando en las tablas.

“Reconozco que durante el pasado no solían interesarme demasiado los musicales, que me tiraba especialmente el humor italiano de Alberto Sordi, Marcello Mastroianni, Nino Manfredi y Ugo Tognazzi. Sin embargo, he ido cambiando de visión. Y me animé porque mi inquietud me lo pidió. Trabajar en las obras Los productores y La cena de los tontos, y en las películas Rudo y Cursi, de Carlos Cuarón, y El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella, me demostraron que sí, me gusta reinventarme, transformarme. Soy un inconformista que le escapa al piloto automático, y El joven... es la mejor excusa para seguir transitando tal camino”, ejemplifica a punto de atacar el tentador pan francés con jamón crudo, queso y tomate que nos invitaron minutos atrás, rechazamos y ahora deseamos robarle. Al lado, lo secundan una Coca Cola, un termo de acero inoxidable, un tupper cargado de yerba y Jonathan Goransky, el company manager, que le avisa del “último descanso esperando la cruda verdad”.

22:00. “EL ESTOMAGO ME HACE RUIDO”. Cuenta regresiva absoluta. El protagonista se quita los pantalones. “¿No vas a apuntarme en calzoncillos, cierto?”, le insinúa al fotógrafo, que elevaba su cámara en busca de la imagen. “Preparado, a tus órdenes”, acepta después, a medida que lo caracterizan. Dos micrófonos sujetados sobre el ombligo, “conscientes de que uno puede fallar”. Un arnés, “im–pres–cin–di–ble en cuestiones de precaución”. El micrófono debajo de la peluca, “pegadito a la piel”. La ropa restante, “al estilo antigua Transilvania”. Los gemelos, más una moneda en el bolsillo del chaleco, puesto que “¡en un momento de la historia me toca dar propina!”. Y el séquito de colaboradores acercándose a asistirlo. Bueno, colaboradoras. “Bendito soy entre todas las mujeres”, bromea rodeado por Laura Castiglione (vestidora), Eliana Acosta (jefa de peluquería), Anita de Irisarri (sonidista), Grace Fernández (maquilladora) y Julieta Becette (seguridad).

“¿Listo?”, consulta cuando los altavoces anuncian que en breve la orquesta de Fernando Villanueva lo pondrá frente al público. Le preguntamos si siente nervios. “No, quizá ansiedad. Aunque el estómago me hace ruido”, contesta. Indagamos si hay cábalas que cumplir. “Pensar en mis afectos. Sé que María (Inés Breña) y mis hijos (Johanna y Nicolás) andan por ahí, escondidos en la platea”, responde avanzando a paso lento por el pasillo, alentando a sus compañeros, deteniéndose en un espejo, levantándonos el pulgar y desapareciendo en la escalera que asciende al escenario. Empieza la obra. Termina la nota. Hay 1.200 butacas repletas de familiares y amigos que aguardan su mutación... La nueva mutación de Guillermo Héctor Francella. En el camarín, ya caracterizado como Víctor Frankenstein. Dentro de ocho minutos mostrará su nueva propuesta. “Nervioso, no; quizá ansioso”, sintetiza Guillermo. El estreno público será el miércoles 3 de junio.

En el camarín, ya caracterizado como Víctor Frankenstein. Dentro de ocho minutos mostrará su nueva propuesta. “Nervioso, no; quizá ansioso”, sintetiza Guillermo. El estreno público será el miércoles 3 de junio.

La conversión de Francella tarda media hora y lo obliga a desprenderse de cada pertenencia, salvo la medalla de Racing Club, que se deja colgada del cuello. “Una cábala, igual que la remera de la Academia que descansa sobre la mesa del camarín donde me alistan”, confiesa el porteño... Los zapatos llevan su nombre escrito a mano en la plantilla.

La conversión de Francella tarda media hora y lo obliga a desprenderse de cada pertenencia, salvo la medalla de Racing Club, que se deja colgada del cuello. “Una cábala, igual que la remera de la Academia que descansa sobre la mesa del camarín donde me alistan”, confiesa el porteño... Los zapatos llevan su nombre escrito a mano en la plantilla.

Arenga Francella a sus pares en el subsuelo del teatro, previo a la verdad. Escuchan y comparten Pablo Sultani (Igor), Laura Oliva (Frau Blücher) y Omar Calicchio (El Monstruo). Observa a la distancia Carlos Olivieri, “el trascendental director actoral”, según Guille. Abajo: Un momento de El joven Frankenstein.

Arenga Francella a sus pares en el subsuelo del teatro, previo a la verdad. Escuchan y comparten Pablo Sultani (Igor), Laura Oliva (Frau Blücher) y Omar Calicchio (El Monstruo). Observa a la distancia Carlos Olivieri, “el trascendental director actoral”, según Guille. Abajo: Un momento de El joven Frankenstein.

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