«Voy a seguir haciendo goles… ¡pero en los picaditos con mis hijos!» – GENTE Online
 

"Voy a seguir haciendo goles… ¡pero en los picaditos con mis hijos!"

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En su casa, en su mundo privado. Domingo a la mañana. La mañana después del
adiós.

-¿Ya se arrepintió?
-No. ¿Y sabés qué, viejo? Me voy como quiero: con la
gloria. Con trescientos goles a mis espaldas.

Sí, a los 37 años, ya no habrá más fútbol para él. Después de 18 años de carrera
-debutó en un Unión-Argentinos Juniors, el 13 de julio de 1986-, de 667
partidos, de haber vestido ocho camisetas -Unión, San Lorenzo, Boca, Toulouse
(Francia), Universidad Católica (Chile), Yokohama Marinos (Japón), Sporting
Lisboa (Portugal) y la selección argentina-, y de ganar ocho títulos en dos
continentes.

Y, sobre todo, después de 300 goles. Una larga lista que inició el 24 de agosto
de 1986 -con flamantes 20 años cumplidos el día anterior- cuando, con la casaca
a rayas rojo y blancas de Unión al lomo, irrumpió loco en el área de
Independiente, y le reventó la red con un derechazo a Luis Islas. Sería su
primera vez. Y el sábado pasado, la última. El Nuevo Gasómetro, el hogar de San
Lorenzo de Almagro, al que le regaló 123 goles y ocho años de su magia. Su club,
su hogar. Vélez Sarsfield es el oponente. 21: 27 horas, penal. Sebastián Peratta
en la valla. Dijo que no se la iba a regalar. Pero no pudo. Otro derechazo, bien
esquinado. Trescientas veces, Beto. Lo hiciste. Lo tenías que hacer. Marca su
inefable cuatro con sus dedos, en honor a su mujer, Roxana, y a sus hijos,
Michael (12), María del Sol (10) y Milagros (3). Los diez cuervos restantes lo
llevan en andas, ya sabiéndose subcampeones de este Apertura 2003. Y se le
escapan las lágrimas.

Sí, fue la última vez. Para Alberto Federico Acosta -nacido el 23 de agosto de
un 1966 en Arocena, provincia de Santa Fe, el hijo de Minda y Fico-, se
terminaba todo. Se retiraba, como lo quiso, con la gloria y siendo un ejemplo,
ya que a los 37 años luce un físico que más de un debutante envidiaría.

Domingo a la mañana, decíamos más arriba. En su casa en un country de Pilar,
toda blanca, con su mujer e hijos. Está en su epílogo futbolístico. Sonríe. Y no
podría ser mejor.

-Finalmente, Beto…
-…Siento que me saqué una mochila pesadísima. Tengo una tranquilidad enorme.
Hace rato que venía tachando los días en el calendario. Cuando entré en la
cancha, todo se me vino encima. Se me iba la mitad de mi vida.

-¿Y ahora? ¿Qué hacemos?
-Empieza una etapa mejor, con mi familia. Estaba perdiendo de vista a mis
chicos. No es fácil vivir concentrado, salir de pretemporada… Sufro cuando no
estoy con ellos. Ahora, voy a descansar dos o tres meses. Pero de la pelota no
me desligo. Estoy construyendo un complejo en Arocena, mi pueblo. Es chiquito,
dos mil habitantes y está más o menos a mitad de camino entre Rosario y Santa
Fe. Quiero devolverle algo de lo que me dio esta gente.

-¿No le tienta volver como DT?
-Ni loco. Nunca pensé en eso, hay que tener una personalidad especial, mucho más
fuerte que la de un jugador.

-¿Y no siente que se fue un poco temprano? Algo de fútbol le quedaba.
-No sos el primero en decirlo. Pero a los 37 pirulos no es fácil. Muchos me
diagnosticaron seis meses más, un año tal vez. Pero yo me quería ir pleno, y a
lo grande. Quería dejar la pelota, no que ella me dejara a mí. Y me salió todo
redondo, es la película que soñé.

-Va a extrañar, me imagino.
-Ni hablar. Voy a ir a la cancha a ver al Ciclón, y voy a alentarlo como un
hincha más. Pero quedará un vacío de tristeza, de no estar en ese césped. Aún
así, todo lo que quise hacer en la vida, lo hice.

-Sin embargo, le queda una espina: jamás jugó un Mundial.
-Es el reto más alto que podés enfrentar. Jugué con la Selección, y hasta fuimos
campeones de América en el '93. Integré ese increíble equipo de Alfio Basile, el
de los 33 partidos invictos. Sin embargo, reconozco que cuando no me llamaron
para el Mundial '94 fue una amargura muy grande.

-Diez años después, ya no es el mismo.
-Antes, terminaba el partido, y si perdía, era un bajón total. Me aislaba en mi
cuarto, me deprimía. Y cambié. Cruzo la línea de cal, y el fútbol pasa a un
segundo plano. Sé que di lo mejor que podía dar. Si pierdo, mala leche. Además,
tengo a mi familia, nada menos.

-Eso. Su familia.
-Ahora, voy a vivir por ellos. Quiero llevar a mis chicos al colegio, no
perderles el rastro y estar para ellos. Con mi mujer llevamos quince años
juntos, y somos muy unidos. En todos los lugares del mundo que estuvimos, nos
aguantamos mutuamente, y nos hicimos fuertes afuera. Como los amigos y nuestros
viejos estaban lejos, aprendíamos a entendernos, a vivir el placer de compartir.
Nos teníamos sólo a nosotros.

-Y en su vida sin fútbol, ¿a qué le teme?
-A la nostalgia. A vivir del recuerdo. Pero por suerte, para levantarme de
cualquier bajón, tengo a mi familia.

-Ahora se queda sin Pipo Gorosito, su hermano de cancha en San Lorenzo, Chile y
Japón…
-Fuimos la última gran dupla del fútbol argentino. Es el mejor que conocí. En el
césped nunca me falló. Uno de mis grandes sueños era que Pipo fuese mi DT algún
día. Y se me cumplió. En el último entrenamiento, el viernes pasado, él y su
banda me llenaron de engrudo. ¡Y yo que pensaba que me iban a hacer un homenaje!

-¿Y cuán lejos estamos de Arocena, Beto?
-Poco y nada, viejo. Mi papá hacía carreteras, y siempre estaba lejos. Mamá era
ama de casa, y nos crió a mí, y a mis hermanos, Sergio y Nilda. Eramos una
familia de clase media, que tiraba. Yo siempre me escapaba al potrero. En el
pueblo, siempre había un lugar para pelotear. Para mí, era una obsesión. La
redonda me flechó sin vueltas. Mi vieja me llevaba arrastrando a hacer los
deberes de la escuela. Cada vez que voy para allá, recuerdo toda esa época. Y es
hermoso.

-¿Del gol hay divorcio definitivo?
-¡Eso si que no! Voy a seguir haciendo goles… ¡pero en los picaditos con mis
hijos! Y acá en el country ya me quieren para los torneos. El papi fútbol no es
una mala liga.

-Claro, es un vicio difícil de dejar.
-Es un placer que el goleador disfruta. Cuando la pelota toca la red, te llenás
de felicidad, y querés abrazar a cada hincha. A un metro del arco, o a treinta,
todos tienen el mismo sabor. Y te digo, es algo muy, pero muy rico.

-Aún después de todo esto, ¿ni hablar de volver?
-No, viejo. Aunque venga la nostalgia, no me voy a arrepentir. Me fui como
quise: con los honores al hombro, y el nueve en la espalda. Y que el fútbol no
se preocupe. Sucesores no me van a faltar.

En el fondo de su casa, hay dos arcos y unos metros de pasto. Para picar con sus
hijos, para que la redonda siga cerca. Dieciocho años. Trescientos goles. Beto
sonríe, en el jardincito que es su epílogo. Y no podría ser mejor.

Dice de su Para mí, una obsesión. Me flechó sin vueltas. Pero la dejo yo, antes de que ella me deje a mí." Se retira con un subcampeonato y como goleador del Torneo Apertura 2003 con 10 tantos.">

Dice de su "amiga" Alberto Federico Acosta: "Para mí, una obsesión. Me flechó sin vueltas. Pero la dejo yo, antes de que ella me deje a mí." Se retira con un subcampeonato y como goleador del Torneo Apertura 2003 con 10 tantos.

El santo mayor de Boedo, junto a su mujer Roxana, y sus hijos, Michael, María del Sol y Milagros, en su casa y en su partido de despedida.

El santo mayor de Boedo, junto a su mujer Roxana, y sus hijos, Michael, María del Sol y Milagros, en su casa y en su partido de despedida.

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