“Vivo sin mentirme y quiero morir sin mentirme” – GENTE Online
 

“Vivo sin mentirme y quiero morir sin mentirme”

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Esperáme, Alfredo! ¡Ya estoy con vos! Lo espero. Está en un ángulo del restaurante Filo, pegado a la puerta de entrada, calle San Martín, atardecer de viernes, de hielo –sensación térmica cuatro grados–. Su cabeza florece: tatuajes. Decisión reciente. Sus dedos –con uñas pintadas pero que necesitan retoque, o acetona y nueva capa rojo oscuro– vuelan sobre el teclado de su notebook. –¿Qué hacés? –(Sin levantar la vista) Escribo mi columna para el diario de Lanata.

Termina. Ahora, frente a frente. Advertencia. La misma que hizo muchas veces cuando era comisario de a bordo: ajustarse los cinturones. Porque no volamos, pero estamos en una montaña rusa. Eso es Fernando Peña (45): una montaña rusa. Se lo digo.

–Sí. Una montaña rusa, pero con toques del Tren Fantasma. Esqueletos, monstruos, todo eso.

–Cómo preguntaría Marcel Proust: ¿Cuál es el estado actual de tu espíritu?
–Estoy feliz. Muy feliz... Porque estoy en pareja.

–Que yo sepa, no es la primera vez.
–No. Pero pareja estable. En mi caso no es fácil... Porque es difícil encontrar putos (usa siempre esa palabra, no sus muchos sucedáneos. En adelante escribiré p..., para no herir sensibilidades) con mi bagaje cultural.

–Sospecho que no estás para taxi boys.
–Sí, pero no para convivir.

–Además, los taxi son peligrosos. Recordá a Pasolini (Nota: Pier Paolo, director de cine, masacrado por un joven de ese oficio). Es como caminar por una cornisa.
–Peligro hay siempre. Y te digo: me gusta la cornisa. Pero…

–Pero estás algo grande para eso, sospecho.
–Grande pero no idiota. No caigo en esa payasada de los homosexuales que quieren casarse. Los homosexuales fuimos innovadores, y ahora esos estúpidos van para atrás.

–¿Cómo es tu pareja?
–Más joven. 28 años. Comparte todo lo que me gusta: comer bien, el humor, la música. Parece de mi edad. Un señor de bigote. Y yo, joven de espíritu. Equilibramos la balanza.

–¿Feliz por qué otras cosas?
–Porque logré lo que quería: teatro, radio, ser famoso (Nota: viernes, sábado y domingo, teatro Margarita Xirgu; lunes a viernes de siete a diez de la mañana, Radio Metro, y sábados de siete a nueve de la noche, Radio Nacional).

–Pero, ¿qué es, para vos, ser famoso?
–Hacerme entender. ¡De una vez por todas! Y escribir es como pasar una puerta giratoria: entro en otra dimensión. Buscar la palabra justa me ayuda a encontrarme.

–En pareja estable, ¿sos fiel? ¿O hay alguna escapada?
–No creo en la fidelidad. En todo caso, tener una escapada, volver con más ganas y contárselo al otro. Me pasó.

–¿El otro lo bancó, o…?
–Lo bancó a regañadientes, pero prefirió la sinceridad.

–La montaña rusa sale de la lenta trepada y cae al vacío. Contáme el affaire con Luis D’Elía.
–No lo paré. Lo dejé hablar. Le permití su verborragia y su vómito, y fue el mejor modo de desenmascararlo. Está lleno de odio, un odio que da miedo. Lo que me irrita es que mucha gente lo tiene por un fetiche cómico, lo toma para la chacota, cuando es trágico. Me espanta. Un señor así no puede estar codo a codo con el Gobierno. Y si te reís por lo que dice, sos un pelotudo o un ignorante. Tomarlo a la chacota habla muy mal de nuestro futuro.

–Franz Kafka dijo que toda vida humana es un fracaso, y León Bloy, que todo lo que sucede es adorable. ¿En qué línea estás?
–En ninguna. No todo es maravilloso, salvo el hecho de estar vivo. Y mi vida no es un fracaso. Creo, sí, que la especie humana es un fracaso. Por eso escribí Mugre.

–¿Una obra de teatro muy hermética, muy a lo Ionesco?
–No, porque la gente se hubiera quedado en Babia, y yo me habría cagado de hambre. ¿Sabés que soy? La zanahoria que atrae al burro. Atraigo al público, y una vez que lo tengo sentado, le digo: “Esto es una montaña rusa, una calesita, pero con formato de Tren Fantasma”. Y empiezo: vueltas, tirabuzones, máscaras horrendas, sangre, telarañas…

–¿Te odian?
–No. Muchos dicen que no están de acuerdo, pero admiran mi sinceridad. En ese sentido, mi vida no es un fracaso.

–¿Y en otro sentido, más profundo?
–Sí, por supuesto. Desde que nací humano soy un fracaso. ¡Los humanos tenemos tantas herramientas al divino botón, al pedo! Sería mejor ser conejo, o mono, o león. A veces digo “Estoy muriéndome”, y la gente se ríe. ¿Es posible ser tan imbécil?

–La palabra muerte aterra.
–Sí. Pero no podés tener una relación tan berreta con la muerte. Un día, por radio, dije: “A todo el mundo le deseo una enfermedad terminal… y que luego se cure”. Pero me cortaron la frase, porque este país está lleno de hombres-tijera. No oyen, no escuchan, no entienden. Viven rápido, pero mal.

–Vos también vivís a mil.
–Sí. Pero observando y escuchando. Este país está lleno de consumistas, pero no de cosechadores. Y eso nos nivela a todos muy peligrosamente.

–¿Cómo lo arreglás, cómo lo desnivelás?
–Redefiniendo todo. Porque el mundo cambió, pero el envase que nos contiene, no. Tenemos las mismas taras y manías de siempre. Por ejemplo, aunque se habla tanto de sexo, se está matando el erotismo. En Bailando... se baila: está bien. ¿Pero por qué se mezcla el baile con los chismes de las tres de la tarde? Respuesta: porque mide más. Okay. Pero, ¿qué hay detrás? Gente excitada por la agresión, a la que le sale la doña de barrio. Vecinas que son… ¡arañas con ruleros! Duele que los argentinos sean así. Duele…

–¿Vos no?
–Yo soy uruguayo. Rioplatense, bah…

–¿Patriota o disidente, en cualquiera de las dos orillas?
–Orilla argentina. Defino. Todos los políticos roban. Ni siquiera tienen la decencia de hacer algo bien por vergüenza (o vanidad) de la posteridad. Estoy harto. ¿Sabés de qué tengo ganas? ¡De que nos colonicen, y se acabó! Tengo ganas de vender la patria. “Venga, don Lula: ocúpese usted…”. Ya no tengo ganas de votar ni de hacer más pruebas. Los argentinos no tenemos conducta. Somos indecentes, atorrantes, mentirosos, nos gusta la plata fácil, y nos gobiernan argentinos, no marcianos, que son como nosotros. Y no voy a vivir tanto como para ver un cambio.

–Hablando de vivir, ¿cómo te llevás con la muerte?
–La tomo muy en serio. La respeto. No le digo la parca ni me toco las partes pudendas cuando la nombro. La tengo muy preparada. Ya hice testamento ante escribano. Sé a quién le daría cada uno de mis objetos.

–Yo te pedí una copa azul de tu bar. No te olvides.
–Está previsto. Cuando me muera, es tuya.

–¿Dirías “Vida, nada te debo, vida, estamos en paz”, como el gran poeta Amado Nervo?
–Mirá: la muerte es el telón final, y debe tener un remate impecable. Hay que estar listo, porque si te morís de golpe no tenés tiempo para una declaración. Por eso quiero dejar algo hecho, y digno.

–¿Qué harías escribir en tu epitafio?
–No le pido perdón a nadie. Ni a mí mismo. Toda la vida me empeciné en no mentirme. Eso es lo más difícil.

–¿Qué es no mentirte?
–Infinidad de cosas. Por ejemplo, decirme a mí mismo “Estoy gordo porque chupo, no porque no voy al gimnasio. Y no pienso dejar de chupar”.

–No sos amanerado.
–Es cierto. No tengo el cliché de una marica.

–¿Qué hubiera pasado si lo ocultabas?
–Hubiera sido muy infeliz. No hay nada peor que ser un p... de closet, de cuello y corbata, casado y con hijos, que se mete en un chat gay y trata de llegar en punto para que su mujer no sospeche. Se sufre menos. Todo el mundo tiene derecho a vivir su vida como se le cante el culo.

–¿Qué detestás?
–La Internet. Es muy peligrosa. Cualquier boludo se pone un sobrenombre (Solcito, Pinito, Cachirulo) y te quema la cabeza. ¿Quién es? ¿Un imbécil, un infradotado, un loco de mierda, un asesino serial? No se sabe. El que escribe, debe firmar. Es como navegar en el Riachuelo, y muestra a la gente en su estado más salvaje y repugnante.

–Final: ¿por qué cosas vale la pena vivir?
–Por estar enamorado. Por mi perra Mono. Por el alcohol. Por la droga. Por los tatuajes. Por los hoteles cinco estrellas (me fascinan, son mi refugio cuando la ciudad me agota).

–¿Los hoteles cinco estrellas?
–¡Sí! Todo limpio. Hasta lo grasa es lindo. Hasta las cerezas al marraschino, que son asquerosas, me parecen ricas.

–¿Tu relación con la plata?
–No ahorro. Me aterra. Gano muchísimo y gasto todo. Llevo los billetes hechos un bollo: ordenados me traen mala suerte. Gasto en comer. Tengo diez restaurantes, diez bolichinos a los que voy siempre: La Baranda, en Martínez, Filo, Oviedo, El Museo del Jamón…

–¿Sabés cocinar?
–¡Y cómo! Sé hacer asados. ¡Soy un p... asador! Algunos piensan que un homosexual es un discapacitado. Qué disparate. A mí me gusta hacer cosas de hombre: manejar, tener una caja de herramientas y usarla... No soy maricón ni gay: soy homosexual porque prefiero los hombres a las mujeres… sin excluir a las mujeres. ¿Está claro?

–Cla-rí-si-mo. Cansado de ser un pelado a secas, hizo tatuar en su cabeza las dos carátulas (comedia y tragedia), flores, soles, “el caos del Universo”, dice. Trate de descifrarlos…

Cansado de ser un pelado a secas, hizo tatuar en su cabeza las dos carátulas (comedia y tragedia), flores, soles, “el caos del Universo”, dice. Trate de descifrarlos…

“<i>Silencio: aquí voy a decir absolutamente todo lo que pienso. Y si no les gusta, mala suerte</i>

Silencio: aquí voy a decir absolutamente todo lo que pienso. Y si no les gusta, mala suerte".

En el parque de su casa, Peña posa con su corazón y con su golden retriever. En total, tiene siete perros, tres gatos… y tres gallinas.

En el parque de su casa, Peña posa con su corazón y con su golden retriever. En total, tiene siete perros, tres gatos… y tres gallinas.

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