“Un maestro, el papi. Un maestro” – GENTE Online
 

“Un maestro, el papi. Un maestro”

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Saquen una hoja”, dijo la vida. Y de repente nos tomó examen, así como así. Mi papá, durante toda la suya, me había preparado para ese momento y me había dado las armas necesarias para la batalla, junto con la educación imprescindible para poder. ¿Poder qué? Eso quedaba en mis manos. “Lo que te haga feliz”, decía el viejo.

“Saquen una hoja”, dijo la vida. Y el 13 de diciembre de 2007 papá se fue, y desde entonces a mi mamá, a sus amigos, y a mí, la vida nos toma examen.
Papá nos educó bien. Muy bien. Nos preparó para lo que pudiera ser, y hasta su impecable sentido del humor parió los titulares que podían dolernos, al estilo de “Esta vez fue en serio” o “¿Volverá?”. Su cátedra era imaginar todo cuanto podía pasar para que no te tomaran por sorpresa, con la guardia baja y sin defensa. Pero aquellos titulares de un humor que lastima nunca existieron. Gracias a Dios sí existió –en aquel momento y en todos desde entonces– el respeto de sus pares, un valor que atesoramos y agradecemos de pura entraña. Y a la par de él llegó el cariño de sus lectores, sus autoproclamados admiradores, y los que alguna vez lo habían visto y guardado aquella impresión en el alma. Tanto uno como lo otro nos superó por completo. Se sentía –se siente– injusto. Estábamos y estamos cosechando los frutos que papá sembró, sin haber hecho nada para merecerlos. Pero, al fin de cuentas, creo que tampoco lo merecimos a él. A ese galleguito de alma adolescente, mente juguetona y corazón de riña. Un privilegio al que accedimos como papá, como amigo, como marido, como compañero.

“¡Las amo, las ricontra amo!”, nos gritó, en un código exclusivo de los tres que somos familia. Lo llevaban en la camilla hacia la sala de operaciones y, aunque teníamos un miedo razonable, tanto mamá como yo creíamos que salía. Nunca antes nos había pasado, pero tenía una razón de ser: esta vez se trataba de otra cosa. No era el corazón el que lo ponía en jaque, sino un cáncer de páncreas que hacía diez días exactos supimos que existía. Diez días en los que convivimos con el diagnóstico, alentadas por el viejo para no abandonar la lucha, no rendirnos “ni aunque tuviéramos rodeada la manzana del alma”, como él decía.

Entrada la madrugada del 12 terminó de ver la sexta temporada de 24. Antes del amanecer me escurrí en su cama y en su último sueño en casa, nuestra casa. Esa tarde se internaría. Lo abracé como a un oso de peluche gigantesco y él se dejó. Traté de recordar cuándo había sido la última vez que lo hice y supe que hacía demasiado. No hay edad para dejar de ser la nena de papá. No hay edad para dejar de ser el papá de la nena.

Empezó su día amenazándome con contarme cómo terminaba la serie, justo castigo por la imperdonable traición de haberme dormido a dos episodios del final. Tanto así amábamos el cine, tanto así lo incorporábamos a nuestras vidas. Y él tuvo el final feliz que merecía, su dulce grito de coraje y amor, y su reencuentro con una muerte tan hermosa como Jessica Lange en All that jazz, su película favorita. Aquel –el del 13 de diciembre a la una de la tarde– fue sólo uno de los momentos para los que tanto nos había preparado: el de su partida. El médico que me trajo la noticia tenía los ojos llenos de lágrimas, y mi única respuesta fue pedirle que me abrazara.
Un par de semanas más tarde le conté a una amiga que lo más difícil era acostumbrarme a la idea de que papá estuviera bien. Después de todo, durante casi veinte años lo supe en riesgo, cercado por el dolor, cercano a la muerte, cargando una bomba de sólo Dios sabe cuánto tiempo. La certeza, entonces, de que ya no sufría, de que no tenía dolor alguno, y de que descansaba en una Paz absoluta, fue una ficha que tardó en caer pero que me hizo saber que habíamos ganado el partido.
Papi cayó en combate y al mismo tiempo, en la Paz. Se entregó a su Mamita, la Virgen María, y no tengo duda de que Ella lo recibió en sus brazos. ¿Por qué no iba a hacerlo? Defendió la vida, defendió la Vida, defendió su vida. Así se gana uno la Eterna.

Lo llevamos al cementerio de la Recoleta. El quería estar ahí, y nos lo había dicho demasiadas veces para nuestro gusto: sabía que era donde se concentraban más esculturas de ángeles en todo Buenos Aires y sabía cuántos próceres descansaban entre sus paredes. “¿Sabés la joda que se debe armar de noche?”, decía a toda sonrisa, robándole el drama a lo dramático.

La noche del 13 abrimos el paquete de la primera sorpresa que nos dejó. Los amigos más íntimos coincidieron en que los había llamado en los últimos días. Y si bien no había existido ninguna despedida, al repasar la charla habían descubierto un mensaje de paz personalizado, una bajada de línea amiga que ahora les permitía encontrar consuelo. Papá sabía. Todos sus amigos estuvimos de acuerdo en eso. Lo sabía, y sin embargo, vivió sus últimos días con tanta intensidad como cada uno de su vida, y mantuvo cualquier miedo al margen, escudándose en una paz sobrenatural y blandiendo la espada de su Fe con la ferocidad que sólo da la esperanza, la confianza en la voluntad del Padre Nuestro que está en los Cielos.

Pero saber que lo sabía hizo que al día siguiente me recibiera de estúpida. Di vuelta la casa. Vacié cajones, cajas, bibliotecas, escondites, rincones, alacenas y hasta peiné el disco rígido de la compu. Buscaba una carta, un papelito, un mensaje, una palabra. Algo que me hubiera escrito despidiéndose. Pero después de horas de vaciarle el alma a nuestro hogar me senté, sin querer creer que no me hubiera escrito nada. Y desde su sillón favorito, viejo y vencido como se sentía mi espíritu, lloré en silencio. Pero no por mucho. Porque fuerte como un susurro, frágil como una revelación, supe lo obvio: nos había dicho todo en vida. Supe que cada día renacía y que cada día se despedía. Supe que desde cada página de cada uno de sus libros me ayudaba a superar el dolor, y que desde cada palabra que había pronunciado me proponía no despedirnos nunca. Y en el mejor homenaje para alguien que amó y respetó tanto la palabra, hice silencio y le sonreí. Sé que me estaba viendo.

Hoy la vida es otra. Lo extraño, pero no me deja noches sin estrellas. Un amigo me dijo que seguimos teniendo la misma relación, esa tan especial, sólo que ahora el viejo está en otro plano y yo tengo que aprender el sutil arte de escucharlo con el alma. Hoy la vida es otra y sin embargo, es la misma. Porque antes el gallego creía saberlo todo. Y ahora lo sabe. Porque antes nos llenaba el día de guiños y buscaba nuestras sonrisas, algo que no ha cambiado y que obtiene con un esfuerzo perfecto. Porque antes vivía por y para cuidar a su familia y a sus amigos, misión que hoy cumple con mejores recursos que nunca. Porque antes –si es que en verdad hubo un antes–, defendió el honor, el amor, el coraje, la pasión, la locura, la cordura, la esperanza, la fe, la amistad, la familia, la verdad, la alegría, la paz, el asombro y el creer que no existen imposibles.

Sin aquello, el vacío en quienes lo amamos sería desgarrador. Pero no existe tal vacío, porque él, en vida, nos lo llenó de vida.
Un maestro, el papi. Un maestro. Los mimos son modelo ’79 de un verano marplatense en blanco y negro, para la pequeña Rocío.

Los mimos son modelo ’79 de un verano marplatense en blanco y negro, para la pequeña Rocío.

Un abrazo pinamarense de principios del siglo XXI… El mismo amor entre padre e hija.

Un abrazo pinamarense de principios del siglo XXI… El mismo amor entre padre e hija.

“‘Soy un adolescente en un cuerpo de sesenta’, decía. Creía en Dios, en el amor, en los amigos, en la buena fe, en el esfuerzo, en los sueños, en la familia y en el coraje.

“‘Soy un adolescente en un cuerpo de sesenta’, decía. Creía en Dios, en el amor, en los amigos, en la buena fe, en el esfuerzo, en los sueños, en la familia y en el coraje.

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