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Un amor que borra el pasado

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El corazón tiene razones que la razón no entiende” (Blas Pascal, filósofo y científico francés, siglo XVII)

Hubo besos en la boca. Algunas caricias. Una despedida entre lágrimas, justo el 1º de enero, al despuntar el año, desde el asiento de una camioneta Ford Custom 350 en la puerta de la finca Los Techos, allá en José Ignacio, y frente a la casa de Amalita Fortabat. Parece el relato de una historia de amor más entre las miles de historias de amor de verano en Punta del Este. Sí… y no. Porque el increíble romance entre Florencia Macri y Nicolás Barlaro tiene ingredientes explosivos, una alquimia donde se mezclan las páginas del corazón y las que se imprimen con la tinta roja de los policiales. Amantes del bajo perfil, de corta vida y pasado complejo, hace ya unos meses unieron sus destinos: el de una chica rica y rebelde que vivió su peor pesadilla cuando fue secuestrada en el otoño de 2003, y el de un muchacho que purgó una condena por verse involucrado en un delito similar en 2002, con Ariel Strajman –a quien le seccionaron el meñique de su mano derecha– como víctima.

ELLA. A Florencia, hija de Franco Macri y la psicóloga Cristina Grieffer, el verano la descubrió haciendo topless en la playa de Terrazas de Manantiales, el complejo de su padre, donde veranea toda la familia. Esa tarde jugó con una amiga entre las olas, hasta que aparecieron los fotógrafos y se cortó la diversión. Desde chica supo que su apellido, más allá de su voluntad, la ponía bajo el lente de una cámara. Sin embargo en el agua, o corriendo por la playa, parecía lejos de toda preocupación. A miles de años luz de aquel 29 de abril, hace casi dos años y nueve meses, cuando Martín Zidar (quien confesó el delito tiempo después) la tomó por la fuerza en la vereda de la Universidad del Cine, en San Telmo, y la llevó hacia una casa oscura de Moreno, donde permaneció secuestrada hasta su liberación en la madrugada del 5 de mayo y con sus ojos celestes vendados. Esos ojos que –alguna vez contó– querría que fuesen negros.

EL. De Nicolás Alejandro Barlaro, en cambio, poco se sabe. Tiene 32 años, nació el 17 de diciembre de 1973 en Acassuso y vivió toda su vida en el barrio de Belgrano. Hijo de Mario y Haydeé Leticia Quintana, tiene tres hermanos. Una familia de clase media alta. La más chica, Soledad, es su mano derecha en una de sus pasiones: el tatuaje. Además de tener brazos y espalda cubiertos por dibujos, con ella y su mejor amigo, llamado Javier, participan de la organización de la Convención Internacional de Tattoo en la Argentina, que sucede todos los años. Pero no fue por esta actividad que su nombre fue noticia. Fue por el dramático secuestro de Ariel Strajman, el 16 de octubre de 2002, mutilado con una tenaza mientras estaba en cautiverio. Buena parte de las 30 horas que permaneció en poder de sus captores lo hizo en una casa del condominio La Bonanza, de Pilar. Precisamente, esa vivienda era alquilada por Barlaro. La policía logró resolver el caso casi inmediatamente. El grupo de secuestradores fue conocido como La banda de los patovicas, porque varios de ellos se dedicaban a la seguridad de boliches. Adrián El Nene Sommaruga, sindicado por la Justicia como el cabecilla, era socio de Barlaro en la empresa Go Q, dedicada a esa actividad y a la custodia de personas. A partir de esa asociación, trabajaron, entre otros, con el recordado public relations Javier Lúquez, y se encargaban de la seguridad del boliche La Morocha. En el juicio oral, Sommaruga incriminó a su socio: aseguró que le había prestado la camioneta Pathfinder donde secuestraron a Strajman, y que luego Barlaro le pidió ayuda para liberar a una persona que tenía cautiva en su casa. Barlaro retrucó y acusó a Sommaruga: señaló que el jueves 17 de octubre de 2002, un día después de que Strajman desapareciera, Adrián y su hermano Pablo fueron a verlo, junto a otros dos imputados, para decirle que habían secuestrado a una persona y que la habían alojado en su quinta.

El 28 de septiembre de 2004, el Tribunal Oral Federal 1 dictó sentencia. Quedó bien claro a quién le creyó: hubo seis condenados, y la pena mayor –de 22 años y seis meses de prisión–, le correspondió a Adrián Sommaruga por secuestro extorsivo, mientras que a Barlaro le tocaron tres años por ser responsable de encubrimiento. El alegó que había tenido miedo de denunciar a su socio, y que en la cárcel, los hermanos Sommaruga habían mandado gente a pegarle. Como había estado 19 meses detenido en el penal de Ezeiza, quedó en libertad condicional. El 10 de febrero de este año se cumplirá el plazo de tres años. Y la libertad, para Barlaro, será definitiva. Dos amigos consultados coincidieron: “Nico se comió un garrón. Cuando secuestraron a Strajman, él estaba disolviendo su sociedad con Sommaruga”. Para los jueces Mario Gustavo Costas, Martín Marcos Federico y Jorge Gettas, sin embargo, Barlaro fue culpable, y escribieron en su sentencia que “dentro de sus declaraciones, quedaron notas oscuras”.

En prisión, cuenta un amigo de Barlaro, “era el cocinero de su pabellón y cobraba por ello. Creo que más que cambiar él, cambió a muchos de los que estaban ahí… ¡Si hasta les enseñaba inglés y cocina”. Hoy practica sus bondades como chef en Terrazas de Manantiales, donde deleita a Florencia y sus amigas con –dicen– exquisitos platos. Al salir, retomó su amor por el tatuaje, pero no por las tareas de seguridad, que abandonó. Hoy tiene dos fuentes de ingresos: alquila barras en boliches, cuya recaudación pasa a buscar puntualmente a las seis de la mañana, y trabaja junto a Gustavo Sofovich, el hijo de Gerardo, en la organización de fiestas de música electrónica y raves. Se encarga, espe-cíficamente, de traer DJ’s y artistas del exterior, y por eso viaja constantemente.

ELLOS. En julio de 2003, Florencia le confesó a GENTE: “Me resulta más difícil aceptar mi secuestro ahora que al principio. Antes me parecía una película, algo irreal. Ahora caigo en lo que viví, aunque prefiero ni acordarme”. Por lo visto, lo logró. Su rebeldía exterior, el pelo rapado y de colores, la pose desafiante, parecen contrastar con un profundo candor. Su hermano Mauricio, también secuestrado en 1991, dijo sobre ella: “Florencia es absolutamente inocente respecto de las cosas terribles que suceden en estos tiempos”.

La noche, en los últimos meses del 2005, los juntó. Y empezaron a salir. En Punta del Este, donde Barlaro alquiló la casa de José Ignacio en la cual se despidieron, compartieron más la noche que el día. Y él la visitó, como dijimos, en el departamento de Manantiales.

¿Qué dice la familia Macri? Aquí y ahora, silenzio stampa. Y estupor. Quizás, a diferencia de Pascal, piensen que la razón tiene razones que el corazón no entenderá jamás.

Mientras, la moneda de este amor sigue en el aire…

1º de enero de 2006, en la puerta de la casa que Barlaro alquiló en José Ignacio. Florencia Macri lloraba desde su camioneta. El la besó hasta que la tranquilizó. Después salió una mucama y le llevó un teléfono inalámbrico. Florencia arrancó hacia Manantiales y él se quedó hablando.

1º de enero de 2006, en la puerta de la casa que Barlaro alquiló en José Ignacio. Florencia Macri lloraba desde su camioneta. El la besó hasta que la tranquilizó. Después salió una mucama y le llevó un teléfono inalámbrico. Florencia arrancó hacia Manantiales y él se quedó hablando.

Mientras Florencia lo abraza y lo besa, Barlaro permanece de brazos cruzados. Bajo la camisa, en su brazo izquierdo, asoman los tatuajes. El amor entre una chica que fue secuestrada y un condenado por un secuestro. Increíble.

Mientras Florencia lo abraza y lo besa, Barlaro permanece de brazos cruzados. Bajo la camisa, en su brazo izquierdo, asoman los tatuajes. El amor entre una chica que fue secuestrada y un condenado por un secuestro. Increíble.

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