“Todos los conflictos humanos se reducen a dos: el sexo y la muerte” – GENTE Online
 

“Todos los conflictos humanos se reducen a dos: el sexo y la muerte”

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La puerta está entreabierta. Deja ver el brazo de un sillón y la punta de un diván. Es la tapa del libro Historias de diván-Ocho relatos de vida, del licenciado en Psicología y especialista en Psicología clínica Gabriel Rolón (46). Es cierto: se llama igual que el hombre de radio y tevé que trabajó en Siempre listo, La venganza será terrible (con Alejandro Dolina) y Todos al diván (con Roberto Pettinato y Karina Mazzocco), y que sigue en la Rock & Pop con Elizabeth Vernaci en Tarde negra y en la tele junto a Mariana Fabbiani en RSM, por América. No es raro que se llame igual: es el mismo. Casado con Teresa, padre de Lucas (21) y Malena (14), hijos de su anterior matrimonio, Historias de diván es su primer libro. Gran debut: hasta hoy, ocho ediciones, 70 mil ejemplares agotados. Y al borde de ese diván, hablamos.

–Este éxito habla de dos cosas: avidez y carencia, ¿no?
–Tengo la impresión de que el libro tiene un costado voyeur. A todos nos gusta espiar… Tanto, que este año el setenta por ciento de los programas de tevé tuvieron ese sesgo: los reality, Gran Hermano, ciclos de chimentos…

–Pero todo libro admite más de una lectura. ¿Cuál es la segunda?
–Segunda y tercera. Mi intento solitario de levantar la bandera del psicoanálisis en una época algo dura: apareció El libro negro del psicoanálisis, algunas revistas dicen que Osho superó a Freud, etcétera. Y también tuve ganas de mostrar qué somos y qué hacemos los analistas, cómo nos contactamos con la gente, y que no todos respondemos al estereotipo del psicoanalista que no te habla o no te saluda si te ve en la calle…

–Definí tu bando.
–Ayudamos, nos interesa el dolor de los demás, y no somos la única opción. Bienvenidas las otras. Negarlas sería lo mismo que un cardiólogo negara a un dentista. Y por fin, no subestimamos al público.

–¿Qué es subestimarlo?
–En lugar de trabajar sobre lo más noble y respetar el dolor, decirle que como la realidad es tan dura, lo mejor es vivir ¡pum para arriba! Por más que se quiera generar un auditorio torpe, estúpido, Dolina hablando de mitología, de Unamuno, de Eco, seguirá teniendo el cincuenta por ciento de la audiencia. ¿Por qué? Por esa maravilla, ese acto de nobleza que es darle a la gente un estímulo superador.

–¿Pero qué pasa si alguien no entiende ese estímulo?
–No importa. Que lo atrape hasta donde pueda. Tal vez escuche a un cantor de tango, le guste, y busque más temas de ese cantor, o de otro. Y lo mismo pasa con el jazz, la música clásica, los libros. Es un efecto dominó. Porque cerrarle la puerta al pensamiento es una apuesta macabra.

–¿Qué no harías jamás?
–Tirar una receta tipo “30 consejos para llevarse bien con su mujer”, o con su marido, o con su suegra. En mi libro, cada caso tiene su encuadre. No es –no haré nunca– un libro de autoayuda. Jamás diré a un paciente: “Si estás triste, andá a la plaza y mirá los pajaritos”.

–¿Tu vida como analista profesional y como hombre mediático te divide? ¿Qué hacés para que un mundo no se mezcle con el otro de modo peligroso?
–No lo niego: es caminar por la cuerda floja. Pero lo manejo. Soy profesor de canto, de teatro, domino la mitología: tengo armas. En los medios me divierto...

–Dolina, Dorio, Stronati y vos parecían…
–¡La Máquina de River! Y eso que soy de Boca… De paso, te anuncio que éste fue mi último año con Dolina. Fueron catorce años inolvidables. Un ciclo cumplido.

–Imagino un riesgo: ¿algunos pacientes vienen a tu consultorio atraídos por el personaje mediático?
–Seguro. Y me piden una conclusión. Pero bastan tres entrevistas para que adviertan que yo no soy el personaje de la radio o la tele, que no hay conclusión rápida, y que la vida de una persona no se puede resumir en una hora.

–En tus veinte o más años de psicoanalista, ¿qué conflictos cambiaron, cuáles son los nuevos, cuáles parecen superados?.
–Mirá: todos los problemas humanos se refieren a la sexualidad y a la muerte. Por muchos matices y muchos maquillajes que tengan, siempre son esos dos.

–Eros y tánatos.
–Ni más ni menos. Pero con pacientes que viven en la Argentina, sus crisis y sus cambios. No podés olvidarte del entorno, del impacto social. En 2001, el conflicto dominante era la desocupación. “Mi marido está sin trabajo, él cuida a los chicos y yo salgo a trabajar”. El hombre desvalorizado, sin sentido de pertenencia, golpeado por el Estado como un chico golpeado por su padre: por el que debía protegerlo. Fue algo siniestro, porque en lo profundo fue un conflicto que remitió a la muerte. Por suerte, hoy se ve muchísimo menos.

–¿Novedades sobre el panic attack?
–Fue una moda, pero cada vez hay menos. En el ochenta por ciento de los casos fueron situaciones de histeria que se identificaban con esa moda. Siempre hubo y habrá alguna enfermedad psíquica de moda. Antes se hablaba de demencia precoz, y se preguntaba por qué aparecía en la adolescencia. Muy claro: se trataba de alguien que tenía que hacerse cargo de su sexualidad y no estaba preparado para asumir su rol.

–La exposición (la explosión) del sexo, ¿cambió el conflicto básico?
–No hay mejor sexo porque se hable de sexo o se lo muestre abiertamente. Los hombres están asustados desde siempre por una mala erección o por su falla para provocar el orgasmo. La exhibición (colas, lolas, desnudos casi totales) es sólo un espectáculo, algo superficial y divertido, pero no cambia los miedos ni las inhibiciones: la idea de que el hombre fue expulsado del Paraíso por culpa de la sexualidad. El sexo no es algo natural, sino cultural... Tirá un perro entre diez perras, y va directo a la perra que está alzada. Pero tirá un tipo entre diez minas y no va a la que está alzada: es posible que vaya a la que no le da bola… o que no le gusten las minas y prefiera a los tipos.

–¿Y el erotismo?
–El erotismo nace… ¡donde no se puede! En la madre. Lo primero que lo erotiza, ¡está prohibido! El tipo dice: “Me calientan, ¡y me echan!”. Por muchas tapas de revistas que muestren mujeres desnudas, eso no cambia.

–¿Es cierto que en verano se hace más y mejor el amor?
–(Se ríe) ¿Con este calor, y cuando te falta el aire…? No hay que confundir visión con erotismo. Uno se siente erotizado cuando encuentra un objeto de deseo. En la playa, o en pleno invierno, o…

–O con la vendedora de la farmacia…
–Mejor con la vendedora de la panadería: una factura es más placentera que una aspirina.

–Tolstoi dijo que el hombre puede superar cualquier tragedia, menos la del dormitorio. ¿Es cierto?
–Lo mismo dijo, en los 70 y en su libro El varón domado, Esther Vilar: “Todas las tragedias del mundo palidecen ante una mujer que desea y un pene fláccido”.

–Un argumento a favor del Viagra.
–La dependencia siempre es psíquica. No duermo bien, tomo una pastilla, logro dormir, y a la noche siguiente tomo otra pastilla. Si se llega a la cama con miedo y no con tranquilidad, será primordial la erección, no el juego erótico.

–Es como dar un examen de veinte bolillas sabiendo sólo dos.
–Perfecto ejemplo. En ese caso, la cama se convierte en un laboratorio, un banco de prueba: “Cuánto puedo, cuánto no puedo”. El Viagra ayuda, sí: pero su mayor ayuda es psíquica.

–¿Eso denota que la genitalidad sigue siendo el patrón dominante, a pesar de las muchas formas posibles de la sexualidad?
–Sucede que la gente ignora que la sexualidad es mucho más amplia. He trabajado con ancianos, y es notable cuánta sexualidad hay en ellos: besos, abrazos, caricias. Un erotismo muy fuerte.

–Tal vez su despedida del mundo.
–Y está bien. ¿Qué mejor que despedirse de la vida, viviendo? Si hay algo que está en contra de la muerte es el erotismo.

–¿La promoción mediática, social y legal de la condición gay cambió los conflictos del homosexual?
–No. Lo hizo más natural. Pueden ir a boliches, a hoteles, a fiestas, en vez de estar condenados a los sórdidos baños de las estaciones. Pero el conflicto psíquico es el mismo, porque desobedecen un mandato ancestral: la heterosexualidad.

–La violación es moneda corriente. ¿Por qué ese alud?
–No atiendo violadores. No lo soporto, ni puedo ayudarlos. Mi primera reacción es pedirle a mi asistente que llame a la cana.

–También creció el crimen casi porque sí: el matar por matar. ¿Qué significa, a qué obedece?
–Es imposible no hablar de la drogadicción. Un tipo con un arma y cuatro líneas de merca no es lo mismo que el delito de antes, que tenía ciertos códigos: no asaltar a mujeres, no pegarles a los ancianos, decir “perdiste, macho, dame la llave del auto y mirá para otro lado”, pero sin sangre.

–¿Atendiste a políticos?
–Nunca.

Rolón con su libro <i>Historias de diván</i>. Hasta hoy, primero en el ranking de ventas en el rubro no ficción, delante del Horóscopo Chino de Ludovica Squirru.

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“El mundo homosexual logró una mayor aceptación. Hoy pueden ir a boliches, hoteles, y hasta casarse. Algo positivo, porque antes se refugiaban en los sórdidos baños de las estaciones de tren”

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“Mis catorce años con Dolina, que ya terminaron, fueron una experiencia riquísima. En un mundo mediático de ¡pum para arriba!, él demostró que la cultura no tiene fronteras ni clases sociales”

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