“Tengo un cuerpo y lo muestro, aunque a veces eso me ha jugado en contra” – GENTE Online
 

“Tengo un cuerpo y lo muestro, aunque a veces eso me ha jugado en contra”

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Leiro-leiro-lé, uh-uh!”. ¿Quién es esa rubia campesina de ojos azules y sonrisa atrapante que canta en tirolés? Un ángel con medidas perfectas: 87-60-90. Una mujer que, a los 30 años, se siente más completa que nunca. Dejó de ser vegetariana: no necesita más que el yoga para mantener los músculos marcados y hace poco conoció lo que es el protector solar. ¿Milagro? ¿Ficción? Para nada: Carolina Pampillo es de hueso… ¡y carne! Se quita sus anillos y collares hippies, pero no renuncia al mate mientras se prueba los cambios de vestuario. Suena el celular: “Hola, mi amor. ¿Pudiste conseguir la leña? ¡Qué bueno!”, le dice a Diego, su pareja –budista como ella–, desde la casa del Delta –“casi una isla, al lado del río”–, con huerta orgánica incluida.

–¿Sos militante ecologista, Carolina?
–Me interesa proteger el medio ambiente y me molesta hasta tirar papel higiénico en el inodoro. Me pone furiosa que el hombre destruya el maravilloso planeta que tenemos. Me da una impotencia tremenda la explotación forestal… En casa separamos los residuos orgánicos e inorgánicos. No recibo los diarios ni enciendo la televisión a menos que mire una película con mi hijo.

–¿Es difícil armonizar la maternidad con el espectáculo?
–Fui madre adolescente (tiene un hijo de doce años), y eso no me impidió hacer lo que me gusta, además de que el tema de la maternidad lo tengo resuelto (risas). Soy muy feliz con la familia que logré construir: por suerte, Diego compró el “combo”.

–¿En vos conviven bien los brillos con las ollas y las sartenes?
–Cocino poco, sólo cuando estoy inspirada. Me encanta preparar platos orientales y salsas novedosas. La plancha no la usa nadie, por ejemplo. Mi aporte a la casa tiene que ver con pintar paredes. ¡Empiezo con pinceles y sigo con los dedos! Ya tengo varios murales…

Nació en Venezuela y creció entre las frenéticas veredas porteñas. Se siente “ciudadana del mundo. No hay fronteras: somos todos lo mismo hablando diferentes dialectos”. Estudió inglés “para conformar a mamá”, pero desde muy chica sintió su vocación artística: “Mi primer trabajo fue Jesucristo Superstar, cuando todavía estaba en el secundario”. Estudió teatro, canto, guitarra, danzas, acrobacia, danza aérea, patinaje artístico y hasta kung-fu. ¡Tiene faja negra de primer dan! Su sapiencia múltiple le valió ser la elegida para propuestas que en apariencia pueden resultar antagónicas: desde el protagónico de Lucy en Drácula-El musical, de Pepe Cibrián, hasta Géminis, la villana narco karateca de la película peruana La gran sangre, del director Jorge Carmona. También intervino en televisión en Chiquititas, Floricienta, Los simuladores, Enamorarte y Buenos vecinos, entre otros programas. “Soy un bicho raro para este medio. Aparecía, jugaba un rato y me iba...”.

–¿Por qué te alejaste del mundo del espectáculo?
–Necesitaba paz y viajar al exterior y a mi interior, buscarme a nivel existencial. Siempre estuve cerca de los escenarios, pero a la vez, por haber entrado de tan chica, en el año 2000 necesité alejarme y transitar por otras experiencias. Durante nueve años estuve alejada del musical y sé que hay reglas de juego que hay que respetar. Hoy me dejo fluir, vivo zen: el aquí y el ahora.

–¿Cómo alimentás tu lado espiritual?
–Soy budista zen, no muy dualista ni religiosa, sino más bien desde el lado filosófico. Fui bautizada y estudié en un colegio católico, pero ya en la adolescencia me fascinaron las culturas orientales. Dhammapada es mi lugar, un templo filosófico que trasciende religiones y credos y donde se practica kung fu, meditación zen y terapias de energía.

–¿Es el contrapunto de tu trabajo?
–El trabajo es un ámbito competitivo, histriónico, pero el don que cada uno tenga siempre tiene que ir acompañado de un toque de magia o de suerte.

Este año, Carolina fue elegida para el papel de la bella asistente Inga en El joven Frankenstein, con Guillermo Francella, obra basada en la película de Gene Wilder, que se representa en el teatro Astral. “Siempre me propusieron papeles de guachita o de rubia sexy; lo más cercano a la comedia había sido Amo de casa. Por eso disfruto tanto de ser la rubia preferida de Francella. Es muy dulce; tiene un corazón enorme”, dice mientras recorre su camarín y muestra un mandala, una imagen de un retiro zen, algunas florcitas y una versión del libro de Dhammapada, las enseñanzas de Buda. También se cuelga su pequeña guitarra: “Me la regaló un hippie en Perú cuando me estaba yendo al Machu Picchu y ahora la estoy tuneando. Cada noche, antes de la función, hago un recorrido por los camarines”.

–¿En qué te identificás con Inga, tu personaje?
–Ella no es una mujer fatal que se quiere comer al doctor: es una chica de campo deslumbrada por el científico. Y elige estar a su disposición para lo que necesite. Tiene inocencia y seducción al mismo tiempo. Eso es lo que enloquece a Frederick (Francella). Inga es súper zen; lo que siente lo dice: miedo, felicidad… Si el doctor quiere hacer el amor, ella está disponible, tal como sucede en la cultura alemana o suiza, donde la sexualidad se vive con mucha naturalidad, como los animalitos. Si hay que ir a la cama, va... ¿Cuál es? Ella, a su doctor, lo asiste. En el laboratorio y en la cama.

–¿Qué representan tus tatuajes?
–En la espalda tengo cuatro semicorcheas que forman un círculo, música en armonía. Y tres delfines en el pie, porque estoy convencida de que en otra vida fui delfín. Así tengo siete tatoos, para que sea un número impar. También me acompaña siempre un arito de Buda meditando.

–¿Cuánto suma tener una buena figura?
–Tengo un cuerpo y lo muestro, aunque a veces me ha jugado en contra, en el sentido de que me llamaban para papeles con poca ropa y poco texto. Me gusta verme bien, pero no soy obsesiva ni me desvive el cuerpo. Disfruto del dulce de leche con chocolate sin culpa. Nunca usé cremas... Hasta le pedí a mi amiga Julieta Brizuela que me asesore a sobrevivir al maquillaje.

–¿Aceptarías hacer un desnudo?
–Nunca me llegó, pero si lo amerita el personaje, no tendría historia. El cuerpo también lo vivo muy zen. Hay países en los que es común vivir desnudos dentro de sus casas y está todo bien.

–¿Hablás de Sindhu, tu alter ego?
–Es mi identidad musical. En sánscrito significa “las aguas del mundo”. Como Sindhu compongo temas fusionando los estilos acústico, folk, electrónico y experimental. No puedo vivir sin la música. Siento que mi misión en la vida es transmitir un mensaje de alegría y generar emociones en la gente. Quiero dar luz también desde ahí.

–¿Sueños pendientes?
–Se me están cumpliendo todos; vivo feliz. Me gustaría poder editar mi música en el país y trascender las fronteras, pero nada me quita el sueño. Trabajar con Guillermo Francella es un mimo para el alma. Lo supe desde la primera audición, porque me reí y disfruté como nunca. Su primer trabajo fue Jesucristo Superstar, cuando todavía estaba en el secundario. Ahora asoma con fuerza en el music hall. Carolina canta y baila a la perfección. El resto de sus cualidades están a la vista.

Su primer trabajo fue Jesucristo Superstar, cuando todavía estaba en el secundario. Ahora asoma con fuerza en el music hall. Carolina canta y baila a la perfección. El resto de sus cualidades están a la vista.

Francella viste la piel del científico, nieto del Dr. Víctor von Frankenstein, resucitador de muertos, en la versión escrita por Mel Brooks. Y Pampillo interpreta a la bella asistente Inga: “Trabajar con Guille es bárbaro, porque está en cada detalle. Es un honor y un placer. Encontré a un compañero increíble”.

Francella viste la piel del científico, nieto del Dr. Víctor von Frankenstein, resucitador de muertos, en la versión escrita por Mel Brooks. Y Pampillo interpreta a la bella asistente Inga: “Trabajar con Guille es bárbaro, porque está en cada detalle. Es un honor y un placer. Encontré a un compañero increíble”.

En su camarín tiene un mandala, una imagen de un retiro zen, algunas florcitas y una versión del libro de Dhammapada, las enseñanzas de Buda. Carolina es muy querida porque siempre está con una sonrisa

En su camarín tiene un mandala, una imagen de un retiro zen, algunas florcitas y una versión del libro de Dhammapada, las enseñanzas de Buda. Carolina es muy querida porque siempre está con una sonrisa

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