«Tengo más de 40 años de periodismo, pero en televisión soy un aprendiz» – GENTE Online
 

"Tengo más de 40 años de periodismo, pero en televisión soy un aprendiz"

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-Lleva casi cuatro décadas en televisión. ¿Cómo era al principio y cómo es
hoy?
-Treinta y siete años, para ser exactos. La primera etapa, larga pero con
obligados silencios a raíz de las prohibiciones, fue Tiempo Nuevo, con Bernardo Neustadt. Aprendí mucho, porque yo recién llegaba a ese medio y él ya tenía una
larga experiencia. Después vino la segunda etapa: Hora clave. Que a su vez tuvo
dos tramos: del 89 al 2002 hice todo solo: produje y conduje. Hoy, en cambio,
tengo productor general, productores ejecutivos y un equipo periodístico (véase
recuadro).

-¿Cuál es el dato más notorio de esos casi cuarenta años en pantalla?
-El brutal cambio del tiempo televisivo. Su impresionante velocidad. Hoy, el
aparatito del zapping es el amo.

-El dedo pulgar. Esos pocos centímetros de piel, carne y hueso que hacen la
diferencia entre el hombre y el mono…
-Tal cual. En los primeros años con Bernardo, muchas veces teníamos un solo
invitado. Iba, por ejemplo, Víctor Massuh, y se pasaba toda la noche hablando.
Si hoy hago eso…

-Le tiran piedras.
-Ni más ni menos. Al punto en que un día me dije: "O muero con las botas puestas
(yo soy yo, y punto), o me aggiorno". Y tuve que cambiar.

-Los cambios, supongo, acarrean autocrítica. ¿Cuál es la suya?
-Hace más de cuarenta años que escribo columnas. Ergo, tengo completamente
asumida esa técnica. Pero en la televisión soy siempre un aprendiz. Y no es
falsa modestia…

-¿Por qué?
-Porque mientras el periodismo gráfico tiene roles establecidos, en la
televisión todo es sorpresa. Nadie sabe todo. Ni siquiera Yanquelevich, Tinelli
y Sofovich…, que son los que más saben. Nunca llegaremos a conocer completamente
ese aparato llamado televisor. ¿Se acuerda que al principio no sabíamos siquiera
dónde ponerlo? Es un intruso en la cultura…

-La más ruidosa de las redacciones gráficas, al lado de un canal, es un
monasterio…
-Sin duda. Porque entran elementos no periodísticos. Por caso, la iluminación.
Cuando se encienden todas las luces, uno siente que no tiene el control…

-¿Cuál fue el personaje más desequilibrante que entrevistó? ¿El que no volvería
a invitar?
-Volvería a invitarlo si fuera necesario, porque me prohibo proscribir, y porque
la televisión es un servicio que debe estar atento a las expectativas públicas.
Un tipo desagradable fue el ex comisario Miguel Etchecolaz, que se enfrentó en
cámara con Alfredo Bravo. Nada menos que el torturador y el torturado…

-¿Pudo controlar la situación?
-No. El programa se me fue de las manos.

-¿Fue impericia suya?
-No. Etchecolaz no respetó las reglas. Primero debía hablar él, y después Bravo.
Pero cuando Bravo empezó a hablar, Etchecolaz lo interrumpió, se metió con él, y
Bravo, que es un calentón… ¡se calentó! Lo vi al borde del infarto, y me acordé
de que, no mucho antes, Carlos Auyero se me había muerto frente a cámaras, y eso
me bloqueó por completo. Fue horrible…

-El tiempo como verdugo, Grondona. ¿Una televisión tan rápida quita profundidad,
frivoliza?
-El tiempo televisivo es breve, sin duda. Pero cuidado: en treinta segundos se
puede decir algo importante. Además, los invitados van aprendiendo a hablar
corto. Ya hay una cultura del lenguaje de la pantalla.

-Pero esa virtud, ¿no es también un defecto?
-Virtud o defecto, es inevitable. Cuando escribo una columna me dirijo a un
lector solitario y atento, pero cuando hago televisión me mira una familia que
está comiendo en una casa donde además suena el teléfono y los chicos quieren
ver otro programa. Si no atrapo su atención pronto y fuerte, adiós.

-Una verdad que tal vez encierre más de una injusticia. ¿Es así?
-Por supuesto. Hay políticos más atractivos y menos atractivos, y no
necesariamente el más atractivo es el más capaz. ¡Pobres los serios!

-¿Por qué programa se pondría una medalla?
-Por el que hice desde la Sociedad Hebraica Argentina dos días después del
atentado a la AMIA. Una jugada brava, porque en este país siempre hubo un
antisemitismo no confeso… Al poco tiempo, los colegios católicos se negaron a
hacer deporte con los colegios judíos por miedo a un atentado, y llevé al
estudio a representantes de las dos partes. Fue importante, porque al decir "no
nos acerquemos a ellos porque pueden matarlos" ese ellos implica ya una
segregación.

-El toque fascistoide…
-Sin duda. Y en un estudiante, imperdonable.

-¿Por qué programa se mandaría a marzo?
-Cuando María Julia Alsogaray era una gran figura mediática, armé un programa en
torno de su presencia. Pero ese día estuvo desde las cuatro de la tarde
contestando una interpelación en el Congreso, ¡y no apareció nunca! No había
manera de estirar más el programa. Esas dos horas me pesaron como dos siglos…

-¿Qué diferencia hay entre el público de ayer y el de hoy?
-Para un lector, abandonar su diario y pasarse a otro es muy difícil. Es como
cambiar de religión. En todo caso, pasan años antes de que un lector advierta
que su diario ya no lo refleja o no lo representa. Pero en televisión, ese
cambio es instantáneo. Además, un diario no compite con otro diario: los
lectores no compran todos para ver cuál es mejor. Pero un programa periodístico
televisivo tiene que competir con una tira, con un reality show, con una
película. Como solía decirme mi ex productor Luis Cella respecto de los
televidentes, "son infieles, doctor, ¡son infieles!". Y no es todo…

-¿Todavía hay más?
-Sí. La heterogeneidad. Porque el periodismo gráfico y hasta el radial tienen un
universo más o menos previsible, pero la pantalla la ven desde el Presidente
hasta un colla. Cuando empecé en televisión, Roberto Alemann me dijo: "Estás
listo, porque ahora te van a querer… o a odiar
".

-¿Qué quiso decirle?
-Algo muy cierto. Que en la pantalla, a diferencia de la relación
periodista-lector, la relación con el público se torna personal. Uno, de alguna
manera, le está diciendo las cosas en la cara. Tanto, que muchos amigos de los
días del colegio dejaron de saludarme porque no les gustó algo que dije.

-¿Los temas políticos, hoy, aburren?
-No. Los que aburren y fatigan son los políticos. Pocos, muy pocos tienen
atractivo. La mayoría sigue con su casete. Pero la política, las cosas de la
polis, siguen apasionando.

-Sin embargo, parece que hubiera repudio o indiferencia. ¿O el "Que se vayan
todos"
de los días del cacerolazo ya es historia antigua?
-Esa frase es irracional, pero conlleva un mensaje. Después de ese episodio, uno
esperaba reformas políticas de fondo. Sin embargo, los políticos no cambiaron en
nada. Hay un abismo entre ellos y la gente.

-¿Qué opina del escándalo Barrionuevo-Catamarca?
-Lamentablemente, Barrionuevo no es un bárbaro que irrumpió en el parlamento
sueco. Es un bárbaro… en un Senado bárbaro. ¿O ya nos olvidamos del Senado de
los sobres?

-Candidatos, Grondona. Menem, Kirchner, Rodríguez Saá, Carrió, López Murphy,
etcétera. Defina…
-Tomemos dos extremos: Menem y Carrió. El problema de Carrió es la falta de algo
importantísimo: experiencia de gobierno. Lo mismo que le faltó a Alfonsín, que
sólo había dicho discursos en el Congreso…

-¿Los candidatos que son gobernadores?
-Ellos tienen otro gran problema: saltar de lo local a lo nacional.

-¿Menem?
-Está en otro extremo: tiene demasiada experiencia. Se las sabe todas… Pero creo
que necesita un toque de autocrítica.

-¿Qué escenario electoral prefiere?
-
Me hubiera gustado el combate entre Menem y Duhalde. La pelea entre los dos
grandotes del barrio.

-No se queje: los dos están en el ring.
-Pero Duhalde está por interpósita persona. Eso lo debilita mucho.

-Golpe de timón: ¿por qué le dio tanta pantalla a Hugo Conzi, hermano de alguien
acusado de asesinato?
-Hay episodios no políticos, como Conzi, como García Belsunce, que tienen un
enorme atractivo público. Es imposible soslayarlos. En todo caso, la pregunta es
otra…

-¿Cuál? ¿Qué omití?
-La pregunta es: "¿Qué le pasa a una sociedad que a cincuenta días de decidir su
destino está más preocupada por dos casos policiales que por las elecciones?"
.
Un enigma para sociólogos y psicólogos, sin duda.

-Virtudes y defectos del periodismo gráfico de ayer y de hoy. ¿Se anima? Tiene
un minuto, como en la tele…
-En los diarios hay un antes y un después, que es la firma. Yo empecé en La
Nación no firmando. En The Economist no firma nadie. Creo que ese periodismo era
mejor.

-¿Por qué?
-Porque el periodista es un servidor público, no una vedette. La única vedette
es la noticia. Por eso me agobia (y jamás lo hago) el periodismo de periodistas.

-Alguien dijo que son trapos al sol corporativos que al público nada le
importan.
-Coincido totalmente. Hay una forma de corrupción profunda: la idea de que,
porque somos famosos, somos gloriosos. ¡No, por Dios! Luis Federico Leloir era
famoso porque era glorioso, y no al revés. Somos famosos porque estamos en los
medios, pero no confundamos eso con la gloria.

-¿Qué leyó últimamente?
-Una biografía de Cicerón. ¿Quiere asombrarse?

-Bueno, no hay muchas oportunidades…
-No se imagina cómo se parecía la Roma del 60 Antes de Cristo a Italia o a la
Argentina. Cicerón competía en unas elecciones de cónsul, y su manager, su jefe
de campaña, era su hermano, que le mandó esta carta: "Querido hermano: si
quieres que siga siendo tu jefe de campaña, no digas nunca más lo que has dicho
en tu último discurso. Has dicho la verdad, pero la gente no espera que le digas
la verdad: espera ilusiones, porque la verdad es agobiante"
. ¿Qué me dice?

-Nada. Está todo dicho. Tristemente dicho.

Grondona at home. Es viernes a la noche. Ya terminó su intensa semana mediática: diario, radio, televisión. Un habano y la lectura -amigos fieles- empiezan su trabajo.

Grondona at home. Es viernes a la noche. Ya terminó su intensa semana mediática: diario, radio, televisión. Un habano y la lectura -amigos fieles- empiezan su trabajo.

Según Mariano Grondona,

Según Mariano Grondona, "en los principios de Hora Clave, y por años, trabajé solo: produje y conduje. Pero la necesidad de renovación me abrió otro panorama, y hoy tengo un equipo de productores ejecutivos y periodistas".

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