«Tengo 62, pero me siento de 40 y disfruto la vida como un pibe de 20» – GENTE Online
 

"Tengo 62, pero me siento de 40 y disfruto la vida como un pibe de 20"

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Ya no firma autógrafos sólo con la letra G. “El jugador activo vive en una nube de p… A mí me atacó durante la época en que competía. Te juro que caminaba al lado de la gente y no la miraba ni escuchaba”, sorprende testimoniando. Con el tiempo, aquella inicial se convirtió en Gatti. “Cuando me rajaron definitivamente de Boca, en el 88, a mis 44 pirulos, comenzaron a llegarme ofertas locales y desde Chile, Colombia y Brasil. Sin embargo, de a poco se me iba enfriando la calentura que sentía por Boca. Lógico, Boca era mi novia, mi compañera, mi amante, y me había echado de casa con una patada en el traste. Pienso que en lo íntimo supe que mi carrera acababa de escribir su punto final”, vuelve a sorprender. A partir de tal instante, la G devenida en apellido creció, convirtiéndose en Hugo Gatti. “Apenas lo procesé, empecé a comprender que fuera de una cancha, lejos de las ovaciones y las tapas de diarios y revistas, me esperaba una oportunidad distinta, pero igual de intensa”, precisa.

Hoy el bonaerense de Carlos Tejedor (19/9/1944) firma al que le pida un autógrafo Para… Con cariño, Hugo Gatti. “Porque hoy soy mucho más feliz que cuando jugaba al fútbol”, redondea el concepto bajo su visera cheguevarista, tirado sobre el camastro central de Movistar Montoya Beach, y sacando y poniendo su botellita de cerveza en una frapera de acero inoxidable repleta de hielo.

–¿Qué otra declaración extraordinaria guarda escondida? Porque entregando conceptos lindantes con la modestia y la humildad, usted nos deja perplejos...
–(Carcajada) Mejor no te malacostumbres. Me agarraste con la guardia baja. Ya voy a levantar a lo largo de la nota (vuelve a reír).

–Recién, no bien le propusimos concretar sus fotos acá, en el parador, dudó bastante. ¿Acaso lo apichonaba tanta gente alrededor? ¿Es tímido?
–Touché. Soy tímido. Seguro. Y volvés a agarrarme con la guardia baja. Tipo Cassius Clay. Nosotros dejamos la guardia baja para sacar de repente algún conejo de la galera. Pura capacidad natural mutua. Yo fui, soy y seré el Cassius Clay argentino.

–Parece que no tardó en aparecer el famoso Gatti al que nos referíamos recién…
–No voy a cambiar a los 62 años. Mentirosos, porque me siento de 40 y disfruto la vida como un pibe de 20. Aunque cierto par de cosas me cuestan un poco. Sólo un poco, eh. Hace diecisiete meses me operé de la cadera. No podía caminar. Me jorobaba una artrosis galopante. El traumatólogo Fermín García logró salvarme. Un genio. Se parece a mí.

–Bueno, retornó el Gatti de siempre. Volvamos a Clay. ¿Sabía que hoy, 17 de enero de 2006, Cassius Clay –o Muhammad Ali– anda cumpliendo los 60?
–¿En serio? Eterno. Le puse Lucas Cassius a mi hijo mayor por Clay (el menor, de 25, se llama Federico). Lo conocí en 1979. Invitado estelar, entró al estudio de Canal 13. Nos cruzamos, se acercó y me lanzó: “Tú eres un gran deportista”. Después le esquivó unos golpes a Luquitas.

–Menciona a Lucas (27) y, sabemos, jamás se expresó de manera pública sobre la pugna entre él y su ex, Manuela Zeballos, por la tenencia de Gerónimo (7), hijo de ambos. Un litigio que ingresó a los tribunales españoles, donde le dieron la razón al padre. ¿Por qué en su momento el abuelo prefirió no abordar la cuestión?
–Se trataba de un tema que debían resolver ellos, y nadie de afuera merecía meterse. Menos aún tratándose de la salud mental de un chico. Ahora la madre lo ve un día y medio cada quince, y Lucas lo integró a su nuevo seno familiar, junto a Marina (Gnappi, 27, ex bailarina de Nico Repetto), y su hija, Santina (3). Un atorrante irrespetuoso, Gero. “¿De verdad en tu época de portero Maradona te marcó cuatro goles en un encuentro?”, me mandó la vez pasada. Voy a tener que mostrarle mis videos.

–La pulseada judicial, el retiro anticipado, la cintura operada. ¿Gatti no cae en depresiones?
–Mi condición de hombre optimista no me lo permite. Claro que en ocasiones surgen tristezas. Ahí me considero llorón. Para el caso, aún me cuesta procesar la muerte de mi joven gran danés Pacho. Lo atacó una patología denominada megaesófago. Vomitaba lo que comía y nos obligó a sacrificarlo. Mientras lo trasladaban, contemplé su despedida desde el balcón de mi departamento de Belgrano R, hasta que desapareció. Me rompe el alma recordarlo. Dolores que ocurren. También pasan cosas piolas. Como adorar hace treinta y tres años a Nacha, mi señora, de la que no menciono su edad por miedo a un atentado. Como que, homenajeándome afuera lo que no se hace en mi país, Alfredo Relaño, el director de As, me convocara para escribir columnas en su diario deportivo, y la cadena de tevé La Sexta me pidiera que le comente partidos. Como convertirme en amigo del dirigente número uno del fútbol mundial, Florentino Pérez, una leyenda del Real Madrid. Como entrar al estadio Santiago Bernabeu y que explote en aplausos. Como tutearme con figuras de la talla de Zidane, Beckham, Figo, Roberto Carlos, Ronaldo… Si Diego y yo estuviéramos en funciones, ¿cuánto valdríamos?

–Es un remate demasiado deportivo para GENTE, Gatti.
– Si te sirve, te confieso que todavía sueño con que atajo en Boca.

–Regresa a la pelota. Déle, esfuércese.
–Bueno, tampoco me pidas que te hable de la muerte. Porque yo no voy a morir nunca.

“<i>Ando medio preocupado, porque me parece que con la edad bajé de 1,81 a 1,80</i>”, desafía Gatti su porte juvenil, que pesa 74 kilos, odia el cigarrillo y acepta que no deja de hacerse los claritos cuando las canas, impiadosas, reaparecen en su cabeza.

Ando medio preocupado, porque me parece que con la edad bajé de 1,81 a 1,80”, desafía Gatti su porte juvenil, que pesa 74 kilos, odia el cigarrillo y acepta que no deja de hacerse los claritos cuando las canas, impiadosas, reaparecen en su cabeza.

En Punta. “Antes, caminaba al lado de la gente y ni la miraba”, confía. Sin duda, algo en Gatti ha cambiado.

En Punta. “Antes, caminaba al lado de la gente y ni la miraba”, confía. Sin duda, algo en Gatti ha cambiado.

El matrimonio Gatti, un clásico del Este.

El matrimonio Gatti, un clásico del Este.

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