. Caso único, fue el mayor icono del terrorismo y también premio Nobel de la Paz. Por ninguno de los dos caminos alcanzó su sueño, y su muerte abre una de las mayores incógnitas políticas del siglo XXI: el futuro de Medio Oriente en esta nueva etapa. Sin Arafat, pero con los mismos odios ancestrales." /> Su vida, su batalla, su muerte… ¿Y ahora qué? – GENTE Online
 

Su vida, su batalla, su muerte… ¿Y ahora qué?

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Su cuerpo, minado por una enfermedad tan misteriosa como fueron muchos de sus actos y de su vida privada, ya pasó por todos los rituales (el lento y minucioso baño y la envoltura en tres tenues sábanas), y ya descansa para siempre, recostado sobre el lado derecho y con la cara hacia La Meca. Cada uno de los cuatro hombres que llevaron al hombro el ataúd y cada uno de los hombres del cortejo -las mujeres, prohibidas- ya arrojó los tres rituales puñados de tierra diciendo "De
esta tierra te creamos… y a esta tierra te devolvemos… y de esta tierra te traeremos nuevamente"
. De ahora en adelante, otra o la misma será la historia de las calientes y convulsas tierras en las que nació, peleó, mató, amó, gritó muchas veces "¡Guerra!", rogó muchas veces "Paz", derrotó y fue derrotado, y partió hacia el reino de Alá sin que la sangre dejara de correr un solo día. El, Yasser Arafat, el terrorista y el premio Nobel de la Paz, el ingeniero y el guerrero, el intransigente y el negociador, el amado y odiado, el que decía llevar "en una mano un fusil y en la otra un ramo de olivo", murió a los 75 años sin ver llegar la muerte -el coma profundo ya se lo había llevado-, tras largas cuatro décadas de sonido y de furia "que nada significan" (William Shakespeare) y que nada dejaron más que una puerta abierta hacia un futuro cada día más incierto.

EL CAIRO, 1929. Nace. Primer misterio: ¿en El Cairo, según su partida de nacimiento, o en Jerusalén, como confesaba? Clase media. A los cuatro años -segundo misterio- lo mandan a Jerusalén, donde empieza a vivir con un tío. A los ocho, retorna al Cairo. Una década después (1947), emprende la carrera de ingeniero. Poco se sabe de él hasta 1959, cuando se radica en Kuwait y funda la Organización para la Liberación de Palestina Al Fatal. La OLP: una sigla que desde entonces pronunciará el mundo entero y que será sinónimo de terrorismo, más allá de las razones milenarias y modernas que enfrentan a árabes y judíos. Entre 1965 y 1967 -tercer misterio- vive en la clandestinidad, y la imaginación colectiva le adjudica múltiples destinos: una carpa en pleno desierto, un campamento secreto, un lujoso hotel en París bajo otro nombre y otra cara (seguramente mutada por un hábil cirujano plástico), o una tumba sin nombre en algún lugar del mundo, porque ha muerto y su pueblo oculta la v
erdad.

LA SIGLA DEL TERROR. Hombre y fantasma, fantasma y hombre, reaparece en 1967 después de la Guerra de los Seis Días, y nuevos avatares lo esperan: elegido jefe absoluto de la OLP en 1969, expulsado de Jordania un año después, radicado en Beirut, y el 13 de noviembre de 1974, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Yasser Arafat, máximo icono del terrorismo, lanza por primera vez las poéticas, esperanzadoras y, al mismo tiempo, temibles palabras: "Vine a ustedes con un ramo de olivo y un fusil de revolucionario: no dejen que suelte el ramo de la paz". Pero la paz no llega a pesar de las infinitas reuniones (secretas y públicas) con los líderes de Occidente, de los infinitos preacuerdos, los borradores de acuerdos, los acuerdos firmados hoy y rotos mañana, y las bombas siguen matando en cafés, en supermercados, en ómnibus llenos de gente, de noche y de día, y El polvorín de Oriente Medio es el más fatigado y fatigoso de los títulos periodísticos.

Hacia 1975, Arafat y sus tropas se hacen fuertes en Beirut, la ciudad más bella y libre del mundo árabe pero despedazada por la guerra, y resisten hasta agosto de 1982, cuando, cercadas por el ejército israelí, huyen. El gran jefe, protegido por la Francia de Francois Mitterrand, instala la OLP en Túnez. Un año después retorna a la zona caliente, pero Siria lo expulsa de su territorio y también de El Líbano, y vuelve a su exilio tunecino a bordo de un buque francés: su estrella empieza a eclipsarse, y alcanza la oscuridad total en 1991, cuando apoya a Saddam Hussein después de la invasión de Irak a Kuwait, y los países del Golfo Pérsico le quitan todo su apoyo a la OLP.

EL NAIPE DE LA PAZ. En adelante, Arafat comprende que la mano del fusil está inerme -no así las manos que arman incesantes bombas…-, y el 13 de septiembre de 1993 usa la alternativa del olivo: empieza negociaciones secretas con el premier israelí, Yitzhak Rabin, firman los llamados Acuerdos de Oslo en la Casa Blanca, y diez meses más tarde, el primero de julio de 1994, "nuestro gran padre", como lo llama el pueblo palestino, termina sus años de exilio en Túnez y retorna a Gaza, donde lo espera una alborozada muchedumbre. Año clave, porque el 10 de diciembre, junto con Rabin y Shimon Peres, recibe el premio Nobel de la Paz: una completa vuelta de tuerca en la vida del hombre cuya imagen era casi la bandera universal del terrorismo, más allá de las muchas fracciones que eligieron ese camino.

Pero poco habría de durar la fiesta, y pronto habrían de calentarse otra vez los caños de los fusiles: entre el año 2001 y 2004, Bush y Sharon acusan a Arafat de ser responsable de una serie de trágicos atentados en Jerusalén causados por terroristas suicidas, Israel lo confina en la Mukata -sede de la Autoridad Palestina en Ramallah, Cisjordania-, y en febrero de 2003, aislado políticamente y sin chance de renacer, como tantas veces en su vida, crea el cargo de primer ministro: el principio del fin.

EL OCASO DEL GUERRERO. Para entonces, los rumores acerca de un grave mal -se habla de leucemia y hasta de un lento y criminal veneno deslizado por un enemigo- van cerrando la historia del hombre que "representaba todo lo profundo y lo triste del sueño palestino", como escribió un periodista en el diario británico The Independent, o "de un nacionalista sin nación", como lo definieron muchos, que se juzgaba a sí mismo capaz "de pasar toda mi vida en un metro cuadrado de tierra, con tal de que fuera tierra de una patria palestina".

El 29 de octubre pasado, cuando -tembloroso, perdida la mirada, forzada la sonrisa- lo internan en el hospital militar de Clamart, cerca de París, lo someten a todos los estudios clínicos que permite la tecnología de punta, los médicos informan que no tiene leucemia pero no pueden definir su enfermedad, está casi muerto. Luego pasa del primer coma a un coma profundo, y el 11 de noviembre alcanza la gloria mayor de un musulmán: entrar en el reino de Alá.

Pero hay muertes que, lejos de cerrar puertas, las abren. Con el cuerpo yerto de Arafat mirando para siempre hacia La Meca desaparece el gran guerrero, el gran ideólogo, el terrorista, el pacifista, el exiliado, pero las piezas del largo y sombrío ajedrez de Medio Oriente vuelven a la posición de apertura, y qué pasará es la gran pregunta que preocupa y hasta atormenta al mundo. Nunca hubo paz entre judíos y palestinos, pero esa eterna guerra puede recrudecer hasta lo impredecible y rebotar con fuerza en los escritorios de los líderes de Occidente. Hoy, mientras los palestinos lloran, rezan, gritan y alzan sus fusiles al cielo, empieza, casi con el siglo, una etapa no menos dura de la que abrió Arafat en 1959, cuando urdió las tres letras que signaron buena parte del destino de medio mundo: OLP.

Miles de palestinos, entre llantos y ardor bélico, despiden el féretro que lleva el cuerpo de su máximo líder y el padre de todos", como lo llaman, desesperados.">

Miles de palestinos, entre llantos y ardor bélico, despiden el féretro que lleva el cuerpo de su máximo líder y "el padre de todos", como lo llaman, desesperados.

Impresionante acto de oración en Jerusalén, con los inclinados cuerpos apuntando a La Meca.

Impresionante acto de oración en Jerusalén, con los inclinados cuerpos apuntando a La Meca.

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