«Soy un tipo que todavía sueña que juega al fútbol» – GENTE Online
 

"Soy un tipo que todavía sueña que juega al fútbol"

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Roberto –62, el Negro– se lamenta de que no estén las vacas, porque el río Paraná está crecido, y desde el balcón de su piso en la calle Wheelwright –Rosario, lógico–, de vez en cuando se ven algunas en un islote allá a lo lejos, pero las sacaron. Tose un poco. Luisito, su asistente, un chico de 20 que vive a unas cuadras –al cual conoció “de pedo”, dice–, le trae un vaso de agua con un sorbete. Después va a tomar nota de lo que Roberto le dicta. Luisito lleva, trae, lo acompaña a la cancha a ver a Central, que ahora tiene un dibujo del Negro en la camiseta. Luisito está. Mientras, Gabriela, la esposa de Roberto –y mamá de su hijo Franco, 20, músico–, habla con un médico por teléfono, y usa el término “calidad de vida” muy enfáticamente.

Ahí cerca, un póster tamaño natural del Corto Maltés de Hugo Pratt, que para Roberto es como Dios metido en una viñeta, y un muñeco de Boogie, aceitoso y armado. Un par de tarros de café llenos de lápices consumidos de tanto sacarles punta. Hoy, Roberto ya no dibuja. No puede. Pero piensa, y Luisito anota. Hoy, para el almuerzo, milanesas con ensalada. La historieta no muere. La historia no muere. Afuera, Rosario, con ciertas cosas para ponderar.

–Roberto, ¿por qué hay tantas chicas lindas en esta ciudad?
–¡Uff! Hace un tiempo pensaba con mi formación publicitaria que si hubiera que fomentar el turismo, pondría a Rosario como la capital nacional de las buenas minas. Hay teorías serias al respecto, sobre la mezcla y la cantidad de etnias, principalmente la italiana, que corresponde a una belleza clásica. También hay hábitos de ciudad. Las minas acá salen muy arregladas, entran en competencia. Y sí, la cantidad es medio abrumadora. Me parece que en Rosario es un error darte vuelta, porque te perdés a la que viene.

–Al respecto, de chico, ¿aprovechabas o dormías?
–¡Con las pibas yo era un pel… atómico! Como la mayoría de los dibujantes era dolorosamente tímido. Para un tímido es todo difícil, hasta ir al kiosco.

–¿Sirve el humor con las chicas? ¿O es un invento de los humoristas?
–Sí, claro. El humor sirve para todo, aceita cualquier relación, aunque el mío no sea el tuyo.

–La primera vez que fuiste a ver a Central fue contra Tigre y hubo goleada. ¿Cómo fue?
–Nunca me voy a acordar de la fecha, pero debía tener diez años, y ganamos 9 a 3. Encima era un día lluvioso. Había barro: el canchero tiraba aserrín en el área. Nunca estuve en la Comisión Directiva de Central, ni quiero estar, pero me gustaría proponer que el club celebre el partido bautismo de cada hincha. Un gorrito, un pancho, una coca... Alguna atención... Ese día te queda grabado. Es determinante. Vos fijáte que en ese partido atajaba para Tigre, Miguel Angel Rugilo, el mítico León de Wembley, y también jugó Angel Zof, un prócer de Central.

–¿Cuándo te soltaste a ver fútbol solo?
–A los trece, catorce... Era ir todos los domingos. Hasta iba a ver a Newell’s...

–Nah, no puede ser...
–¡Es que era ir a ver fútbol! En la popular, lógicamente, no gritaba los goles. Bueno, ¡tampoco todo el mundo sabía que yo era de Central! Y con los de Newell’s las cosas son así: en el clásico, en la cancha, a muerte. Afuera, todo bien. Me joden esas actitudes de barrabrava.

–Siempre va a existir esa brecha entre los intelectuales y el fútbol…
–Es que algunos intelectuales están lejos del fútbol porque fueron mucho a la biblioteca. ¡Yo al tiempo lo invertí en la cancha!

–Al final, uno de tus dibujos terminó en la camiseta de Central. No parece haber cosa más justa.
–Fue una iniciativa de Pablo Scarabino, el presidente del club. Y me alegró mucho, lógico. Pero tenía un problema: un canalla no tiene una imagen definida, no es un diablo rojo o un millonario, así que hice un clásico hincha, bien popular, como el club, que es de peronistas y verduleros. Les pedí a los jugadores que no pierdan. ¡Mirá si la hinchada me acusaba de mufa! Acá somos muy cabuleros. Fue una de las ultimas cosas que dibujé…

Roberto habla de su mano, de cuando decidió dejar de funcionar. Comenzó hace cuatro años. Pérdida de fuerza física y masa muscular en el brazo izquierdo, pérdida de funcionalidad, lo que lo llevó a sesiones de fisioterapia. Hoy, es una forma de esclerosis que le toma casi todo el cuerpo. Duele, es inhumano verlo así. Pero sigue. A su viñeta de todos los días en Clarín, a Inodoro Pereyra, los dibujan otros. Es la sucesión. Y con bocetos suyos, más idea y adaptación de Horacio Grinberg, se prepara Fierro, o Martín Fierro animado y en largometraje, que se estrena en julio de este año, con música de Divididos. También está el apoyo de la gente, en Barranquilla, Colombia –adonde viajó hace unas semanas para asistir al Festival de las Artes–, o en la Feria del Libro de Guadalajara, allá en México, o acá, en Rosario, en la calle Wheelwright, su vieja y casi mítica brigada de amigos del bar El Cairo –hoy trasplantada a otro bar cercano a su departamento, pero firme y activa– o en la cancha de Central, avenida Génova. La historieta no muere. La historia no muere.

–¿Cómo es llevar el Martín Fierro al cine?
–Los dibujos vienen de cuando ilustré al Fierro hace unos años. Para la película hay treinta y seis ilustraciones mías, que van a devenir en sesenta mil dibujos. La otra vez fui a ver a los pibes que los están haciendo, en San Telmo. Son como sesenta, todos con barbas, rastas, piercings... Y me recibieron bárbaro. Tengo una falsa sensación de que estoy muy cercano a la gente joven. Laburan con cariño, tienen una disposición total para meterse en el quilombo. Los dibujos comprenden la primera parte del libro, hasta que Fierro se va a las tolderías. Y por esos pibes que dibujan, me alegra muchísimo haberles dado una salida de laburo, por un año y en lo suyo, en su vocación.

–Ahora son otros los que hacen tus viñetas de siempre. Tal vez, es dejar que vivan.
–Había que ver quién dibujaba los chistes de Clarín de todos los días. Así que ahora los arma Crist, un virtuoso y un amigo. Y para Inodoro me acerqué a Oscar Salas, a quien conocía de hace rato. No les pedí que me clonen, ni me cayó la ficha de ver a Inodoro hecho por otro después de treinta años. Además, yo aprendí copiándole a Hugo Pratt.

–¿Y Boogie? ¿Tenés ganas de volver a escribirlo?
–Mmm, no sé con Boogie. Hay una iniciativa de la Fox de animarlo, de hacer unos separadores, no sé si en técnica tradicional o esa cosa nueva que usan. ¿Cómo se llama? ¡Flash, eso!

–Hace un tiempo, con tu enfermedad ya declarada, saliste al balcón para saludar a la gente. Un gesto muy peronista.
–¡Claro! Peronista… ¡y futbolero! Yo agradezco las muestras de afecto, me alientan. El cariño de la gente, para mí, es muy terapéutico. Pero me pongo a pensar: “¿Y si es porque estoy mal?”. Aun así, no los menosprecio. No quiero que mi enfermedad sea la estrella de la película, ni pienso tirar pálidas. Ni a mí mismo ni a nadie.

–A principio no la habrás tomado nada bien, me imagino...
–¡Como el cul..! Son cosas lentas, paulatinas. Pero si no lo tomara así, estaría loco. Por suerte está Gaby, mi mujer, que es fundamental. No por todo lo que hace por mí, sino por la polenta y el buen ánimo. Si estuviera al lado de una depresiva, me tiro por el balcón. Mi hijo, también. Yo cuento con el apoyo de la hinchada.

–Hablando de tribuna, ¿nunca se te ocurrió escribir cantitos?
–¿Sabés qué? Nunca lo hice, ni debe ser fácil. Yo le digo a mi hijo: “¡Pero hacéte una cumbia villera, que es más pegadizo, algo de cancha y puteando!”. Además, los cantitos argentinos se exportan a todo el mundo.

–¿Todavía vas a la cancha?
–Sí, sigo yendo. El club nos cedió un palco, y vamos planeándolo como si fuera el asalto a un banco, con tres o cuatro levantándome con la silla de ruedas.

–Por suerte tu cabeza está intacta.
–El trabajo mío, y más ahora, es terapia. Me entusiasma pensar en Inodoro. Ya no puedo dibujar, pero me queda la parte creativa. Es gratificante, aunque no cambia mucho.

–¿Extrañás jugar al fútbol?
–¡Como loco! Como dice el Flaco Menotti, soy un tipo que todavía sueña que juega. Siempre fui malísimo. Hasta tuve un reemplazo de cadera que me permitió jugar diez años más, pero nada me ha apasionado más en la vida.

–Pese a todo, Roberto, permanecés.
–Raro, ¿no? Es como el público de Serrat: nunca vienen los mismos clientes. Se renueva.

–¿Jubilarte? ¿Decir basta?
–Yo no me voy a jubilar. Esta es mi vocación.

El Negro en el estudio, en su hogar de Rosario. Ya no puede dibujar. No importa:  planea humor todos los días, como siempre. Delante, el Canaya –así, con y griega– que dibujó para la camiseta de Central.

El Negro en el estudio, en su hogar de Rosario. Ya no puede dibujar. No importa: planea humor todos los días, como siempre. Delante, el Canaya –así, con y griega– que dibujó para la camiseta de Central.

“<i>Yo tengo el de la hinchada</i>”, dice Fontanarrosa. Gabriela, su mujer de toda la vida. Dice Roberto: “<i>Es fundamental. No por todo lo que hace por mí, sino por la polenta y el buen ánimo. Si estuviera al lado de una depresiva, me tiro por el balcón</i>”.

Yo tengo el de la hinchada”, dice Fontanarrosa. Gabriela, su mujer de toda la vida. Dice Roberto: “Es fundamental. No por todo lo que hace por mí, sino por la polenta y el buen ánimo. Si estuviera al lado de una depresiva, me tiro por el balcón”.

Por iniciativa del presidente de Rosario Central, Roberto dibujó un clásico hincha para la camiseta. En la presentación, con Kily González y Hernán Castellano, capitán y arquero. A partir de sus bocetos, 60 mil dibujos de su Martín Fierro serán llevados al cine, con música de Divididos.

Por iniciativa del presidente de Rosario Central, Roberto dibujó un clásico hincha para la camiseta. En la presentación, con Kily González y Hernán Castellano, capitán y arquero. A partir de sus bocetos, 60 mil dibujos de su Martín Fierro serán llevados al cine, con música de Divididos.

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