“Soy un enfermo de los celos, pero en la cancha me olvido de todo” – GENTE Online
 

“Soy un enfermo de los celos, pero en la cancha me olvido de todo”

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Son pocos los hombres capaces de rechazar una oferta para modelar ropa de Versace. Pero a él, con su metro 98 y su pie calibre 49, la pasarela le daba “cosa”… Y se entiende: lo de Carlos Delfino es el básquet. Prefiere que sus logros y sus papelones queden en el parquet. ¿Su currículum? Debutó joven en la Liga Nacional defendiendo los colores de Olimpia de Venado Tuerto, luego pasó por Unión de Santa Fe –el club de sus amores–, más tarde jugó en Reggio Calabria y Skipper Bologna, de Italia, y con sólo veinte años los Detroit Pistons le abrieron las puertas de la NBA.

Su vida privada repite el mismo vértigo: tiene una hija de 6 años, Milagros, y hace 3 y medio que está de novio con Martina Cortese (22), una italiana a quien conoció en Bolonia. Este año defenderá la casaca de los Toronto Raptors, mientras que con la Selección sigue cosechando logros. Sin dudas, fue uno de los estandartes de una legión diezmada (sin Ginóbili, Nocioni, Oberto y Herrman, los otros compatriotas que brillan en la NBA) que fue subcampeona en el Preolímpico de Las Vegas, a pesar de que Brasil era –por lejos– el gran candidato a la medalla de plata. Y aunque se haya perdido la final contra el Dream Team, Carlos (o Cabezón, como le dicen sus amigos) festejó su cumpleaños número 26 junto con el plantel. ¿El regalo? Un pasaje a Beijing para defender el oro olímpico conseguido en Atenas. “Demostramos que con un ‘segundo’ grupo podíamos mantener al básquetbol de nuestro país en lo más alto. Este plantel es muy unido y sacrificado. No tengo palabras para describir la alegría enorme que siento”, dispara.

–Parecía una tarea muy difícil. Brasil era “el” candidato... –Pocos creían que este grupo lograría el pasaje a Beijing, pero por suerte el trabajo de un mes y medio terminó con un éxito.
–¿Cómo sentiste tu rol de ser uno de los líderes del grupo? –Sin problemas, porque cada vez estoy jugando más. Pero el líder natural es Sergio (Hernández, el técnico). Este era un grupo nuevo y teníamos que lograr esa identidad que supo tener la selección que ganó el oro en Atenas 2004. Si llegamos a la final es porque somos un equipo, y no por una individualidad en particular. Es así como funciona esa mística.

–También gracias al básquet conseguiste novia italiana.
–Martina era la hermana de un compañero de equipo, Ricardo Cortese. Empecé gastándolo con su hermanita, que la presentara y eso. Primero fue una joda, pero después me gustó. Saqué número y aquí estamos.

–¿Pero en Italia no rige la ley que dice que las hermanas de los amigos tienen bigotes?
–(Ríe) Sí, claro que rige. Por eso al principio salíamos a escondidas. Cuando venía a los partidos, mis compañeros me decían: “Ahí está la hermanita de Ricky. Mirá, vino con un novio”. Nadie sabía que la había invitado yo y que el supuesto novio era un amigo de ella.

–¿Y cuándo la blanqueaste?
–Un día la fui a buscar a la casa. Cuando me vio entrar, el tano se quedó duro. Ahí se avivó de que no eran tan en chiste las cosas que le decía.

–¿Casamiento?
–Hay planes, pero vamos de a poco. Yo viajo continuamente y pasamos mucho tiempo separados. Eso complica las cosas.

–Imagino que la chica debe ser alta…
–Sí, mide 1,80. Era jugadora de voley, pero nunca quiso que la fuera a ver. Según lo que me dice ella, era un papelón.

–¿Hay diferencia entre las argentinas y las italianas?
–Tienen algo en común: son igual de histéricas. Lo que sí, tienen modos de vida distintos, otra forma de pensar, de vestir. Por ejemplo, Martina me decía que no era celosa –cosa que sí pasa con las argentinas–, y ahora resulta que es peor que yo.

–¿Vos, celoso?
–Soy muy posesivo. Algunos dicen que es mi peor defecto, aunque para mí es una virtud. Soy un enfermo de los celos, pero cuando juego al básquet me olvido de todo.

–¿Y ella por qué te cela?
–Odia que se me acerquen las mujeres. Cuando vienen a pedirme un autógrafo o a sacarse una foto, inmediatamente se me pega… ¡la muy cuida! Pero si la que viene a pedirme el autógrafo tiene unos kilos de más, ni mira.

–¿Y qué tal son las norteamericanas?
–Uf, van al frente y encaran que da miedo. Además están todas tuneadas: no hay una que no haya probado el bisturí.

–¿Cómo definirías al mundo de la NBA?
–Mmm… ¿Cómo te lo explico? El primer viaje que hice con los Detroit Pistons fue en el avión privado del equipo. Era para 25 personas, con asientos enormes y con el escudito del club en las paredes. Un lujo, nunca había viajado en una máquina así. No bien me bajé, escuché que mis compañeros rezongaban porque el avión ya estaba viejo. ¡No lo podía creer! Lo que es no haber crecido como yo, en una familia humilde de Santa Fe.

–Básquet: ¿trabajo o placer?
–Es lo que me da de comer, pero cada vez que entro a un campo de juego me divierto como si estuviera jugando con amigos. En muy pocos momentos de mi vida lo he tomado como un trabajo.

–¿Por ejemplo?
–Cuando estuve lesionado o cuando me peleé con el técnico de los Pistons.

–¿Por qué había sido la pelea?
–Era un partido contra los Raptors –qué casualidad, mi próximo equipo–. Ganábamos por diez puntos y faltaba poco para terminar. De repente al coach, Larry Brown, se le ocurrió meter a todos los suplentes. En un minuto se nos pusieron a dos puntos. Nos pasaban como postes, porque no habíamos precalentado. Además, yo venía de una lesión… Cuando nos volvió a sacar nos dijo que no corríamos ni al referee. Todos se rieron, salvo yo, que me calenté y lo mandé bien lejos.

–¿Y tu relación con él ahora...?
–Bien. Siempre que nos vemos nos quedamos charlando. Tenemos la mejor relación. Fue algo parecido a lo que pasó con Bilardo y Maradona, cuando el Narigón lo sacó en el Sevilla y después se agarraron a las trompadas en el vestuario. Son cosas del deporte.

–Viviste en muchos lados. ¿Con cuál te quedás?
–Con Santa Fe, de una. El día de mañana, cuando me retire, quiero vivir ahí. Si alguien quiere estar conmigo, sabe dónde encontrarme.

–¿Y si tu novia italiana no quiere?
–Yo me voy a Santa Fe, está decidido. Con o sin Martina.

El Cabezón se divirtió frente a las cámaras. Sin embargo, jura que rechazó una propuesta para protagonizar una campaña de Versace.

El Cabezón se divirtió frente a las cámaras. Sin embargo, jura que rechazó una propuesta para protagonizar una campaña de Versace.

–el gran candidato a clasificarse para Beijing 2008–, Delfino fue clave con sus 30 puntos. Que lo diga Tiago Splitter (derecha), quien pese a sus 2,10, no lo pudo frenar.

–el gran candidato a clasificarse para Beijing 2008–, Delfino fue clave con sus 30 puntos. Que lo diga Tiago Splitter (derecha), quien pese a sus 2,10, no lo pudo frenar.

“Las argentinas y las italianas son iguales: muy histéricas. En cambio las norteamericanas encaran que da miedo. Pero están todas tuneadas. Ninguna dejó de pasar por el bisturí…”.

“Las argentinas y las italianas son iguales: muy histéricas. En cambio las norteamericanas encaran que da miedo. Pero están todas tuneadas. Ninguna dejó de pasar por el bisturí…”.

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